lunes, 11 de octubre de 2010

Masonería y Doctrina: Un texto de San Efren


La Masonería Rectificada nos propone una doctrina, palabra que suele espantar a los masones liberales. No hay enseñanza sin doctrina y la Masonería, como escuela, no puede prescindir de ella. En el caso de la Masonería Cristiana del RER (Rito Escocés Rectificado) la doctrina proviene de dos fuentes específicas a las que ya hemos hecho referencia reiterada en este blog:


La primera es la Tradición Cristiana indivisible, nutrida por las enseñanzas de los Padres de la Iglesia. Esta frase merece una profunda meditación, pues la realidad es que esta tradición es hoy poco conocida y no son muchos –lamentablemente- los cristianos que se detienen en el estudio de los Padres. Ni siquiera comprenden a ciencia cierta qué implica la Paternidad Espiritual y por qué razón llamamos Padres a aquellos que han legado estas enseñanzas cuyo estudio constituye una materia específica denominada patrística.

Pero esta sola referencia espanta a la masonería liberal: “Paternalismo”- tal como lo sugiere el prólogo del ensayo de Gabriel Bunge acerca de “La Paternidad Espiritual en Evagrio Póntico”- es en la actualidad un término peyorativo, pues vivimos en una época sin padre (y sin madre) celebrada por muchos como una liberación…

La segunda es la doctrina esotérica de Martinez de Pasqually, que no ha llegado no sólo por su propia pluma (El Tratado para la Reintegración de los Seres) sino por las enseñanzas y el ejemplo de dos de sus discípulos, Saint Martín y Willermoz. Este último es, sin dudas, el gran arquitecto de la Reforma que llevaría al nacimiento del Régimen Escocés Rectificado en el Convento de Wilhelmsbad en 1782.

Los temas que nos presenta la doctrina del RER son de una profundidad espiritual que nos impone responsabilidad; pues tal como lo expresaba Beda, a aquellos que van a construir un Templo primero se les pide que cuadren su propia piedra y que se conviertan –como más tarde advertiría Teófilo en sus manuales de construcción- en Homines Cuadrati.

Hace pocas semanas tuve oportunidad de leer, en un monasterio benedictino, un texto de San Efrén, monje del siglo V, sacado de su obra El arpa del Espíritu Santo. Este texto habla de la fuente inagotable que el cristiano encuentra en las enseñanzas del Evangelio si se empeña en ello. Su lectura requiere de cierta sensibilidad que, estoy seguro, encontrará eco en el alma de muchos lectores. He aquí el texto:

            ¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le guste. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos que concentran su reflexión.

            La palabra de Dios es el árbol de la vida que ofrece el fruto bendito desde cualquiera de los lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Comieron –dice el Apóstol- el mismo manjar espiritual y bebieron la misma bebida espiritual.

            Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha hallado, sino que ha de pensar que, de las muchas cosas que hay en ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta palabra por pobre y estéril y la desprecie, sino que, considerando que no puede abarcarla toda, dé gracias por la riqueza que encierra. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te quede por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu fe, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciar tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo.

            Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento, lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser absorbido de una vez, ni te desmotives por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco.

Hasta aquí el texto de Efrén. Los masones cristianos, a diferencia de aquellos que abominan de las “doctrinas” por considerarlas enemigas del librepensamiento, tenemos ante nosotros una fuente inagotable de sabiduría espiritual a la que podemos recurrir una y otra vez según nuestro momento y nuestra capacidad. Su esencia está claramente expuesta en nuestros rituales, que los “liberales” han heredado y desguazado hasta convertirlos en híbridos que apenas conservan una cáscara envejecida.  

Sabemos que estos textos son aquella roca del desierto de la que manó una bebida espiritual y nos alegramos de que esta sea inagotable. Porque nuestro trabajo es hallar la sabiduría escondida en la piedra; encontrar la forma que encierra con las herramientas que la masonería nos ha otorgado ¿No es acaso éste el mayor misterio de la Iniciación?