viernes, 15 de julio de 2011

Godofredo de Bouillon 2º Parte "Los Guardianes del Cenáculo del Monte Sion"





1.- El Defensor del Santo Sepulcro

Uno de los puntos más oscuros de la historia de la primera cruzada concierne a las circunstancias de la elección de Godofredo de Bouillón como su primer gobernante secular. Inmediatamente después de la caída de Jerusalén, acaecida el 15 de julio de 1099, se desató una febril discusión entre eclesiásticos y barones acerca de si la ciudad debía ser gobernada por un clérigo o uno de los líderes militares de la expedición.
La cuestión no era menor, puesto que lo que se decidía, en definitiva, era si el incipiente Reino Latino de Jerusalén debía ser un estado religioso o laico. La facción clerical aparecía gravemente debilitada. En primer término porque el legado papal, Ademar de Monteil, había muerto durante la expedición al igual que Guillermo, obispo de Orange. Otros hombres virtuosos habían quedado en el camino o ya ocupaban cargos en las ciudades conquistadas en la marcha hacia Jerusalén. Los que quedaban, Arnulfo, obispo de Marturano y Arnulfo de Rohens, apodado “Malecorne”, eran sencillamente impresentables.
Existe consenso entre los historiadores en que la opción se redujo a dos candidatos: El duque Godofredo y el conde Raimundo. Las crónicas hablan de un grupo de “electores” cuyos nombres nunca se supieron, a los que se les encomendó la misión de evaluar profundamente los antecedentes de cada uno de estos grandes jefes. Estos hombres, luego de compulsar bajo juramento la opinión que los vasallos tenían de sus respectivos príncipes, decidieron de manera unánime ofrecer la corona de Jerusalén a Godofredo de Bouillón. Aceptó, pero pidió que lo llamaran con el título de “Defensor del Santo Sepulcro”. ¿Quiénes eran estos hombres? No lo sabemos, pero debió tratarse de gente singular, puesto que lo que se elegía era al rey de Jerusalén.
Cabe resaltar la exasperación que ha causado a todos los historiadores la absoluta ausencia de datos en torno a cómo estuvo compuesto ese colegio electoral y cuáles fueron los procedimientos que realmente se emplearon para tomar la decisión final.

No parece haber dudas acerca de las virtudes del elegido. Las crónicas antiguas coinciden en esta cuestión. Jacques de Vitry escribía hacia fines del siglo XII: “…eligieron por unanimidad como señor de la ciudad santa a Godofredo señor de Bouillón, caballero valiente, agradable tanto a Dios como a los hombres… Lleno de respeto por el Señor y humilde de corazón, no quiso ser llamado rey ni llevar corona de oro en el lugar donde el Señor había sido coronado de espinas para nuestra redención y para la salvación del mundo”[1] Otro tanto decía Guillermo de Tiro, que en sus crónicas resalta las virtudes religiosas de Godofredo, señalando la incomodidad que a veces representaba para sus súbditos esperarlo con la mesa servida mientras él  permanecía largas horas en profundo recogimiento y oración.

Su reinado duró apenas un año. Le alcanzó para infringir una derrota casi definitiva al “almirante de Babilonia”, Al Afdal, frente a las murallas de Ascalón. En ese breve lapso fueron muchos los que –una vez cumplida su promesa de liberar el Santo Sepulcro- regresaron a Europa. Aun así batalló sin descanso, trató de conformar a todos y demostró ser un buen organizador. No estaba sólo “…Había llevado con él monjes de claustro, hombres religiosos de valor, notables por sus santas obras, que a lo largo de todo el camino, en las horas canónicas de día y de noche, celebraban para él los oficios…” [2]

¿Por qué los cluniacenses eligieron a este hombre para reconquistar Jerusalén? ¿Por qué dejaron que fuese un jefe secular quien la gobernase? Como hemos adelantado, aquel hombre que salió de Lorena sabiendo que jamás regresaría, tal vez también supiera cual era su destino. Conquistó el ombligo del mundo, pero se negó a ser coronado rey. Murió de cansancio, inmerso en la oración, mirando la arena y recordando su infinita limitación humana: “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris…” Cuenta Alberto de Aix que su cadáver fue expuesto durante cinco días; luego, los hombres de Cluny, que lo habían acompañado desde Lorena, lo enterraron en la iglesia del Santo Sepulcro. Hasta principios del siglo XIX, al entrar se veía su sepulcro a la derecha y a la izquierda el de su hermano Balduino, muerto en 1017. Una losa prismática de mármol triangular cubría el sarcófago de Godofredo, sostenido por cuatro columnas. En una de sus caras se leía la siguiente inscripción:

“Hic iacet inclytus dux Gottifridus de Bulión
Qui totam terram istam
Acquisivit cultui christiano
Cuius anima cum Christo requiescat. Amen”[3]

En 1808 un incendio devastó la iglesia. Dicen que los griegos aprovecharon el caos, provocado por las llamas, para destruir los gloriosos monumentos erigidos sobre los sepulcros de ambos reyes latinos. Elocuentes testimonios de la conquista de Jerusalén por los latinos, muchos se apresuraron a consumar su desaparición junto con numerosas inscripciones que atestiguaban el derecho secular de los católicos a la legítima posesión de aquellos santuarios. Hay quienes creen que los restos se conservan ocultos o enterrados en algún ignorado sitio de la basílica.

Uno de los últimos viajeros de Occidente que alcanzó a ver aquellos cenotafios fue el vizconde de Chateaubriand: “...No quise abandonar el sagrado recinto –escribió entonces- sin detenerme e inclinarme ante los monumentos funerarios de Godofredo y Balduino, que dan frente a la puerta de la Iglesia. Con respetuoso silencio saludé las cenizas de los reyes caballeros que merecieron hallar su descanso junto al gran Sepulcro por ellos libertado...”

2.- Las leyendas en torno al duque Godofredo

De las muchas hipótesis que se han hecho en torno a Godofredo de Bouillón merecen analizarse algunos hechos que resultan, al menos, curiosos. El primero que surge con claridad es que, a diferencia de su hermano Eustaquio de Bolonia –que nunca demostró demasiado fervor por la cruzada- Godofredo actuó como si supiera que jamás regresaría a sus feudos en Lorena. Esta actitud se observa cuando se analiza la forma en que se desprendió de sus posesiones. O estaba seguro de su éxito o bien conocía un plan de vasto alcance que iba más allá de la expedición militar. Probablemente estaba en conocimiento de la magnitud del objetivo cluniacense de establecer con carácter definitivo un reino cristiano en Jerusalén.
La masonería del Rito Escocés Antiguo y Aceptado ha incluido en su tradición abundantes conjeturas en torno a Godofredo de Bouillón, particularmente en el Grado 18º denominado “Caballero” o “Príncipe Rosacruz”. En los antiguos rituales del Gran Oriente Español, aún vigentes en muchas potencias masónicas latinoamericanas, se atribuye al propio Godofredo la creación de este grado, luego de su conquista de Jerusalén. Según esta versión Godofredo ingresa entonces en la Orden del Temple, que ya existía como resabio de antiguas tradiciones esenias y de cierto sincretismo con un cristianismo primitivo. En este caso el énfasis está puesto en el hecho de que esta Orden actúa como factor de vínculo y unidad de acción con otras escuelas iniciáticas, tanto islámicas como judías, cuyo objeto es el de restablecer la paz y la concordia entre las religiones cimentadas sobre la misma tradición bíblica.
Posteriormente, esta idea de una francmasonería “superadora” de las diferencias entre las grandes religiones monoteístas, reaparecerá con frecuencia. Del mismo modo, la leyenda insiste en el vínculo filosófico de las tres grandes religiones abrahámicas.
El grado 18º tiene profundas connotaciones en la francmasonería del rito escocés. Por un lado recoge elementos místicos y alquímicos propios de la tradición rosacruz; a su vez, se lo considera el grado “cristiano” por excelencia. El eje de su filosofía se asienta en un proceso de transmutación del espíritu mediante el cual el iniciado alcanza un nuevo nivel de conciencia. Es uno de los grados más románticos, con un enorme simbolismo hermético y ceremonias muy particulares –como los banquetes pascuales- que guardan un claro esoterismo cristiano. A él nos dedicaremos específicamente en el Capítulo VII.
Más recientemente se han atribuido a Godofredo otras tradiciones, muchas de las cuales son el resultado de la recreación de estas antiguas leyendas masónicas a las que se agrega todo el folklore propio del esoterismo moderno.
Se lo ha vinculado insistentemente con la casa merovingia que reivindicaba una descendencia sanguínea con la dinastía davídica y con el propio Jesús. También se ha pretendido que fundó una misteriosa Orden a poco de conquistar Jerusalén, emplazando sus cuarteles en los terrenos de una antigua iglesia Bizantina sobre el Monte Sión, en el lugar del Cenáculo donde Jesús y sus discípulos participaron de la última cena. Esta teoría, planteada por Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln en “El Enigma Sagrado”, sostiene que esta Orden –que luego se denominaría con el nombre de “Priorato de Sión”- tenía por objeto restablecer el reino de los merovingios desplazando el eje de la cristiandad desde Roma a Jerusalén convirtiendo a esta última en la capital de un nuevo imperio cristiano.
En este esquema, la creación de la Orden del Temple respondía a la necesidad de contar con un brazo armado de la supuesta restauración basada –como hemos dicho-  en la legitimidad de las aspiraciones de Godofredo al trono de Jerusalén, sustentada en el origen merovingio de su linaje.
Como generalmente ocurre, en este tipo de literatura se aportan como pruebas y “documentos” algunos hechos importantes de rigurosa comprobación histórica junto a otros de dudosa compulsa o cubierta falsedad. El resultado de esta combinación suele ser una exitosa ficción basada en la atávica sospecha de la conspiración, pero a su vez un desgraciado planteo que culmina confundiendo la verdadera dimensión de los acontecimientos, apartando la verdad en aras de la confusión.
Según los autores mencionados, el núcleo original del futuro Priorato de Sión hay que buscarlo en un esquivo grupo de monjes provenientes del sur de Italia que –sin causa aparente que lo justifique- se establecen hacia el año 1070 en la localidad de Orval, en el actual Luxemburgo Belga, a pocos kilómetros del castillo de Bouillón, cerca de la tumba del rey merovingio Dagoberto II. Años más tarde -siempre de acuerdo con este relato- los monjes calabreses abandonan el lugar tan misteriosamente como habían llegado, marchando junto con Godofredo a la cruzada. Ya en Jerusalén asegurarían al duque el acceso al trono y fundarían aquella Orden secreta en el Monte Sión cuyo objetivo era velar por la restauración merovingia. Para ello deben encontrar  y recuperar un supuesto tesoro, documento secreto u objeto místico escondido debajo del Templo de Salomón desde los tiempos de Jesús. Este pretendido secreto no es ni más ni menos que el Santo Grial.
El emplazamiento de la Orden del Temple en un sector del antiguo templo garantizaría el éxito de la búsqueda del tesoro perdido que, desde luego, otorgaría inmenso poder a quien lo encontrara.
Existe una diferencia fundamental entre la leyenda masónica en torno de Godofredo de Bouillón y la  literatura moderna descripta. La francmasonería basa su “corpus” en un conjunto de símbolos. No hay una pretensión de verdad histórica en torno a sus leyendas, pues su sistema pedagógico se basa en enseñanzas veladas por alegorías. La cuestión se complica cuando –como ocurre en este caso- se pretenden sostener hechos de supuesto rigor histórico. Consideramos, por lo tanto, que no quedaría completo nuestro retrato de Godofredo de Bouillón sin un análisis de los puntos principales de estas teorías.


3.- El misterioso emplazamiento de la abadía de Orval

La abadía de Orval aun existe y mantiene su prestigio como una de las más importantes de Bélgica. Sus monjes actuales trabajan bajo la regla trapense de “La Estricta Observancia” y su cerveza es famosa. Su vinculación con los monjes calabreses de la Orden de Sión no es la única curiosidad “esotérica” que se teje en torno a ella, pues allí estuvo hospedado largo tiempo Miguel de Nostradamus luego de que la peste matara a su primera esposa y sus dos hijos. Fue en Orval donde escribió sus primeras profecías.
Los trapenses han realizado investigaciones históricas en torno a los orígenes de su abadía, pero no han podido establecer la existencia de población alguna en el lugar antes de la llegada de los italianos. Hasta el momento, según sus propias conclusiones, sólo han sido descubiertas algunas tumbas merovingias en torno a su emplazamiento.
Estas mismas investigaciones confirman que un grupo de monjes provenientes del sur de Italia se estableció allí en 1070, que las tierras les fueron donadas por Arnauld de Chiny, señor del lugar y que inmediatamente se abocaron a la construcción de una iglesia y un convento. Los mismos trapenses confiesan que desconocen los motivos por los cuales estos pioneros se marcharon cuarenta años después. Luego de su partida, Otón de Chiny –hijo de Arnauld- estableció allí a un grupo de canónicos que completaron las obras iniciadas por los italianos. En 1124 se finalizó la construcción de la iglesia que fue consagrada por Henri de Winton, obispo de Verdún.  Hacia 1132 la abadía quedó bajo la jurisdicción de la Orden del Cister, creada por San Bernardo, inspirador y protector de la Orden del Temple, la que le debe su propia Regla.[4] Fue destruida por la Revolución Francesa y reconstruida en 1926.
Una antigua leyenda cuenta que hacia 1076 la soberana de Orval era la condesa Matilde (también duquesa de Toscana). Quiere el relato que, estando sentada en el borde de una fuente de aguas claras, por un descuido, dejó caer en ella su anillo nupcial, recuerdo de Godofredo el Jorobado, su difunto marido. Desesperada por haber perdido esta joya, la condesa rezaba a la Virgen María con gran fervor. De pronto, apareció una trucha en la superficie del agua, devolviéndole aquella preciada joya. Asombrada por este milagro, la soberana gritó entonces: "¡He aquí el anillo dorado que estaba buscando!, ¡Bendito sea el valle que me lo devolvió!, ¡A partir de ahora y para siempre, quiero que sea llamado Val d'or!"  Desde entonces aquel lugar tomo el nombre de “Valle de Oro” y su símbolo de la trucha y el anillo de oro se ha conservado hasta nuestros días. La fuente todavía alimenta de agua al monasterio y a su cervecería.
En la versión de Baigent, Leigh y Lincoln se atribuye a Matilde de Toscana la sesión de las tierras para la fundación de la abadía. Se afirma que Matilde era la madre adoptiva de Godofredo y que entre los calabreses había llegado el hombre que luego sería conocido como Pedro el ermitaño –impulsor fundamental de la primera cruzada- quien se convertiría en “preceptor” del joven conde de Bouillón. He aquí en donde comienzan a introducirse datos imprecisos o falsos. Veamos:
Cierto es que hacia 1076 Matilde de Toscana había enviudado. Su marido había sido nada menos que Godofredo el Jorobado, tío del futuro Godofredo de Bouillón. Sin embargo, Matilde no sólo no era madre adoptiva de su sobrino político sino que se opuso tenazmente a que este recibiera las tierras de su tío, tal como finalmente ocurrió, gracias a los esfuerzos de la propia madre de Godofredo, Ida de Lorena.
Cuando los monjes calabreses se establecieron en Orval, Godofredo tenía apenas nueve años. Las baronías de Bouillón, Mosay, Stenay y Verdún, junto con el ducado de Baja Lorena pertenecían entonces a Godofredo el Jorobado, que aun no había muerto. Por otra parte, la mayoría de las fuentes históricas – a excepción de la mencionada por los autores de “El Enigma Sagrado”- afirman que Pedro “el ermitaño” era un hombre proveniente de la Picardía (actual Normandía). Nada se menciona acerca de su tutoría sobre Godofredo, mientras que su desastroso desempeño en la llamada “Cruzada de los Pobres” -cuyo trágico final está ampliamente documentado- no se condice con el de uno de los jefes encargados de llevar a cabo el plan estratégico para una restauración monárquica merovingia.
Se cree que Pedro había peregrinado con anterioridad a Tierra Santa. Según Runciman, había nacido en algún lugar cerca de Amiens; al momento de iniciar la cruzada ya era un hombre mayor. Lo describe como“…de poca estatura, de tez morena, de rostro alargado, magro, terriblemente parecido al burro que montaba… Iba descalzo, y sus hábitos eran mugrientos…” Sin embargo, tenía un enorme magnetismo sobre el pueblo que lo siguió en gran número, dando lugar a una verdadera “cruzada de los pobres”.[5] 
Para la época que estamos analizando, el desplazamiento de monjes a grandes distancias con el sólo objeto de fundar abadías y monasterios era una practica corriente que cualquier medievalista reconoce; no es ningún misterio que tal cosa ocurriera y de hecho ha sido una practica común en el apogeo de la Orden Cluniacense. Tampoco es particularmente significativo que Orval haya sido fundada sobre tumbas o antiguos restos merovingios.
Muchas de las grandes abadías del Imperio Carolingio fueron levantadas sobre las ruinas de edificaciones merovingias y de los antiguos campamentos romanos. Fulda era un terreno inhóspito cuando allí llega San Bonifacio. En el siglo VIII, en tiempos de Rabano Mauro aún se percibían las ruinas del antiguo fuerte merovingio.
 
No debe olvidarse que, en definitiva, los carolingios construyeron sobre los antiguos dominios de los reyes merovingios. Probablemente, jamás puedan determinarse las razones por las que estos hombres provenientes de Calabria eligieron las tierras de Orval tan cerca de Stenay, el lugar donde habría sido asesinado cuatro siglos antes Dagoberto II.  En cuanto a la posibilidad de que estos monjes marcharan a Jerusalén resulta muy probable si se tiene en cuanta su cercanía al condado de Bouillón y la gran cantidad de monjes cluniacenses que acompañaron a Godofredo en 1096.


4.- Los cluniacenses llegan a Jerusalén.

Hemos visto en los capítulos precedentes la importancia alegórica que el Templo de Jerusalén tenía para las logias establecidas en los monasterios benedictinos cluniacenses, por lo que resulta altamente significativa la presencia cluniacense –ampliamente documentada- en la cruzada. Es un momento muy particular de nuestro relato, puesto que junto a los ejércitos cruzados marchan los fratres conversi y los fratres barbati al lado de sus maestros benedictinos. Llegaban a Jerusalén para reconquistar el Templo del que habían leído en las obras de Beda y en la “Glosa Ordinaria” de Walafrid Strabón. Llevan en sus cofres los comentarios de los grandes exegetas benedictinos sobre el Templo de Salomón y los manuales de arquitectura de Vitrubio y Teófilo.

Conocían acerca de Hiram Abi y se inspiraban en los constructores del rey Hiram. Siglos después de la destrucción del Templo, estos nuevos obreros de Salomón regresaban al ombligo del mundo.

 Se cree que un importante número de maestros masones, en su mayoría monjes benedictinos, provenientes de Lorena, Borgoña, Auvernia y Provenza, -acompañados de un sinnúmero de auxiliares laicos- llegaron a Palestina con los ejércitos cruzados.
 La arquitectura franca en Tierra Santa –desarrollada durante más de dos siglos de dominación cristiana- debe entenderse como un proceso complejo de adaptación de los arquitectos de estas órdenes benedictinas a las circunstancias de la guerra, a las necesidades de la defensa, a la influencia de tradiciones arquitectónicas muy arraigadas en la región -en especial la bizantina y la armenia- y a la creciente presencia y protagonismo de las órdenes militares.

La mayoría de los historiadores reconoce la fuerte presencia de los constructores cluniacenses en la arquitectura religiosa de los cruzados. Tal es el caso de la catedral de San Pablo, construida en Tarso hacia 1102, la primera erigida por los cruzados “...de estilo románico, como las iglesias románicas del norte de Francia, pero con sus arcos apuntados...”[6]  y también el del complejo de la iglesia del Santo Sepulcro, consagrado en junio de 1149.[7] “En general” –dice Runciman- “es probable que los arquitectos y artistas de todo el monumento fueran franceses, educados en la tradición cluniacense”.

Afirma también que algunas de las obras de los cruzados muestran un parentesco con las grandes iglesias de peregrinación de los cluniacenses que –como hemos visto- controlaban las rutas a Santiago de Compostela y a los Lugares Santos desde el siglo X- y agrega que “...los cruzados tuvieron a su lado sus propios arquitectos, imbuidos de los estilos de Francia, sobre todo del provenzal y el tolosano...”[8]

                Sin embargo, los arquitectos francos pronto se vieron influidos por los constructores locales, aprendiendo de ellos nuevas técnicas que se trasladaron a Europa. Tal es el caso del “arco apuntado”, utilizado por los armenios. Prueba de ello es que hacia 1115, Ida de Lorena, madre de Godofredo de Bouillón  construyó dos iglesias que constituyen los primeros ejemplos de utilización del arco apuntado. Su primogénito, Eustaquio de Bolonia, recientemente regresado de Palestina, había traído consigo a los arquitectos que difundieron esta tendencia en suelo lorenés. Estas dos iglesias fueron construidas en Wast y Saint Wlmer, en Bolonia y su arquitectura recuerda las obras árabes. Por la misma época el arco apuntado ya aparece en Cluny.

 Otro indicio del creciente intercambio entre constructores cluniacenses y palestinos lo encontramos en el “Libro de Suger, abad de Saint Denis”, quien escribe a principios del siglo XII que “...tenía la costumbre de conversar con los operarios [venidos] de Jerusalén y saber con alegría, por ellos que habían visto los tesoros de Constantinopla y los ornamentos de Santa Sofía, si estas cosas nuestras podrían parangonarse con aquellas y valer algo...”[9]


5.- Los guardianes del Cenáculo del Monte Sión

 Centraremos ahora nuestra atención en el Cenáculo del Monte Sión, lugar donde se afirma que fue creada por los monjes italianos la Orden homónima.
Actualmente, el edificio identificado como Coenaculum o Cenáculo –el lugar donde tuvo lugar la última cena- se encuentra bajo jurisdicción del Estado Israelí. Es una estructura de dos pisos dentro de un gran complejo de edificios en la cima del Monte Sión. El piso superior recuerda el lugar donde el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles en Pentecostés, mientras que el inferior contiene un cenotafio que, desde el siglo XII, es considerado como la tumba de David. Bajo este complejo se encuentran cimientos cruzados, bizantinos y, más abajo, romanos. Se cree que el ábside ubicado detrás del cenotafio, que está en alinea con el Monte del Templo, pudo haber sido la sinagoga mencionada por el Peregrino de Burdeos en el año 333, uno de los más antiguos relatos sobre los santos lugares
En la tradición cristiana este lugar tiene una máxima significación, pues allí se han originado dos de los sacramentos: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal. Por otra parte, fue allí donde Jesús se apareció a los Apóstoles el domingo de la resurrección; es el lugar donde se reunieron los apóstoles con María y donde descendió el Espíritu Santo. En ese mismo sitio fue elegido Matías para suceder a Judas. El lugar tiene también una sugerente connotación política, pues fue la residencia de la denominada Primitiva Iglesia Apostólica. En efecto, allí fue consagrado Santiago el Menor como obispo de Jerusalén y elegidos San Esteban y los seis diáconos; de allí salieron también los apóstoles al separarse para ir a predicar el Evangelio por toda la Tierra.
Sobre el lugar de su emplazamiento la tradición ha sido unánime y no ha variado, tal como ocurre con el del Santo Sepulcro. Siempre se ha creído que el Cenáculo estuvo emplazado en el Monte Sión, a cien metros de la puerta que lleva el mismo nombre.
Refiere el obispo Epifanio, en el siglo IV, que el emperador Adriano visitó Jerusalén en el 131 y la encontró "completamente arrasada excepto algunas habitaciones y la iglesia de Dios, que era pequeña, donde los discípulos, volviendo del lugar de la ascensión de Jesús al cielo, subieron al piso superior".
De acuerdo a las investigaciones históricas, en la segunda mitad del siglo IV los cristianos bizantinos transformaron la pequeña iglesia original en una gran basílica que llamaron "Santa Sión" y "Madre de todas las iglesias", por su origen apostólico. Esta basílica fue destruida por los persas el año 614. Del Cenáculo sólo quedaban ruinas cuando los cruzados llegaron a Jerusalén.
Por orden de Godofredo –y esto debió suceder inmediatamente después de la caída de Jerusalén- sobre sus cimientos fueron construidos un monasterio cruzado y la iglesia de Santa María del Monte Sión y del Espíritu Santo. Afirma Gebhardt -en su ya citada obra escrita en el siglo XIX- que una comunidad monástica fue establecida allí y que llegó a poseer importantes rentas con la obligación de mantener ciento cincuenta hombres armados para la defensa del Santo Sepulcro. Hacia 1106 visitó el Cenáculo un peregrino ruso llamado Daniel el Higumeo. En su diario de viaje describe los antiguos mosaicos bizantinos que aun perduraban entonces y que describían imágenes de la Ultima Cena, el descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y otros temas vinculados con la tradición allí reunida.[10] 
También ordenó Godofredo la reconstrucción de la basílica de la Ascensión en el Monte de los Olivos. En el monasterio inmediato a la iglesia se constituyó una comunidad de monjes de la Orden de San Agustín que había reemplazado a los benedictinos que estableciera allí Carlomagno. Del mismo modo, organizó y dotó una comunidad de monjes negros cluniacenses junto a las ruinas de la iglesia de la Asunción de la Virgen, situada al pie del Monte de los Olivos, en el valle de Josaphat, con la orden de proceder a su reconstrucción.
Al Santo Sepulcro le dedicó especial interés: Hizo reunir bajo un mismo complejo edilicio las antiguas iglesias construidas por el monje Modesto, devolviéndole la antigua grandiosidad.
En cuanto al complejo monástico del Monte Sión, hacia el año 1219 el sultán Al Hakem ordenó su demolición, (probablemente como parte del programa de destrucción de las murallas y contrafuertes que rodeaban la ciudad) permaneciendo en pie solamente la capilla del Cenáculo con el cenotafio y tumba de David debajo. En el 1335 los Franciscanos recibieron en custodia y como propiedad, el santuario, erigiendo en el lado sur un pequeño convento cuyo claustro se puede visitar todavía. Junto al Cenáculo tuvo origen la Custodia de Tierra Santa, oficialmente instituida a favor de la Orden Franciscana 1342. Pero en 1552 los frailes fueron obligados a dejar el santuario en manos de los musulmanes.
Como si algo faltara, el 23 de marzo de 2000, en ocasión de su visita a Tierra Santa, S.S. el papa Juan Pablo II ofició en el Cenáculo del Monte Sión una misa privada. Ese día la Agencia Católica Internacional dio cuenta de la gran expectativa que este hecho había suscitado y expresó que “…Los cristianos, y especialmente el Papa Juan Pablo II, quisieran que el Cenáculo, actualmente de propiedad del estado de Israel, volviera a ser un lugar de culto católico, debido a su importancia capital para la historia del cristianismo…”[11]

6.- El ejército de Cluny y la “Guerra Justa”

 Muchos enigmas permanecen inexplicables en la vida de Godofredo de Bouillón.
¿Por qué razón el más encarnizado enemigo de Gregorio VII terminó aliado a su política en contra del emperador Enrique IV? Creemos muy posible que el espíritu de Cluny haya obrado –como en tantos otros guerreros francos, bárbaros e incorregibles- el milagro de insuflarle una piadosa inspiración y una idea de “cristiandad” capaz de conmover su voluntad. Tal vez estaba convencido que el viejo sueño cluniacense de establecer un reino cristiano en Jerusalén era posible; por ello no le importó enajenar todos sus bienes, porque sabía que no regresaría.
¿Por qué recayó sobre él la corona de Jerusalén? Nunca lo sabremos, pero no parece haber dudas en cuanto a sus virtudes, a su entrega y a su fe: “…No me ceñiré una corona de oro donde Jesucristo la llevó de espinas…”  Si los cluniacenses tuvieron control sobre la elección, todo indica que optaron por un estado secular en el enclave más sagrado en la historia del cristianismo.
Agotado, Godofredo dedicó el año que reinó en Jerusalén a consolidar la victoria cristiana; Su obsesión estaba en el plano militar; si hubiese sido su objetivo asegurar una supuesta dinastía merovingia se hubiese preocupado por otros menesteres más gratos que la guerra. Ningún documento da cuenta de Orden alguna fundada por el duque Godofredo, sin embargo, empeñó sus esfuerzos en restaurar las antiguas iglesias y monasterios; sea lo que fuere lo que sucedió en Santa María del Monte Sión, allí hubo un cuartel ocupado por “ciento cincuenta hombres de armas” cuya misión no difiere de la que tendrían las órdenes militares que se fundarían en el futuro inmediato. Los guerreros del Monte Sión parecen haber existido como organización antes que los propios templarios.
Pero también aquí parece haber una explicación en las costumbres cluniacenses. Desde la época en que el espíritu de Cluny había acompañado la reconquista ibérica –especialmente la recuperación de Toledo en 1085- insuflando en los combatientes la idea de “guerra justa”, era común que los monasterios congregaran “milites”, caballeros que adoptaban una vida de espiritualidad profunda y de oración. Esta práctica debe haber sido frecuente en Tierra Santa. La caballería tenía muchos puntos de contacto con las órdenes religiosas y su “iniciación” estaba plagada de simbolismo, rito y religiosidad.
Probablemente y de manera simultánea, varios grupos de guerreros se hayan constituido en torno a los monasterios cluniacenses y las grandes iglesias, tal como ocurrió con los caballeros del Santo Sepulcro o los del Monte Sión. Por la misma época, un grupo de hombres que respondían a Hugo de Payens, solía establecerse en las cercanías de un aljibe  cercano a las puertas de Jerusalén en donde, con frecuencia, se sucedían los asaltos a los peregrinos. ¿Pudo haber sido este el comienzo de los templarios? No suena tan épico ni tan misterioso.
En este caso, la realidad resulta más atractiva que la leyenda. Godofredo y los demás jefes que integraron los ejércitos de la expedición armada a Tierra Santa crearon cuatro estados cristianos en el corazón del Islam: El Principado de Antioquia, el Condado de Trípoli, el Condado de Edesa y el Reino de Jerusalén. Recuperaron todos los lugares Santos y establecieron una cultura cuyos últimos hijos ya no recordaban los colores ni los olores de Europa. Su mundo era “ultramar”. Durante dos siglos resistieron la alianza musulmana de árabes, kurdos y turcos, alternando períodos de provechosa paz con otros de furibunda violencia. Como veremos, los templarios tuvieron un papel preponderante y contradictorio en ese vínculo con el Islam.
                Puede decirse que quienes estaban detrás de Godofredo fueron los cluniacenses, los arquitectos de Europa, los que construyeron la alegoría de un Imperio Cristiano en el corazón político y religioso de su mundo: Jerusalén.
Para ello necesitaban de masones capaces de erigir iglesias, monasterios, castillos y ciudades. Y un ejército. Cuando los hombres de armas comenzaron a retornar a sus tierras en Europa se convencieron de que había llegado el momento de crearse uno propio. Nació entonces la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén y la de los Caballeros Hospitalarios.  En cualquier caso, cuando Ramsay se refirió a “nuestros ancestros los cruzados”, fijó su mirada en aquel lejano momento en el que cluniacenses, masones y monjes guerreros formaron la más temible y eficaz alianza cristiana. Una alianza que, sin dudas, soñaba restaurar.
Mientras esto sucedía, la masonería benedictina daba paso, lentamente, a las futuras corporaciones de constructores laicos.


[1] Jacques de Vitry; “Historia de las Cruzadas”, Buenos Aires, Eudeba, 1991 p. 43
[2] Jacques Heers, ob.cit. p 242. La cita corresponde a E. Roy, “Les poèmes français relatifs à la première croisade”, en Romania, 1929, t55, pp.411-468
[3] “Aquí yace, ínclito, el duque Godofredo de Bouillón, que ganó toda esta tierra para el culto cristiano, cuya alma descansa con Cristo. Amén”
[4] Puede consultarse la historia de Orval en la página web de la propia abadía:  http://www.orval.be/
[5] Runciman, ob. cit. V. I, pag. 117-119. Guillermo de Tiro cree que era oriundo de Amiens, pero sus orígenes son imprecisos.
[6] Runciman; ob. cit. Vol. III p.368.
[7] ibid. p. 370.
[8] ibid. p. 372.
[9]Libro de Suger” cap. XXXIII.
[10] Khitrowo, Mme. B. De; “Itinéraires Russes en Orient” (Réimpressión de l’édition 1889; Osnabrück, Otto Séller, 1966
[11] http://www.aciprensa.com/juanpabloii/viajes/tierrasanta/esp-tie2.htm

2 comentarios:

  1. Una duda QH:.¿el primer Obispo de Jerusalem fue Santiago el Mayor hijo de Zebedeo, o fue Santiago el Justo el Hermano del Señor?.
    TAF

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  2. Querido Hermano: El primer Obispo de Jerusalén fue Santiago el Menor Hijo de Alfeo; es apodado "el Menor" para distinguirlo del otro Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan. La Iglesia siempre lo identificó como el Hermano del Señor (ver por ejemplo Mc 6,3). San Pablo lo menciona en Gálatas y es el autor de una de las cartas del Nuevo Testamento. Fraternal Abrazo

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