viernes, 29 de julio de 2011

La Masonería y el camino hacia el centro.


El próximo 3 de agosto a las 19:00 se presentará, en el marco de la Mesa Redonda "Los masones hablan, Símbolos, Rituales e Iniciación en Masonería", el libro de Daniel Echeverría "La Masonería y el Camino hacia el Centro"  (Buenos Aires, Kier, 2011) que he tenido el honor de prologar. 

La mesa será coordinada por el Lic. Luis ACEBAL, Secretario de la Jurisdicción Argentina de la Orden Masónica Mixta Internacional “Le Droit Humain”.


Serán los expositores expositores

Eduardo CALLAEY
Preside en Argentina el Régimen Escocés Rectificado (Masonería Cristiana) bajo jurisdicción del Gran Priorato de Hispania. Director de la Colección Masonería Siglo XXI de Editorial Kier

Daniel M. ECHEVERRIA
Autor del libro “La Masonería y el camino hacia el centro”. Ex Gran Consejero de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones.

Prof. Dr. Antonio LAS HERAS
Autor de “Sociedades Secretas: Masonería, Templarios, Rosacruces
y otras ordenes iniciáticas”, libro ganador de la Faja Nacional de Honor
de SADE en el Género Ensayo.


Auditorio de la SADE
Sociedad Argentina de Escritores
Calle Uruguay 1.371, Capital Federal
Acerca del libro y el autor:

Con la publicación de La Masonería y el Camino hacia el Centro, la colección Masonería Siglo XXI continúa con su objetivo de poner al alcance de los masones y de todos aquellos lectores interesados en las Sociedades Secretas, las obras de los más importantes exponentes latinoamericanos del género.

Conozco al autor de este libro desde hace dos décadas. Teniendo en cuenta que nos conocimos en el seno de la Masonería, bien podría decirse que hemos pasado gran parte de la vida compartiendo la actividad masónica. Puedo testificar, entonces, que una de las constantes en la vida masónica de Daniel Echeverría ha sido la instrucción de los aprendices, el esfuerzo por enseñar a los recipiendarios los misterios de la Orden y llevar comprensión al público en general sobre una de las materias menos comprendidas y más manipuladas en la historia de las sociedades secretas.

Siendo este su desvelo en tanto años, era inevitable que su libro La Masonería y el Camino hacia el Centro tuviese por destinatarios a quines recién se inician en la Augusta Fraternidad y también a aquellos que se acercan con sana curiosidad a la ventana de los misterios. El libro que el lector tiene en sus manos es un compendio de cuanto le hemos escuchado a Daniel Echeverría en sus conferencias, en las Tenidas de Instrucción, en sus numerosos intentos de convertir a los recién iniciados en artífices de sí mismos, otorgándoles las herramientas del campo en el que mejor se desempeña: El del lenguaje de los Símbolos.

Encontrará el lector en esta obra un compendio magnífico de símbolos, dispuestos de modo tal que el alma peregrina pueda asirlos y colocarlos en orden; pues de eso se trata la masonería: Un sistema basado en una experiencia iniciática, en un Rito de Pasaje que sólo se descifra mediante alegorías contenidas en un lenguaje simbólico.

Esta es una obra esencial para principiantes. No hay aquí espacio para jugar a los misterios. No se esconde Echeverría detrás del testimonio de masones ilustres ni de interminables listas de próceres que “han dado su nombre a la masonería”. Por el contrario, el autor vuelca su propia experiencia y lo hace de un modo contundente, con un estilo que lo caracteriza y que el lector sabrá apreciar desde las primeras páginas.

Echeverría concibe la masonería como un campo del fenómeno humano en donde el mito tiene un protagonismo trascendente. Pero también como centro de unión fraternal donde los hombres pueden compartir su indagación sobre la vida y sus eternos interrogantes.  Lejos de aislar a la Orden Masónica en un contexto de Secreto -de Logia cerrada- nuestro autor proyecta su simbología en un lugar cercano a la experiencia vital, allí donde los arquetipos y las personas de carne y hueso se encuentran para dar vida al aspecto más rico del género humano. Es por ello que no ha podido escapar a la influencia de C. G. Jung, de J. Campbell, de M. Eliade y tantos otros buscadores de las profundidades del alma. Pero tampoco a la de los grandes genios del Renacimiento ni la de los formidables magos del siglo XIX. Su experiencia, recogida en el seno mismo de la instrucción masónica, está volcada en estas páginas.

Eduardo R. Callaey

miércoles, 27 de julio de 2011

¿Por qué escribo sobre Masonería?


Reflexiones sobre estupideces propias y ajenas en torno a la Masonería 

Los antiguos ensayos de primera mitad del siglo XX comenzaban con una palabra inquietante: Advertencia. Era el modo de adelantar con qué se encontraría el lector de la obra.

Cada vez que concluyo un manuscrito final y comienzo a revisar notas y resúmenes me doy cuenta que mis libros son de aquellos que necesitan de una amable advertencia al lector, porque quienes lo lean deben saber que están ingresando en un mundo distinto al que habitan diariamente. En apariencia, un masón es igual a cualquier persona, pero en realidad es alguien acostumbrado a vivir entre dos mundos. Desde luego no me refiero a nada sobrenatural; pero los masones no comparten muchas de sus actividades salvo con sus propios hermanos o seres muy queridos. Hasta no hace mucho tiempo era común que viudas e hijos se enteraran que el esposo o el padre era masón cuando fallecían. Solían llegar los miembros de la logia en pleno velatorio y despedir al difunto con una última cadena de unión. Aún hoy en muy frecuente que nos enteremos que alguna personalidad de la política, la ciencia o la cultura era miembro de una logia masónica luego de leer los avisos fúnebres publicados por las Grandes Logias o los Supremos Consejos.

Es cierto que el mundo ha cambiado. Los masones ya no padecemos del descrédito al que la Iglesia nos relegó durante mucho tiempo, incluso a los masones católicos, como es mi caso. También es cierto que muchos masones se dan a conocer porque es una forma de mostrar un estatus social o de pertenencia al mito de la sociedad secreta (como reza la publicidad: pertenecer tiene sus privilegios). Pero esta es la excepción y no la regla. La mayoría de los masones concurre a sus Tenidas –así se llaman las reuniones- de manera discreta; guardan sus rituales y herramientas de trabajo a cubierto de las miradas curiosas y viven, tal como lo he dicho, entre dos mundos.

No debe entenderse con esto que un masón está disociado de la sociedad en la que vive. Por el contrario, todo masón asume un compromiso con el colectivo general, con la comunidad que integra y con la construcción de la historia. El modo en el que lo hace es diverso: Algunos intentan trasladar los ideales de la masonería a su entorno inmediato; otros asumen que al perfeccionar su comportamiento moral ayudan a modificar el general con su ejemplo; todos, sin excepción, practican la filantropía en la medida de sus posibilidades. En algunos países se trata de aportes multimillonarios. El público en general se sorprendería de la cifra de la filantropía masónica en las naciones ricas. Pero aún el más pobre de todos los miembros de la Hermandad está obligado moralmente a la caridad, concepto aún más profundo que el de filántropo. Una Tenida masónica no tiene validez legal si en ella no se ha circulado, antes de finalizar los trabajos, un saco destinado a la beneficencia.

No resulta difícil describir a un masón, tomando por modelo el arquetipo general de hombre que una logia espera recibir en su seno. Pero cuando hablamos de historia de la masonería todo cambia y se vuelve más complejo, porque pese a la inmensa cantidad de libros escritos en torno a la masonería, su historia permanece incompleta y sesgada. Diversos intereses políticos y culturales han estimulado algunos aspectos de su protagonismo pero han ocultado otros. Como un álbum de fotografías, se han elegido algunas y desechado otras. La razón es simple. No hay una masonería, sino muchas. Tantas que necesitaríamos un volumen entero para describir cada Obediencia, cada Rito. Sin embargo existe un modelo masónico, una matriz.

Mi trabajo en mis blogs y en mis libros intenta ser una cronología de la matriz y un racconto de las mutaciones que el modelo masónico ha sufrido en los milenios que lleva gestándose. La masonería institucional, la fundada en 1717 –por tomar una fecha caprichosamente convencional- es apenas un fulgor debilitado de la matriz original. Su mayor atractivo es la conspiración, el secreto, la acción tras bambalinas. Pero estas mismas particularidades son, a su vez, su flanco más débil. Es por ello que no me gusta detenerme en las misceláneas, esas que les gustan tanto a los cultores de teorías conspirativas. Dejamos la búsqueda de los masones famosos para Google. La masonería no necesita de mitos urbanos. Su historia supera cualquier ficción posible y cualquier masón que haya rodado lo suficiente sabe que la realidad es más impactante que cualquier fantasía. Por eso tanta condena.

En efecto, fue interdicta por la Iglesia Católica, que no podían tolerar un poder oculto en sus narices; pero hay cardenales en la curia romana que visten el mandil. Fue perseguida por los sultanes otomanos  y es condenada por el Islam, aunque reyes y emires, millonarios petroleros y jefes de Estado musulmanes militan en sus filas. Fue aniquilada por el fascismo que no tolera la libertad y arrasada por el imperio soviético que propugnaba el pensamiento único. Pero resucitó apenas terminada la Segunda Guerra Mundial y renació con potencia inusitada en el Este luego de la caída del Muro de Berlín. Es recelada por la prensa libre que se ve limitada por el secreto de sus reuniones, pero los periódicos y revistas vuelven una y otra vez con notas, reportajes y especulaciones. En fin, la masonería es sospechada por todos.
Cabe reconocer -en lo que hace al espacio geográfico marcado por el cristianismo y la Ilustración- que la mala prensa, la condena y la imagen del masón con cuernos y olor a azufre ha sido azuzada principalmente por la Iglesia Católica y por algunos masones muy interesados en alterar los nervios de los señores príncipes de Roma. Debe saber el lector, de ante mano, que la confusión y la mala fe ha estado presente en ambos campos y que mi blog dedica extensos apartados a este asunto.

Pero toda esta mala prensa no ha hecho más que atraer la atención general, pues está visto que los filmes y las novelas se suceden. Desde la ficción se le construye una nueva mitología popular en la que todos quieren mirar. Se la define poderosa y sus escándalos se ventilan por Internet. Pero aún así permanece más hermética que nunca. Sus Grandes Maestres no se cansan de desmentir que sea una sociedad secreta; dicen que es una sociedad con secretos, o una sociedad discreta. En algunos países se modifican los antiguos juramentos, cuyas penalidades hoy aparecerían como crueldades inadmisibles, pero sigue habiendo muchos que estarían dispuestos a dejarse marcar la espalda a fuego con tal de ingresar. Así las cosas, los masones se expanden por millones en todo el orbe, sobrevivientes de una estirpe que camina por la tierra desde tiempos remotos, desde la noche misma de los tiempos. El grave problema es que muchos de ellos, la mayoría, están olvidando qué es la masonería.

El siglo XXI la encuentra con más vigencia que nunca, pero tan dividida que resulta imposible definirla, a no ser por su matriz de Sociedad Iniciática.

He intentado –e intento- describir el derrotero masónico desde aquellos tiempos lejanos hasta las recientes versiones cinematográficas y literarias de la más grande organización de todos los tiempos. Para ello he seguido una ruta laberíntica, incluyendo el hilo de la famosa Ariadna. Es un viaje al pasado en el que deseché el camino jalonado por falsedades, engaños y confusiones varias y reconstruí una ruta propia que me deparó sorpresas extraordinarias.

Descubrirán los hermanos avezados y el lector inquieto que los masones caminan en la historia del hombre en cada una de sus etapas. Pero que sus motivaciones han sido diferentes según el tiempo y el lugar en el que han actuado. Descubrirán que la realidad supera a la ficción y que –por más empeño que pongamos los masones- la masonería siempre dará tela para cortar a todas las teorías conspirativas, porque los masones aman el secreto y en el secreto está su fuerza.

¿Cómo resumir una historia tan vasta? De momento seguimos decididos a no llenar las hojas con listas interminables de masones famosos, ni de definiciones esotéricas que resultan imposibles de explicar en trabajos públicos. He querido describir, a modo de una guía del viajero, el serpenteante camino de una organización que nació en el Oriente Mediterráneo – cerca de donde los arqueólogos ubican el “Jardín del Edén” y que hoy posee sucursales en cada ciudad importante del mundo, salvo en aquellos países donde no hay libertad, es decir, donde al hombre se le impide ser humano. 

miércoles, 20 de julio de 2011

Entrevista con un Gran Maestro


Entrevista al Gran Maestro Bruno Ardenti en abril de 2011

Bajo el título Conversaciones con un Gran Maestro, empezamos una serie de entrevistas regulares con el Gran Maestro del Gran Priorato de las Galias. 

En esta primera, concedida a primeros del mes de abril, se abordan dos temáticas importantes:
A través de una serie de tres preguntas, aportará aclaraciones sobre lo que puede ser la iniciación en el 2011 en un lenguaje simple y contundente, alejado de los grandes desarrollos a menudo utilizados para abordar esta cuestión, que reconozcámoslo, no está falta de complejidad.
A través de estas tres preguntas, sacará a la luz los valores que promete el Gran Priorato de las Galias en tanto que Orden de los francmasones cristianos y de igual modo, aquellos otros valores que nos resultan totalmente extraños.

LA INICIACIÓN HOY

¿Qués es la iniciación?
La iniciación es una propedéutica a los misterios divinos. Es una vía de acceso a la propia realización espiritual a fin de llegar a ser plenamente hombre. Para no cometer los errores debidos al orgullo, la iniciación se hace en la ley del amor, acompañado de Hermanos que nos guían en este camino de vida.

¿Qué puede aportar la iniciación al hombre de hoy?
El bienestar de la Verdad. Una verdad que no pide, que se invita a nuestra mesa, que nos confronta y nos hace servidores de los hombres. En ello radica nuestra nobleza.

¿Qué es lo que caracteriza a los iniciados?
Sus deberes. Habiendo recibido la luz, tienen por misión transmitirla e iluminar a todo hombre en las tinieblas del mundo. Tienen como herramientas las virtudes, siendo la reina entre ellas la Caridad. Un iniciado no puede en ningún caso tener miedo del otro. Solo puede amarlo incluso si no lo comprende. Nuestra fraternidad reposa sobre estos fundamentos.

LOS VALORES QUE PROMETE EL GRAN PRIORATO DE LAS GALIAS

¿Qué es lo que define la identidad del Gran Priorato de las Galias?
El Gran Priorato de las Galias es una obediencia masónica practicante de ritos cristianos desde su inicio y revelando en sus grados últimos la belleza del cristianismo.

¿Cuáles son los valores que promueve entre sus miembros?
Practicamos las virtudes poniendo la suerte de cada hombre, imagen de Dios, en el corazón de nuestras preocupaciones. Estas virtudes, salidas de las Santas Escrituras, nos funden... con ellas.

¿Hay valores de este mundo que les son totalmente extraños?
La xenofóbia, el racismo, el antisemitismo, toda forma de exclusión y todo sistema que no situe el amor por el hombre en el centro del mundo.

viernes, 15 de julio de 2011

Godofredo de Bouillon 2º Parte "Los Guardianes del Cenáculo del Monte Sion"





1.- El Defensor del Santo Sepulcro

Uno de los puntos más oscuros de la historia de la primera cruzada concierne a las circunstancias de la elección de Godofredo de Bouillón como su primer gobernante secular. Inmediatamente después de la caída de Jerusalén, acaecida el 15 de julio de 1099, se desató una febril discusión entre eclesiásticos y barones acerca de si la ciudad debía ser gobernada por un clérigo o uno de los líderes militares de la expedición.
La cuestión no era menor, puesto que lo que se decidía, en definitiva, era si el incipiente Reino Latino de Jerusalén debía ser un estado religioso o laico. La facción clerical aparecía gravemente debilitada. En primer término porque el legado papal, Ademar de Monteil, había muerto durante la expedición al igual que Guillermo, obispo de Orange. Otros hombres virtuosos habían quedado en el camino o ya ocupaban cargos en las ciudades conquistadas en la marcha hacia Jerusalén. Los que quedaban, Arnulfo, obispo de Marturano y Arnulfo de Rohens, apodado “Malecorne”, eran sencillamente impresentables.
Existe consenso entre los historiadores en que la opción se redujo a dos candidatos: El duque Godofredo y el conde Raimundo. Las crónicas hablan de un grupo de “electores” cuyos nombres nunca se supieron, a los que se les encomendó la misión de evaluar profundamente los antecedentes de cada uno de estos grandes jefes. Estos hombres, luego de compulsar bajo juramento la opinión que los vasallos tenían de sus respectivos príncipes, decidieron de manera unánime ofrecer la corona de Jerusalén a Godofredo de Bouillón. Aceptó, pero pidió que lo llamaran con el título de “Defensor del Santo Sepulcro”. ¿Quiénes eran estos hombres? No lo sabemos, pero debió tratarse de gente singular, puesto que lo que se elegía era al rey de Jerusalén.
Cabe resaltar la exasperación que ha causado a todos los historiadores la absoluta ausencia de datos en torno a cómo estuvo compuesto ese colegio electoral y cuáles fueron los procedimientos que realmente se emplearon para tomar la decisión final.

No parece haber dudas acerca de las virtudes del elegido. Las crónicas antiguas coinciden en esta cuestión. Jacques de Vitry escribía hacia fines del siglo XII: “…eligieron por unanimidad como señor de la ciudad santa a Godofredo señor de Bouillón, caballero valiente, agradable tanto a Dios como a los hombres… Lleno de respeto por el Señor y humilde de corazón, no quiso ser llamado rey ni llevar corona de oro en el lugar donde el Señor había sido coronado de espinas para nuestra redención y para la salvación del mundo”[1] Otro tanto decía Guillermo de Tiro, que en sus crónicas resalta las virtudes religiosas de Godofredo, señalando la incomodidad que a veces representaba para sus súbditos esperarlo con la mesa servida mientras él  permanecía largas horas en profundo recogimiento y oración.

Su reinado duró apenas un año. Le alcanzó para infringir una derrota casi definitiva al “almirante de Babilonia”, Al Afdal, frente a las murallas de Ascalón. En ese breve lapso fueron muchos los que –una vez cumplida su promesa de liberar el Santo Sepulcro- regresaron a Europa. Aun así batalló sin descanso, trató de conformar a todos y demostró ser un buen organizador. No estaba sólo “…Había llevado con él monjes de claustro, hombres religiosos de valor, notables por sus santas obras, que a lo largo de todo el camino, en las horas canónicas de día y de noche, celebraban para él los oficios…” [2]

¿Por qué los cluniacenses eligieron a este hombre para reconquistar Jerusalén? ¿Por qué dejaron que fuese un jefe secular quien la gobernase? Como hemos adelantado, aquel hombre que salió de Lorena sabiendo que jamás regresaría, tal vez también supiera cual era su destino. Conquistó el ombligo del mundo, pero se negó a ser coronado rey. Murió de cansancio, inmerso en la oración, mirando la arena y recordando su infinita limitación humana: “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris…” Cuenta Alberto de Aix que su cadáver fue expuesto durante cinco días; luego, los hombres de Cluny, que lo habían acompañado desde Lorena, lo enterraron en la iglesia del Santo Sepulcro. Hasta principios del siglo XIX, al entrar se veía su sepulcro a la derecha y a la izquierda el de su hermano Balduino, muerto en 1017. Una losa prismática de mármol triangular cubría el sarcófago de Godofredo, sostenido por cuatro columnas. En una de sus caras se leía la siguiente inscripción:

“Hic iacet inclytus dux Gottifridus de Bulión
Qui totam terram istam
Acquisivit cultui christiano
Cuius anima cum Christo requiescat. Amen”[3]

En 1808 un incendio devastó la iglesia. Dicen que los griegos aprovecharon el caos, provocado por las llamas, para destruir los gloriosos monumentos erigidos sobre los sepulcros de ambos reyes latinos. Elocuentes testimonios de la conquista de Jerusalén por los latinos, muchos se apresuraron a consumar su desaparición junto con numerosas inscripciones que atestiguaban el derecho secular de los católicos a la legítima posesión de aquellos santuarios. Hay quienes creen que los restos se conservan ocultos o enterrados en algún ignorado sitio de la basílica.

Uno de los últimos viajeros de Occidente que alcanzó a ver aquellos cenotafios fue el vizconde de Chateaubriand: “...No quise abandonar el sagrado recinto –escribió entonces- sin detenerme e inclinarme ante los monumentos funerarios de Godofredo y Balduino, que dan frente a la puerta de la Iglesia. Con respetuoso silencio saludé las cenizas de los reyes caballeros que merecieron hallar su descanso junto al gran Sepulcro por ellos libertado...”

2.- Las leyendas en torno al duque Godofredo

De las muchas hipótesis que se han hecho en torno a Godofredo de Bouillón merecen analizarse algunos hechos que resultan, al menos, curiosos. El primero que surge con claridad es que, a diferencia de su hermano Eustaquio de Bolonia –que nunca demostró demasiado fervor por la cruzada- Godofredo actuó como si supiera que jamás regresaría a sus feudos en Lorena. Esta actitud se observa cuando se analiza la forma en que se desprendió de sus posesiones. O estaba seguro de su éxito o bien conocía un plan de vasto alcance que iba más allá de la expedición militar. Probablemente estaba en conocimiento de la magnitud del objetivo cluniacense de establecer con carácter definitivo un reino cristiano en Jerusalén.
La masonería del Rito Escocés Antiguo y Aceptado ha incluido en su tradición abundantes conjeturas en torno a Godofredo de Bouillón, particularmente en el Grado 18º denominado “Caballero” o “Príncipe Rosacruz”. En los antiguos rituales del Gran Oriente Español, aún vigentes en muchas potencias masónicas latinoamericanas, se atribuye al propio Godofredo la creación de este grado, luego de su conquista de Jerusalén. Según esta versión Godofredo ingresa entonces en la Orden del Temple, que ya existía como resabio de antiguas tradiciones esenias y de cierto sincretismo con un cristianismo primitivo. En este caso el énfasis está puesto en el hecho de que esta Orden actúa como factor de vínculo y unidad de acción con otras escuelas iniciáticas, tanto islámicas como judías, cuyo objeto es el de restablecer la paz y la concordia entre las religiones cimentadas sobre la misma tradición bíblica.
Posteriormente, esta idea de una francmasonería “superadora” de las diferencias entre las grandes religiones monoteístas, reaparecerá con frecuencia. Del mismo modo, la leyenda insiste en el vínculo filosófico de las tres grandes religiones abrahámicas.
El grado 18º tiene profundas connotaciones en la francmasonería del rito escocés. Por un lado recoge elementos místicos y alquímicos propios de la tradición rosacruz; a su vez, se lo considera el grado “cristiano” por excelencia. El eje de su filosofía se asienta en un proceso de transmutación del espíritu mediante el cual el iniciado alcanza un nuevo nivel de conciencia. Es uno de los grados más románticos, con un enorme simbolismo hermético y ceremonias muy particulares –como los banquetes pascuales- que guardan un claro esoterismo cristiano. A él nos dedicaremos específicamente en el Capítulo VII.
Más recientemente se han atribuido a Godofredo otras tradiciones, muchas de las cuales son el resultado de la recreación de estas antiguas leyendas masónicas a las que se agrega todo el folklore propio del esoterismo moderno.
Se lo ha vinculado insistentemente con la casa merovingia que reivindicaba una descendencia sanguínea con la dinastía davídica y con el propio Jesús. También se ha pretendido que fundó una misteriosa Orden a poco de conquistar Jerusalén, emplazando sus cuarteles en los terrenos de una antigua iglesia Bizantina sobre el Monte Sión, en el lugar del Cenáculo donde Jesús y sus discípulos participaron de la última cena. Esta teoría, planteada por Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln en “El Enigma Sagrado”, sostiene que esta Orden –que luego se denominaría con el nombre de “Priorato de Sión”- tenía por objeto restablecer el reino de los merovingios desplazando el eje de la cristiandad desde Roma a Jerusalén convirtiendo a esta última en la capital de un nuevo imperio cristiano.
En este esquema, la creación de la Orden del Temple respondía a la necesidad de contar con un brazo armado de la supuesta restauración basada –como hemos dicho-  en la legitimidad de las aspiraciones de Godofredo al trono de Jerusalén, sustentada en el origen merovingio de su linaje.
Como generalmente ocurre, en este tipo de literatura se aportan como pruebas y “documentos” algunos hechos importantes de rigurosa comprobación histórica junto a otros de dudosa compulsa o cubierta falsedad. El resultado de esta combinación suele ser una exitosa ficción basada en la atávica sospecha de la conspiración, pero a su vez un desgraciado planteo que culmina confundiendo la verdadera dimensión de los acontecimientos, apartando la verdad en aras de la confusión.
Según los autores mencionados, el núcleo original del futuro Priorato de Sión hay que buscarlo en un esquivo grupo de monjes provenientes del sur de Italia que –sin causa aparente que lo justifique- se establecen hacia el año 1070 en la localidad de Orval, en el actual Luxemburgo Belga, a pocos kilómetros del castillo de Bouillón, cerca de la tumba del rey merovingio Dagoberto II. Años más tarde -siempre de acuerdo con este relato- los monjes calabreses abandonan el lugar tan misteriosamente como habían llegado, marchando junto con Godofredo a la cruzada. Ya en Jerusalén asegurarían al duque el acceso al trono y fundarían aquella Orden secreta en el Monte Sión cuyo objetivo era velar por la restauración merovingia. Para ello deben encontrar  y recuperar un supuesto tesoro, documento secreto u objeto místico escondido debajo del Templo de Salomón desde los tiempos de Jesús. Este pretendido secreto no es ni más ni menos que el Santo Grial.
El emplazamiento de la Orden del Temple en un sector del antiguo templo garantizaría el éxito de la búsqueda del tesoro perdido que, desde luego, otorgaría inmenso poder a quien lo encontrara.
Existe una diferencia fundamental entre la leyenda masónica en torno de Godofredo de Bouillón y la  literatura moderna descripta. La francmasonería basa su “corpus” en un conjunto de símbolos. No hay una pretensión de verdad histórica en torno a sus leyendas, pues su sistema pedagógico se basa en enseñanzas veladas por alegorías. La cuestión se complica cuando –como ocurre en este caso- se pretenden sostener hechos de supuesto rigor histórico. Consideramos, por lo tanto, que no quedaría completo nuestro retrato de Godofredo de Bouillón sin un análisis de los puntos principales de estas teorías.


3.- El misterioso emplazamiento de la abadía de Orval

La abadía de Orval aun existe y mantiene su prestigio como una de las más importantes de Bélgica. Sus monjes actuales trabajan bajo la regla trapense de “La Estricta Observancia” y su cerveza es famosa. Su vinculación con los monjes calabreses de la Orden de Sión no es la única curiosidad “esotérica” que se teje en torno a ella, pues allí estuvo hospedado largo tiempo Miguel de Nostradamus luego de que la peste matara a su primera esposa y sus dos hijos. Fue en Orval donde escribió sus primeras profecías.
Los trapenses han realizado investigaciones históricas en torno a los orígenes de su abadía, pero no han podido establecer la existencia de población alguna en el lugar antes de la llegada de los italianos. Hasta el momento, según sus propias conclusiones, sólo han sido descubiertas algunas tumbas merovingias en torno a su emplazamiento.
Estas mismas investigaciones confirman que un grupo de monjes provenientes del sur de Italia se estableció allí en 1070, que las tierras les fueron donadas por Arnauld de Chiny, señor del lugar y que inmediatamente se abocaron a la construcción de una iglesia y un convento. Los mismos trapenses confiesan que desconocen los motivos por los cuales estos pioneros se marcharon cuarenta años después. Luego de su partida, Otón de Chiny –hijo de Arnauld- estableció allí a un grupo de canónicos que completaron las obras iniciadas por los italianos. En 1124 se finalizó la construcción de la iglesia que fue consagrada por Henri de Winton, obispo de Verdún.  Hacia 1132 la abadía quedó bajo la jurisdicción de la Orden del Cister, creada por San Bernardo, inspirador y protector de la Orden del Temple, la que le debe su propia Regla.[4] Fue destruida por la Revolución Francesa y reconstruida en 1926.
Una antigua leyenda cuenta que hacia 1076 la soberana de Orval era la condesa Matilde (también duquesa de Toscana). Quiere el relato que, estando sentada en el borde de una fuente de aguas claras, por un descuido, dejó caer en ella su anillo nupcial, recuerdo de Godofredo el Jorobado, su difunto marido. Desesperada por haber perdido esta joya, la condesa rezaba a la Virgen María con gran fervor. De pronto, apareció una trucha en la superficie del agua, devolviéndole aquella preciada joya. Asombrada por este milagro, la soberana gritó entonces: "¡He aquí el anillo dorado que estaba buscando!, ¡Bendito sea el valle que me lo devolvió!, ¡A partir de ahora y para siempre, quiero que sea llamado Val d'or!"  Desde entonces aquel lugar tomo el nombre de “Valle de Oro” y su símbolo de la trucha y el anillo de oro se ha conservado hasta nuestros días. La fuente todavía alimenta de agua al monasterio y a su cervecería.
En la versión de Baigent, Leigh y Lincoln se atribuye a Matilde de Toscana la sesión de las tierras para la fundación de la abadía. Se afirma que Matilde era la madre adoptiva de Godofredo y que entre los calabreses había llegado el hombre que luego sería conocido como Pedro el ermitaño –impulsor fundamental de la primera cruzada- quien se convertiría en “preceptor” del joven conde de Bouillón. He aquí en donde comienzan a introducirse datos imprecisos o falsos. Veamos:
Cierto es que hacia 1076 Matilde de Toscana había enviudado. Su marido había sido nada menos que Godofredo el Jorobado, tío del futuro Godofredo de Bouillón. Sin embargo, Matilde no sólo no era madre adoptiva de su sobrino político sino que se opuso tenazmente a que este recibiera las tierras de su tío, tal como finalmente ocurrió, gracias a los esfuerzos de la propia madre de Godofredo, Ida de Lorena.
Cuando los monjes calabreses se establecieron en Orval, Godofredo tenía apenas nueve años. Las baronías de Bouillón, Mosay, Stenay y Verdún, junto con el ducado de Baja Lorena pertenecían entonces a Godofredo el Jorobado, que aun no había muerto. Por otra parte, la mayoría de las fuentes históricas – a excepción de la mencionada por los autores de “El Enigma Sagrado”- afirman que Pedro “el ermitaño” era un hombre proveniente de la Picardía (actual Normandía). Nada se menciona acerca de su tutoría sobre Godofredo, mientras que su desastroso desempeño en la llamada “Cruzada de los Pobres” -cuyo trágico final está ampliamente documentado- no se condice con el de uno de los jefes encargados de llevar a cabo el plan estratégico para una restauración monárquica merovingia.
Se cree que Pedro había peregrinado con anterioridad a Tierra Santa. Según Runciman, había nacido en algún lugar cerca de Amiens; al momento de iniciar la cruzada ya era un hombre mayor. Lo describe como“…de poca estatura, de tez morena, de rostro alargado, magro, terriblemente parecido al burro que montaba… Iba descalzo, y sus hábitos eran mugrientos…” Sin embargo, tenía un enorme magnetismo sobre el pueblo que lo siguió en gran número, dando lugar a una verdadera “cruzada de los pobres”.[5] 
Para la época que estamos analizando, el desplazamiento de monjes a grandes distancias con el sólo objeto de fundar abadías y monasterios era una practica corriente que cualquier medievalista reconoce; no es ningún misterio que tal cosa ocurriera y de hecho ha sido una practica común en el apogeo de la Orden Cluniacense. Tampoco es particularmente significativo que Orval haya sido fundada sobre tumbas o antiguos restos merovingios.
Muchas de las grandes abadías del Imperio Carolingio fueron levantadas sobre las ruinas de edificaciones merovingias y de los antiguos campamentos romanos. Fulda era un terreno inhóspito cuando allí llega San Bonifacio. En el siglo VIII, en tiempos de Rabano Mauro aún se percibían las ruinas del antiguo fuerte merovingio.
 
No debe olvidarse que, en definitiva, los carolingios construyeron sobre los antiguos dominios de los reyes merovingios. Probablemente, jamás puedan determinarse las razones por las que estos hombres provenientes de Calabria eligieron las tierras de Orval tan cerca de Stenay, el lugar donde habría sido asesinado cuatro siglos antes Dagoberto II.  En cuanto a la posibilidad de que estos monjes marcharan a Jerusalén resulta muy probable si se tiene en cuanta su cercanía al condado de Bouillón y la gran cantidad de monjes cluniacenses que acompañaron a Godofredo en 1096.


4.- Los cluniacenses llegan a Jerusalén.

Hemos visto en los capítulos precedentes la importancia alegórica que el Templo de Jerusalén tenía para las logias establecidas en los monasterios benedictinos cluniacenses, por lo que resulta altamente significativa la presencia cluniacense –ampliamente documentada- en la cruzada. Es un momento muy particular de nuestro relato, puesto que junto a los ejércitos cruzados marchan los fratres conversi y los fratres barbati al lado de sus maestros benedictinos. Llegaban a Jerusalén para reconquistar el Templo del que habían leído en las obras de Beda y en la “Glosa Ordinaria” de Walafrid Strabón. Llevan en sus cofres los comentarios de los grandes exegetas benedictinos sobre el Templo de Salomón y los manuales de arquitectura de Vitrubio y Teófilo.

Conocían acerca de Hiram Abi y se inspiraban en los constructores del rey Hiram. Siglos después de la destrucción del Templo, estos nuevos obreros de Salomón regresaban al ombligo del mundo.

 Se cree que un importante número de maestros masones, en su mayoría monjes benedictinos, provenientes de Lorena, Borgoña, Auvernia y Provenza, -acompañados de un sinnúmero de auxiliares laicos- llegaron a Palestina con los ejércitos cruzados.
 La arquitectura franca en Tierra Santa –desarrollada durante más de dos siglos de dominación cristiana- debe entenderse como un proceso complejo de adaptación de los arquitectos de estas órdenes benedictinas a las circunstancias de la guerra, a las necesidades de la defensa, a la influencia de tradiciones arquitectónicas muy arraigadas en la región -en especial la bizantina y la armenia- y a la creciente presencia y protagonismo de las órdenes militares.

La mayoría de los historiadores reconoce la fuerte presencia de los constructores cluniacenses en la arquitectura religiosa de los cruzados. Tal es el caso de la catedral de San Pablo, construida en Tarso hacia 1102, la primera erigida por los cruzados “...de estilo románico, como las iglesias románicas del norte de Francia, pero con sus arcos apuntados...”[6]  y también el del complejo de la iglesia del Santo Sepulcro, consagrado en junio de 1149.[7] “En general” –dice Runciman- “es probable que los arquitectos y artistas de todo el monumento fueran franceses, educados en la tradición cluniacense”.

Afirma también que algunas de las obras de los cruzados muestran un parentesco con las grandes iglesias de peregrinación de los cluniacenses que –como hemos visto- controlaban las rutas a Santiago de Compostela y a los Lugares Santos desde el siglo X- y agrega que “...los cruzados tuvieron a su lado sus propios arquitectos, imbuidos de los estilos de Francia, sobre todo del provenzal y el tolosano...”[8]

                Sin embargo, los arquitectos francos pronto se vieron influidos por los constructores locales, aprendiendo de ellos nuevas técnicas que se trasladaron a Europa. Tal es el caso del “arco apuntado”, utilizado por los armenios. Prueba de ello es que hacia 1115, Ida de Lorena, madre de Godofredo de Bouillón  construyó dos iglesias que constituyen los primeros ejemplos de utilización del arco apuntado. Su primogénito, Eustaquio de Bolonia, recientemente regresado de Palestina, había traído consigo a los arquitectos que difundieron esta tendencia en suelo lorenés. Estas dos iglesias fueron construidas en Wast y Saint Wlmer, en Bolonia y su arquitectura recuerda las obras árabes. Por la misma época el arco apuntado ya aparece en Cluny.

 Otro indicio del creciente intercambio entre constructores cluniacenses y palestinos lo encontramos en el “Libro de Suger, abad de Saint Denis”, quien escribe a principios del siglo XII que “...tenía la costumbre de conversar con los operarios [venidos] de Jerusalén y saber con alegría, por ellos que habían visto los tesoros de Constantinopla y los ornamentos de Santa Sofía, si estas cosas nuestras podrían parangonarse con aquellas y valer algo...”[9]


5.- Los guardianes del Cenáculo del Monte Sión

 Centraremos ahora nuestra atención en el Cenáculo del Monte Sión, lugar donde se afirma que fue creada por los monjes italianos la Orden homónima.
Actualmente, el edificio identificado como Coenaculum o Cenáculo –el lugar donde tuvo lugar la última cena- se encuentra bajo jurisdicción del Estado Israelí. Es una estructura de dos pisos dentro de un gran complejo de edificios en la cima del Monte Sión. El piso superior recuerda el lugar donde el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles en Pentecostés, mientras que el inferior contiene un cenotafio que, desde el siglo XII, es considerado como la tumba de David. Bajo este complejo se encuentran cimientos cruzados, bizantinos y, más abajo, romanos. Se cree que el ábside ubicado detrás del cenotafio, que está en alinea con el Monte del Templo, pudo haber sido la sinagoga mencionada por el Peregrino de Burdeos en el año 333, uno de los más antiguos relatos sobre los santos lugares
En la tradición cristiana este lugar tiene una máxima significación, pues allí se han originado dos de los sacramentos: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal. Por otra parte, fue allí donde Jesús se apareció a los Apóstoles el domingo de la resurrección; es el lugar donde se reunieron los apóstoles con María y donde descendió el Espíritu Santo. En ese mismo sitio fue elegido Matías para suceder a Judas. El lugar tiene también una sugerente connotación política, pues fue la residencia de la denominada Primitiva Iglesia Apostólica. En efecto, allí fue consagrado Santiago el Menor como obispo de Jerusalén y elegidos San Esteban y los seis diáconos; de allí salieron también los apóstoles al separarse para ir a predicar el Evangelio por toda la Tierra.
Sobre el lugar de su emplazamiento la tradición ha sido unánime y no ha variado, tal como ocurre con el del Santo Sepulcro. Siempre se ha creído que el Cenáculo estuvo emplazado en el Monte Sión, a cien metros de la puerta que lleva el mismo nombre.
Refiere el obispo Epifanio, en el siglo IV, que el emperador Adriano visitó Jerusalén en el 131 y la encontró "completamente arrasada excepto algunas habitaciones y la iglesia de Dios, que era pequeña, donde los discípulos, volviendo del lugar de la ascensión de Jesús al cielo, subieron al piso superior".
De acuerdo a las investigaciones históricas, en la segunda mitad del siglo IV los cristianos bizantinos transformaron la pequeña iglesia original en una gran basílica que llamaron "Santa Sión" y "Madre de todas las iglesias", por su origen apostólico. Esta basílica fue destruida por los persas el año 614. Del Cenáculo sólo quedaban ruinas cuando los cruzados llegaron a Jerusalén.
Por orden de Godofredo –y esto debió suceder inmediatamente después de la caída de Jerusalén- sobre sus cimientos fueron construidos un monasterio cruzado y la iglesia de Santa María del Monte Sión y del Espíritu Santo. Afirma Gebhardt -en su ya citada obra escrita en el siglo XIX- que una comunidad monástica fue establecida allí y que llegó a poseer importantes rentas con la obligación de mantener ciento cincuenta hombres armados para la defensa del Santo Sepulcro. Hacia 1106 visitó el Cenáculo un peregrino ruso llamado Daniel el Higumeo. En su diario de viaje describe los antiguos mosaicos bizantinos que aun perduraban entonces y que describían imágenes de la Ultima Cena, el descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y otros temas vinculados con la tradición allí reunida.[10] 
También ordenó Godofredo la reconstrucción de la basílica de la Ascensión en el Monte de los Olivos. En el monasterio inmediato a la iglesia se constituyó una comunidad de monjes de la Orden de San Agustín que había reemplazado a los benedictinos que estableciera allí Carlomagno. Del mismo modo, organizó y dotó una comunidad de monjes negros cluniacenses junto a las ruinas de la iglesia de la Asunción de la Virgen, situada al pie del Monte de los Olivos, en el valle de Josaphat, con la orden de proceder a su reconstrucción.
Al Santo Sepulcro le dedicó especial interés: Hizo reunir bajo un mismo complejo edilicio las antiguas iglesias construidas por el monje Modesto, devolviéndole la antigua grandiosidad.
En cuanto al complejo monástico del Monte Sión, hacia el año 1219 el sultán Al Hakem ordenó su demolición, (probablemente como parte del programa de destrucción de las murallas y contrafuertes que rodeaban la ciudad) permaneciendo en pie solamente la capilla del Cenáculo con el cenotafio y tumba de David debajo. En el 1335 los Franciscanos recibieron en custodia y como propiedad, el santuario, erigiendo en el lado sur un pequeño convento cuyo claustro se puede visitar todavía. Junto al Cenáculo tuvo origen la Custodia de Tierra Santa, oficialmente instituida a favor de la Orden Franciscana 1342. Pero en 1552 los frailes fueron obligados a dejar el santuario en manos de los musulmanes.
Como si algo faltara, el 23 de marzo de 2000, en ocasión de su visita a Tierra Santa, S.S. el papa Juan Pablo II ofició en el Cenáculo del Monte Sión una misa privada. Ese día la Agencia Católica Internacional dio cuenta de la gran expectativa que este hecho había suscitado y expresó que “…Los cristianos, y especialmente el Papa Juan Pablo II, quisieran que el Cenáculo, actualmente de propiedad del estado de Israel, volviera a ser un lugar de culto católico, debido a su importancia capital para la historia del cristianismo…”[11]

6.- El ejército de Cluny y la “Guerra Justa”

 Muchos enigmas permanecen inexplicables en la vida de Godofredo de Bouillón.
¿Por qué razón el más encarnizado enemigo de Gregorio VII terminó aliado a su política en contra del emperador Enrique IV? Creemos muy posible que el espíritu de Cluny haya obrado –como en tantos otros guerreros francos, bárbaros e incorregibles- el milagro de insuflarle una piadosa inspiración y una idea de “cristiandad” capaz de conmover su voluntad. Tal vez estaba convencido que el viejo sueño cluniacense de establecer un reino cristiano en Jerusalén era posible; por ello no le importó enajenar todos sus bienes, porque sabía que no regresaría.
¿Por qué recayó sobre él la corona de Jerusalén? Nunca lo sabremos, pero no parece haber dudas en cuanto a sus virtudes, a su entrega y a su fe: “…No me ceñiré una corona de oro donde Jesucristo la llevó de espinas…”  Si los cluniacenses tuvieron control sobre la elección, todo indica que optaron por un estado secular en el enclave más sagrado en la historia del cristianismo.
Agotado, Godofredo dedicó el año que reinó en Jerusalén a consolidar la victoria cristiana; Su obsesión estaba en el plano militar; si hubiese sido su objetivo asegurar una supuesta dinastía merovingia se hubiese preocupado por otros menesteres más gratos que la guerra. Ningún documento da cuenta de Orden alguna fundada por el duque Godofredo, sin embargo, empeñó sus esfuerzos en restaurar las antiguas iglesias y monasterios; sea lo que fuere lo que sucedió en Santa María del Monte Sión, allí hubo un cuartel ocupado por “ciento cincuenta hombres de armas” cuya misión no difiere de la que tendrían las órdenes militares que se fundarían en el futuro inmediato. Los guerreros del Monte Sión parecen haber existido como organización antes que los propios templarios.
Pero también aquí parece haber una explicación en las costumbres cluniacenses. Desde la época en que el espíritu de Cluny había acompañado la reconquista ibérica –especialmente la recuperación de Toledo en 1085- insuflando en los combatientes la idea de “guerra justa”, era común que los monasterios congregaran “milites”, caballeros que adoptaban una vida de espiritualidad profunda y de oración. Esta práctica debe haber sido frecuente en Tierra Santa. La caballería tenía muchos puntos de contacto con las órdenes religiosas y su “iniciación” estaba plagada de simbolismo, rito y religiosidad.
Probablemente y de manera simultánea, varios grupos de guerreros se hayan constituido en torno a los monasterios cluniacenses y las grandes iglesias, tal como ocurrió con los caballeros del Santo Sepulcro o los del Monte Sión. Por la misma época, un grupo de hombres que respondían a Hugo de Payens, solía establecerse en las cercanías de un aljibe  cercano a las puertas de Jerusalén en donde, con frecuencia, se sucedían los asaltos a los peregrinos. ¿Pudo haber sido este el comienzo de los templarios? No suena tan épico ni tan misterioso.
En este caso, la realidad resulta más atractiva que la leyenda. Godofredo y los demás jefes que integraron los ejércitos de la expedición armada a Tierra Santa crearon cuatro estados cristianos en el corazón del Islam: El Principado de Antioquia, el Condado de Trípoli, el Condado de Edesa y el Reino de Jerusalén. Recuperaron todos los lugares Santos y establecieron una cultura cuyos últimos hijos ya no recordaban los colores ni los olores de Europa. Su mundo era “ultramar”. Durante dos siglos resistieron la alianza musulmana de árabes, kurdos y turcos, alternando períodos de provechosa paz con otros de furibunda violencia. Como veremos, los templarios tuvieron un papel preponderante y contradictorio en ese vínculo con el Islam.
                Puede decirse que quienes estaban detrás de Godofredo fueron los cluniacenses, los arquitectos de Europa, los que construyeron la alegoría de un Imperio Cristiano en el corazón político y religioso de su mundo: Jerusalén.
Para ello necesitaban de masones capaces de erigir iglesias, monasterios, castillos y ciudades. Y un ejército. Cuando los hombres de armas comenzaron a retornar a sus tierras en Europa se convencieron de que había llegado el momento de crearse uno propio. Nació entonces la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén y la de los Caballeros Hospitalarios.  En cualquier caso, cuando Ramsay se refirió a “nuestros ancestros los cruzados”, fijó su mirada en aquel lejano momento en el que cluniacenses, masones y monjes guerreros formaron la más temible y eficaz alianza cristiana. Una alianza que, sin dudas, soñaba restaurar.
Mientras esto sucedía, la masonería benedictina daba paso, lentamente, a las futuras corporaciones de constructores laicos.


[1] Jacques de Vitry; “Historia de las Cruzadas”, Buenos Aires, Eudeba, 1991 p. 43
[2] Jacques Heers, ob.cit. p 242. La cita corresponde a E. Roy, “Les poèmes français relatifs à la première croisade”, en Romania, 1929, t55, pp.411-468
[3] “Aquí yace, ínclito, el duque Godofredo de Bouillón, que ganó toda esta tierra para el culto cristiano, cuya alma descansa con Cristo. Amén”
[4] Puede consultarse la historia de Orval en la página web de la propia abadía:  http://www.orval.be/
[5] Runciman, ob. cit. V. I, pag. 117-119. Guillermo de Tiro cree que era oriundo de Amiens, pero sus orígenes son imprecisos.
[6] Runciman; ob. cit. Vol. III p.368.
[7] ibid. p. 370.
[8] ibid. p. 372.
[9]Libro de Suger” cap. XXXIII.
[10] Khitrowo, Mme. B. De; “Itinéraires Russes en Orient” (Réimpressión de l’édition 1889; Osnabrück, Otto Séller, 1966
[11] http://www.aciprensa.com/juanpabloii/viajes/tierrasanta/esp-tie2.htm

jueves, 7 de julio de 2011

Godofredo de Bouillón, Duque de Lorena



Godofredo de Bouillón, 

Señor de las Árdenas, Defensor del Santo Sepulcro

Aproximación al héroe de la caballería cristiana. 
El papel de Cluny en la estrategia 
de la reconquista de Jerusalén


1.- La historia que supera el mito

Cuando a fines del siglo XI, el papa Urbano II convocó a los barones cristianos para que liberaran los lugares Santos, el mundo europeo ingresó en un nuevo ciclo histórico signado por las “Cruzadas”. La primera peregrinación armada a Jerusalén constituyó uno de los hechos más prolijamente preparados de la historia medieval, puesto que –según lo indica una serie de indicios que analizaremos- la idea de recuperar Tierra Santa estaba en la cabeza de los cluniacenses desde mucho tiempo antes. Sólo había que esperar que las condiciones maduraran.

La decisión de convocar a la cruzada fue elaborada por un grupo de prelados y señores durante 1095. Entre los actores de aquellos acontecimientos se destacan claramente tres: El abad Hugo de Cluny, el papa Urbano II y un selecto grupo de nobles entre los que resalta la figura de Godofredo de Bouillón, comandante del ejército lorenés y uno de los jefes de la expedición.

Los cuatro ejércitos principales de la cruzada partieron entre 1096 y 1097. Godofredo abandonó su castillo de Bouillón el 15 de agosto de 1096. Bohemundo de Tarento y los normandos de Sicilia partieron del puerto de Brindisi en octubre. Raimundo de Saint Gilles, al mando de los provenzales, partió con el más grande de los cuatro ejércitos según coinciden los historiadores. El cuarto ejército, comandado por el duque Roberto de Normandía, Esteban de Blois y Roberto de Flandes, se embarcó en Brindisi en abril de 1097.

En julio de 1099, después de enormes esfuerzos y padecimientos, Jerusalén fue conquistada. Godofredo fue elegido entonces, en circunstancias poco claras, gobernante del Reino Cristiano de Jerusalén.

Llama la atención que fue el único de los grandes barones que empeñó todo aquello que tenía para armar su expedición. No dejó nada sin vender, o enajenar. Con sus ejércitos trasladó un enorme contingente de monjes cluniacenses y, con ellos, un verdadero ejército paralelo de constructores. De otra manera no puede explicarse la inmediata reconstrucción simultánea de los santuarios más importantes de Tierra Santa y la edificación de numerosas iglesias y fortificaciones. Este despliegue logístico que supo prever es por demás interesante y ha hecho pensar que tenía una idea más clara que los demás acerca de su misión y su destino. Pero no es el único interrogante en torno a su vida, enigmática, contradictoria y a la vez apasionante. 

Godofredo fue el prototipo del caballero cruzado. Descendía de los emperadores carolingios por línea materna y paterna y algunos historiadores afirman que por sus venas también corría la sangre de los reyes merovingios. A raíz de estas teorías se le atribuye la fundación de una Orden sobre el Monte Sión, una supuesta organización que tenía como objeto la restauración de la dinastía merovingia. Algunos estudiosos afirman que Godofredo era legítimo descendiente de los últimos reyes de aquella dinastía. Según estas suposiciones, para poder cumplir con ese objetivo, los conspiradores habían creado la Orden de los Caballeros Templarios que tenía un doble propósito: recuperar un tesoro oculto en los túneles subterráneos bajo el Templo de Salomón y constituirse en ejército de la dinastía restaurada.

Su figura ha estado en el centro de estas especulaciones vinculadas con supuestas órdenes y cofradías. Aparecidas en las últimas décadas, carecen por ahora de rigor histórico y sólo contribuyen a agregar confusión sobre un tema de por sí confuso. Tal es el caso del “Priorato de Sión”, cuyos miembros aseguran la existencia de un linaje de Jesús de Nazareth extendido por Europa y de la complementaria historia de las familias “Rex Deus”, supuestos descendientes de judíos emigrados a Europa en tiempos de Jesús.

            Mucho antes que se publicaran estas revelaciones modernas, Godofredo fue rescatado por el masón escocés Michel de Ramsay al remontar a los cruzados el origen de la francmasonería cristiana, teoría en la que se sustenta gran parte del origen histórico de importantes ritos masónicos, entre ellos el Escocés Antiguo y Aceptado. Cuando Ramsay pronunció su “discurso” en 1737 ante la elite de la francmasonería francesa, fijó sus orígenes en “nuestros ancestros los cruzados”. Ese sería el modelo sobre el cual se construyó la restauración templaria del siglo XVIII.

Desde aquel famoso discurso hasta la fecha, esta relación ha sido defendida y rechazada con igual ahínco, dentro y fuera de la masonería, y permanece en el campo de las cuestiones no resueltas.

Pero como suele suceder, los hechos que involucraron a Godofredo de Bouillón pueden resultar más asombrosos que las fantasías más elaboradas. Su vida trascurrió en apenas cuarenta años, pero fueron años frenéticos. Muchos de los hechos ocurridos en tan breve lapso indican el momento crucial que vivía el desgajado imperio franco: La cristiandad se dividió en dos mundos, Roma y Bizancio; La Iglesia Romana emprendió su primera reforma y sus príncipes se declararon infalibles y absolutos; Guillermo de Normandía conquistó Inglaterra; sus descendientes normandos navegaron el Mediterráneo desde Tarento hasta Antioquia. El Imperio, a su vez, se pretendió soberano por la gracia divina y repudió a los pontífices. Se erigieron simultáneamente miles de magnificas iglesias y los infieles fueron expulsados del Santo Sepulcro.

Godofredo fue un activo protagonista de muchos de estos hechos, pero apenas conocemos el rol que desempeñó como actor de la historia y muy poco de su vida detrás de bambalinas.

Tuvo una importante participación en la Guerra de las Investiduras, combatiendo al papado como jefe de los ejércitos del emperador Enrique IV. Años más tarde no dudó en responder al llamado del papa Urbano II y marchó a Palestina al mando del poderoso ejército lorenés. Junto al conde Raimundo de Tolosa puso sitio a Jerusalén en el año 1099 y la conquistó, convirtiéndose en su primer jefe político con el título de “Defensor del Santo Sepulcro”. Su hermano, Balduino I, lo sucedió en el trono de Jerusalén, y su sobrino Balduino del Burgo –que reinó como Balduino II- fue un entusiasta impulsor de la Orden de los Caballeros Templarios. Godofredo fue un notorio protector de la orden cluniacense, lo cual explica el número de benedictinos que lo acompañaron a la cruzada.

Hay en su historia algunas señales, muy pocas, que dejan abierta la puerta a un profundo misterio; un misterio que está en la base del mito de Europa y que aun preocupa a Roma: La sospecha de otra Iglesia, de otro cristianismo o mejor dicho, de otra espiritualidad. Por afinidad, diríamos por “vibración” -si se nos permite el exceso- su figura se ha asimilado a la extraña secuencia que enhebra a los monjes de Cluny, del Cister y del Temple con sus hermanos laicos, los masones. Todas estas instituciones conformaron la columna vertebral de un cristianismo paralelo, cuyo poder creció hasta el punto de condicionar las políticas de los papas. 


2.- El Señor de las Ardenas

            La figura de Godofredo brilló entre las antiguas dinastías herederas de Carlomagno. Eran los tiempos surcados por las guerras entre “señores duques” que pugnaban por el más preciado bien al que podía aspirar un hombre de cuna: las tierras.

El año 1069 trajo consigo una gran desgracia para la Lotaringia, antiguo nombre con el que se designaba a Lorena. Su señor, el duque Gothelón -al que llamaban “duque del castillo de Bouillón” porque era señor de aquellos alodios[1]- declaró la guerra a Otón de Champaña y reuniendo un gran ejército marchó a poner fin a las viejas disputas con el barón franco. Ambos príncipes representaban la más pura nobleza carolingia. Gothelón, señor de un vasto territorio entre Francia y el Rhin –que abarcaba los dominios de Brabante, Hainaut, Limbourg, Namurois, Luxemburgo y una parte de Flandes- descendía de Carlos el Grande y era hermano del Papa Esteban II. Por su parte Otón, su contendiente, era un fiel exponente de la poderosa nobleza franca. 

Dispuestos en orden de batalla chocaron sus armas con gran violencia. Otón –a quien su juventud otorgaba considerable ventaja sobre el duque- mató aquel día al duque lotaringio, sumiendo al ducado en profunda pena.

Gothelón -que pasaría a la historia como “Godofredo el Barbudo”- tenía un  único hijo varón del mismo nombre, a quién apodaban “el Jorobado”. El joven heredó los bienes de su padre: el ducado de la Baja Lorena, numerosos feudos extendidos en Verdún y otros señoríos como Stenay y Mosay; pero nada tan impresionante como el mítico castillo de Bouillón, enclavado en las estribaciones de las Ardenas, sobre una altura que domina sobre el curso del Semois y que por entonces se erguía sobre numerosos pueblos y aldeas cuyos habitantes daban gracias a Dios por aquella fortaleza temible a los ojos de las ambiciones vecinas.

Godofredo el Jorobado tenía dos hermanas: Regelinda, condesa de Namur por estar casada con el conde Alberto e Ida, casada con Eustaquio II conde de Bolonia. Al morir su hermano en 1076, Ida reclamó los privilegios del ducado de Baja Lorena para su segundo hijo, también llamado Godofredo. 

Ida de Lorena y Eustaquio de Bolonia tenían otros dos hijos: Eustaquio, heredero del gran condado de su padre y Balduino, que fue tonsurado a temprana edad como solía ocurrir con aquellos barones que no heredarían tierras. Por entonces nada hacía prever que aquellos tres hermanos marcharían un día hacia Jerusalén y que dos de ellos se convertirían en reyes de la Ciudad Santa.

 Godofredo, que había nacido en Baysy hacia 1060, tenía 17 años cuando heredó los dominios de su tío. Sin embargo pronto comprendió las graves dificultades que le implicaría mantenerlos. El emperador alemán Enrique IV no estaba dispuesto a ceder al sobrino del “Jorobado” el feudo imperial de la Baja Lorena y lo confiscó de inmediato anexándolo a los dominios de la corona, a la vez que confirmaba para Godofredo el condado de Amberes al norte y el señorío de Bouillón en las Ardenas.

Pero los problemas del nuevo conde de Bouillón no se agotaban con el emperador. La princesa Matilde, viuda de Godofredo el Jorobado no estaba dispuesta a resignar sus derechos sobre Mosay, Stenay y Verdún. Dos obispos complicaban aun más el panorama: Teodoro, obispo de Verdún reclamaba una decena de castillos en su diócesis, mientras que Enrique, obispo de Lieja –que había sido su tutor- intrigaba en su contra apoyando al abad de Saint Huber, quien acusaba a Godofredo de haber tomado por asalto el castillo de Bouillón al mando de un grupo de caballeros, propinándole un brutal castigo a su castellán. Por esta acción temprana e impiadosa –pero reivindicatoria de sus derechos- sería conocido en el futuro como el “conde de Bouillón” más que por sus títulos sobre el ducado de la Baja Lorena. 

Estas convulsiones en los señoríos del joven Godofredo no eran más que una gota en medio de la inmensa tormenta que se abatía sobre el imperio alemán.

La reforma cluniacense, con la que la Iglesia trataba de alejarse de una decadencia lacerante, ganaba defensores en Alemania y los propios papas entendían que debían ponerse a la cabeza del movimiento reformista. León IX había dado un paso importante estableciendo la institución del Colegio Cardenalicio como autoridad eclesiástica universal, con lo cual intentaba evitar la continua intervención de los emperadores del Sacro Imperio en la elección de los papas. Era sólo el comienzo de un duro conflicto que, pocos años más tarde, estallaría bajo el papado de Gregorio VII dispuesto a establecer su autoridad absoluta y acabar con el problema de las investiduras de feudos eclesiásticos que el emperador concedía a los laicos. El problema fundamental se suscitaba por el derecho de los soberanos a nombrar a los obispos en sus respectivos territorios. Esto acarreaba una grave corrupción política, incentivaba la simonía y le impedía a Roma un verdadero control sobre las diócesis.
En marzo de1075, Gregorio promulgó el “Dictatus Papae” en el que reafirmaba su poder absoluto sobre la cristiandad. Entre otras muchas disposiciones establecía:
“Que sólo el pontífice romano puede ser llamado, en justicia, universal; Que sólo él puede deponer a los obispos o reconciliarlos; Que sólo él puede utilizar las insignias imperiales; Que todos los príncipes deben besar los pies sólo al Papa; Que sólo su nombre es pronunciado en las iglesias; Que es único su nombre en el mundo; Que a él es lícito deponer emperadores; Que a él es lícito, de sede a sede, urgido por la necesidad, cambiar a los obispos; Que de cualquier iglesia, donde él quiera, puede ordenar clérigos; Que ningún sínodo puede llamarse general sin su mandato; Que ningún capítulo o libro pueden ser tenidos como canónicos sin su autoridad; Que sus sentencias no pueden ser retractadas por nadie, y sólo él puede retractar las de todos; Que él mismo por nadie puede ser juzgado; Que la Iglesia Romana nunca ha errado y en el futuro no errará….”  [2]
El emperador Enrique IV había reaccionado con dureza contra esta decisión enfrentándose a Gregorio, mientras que este estaba dispuesto a impedir que el emperador continuara con su política de disposición de investiduras eclesiásticas. En realidad, Enrique reclamaba la aplicación del mismo derecho de sus antecesores; en todo caso, lo que se había modificado era la voluntad del pontífice romano en cuanto a elevar su poder a términos absolutos.

 Aquel año de 1076, mientras el nieto del legendario Gothelón recuperaba el castillo inexpugnable de su abuelo, el papa Gregorio VII fulminaba al emperador alemán con estas palabras:

“…en el nombre de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por tu poder y autoridad, privo al rey Enrique, hijo del emperador Enrique, que se ha revelado contra tu Iglesia con audacia nunca oída, del gobierno de todo el reino de Alemania y de Italia, y libro a todos los cristianos del juramento de fidelidad que le han dado o pueden darle, y prohíbo a todos que le sirvan como rey.[3]
En tanto que el emperador le respondía:
“…Tú, pues, que has sido golpeado por el anatema y condenado por el juicio de todos nuestros obispos y por el nuestro, desciende, abandona la Sede Apostólica que has usurpado; que algún otro ocupe la cátedra de Pedro, otro que no oculte la violencia con el velo de la religión sino que proponga la santa doctrina del apóstol. Yo, Enrique, rey por la gracia de Dios, te digo con todos mis obispos: ¡Desciende, desciende, hombre condenado por los siglos..![4]
La antigua alianza entre el trono y el altar ya se había roto definitivamente. A partir de entonces los reyes harían valer su derecho divino más allá de la unción de los pontífices. En aquel primer enfrentamiento que desató “la querella de las investiduras” Godofredo de Bouillón tomó partido por el emperador y participó activamente en sus campañas. Primero contra los príncipes alemanes alineados con Roma y luego contra la propia ciudad de los papas. Estos acontecimientos, que tuvieron consecuencias históricas muy profundas, colocaron al Señor de Bouillón en el centro del tablero político de Europa. Cesare Cantú, en su historia de las cruzadas, lo pinta al frente de los ejércitos imperiales y le atribuye la muerte de Rodolfo de Suabia.
Rodolfo encabezaba la oposición a Enrique IV y contaba, para ello, con el apoyo de los cluniacenses que habían introducido su regla en Alemania a través de los monasterios alineados a la celebre abadía de Hirschau, la primera en reglamentar –siguiendo la tradición cluniacense- las logias de masones –“hermanos conversos”- en suelo germano.
Se sabe que en 1077, Rodolfo de Suabia trató de coordinar con el abad Wilhelm de Hirschau un frente opositor a Enrique IV. El encuentro tuvo lugar en la misma abadía, que controlaba un conjunto de importantes centros monásticos diseminados en territorio alemán, en las regiones de Richenbach, Turungia, Babaria, Suavia y otras localidades.
Muerto Rodolfo a manos del ejército liderado por Godofredo, los alemanes avanzaron sobre Roma. Gregorio VII se vio obligado a buscar refugio y para ello solicitó la ayuda de los normandos de Sicilia, que fueron en su auxilio. Sin embargo, los hombres del duque normando Roberto Guiscardo hicieron tal desquicio con lo que quedaba de Roma que sus habitantes, presos de ira, obligaron al papa a abandonar la ciudad y exiliarse en las tierras normandas de Sicilia, donde moriría poco después. Curiosamente, Bohemundo de Tarento, hijo de Roberto, formaría años más tarde uno de los ejércitos cristianos que marchó a Palestina en la primera cruzada, junto a los loreneses de Godofredo.
Pese a la muerte de Rodolfo y la derrota del partido papal, los esfuerzos cluniacenses contra el emperador continuaron. Hacia 1081, el ya citado abad Wilhelm trabajó, junto al obispo Altmann de Passau, en la fallida elección de un nuevo rey que fuese aliado de la Sede Apostólica. 
Las acciones de Godofredo merecieron la reconsideración del emperador en torno a la cuestión del ducado de la Baja Lorena que, finalmente, le restituyó, pero solo como una carga, sin derecho a sucesión, puesto que lo reserva para su hijo Conrado. Pese a esta legitimación a medias, Godofredo siguió siendo llamado el resto de su vida “conde de Bouillón” más que duque de Lorena.
El verdadero enigma en la vida de Godofredo es el giro radical que se produjo en su posición luego de la campaña de Italia y la caída de Gregorio VII. En pocos años, aquel hombre que había dado muerte al duque Rodolfo de Suabia en la batalla de Hohenmölsen y que luego bajaría a Italia con sus ejércitos poniendo asedio sobre  Roma, se distanció de la postura del emperador, acercándose paulatinamente al monasticismo cluniacense, fuertemente establecido en su territorio.
Paradójicamente, fue el primero en responder a Urbano II, cuando éste llamó a organizar una expedición armada para liberar los Santos Lugares, un papa –si se quiere y tal cómo veremos- heredero del pensamiento de Gregorio VII.

¿Qué sucedió en tan pocos años para que se produjera un cambio tan profundo en Godofredo? En 1091, apenas cuatro años después de ser investido como duque de la Baja Lorena, se opuso tenazmente a la decisión del emperador que, en un acto de fuerza, había impuesto como obispo de Lieja a Gotberto, un eclesiástico adicto a la corte. Repudiado y combatido por los grandes abades de la región, Gotberto encontró en Godofredo un enemigo implacable.

Paulatinamente, el conde de Bouillón se alineó con la reforma gregoriana que antes había combatido, oponiéndose a las investiduras imperiales. Steven Runciman -entre otros- cree que este cambio fue la consecuencia de la fuerte influencia que Cluny obró en su conciencia, en un momento en que el monasticismo se encontraba a la cabeza de la profunda reforma espiritual iniciada por Gregorio Magno, que había logrado arrancar a la Iglesia del descrédito. El ascendente de Cluny sobre las ideas de Godofredo parece verosímil si se tiene en cuenta –como hemos visto- la profunda influencia cluniacense en Lorena y Alemania y la activa participación de la orden en el apoyo y organización de la primera cruzada.


3.- Los benedictinos y la reconquista de la Tierra Santa.

            Afirma Runciman que hacia fines del siglo VIII parece haber existido un intento de organizar las cada vez más frecuentes peregrinaciones a Tierra Santa, cuyo principal promotor era el propio Carlomagno. Dado el papel preponderante que tuvo la Orden Benedictina en la estructura del Imperio Carolingio, no resulta extraño el hecho de que el emperador haya sostenido un empeñoso esfuerzo en establecer monasterios y hospicios latinos en los Lugares Santos, y que esta tarea haya sido encomendada a los monjes benedictinos.
             La importancia de estos establecimientos ha sido descripta por los cronistas y viajeros de la época. Entre ellos, el más significativo parece haber sido el monasterio de “San Juan de Jerusalén”, construido junto con un importante hospital en las proximidades del Santo Sepulcro, cuya principal actividad era la de recibir y dar albergue a los peregrinos latinos que llegaban a la ciudad Santa. Su construcción, así como su atención, quedó a cargo de los benedictinos. Allí halló hospitalidad, en el año 870, el peregrino Bernardo el Sabio, quien escribe en su “Itinerario”: “...Fui recibido en el hospicio del glorioso emperador Carlos, en el cual encuentran acogida cuantos visitan con devoción esta tierra y hablan la lengua romana. A él está unida una iglesia dedicada a Santa María, la cual posee una rica biblioteca, debida a la munificencia del emperador, con más doce habitaciones, campos, viñas y un huerto en el valle de Josaphat. Delante del hospicio está el mercado...”[5]
            Se cree que la fundación de estos establecimientos latinos en Jerusalén fue posible por la buena relación que Carlomagno había establecido con el Califa de Bagdad, Harún al Raschid, aunque su verdadero alcance forme parte de los misterios aun no resueltos sobre la vida de Carlomagno. Lo cierto es que a principios de siglo IX, el patriarca de Jerusalén debió recurrir al emperador para solicitarle ayuda, pues los peregrinos cristianos sufrían permanente asedio y vejaciones por parte de los piratas beduinos. En el mensaje del patriarca se hace referencia a que “...el Monte de Sión y el Monte de los Olivos están gozosos por las donaciones del muy generoso monarca...”.
            Carlomagno se sintió profundamente agraviado por la situación que atravesaban los cristianos en Tierra Santa y decidió enviar una embajada a Al Raschid a fin de poner fin a esta cuestión. Ocurre entonces un hecho que divide la opinión de los historiadores, pero que constituye un antecedente valioso acerca de las pretensiones y los derechos latinos sobre los lugares Santos. Al Raschid responde otorgando protección sobre las iglesias y peregrinos y hace donación del Santo Sepulcro al emperador en la persona de su representante y embajador. Hay quienes sostienen que tal cosa era absolutamente imposible, pues –y tal como lo señala Harold Lamb- “...resulta inconcebible que un califa del Islam, guardián de los santuarios de su religión, cediera a un cristiano desconocido la autoridad sobre parte alguna de Jerusalén”[6]
            Sin embargo, las crónicas asocian a esta embajada con la cesión a Carlomagno –aunque en forma temporaria- de la autoridad sobre una parte de Jerusalén. Las fuentes relatan que el patriarca de Jerusalén transfirió al emperador las llaves del Santo Sepulcro y del calvario junto al estandarte (vexillum) y las llaves de la ciudad Santa y del Monte Sión. Un clérigo de nombre “Zechariah” trajo el estandarte y las llaves a Roma sólo dos días antes de la coronación de Carlomagno como emperador. Al menos nominalmente, Carlomagno estuvo en posesión del Santo Sepulcro.[7]
            Einhardo –un monje del monasterio de Saint Gall- dejó testimonio escrito de esta circunstancia: “...El califa, informado de los deseos de Carlomagno, no sólo le concedió lo que pedía sino que puso en su poder la propia tumba sagrada del Salvador y el lugar de Su resurrección...” Al Raschid, admirado por los regalos que le enviaba el emperador cristiano, dijo: “..¿Cómo podríamos responder de manera adecuada al honor que nos ha hecho? Si le damos la tierra que fue prometida a Abraham, está tan lejos de su reino que no podrá defenderla, por noble y elevado que sea su espíritu. Sin embargo, le demostraremos nuestra gratitud entregando a su majestad dicha tierra, que gobernaremos en calidad de virrey...”[8]
            Más allá del alcance real de estas crónicas, los hechos demuestran que, ya en los tiempos carolingios, el cristianismo occidental consideraba a la Tierra Santa –y en particular a Jerusalén- como el lugar más venerado, punto de contacto con el otro mundo, simbolizado en la imagen de la Jerusalén Celeste, y que esta conciencia se desarrollaría hasta sentir como un imperativo la ocupación efectiva de esa tierra.
Ya hemos dicho que los cluniacenses se habían convertido en los principales organizadores de los movimientos de peregrinos a Tierra Santa. Desde la fundación de Cluny en 910, se asumieron como los guardianes de la conciencia de la cristiandad occidental y como tales, se impusieron una misión concreta con respecto a Palestina. Dice Runciman:
“…La doctrina de los cluniacenses aprobó la peregrinación. Deseaban darle asistencia práctica. Hacia principios del siglo siguiente (XI), las peregrinaciones a los grandes santuarios de españoles estaban casi totalmente controladas por ellos. Por la misma época empezaron a preparar y organizar viajes a Jerusalén… Su influencia la confirma el gran incremento de los peregrinos procedentes de Lorena y Francia, de zonas que estaban próximas a Cluny y sus casas filiales. Aunque había aun muchos alemanes entre los peregrinos del siglo XI… los peregrinos franceses y loreneses eran mucho más numerosos…” [9]
Sorprende el éxito de esta política. La regla benedictina era la más practicada entre los clérigos latinos que vivían en Palestina, incluidos los miembros de la pequeña orden fundada en 1075 por italianos de Amalfi, consagrada a San Juan el Compasivo, que habían reconstruido el “hospital” fundado por los monjes enviados por Carlomagno para atender las necesidades de los peregrinos cristianos, destruido en 1010 por los sarracenos. Esta orden se convertiría luego en la de los Caballeros Hospitalarios, cuyo prestigio emuló al de los  propios Templarios y se convirtió, posteriormente, en la Orden Militar de Malta.
Basta leer la inmensa cantidad de nombres notables que emprendieron tan riesgosa empresa para comprender la magnitud del movimiento de los peregrinos y de la influencia que Cluny imprimió en la construcción de una conciencia viva de la trascendencia de los Santos Lugares. Godofredo de Bouillón, duque de la Baja Lorena en aquellos años, de ningún modo pudo permanecer ausente a un fenómeno que –como acabamos de ver- afectaba directamente a sus dominios.
Otra cuestión verdaderamente significativa es que, aunque haya sido Urbano II quien pasó a la historia como el gran convocador de la primera cruzada, el llamado a liberar los Santos Lugares tiene un antecedente directo en Gregorio VII, autor de un documento del año 1076 cuyo texto puede encontrarse en los anexos documentales.[10]
Gregorio VII era un producto surgido de Cluny; allí había profesado sus votos y su elección como papa modificó sensiblemente la marcha de la Iglesia. Su poder estaba directamente relacionado con el apoyo que recibía del movimiento cluniacense, que actuaba como su verdadero brazo político en contra del emperador Enrique IV.
Teniendo en cuenta este antecedente, resulta natural pensar que la idea de una recuperación de Jerusalén estuviese en los planes de los benedictinos de Cluny mucho antes del llamado de Urbano II, cuyo verdadero nombre era Odón de Lagerý, hijo de la noble familia de Chatillón. Al igual que Gregorio, había profesado sus votos en la abadía de Cluny, ante el mismísimo San Hugo en 1070. El Venerable había detectado su capacidad y su inteligencia y no tardo en convertirlo en prior para enviarlo luego a Roma. En 1078 fue nombrado cardenal y obispo de Ostia por Gregorio y más tarde nuncio en Francia y Alemania.
Cuando el papa Gregorio murió -con el antipapa Guilberto reinando en Roma- los cardenales leales eligieron como su sucesor a Víctor III, elección que fue resistida por el Obispo de Ostia. Sin embargo, a la muerte de Víctor, Odón de Lagery fue finalmente coronado papa, cumpliéndose lo que, para muchos, había sido el deseo de Gregorio. Luego del cónclave de Terracina, en donde Odón tomo el nombre de Urbano II, el nuevo papa se abocó a la difícil tarea de recomponer el poder de Roma, que había quedado reducido a los territorios normandos. La situación cambió hacia 1093, época en la que el emperador Enrique VI vio dramáticamente debilitado su reinado a causa de las disputas con su hijo Conrado.
Pero Cluny no sólo había creado la planificación de las peregrinaciones a Jerusalén, ni se conformaría con colocar al frente de la Iglesia a dos papas dispuestos a recuperar el Santo Sepulcro. Cluny fue la ideóloga, el estratega, el agente de propaganda y la conducción logística de la futura expedición. La convocatoria al Concilio de Clermont es una maniobra ejecutada con precisión por los cluniacenses, tan obvia que no ha podido ser ignorada por la historia. En efecto, Urbano II realiza un extenso viaje por Francia antes de llegar a Clermont, un viaje que lo lleva por los más importantes monasterios cluniacenses y catedrales de la región. En la última etapa llega a Cluny en donde es recibido con pompa y honores. Se trata del primer monje cluniacense que vuelve a su abadía madre luciendo la tiara papal. El día 25 de octubre de 1095 bendice el nuevo altar mayor de la abadía.
Allí se analiza y se traza la estrategia de la expedición. Dice Runciman: “En Cluny conversaría con personas ocupadas en el movimiento de los peregrinos, tanto a Compostela como a Jerusalén. Le contarían de las insuperables dificultades porque tenían que pasar ahora los peregrinos a Palestina a causa de la disgregación de la autoridad turca en aquellas zonas. Se informó que no eran sólo las rutas a través del Asia Menor las que estaban cerradas, sino que Tierra Santa resultaba virtualmente inaccesible para los peregrinos”[11] 
De su estadía en Cluny, dicen Pierre Barret y Jean-Noël Gurgand: “El proyecto de expedición armada hacia el Oriente pertenece a la más profunda lógica de la política cluniacense; seguramente el abad Hugo, el papa y sus consejeros han reflexionado largamente, durante estas jornadas, en los argumentos que emplearían, en los hombres a los que deberían convencer y en los medios con los que constituir los tesoros de guerra….”[12]
Cuando llegó a Clermont, el 18 de noviembre, a su lado estaba San Hugo el Venerable. La maquinaria cluniacense había preparado el terreno;  el escenario fue una pradera cercana a la iglesia, cuya capacidad había sido rebasada por la gran cantidad de concurrentes. 
"¡Desgraciado de mí –clamó Urbano- si he nacido para ver la aflicción de mi pueblo, y la prosternación de la Ciudad Santa, y para permanecer en paz, que ella sea entregada en las manos de sus enemigos!" .Vosotros, pues, mis hermanos queridos, armaos del celo de Dios; que cada uno de vosotros ciña su cintura con una poderosa espada. Armaos, y sed hijos del Todopoderoso. Vale más morir en la guerra, que ver las desgracias de nuestra raza y de los lugares santos. Si alguno tiene el celo de la ley de Dios, que se una a nosotros; vamos a socorrer a nuestros hermanos. "Rompamos sus ataduras, y rechacemos lejos de nosotros su yugo". Marchad, y el Señor estará con vosotros. Volved contra los enemigos de la fe y de Cristo esas armas que injustamente habéis ensangrentado con la muerte de vuestros hermanos...”[13]

Al día siguiente del llamado a la cruzada, el 27 de noviembre, Urbano, príncipe de los obispos, se sentó a delinear con el anciano venerable cómo se llevaría a cabo el viejo anhelo: Jerusalén volvería a ser cristiana. Meses después la expedición ya estaba en marcha.


Fin de la Primera Parte. Continúe leyendo la Segunda Parte "Godofredo de Bouillón y el Cenáculo del monte Sion"


[1] Gislebert de Mons; “Cronicon Hanoniense” (Madrid, Ediciones Siruela S.A., 1987) Traducción de Blanca Garí de Aguilera, p. 9
[2]Gregorii VII Registrum, Ed. Ph. Jaffé, in Monumenta Gregoriana, II, en: Gallego Blanco, E., “Relaciones entre la Iglesia y el Estado en la Edad Media”, (Biblioteca de Política y Sociología de Occidente, 1973, Madrid), pp. 174-176.
[3] Gallego Blanco, ob. cit  pp. 147.
[4]Monumenta Germaniae Historica, Constitutiones et Acta, I”, en: Calmette, J., “Textes et Documents d'Histoire, 2, Moyen Age”, (P.U.F., 1953 Paris), pp. 120 y s. Trad. del francés por José Marín R.                                                     
[5] Gebhardt, Victor D. “La Tierra Santa” (Espasa y Cía Editores, Barcelona)
[6] Lamb, Harold, “Carlomagno” (Edhasa, Barcelona, 2002) p. 411
[7] Zuckerman, Arthur J. “A Jewish Princedom in Feudal France (Comunbia University Press, New York, 1972) pp. 188-189 y ss.
[8] Lamb, loc. cit
[9] Runciman, ob. cit. Vol. I. p. 57
[10] Jacques Heers, “La Primera Cruzada” Editorial Andrés Bello; Barcelona, 1997 p. 78-79
[11] Runciman ob. cit. V.I. p. 112
[12] Barret, Pierre y Gurgand, Jean-Noël ;“Si te olvidara, Jerusalén” La prodigiosa aventura de la Primera Cruzada; (Ediciones Juan Granica S.A., Barcelona; 1984) p. 24, 25 y ss.
[13] Guillermo de Tiro, Histoire des Croisades, I, Éd. Guizot, 1824, Paris, vol. I, pp. 38-45. Trad. del francés por José Marín R.