Estimado Lector de Temas de Masonería

Sitio personal de Eduardo Callaey. Todo el contenido está dirigido a la difusión de los orígenes, historia, simbolismo y alcances de la masonería y la Orden de la Caballería. También contiene artículos de opinión. Lo escrito es absoluta responsabilidad de su autor.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Sobre la masonería, la docrtina y el dogma en la visión de Jean-François Var

La masonería necesita pensadores. La sociedad de los masones, en la que una franja mayoritaria se define a sí misma como el numen del librepensamiento, adolece en la actualidad de grandes pensadores. Me refiero a masones que se aparten del relato –muchas veces repetido sin sentido- y reencuentren, o se cuestionen acerca del significado de las palabras.



Podría decirse que hay pocas organizaciones con tanta vitalidad que hayan sostenido tradiciones a lo largo de los siglos. La masonería es una de ellas. Pero al tratarse de un conglomerado polifacético y heterogéneo de Potencias, Orientes, Grandes Logias, Grandes Prioratos etc., no hay “una” tradición masónica sino muchas. De allí que el valor y el significado de las palabras se vuelva fundamental.

Tan fundamental que aquellos que creemos que este repensar incesante no puede detenerse, permanecemos a la caza de libros y artículos que vengan a poner claridad en el complejo lenguaje masónico, ya de por sí sujeto a la infinita subjetividad del símbolo. Pero no hablaremos aquí de simbolismo sino de lenguaje.

Existe una antigua disputa acerca de si la masonería posee una doctrina. La masonería liberal –por ejemplo-  suele aclarar que es “adogmática”, como si fuese posible concebir una “masonería dogmática” que a mi juicio conforma un oxímoron. Se confunde habitualmente doctrina con dogma; y una vez planteada la confusión se repiten ad infinitum sin que nos demos cuenta que la repetición del error es un veneno que termina quitando a la Orden su máximo valor: lograr que el iniciado se construya como tal, guiado por sus maestros, con la mirada vuelta hacia su interior y la actitud atenta del que sabe que está aprendiendo.

No es la primera vez que publicamos en “Temas de Masonería” a la pluma de Jean-François Var. La casi totalidad de sus artículos traducidos al español la tenemos merced al esfuerzo de Ramón Martí Blanco a quien agradecemos su trabajo una vez más. Creo que es una buena oportunidad para que repensemos el significado de ambos términos, ilustrado por uno de esos escasos “pensadores” que hoy por hoy tiene nuestra Orden. Y creo que es doblemente oportuna, siendo ésta la última columna del año. Buena lectura y Feliz Año 2014.

DOCTRINA Y DOGMA

Hay términos, que a medida que pasa el tiempo, han adquirido mala reputación. Tal es el caso de términos como “doctrina” y “dogma”, sobre todo en sus derivados de “doctrinario” y “dogmático”[1]. Mencionarlos, es evocar a los gendarmes o policías del pensamiento. Y sin embargo… nada debería ser más útil, más precioso incluso, para los masones.

Como siempre, apelamos al refuerzo de la etimología. En su origen, se encuentra la raíz indoeuropea dôk, a partir de la cual han sido construidos verbos idénticos en cuanto a la forma (pero no en cuanto a su sentido) dokeô en griego y doceo en latín y todos sus numerosos derivados: dogma (y los verbos construidos sobre este substantivo), dokeuô, dokimazô, doxa (y sus derivados)… en griego; y en latín: docilis, doctor, doctrix, doctrina, doctus, documentum, y… dogma (en Cicerón, ese gran helenófilo y helenófono).

Veámoslo más de cerca.

El dokeô griego tiene tres significados principales, de entre los cuales, uno nos interesa directamente:
1.      Semejar, parecer, tener la apariencia. Es a partir de este sentido que se ha venido a nombrar “docetismo” la herejía que profesa que Cristo sólo murió en la cruz en apariencia pero no en realidad: en este aspecto, el Corán es docetista;
2.      Pensar, creer, imaginar (podemos ver aquí por deslizamiento del sentido con la primera acepción);
3.      Juzgar adecuado, decidir.

Dogma está en relación directa con dokeô. Hay dos acepciones:
1.      Opinión, doctrina filosófica (en relación con el segundo significado);
2.      Decisión, decreto (en relación con el tercer significado). Es así que la expresión latina senatus consultum, decreto del senado (romano) se convirtió gracias al historiador Polibio en dogma tês sunklêtou.

El doceo latino tiene un significado distinto al del dokeô griego pero no deja de estar en relación uno con otro. Esta significación es: enseñar, instruir, mostrar, hacer ver. Ella está pues en relación evidente con el sentido 1 y 2 del verbo griego, con un matiz importante: lo que uno piensa, lo que uno cree, lo que uno imagina, en este caso lo transmite. Esto es a tener muy presente.

De ahí se pasa a doctrina que tiene dos acepciones principales:
1.      Enseñanza, formación teórica, educación, cultura –acepción que deriva directamente del verbo doceo;
2.      Arte, ciencia, teoría, método, doctrina.

En rigor, podríamos quedarnos aquí. Sin embargo, nos es preciso ver si la evolución semántica constatada entre el griego y el latín ha proseguido en el francés.

El principado de Dombes, del que Trévoux era la capital, permaneció independiente de Francia hasta 1762. Así pues la censura real no se ejerció allí. Numerosos impresores y editores aprovecharon esta falta de jurisdicción para instalarse. Los jesuitas también, publicando memorias sobre temas diversos bajo el título de Diario de Trévoux y el famoso Diccionario de Trévoux. Este Diccionario universal francés y latino (ese era su título) fue el primer diccionario verdaderamente enciclopédico en lengua francesa, en competencia directa con la Enciclopedia de d’Alembert y Diderot. Conoció 5 ediciones entre 1704 y 1771. Citaré la edición de 1738-1742 publicada en Nancy, capital del ducado de Lorena, a su vez también independiente del reino bajo la soberanía de Stanislas Leczinski, de 1737 a 1766. ¿Por qué citar este diccionario? Porque ofrece el estado exacto de la lengua al uso en el siglo XVIII, y en consecuencia en el momento de la creación del Régimen rectificado. ¿Qué podemos leer en él?

Doctrina:
1.      Saber, erudición;
2.      Lo que se contiene en los libros;
3.      Sentimientos particulares de los autores, o de las sociedades.
Dogma:
1.      Máxima, axioma, principio o proposición de en qué consisten las ciencias;
2.      Se dice particularmente de puntos relativos a la religión. Estas dos definiciones son medianamente cortas y poco satisfactorias; podemos ver sin embargo que “dogma” empieza diferenciarse de “doctrina” con un carácter más absoluto, una autoridad más fuerte.

Si saltamos ahora al siglo XIX, nos encontraremos con el Nuevo Larousse Ilustrado, Diccionario universal enciclopédico, publicado en 8 volúmenes alrededor de 1905. Es ahí que he encontrado las mejores definiciones y las más completas de los dos términos encausados en las dos acepciones que tienen en nuestros días, al menos cuando estas dos acepciones no han sido desfiguradas por la ignorancia y las pasiones (que a menudo andan juntas). Citémoslas pues:

Doctrina: “Conjunto de conocimientos poseídos por alguien. Se da ordinariamente el nombre de “sistema” a las soluciones razonadas que los filósofos o sabios aportan relativos a problemas teóricos de la filosofía o las ciencias (…) Reservamos el nombre de “doctrina” al conjunto de enseñanzas que tienen por objetivo resolver las cuestiones relativas a la naturaleza y destino moral del hombre. Ahora bien, las soluciones a estas cuestiones pueden ser, o presentadas en nombre de la razón, o inspiradas en nombre de la Revelación. En el primer caso, ellas dan lugar al nacimiento de doctrinas filosóficas; y en el segundo, constituyen doctrinas religiosas.
Dogma: “Artículo de creencia religiosa enseñado con autoridad y ofrecido como siendo de una certeza absoluta. Por extensión: opinión, doctrina cualquiera dada como siendo de una certeza absoluta: dogmas políticos, literarios.”

Luego, después de un largo análisis de los dogmas de la Iglesia católica: “Los primeros escritores protestantes denominaban con este nombre las verdades sobre las que los cristianos parecían estar de acuerdo.”

La vuelta a la cuestión está hecha y todo está dicho. “Conjunto de enseñanzas que tienen por objetivo resolver las cuestiones relativas a la naturaleza y destino moral del hombre”: ¿No es acaso muy exactamente esto lo que se dispensa a sus miembros el Régimen escocés rectificado? Estamos pues perfectamente fundamentados, yo entre otros, cuando hablamos de “la doctrina rectificada”, la cual existe en el Régimen, y solamente en él. En efecto, si todas las ramas de la masonería enseñan lecciones morales, estas lecciones tienen que ver, en el caso de la masonería rectificada, con la naturaleza y el destino moral del hombre. Este es el momento, ahora más que nunca, de recordar la famosa fórmula de Joseph de Maistre (en su Memoria al duque de Brunswick): “El gran objetivo de la masonería será la ciencia del hombre”.

Pero esta doctrina es de naturaleza filosófica, “metafísica”, he dicho a menudo, ella no es de naturaleza religiosa, incluso si ésta se halla iluminada por la religión. Ella no tiene pues carácter dogmático que solo es reservado a las verdades religiosas, que son, y únicamente ellas, “enseñadas con autoridad y ofrecidas como siendo de una certeza absoluta”. Que uno crea o no crea en estas “verdades” no cambia estrictamente nada de su carácter propio.

Es pues por una corrupción semántica que constituye una verdadera perversión, que algunos se las ingenian para darle un giro absoluto, y en consecuencia dogmático, a la doctrina rectificada. Esta es hija de la razón, por mucho que dicha razón sea cristiana, y todo lo que es del orden de la razón es susceptible de ser contestado, esta vez en nombre de otra razón que no es la cristiana. La doctrina rectificada constituye, me atrevería a decir, un absoluto relativo: ella constituye un absoluto para todo aquel que le otorga con toda libertad y conciencia su adhesión. Pero únicamente para él.

No hay una religión masónica, no hay pues dogma masónico.

En contrapartida, un masón, para decirse cristiano, debe adherir una serie de dogmas que le impone, no la masonería, sino su religión. Y para estos dogmas, retomaré porque viene a cuento, la definición de los “primeros escritores protestantes”: “las verdades sobre las que los cristianos parecen estar de acuerdo”. Ya que, la masonería rectificada, si bien es cristiana, en cambio no es confesional, sino que es ecuménica (por emplear un término anacrónico en relación al tiempo de su nacimiento).

Estas verdades -¿es preciso recordarlas?-, son en número de tres, no más de tres, pero tres necesariamente:

1.      La Divina Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo;
2.      La doble naturaleza de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre;
3.      La resurrección de los muertos.

Todo el resto son especulaciones, lícitas si se quiere, pero no en masonería.



Jean-François Var
14 de noviembre del 2013
En la festividad de san Gregorio Palamás.





[1] Y también “caridad”. “Hacer o dar caridad” se ha convertido en algo extremadamente despreciativo, mientras que la Caridad es el summum de los “dones espirituales”, la “vía por excelencia” (Pablo Iª Epístola a los Corintios, Capít. 13).

lunes, 23 de septiembre de 2013

El Secreto y los Masones

La masonería ha concitado el interés del público desde el mismo día en que se constituyó como institución moderna en los albores del siglo XVIII. Ninguna otra organización nacida en las entrañas de Occidente ha sido tan abordada, tan atacada y tan sospechada. Al mismo tiempo, ninguna otra tan apologetizada y defendida por parte de infinidad de prohombres en los últimos tres siglos. En los últimos tiempos, algunos masones se han empeñado en afirmar que la Orden es apenas discreta... No secreta. Es verdad. Sus Estatutos son públicos. Sin embargo sigue teniendo un secreto; uno que atrae más que ningún otro, porque proviene desde el fondo de las generaciones y porque como nos lo ha enseñado Edgar Allan Poe, el mejor escondite está a la vista de todos.



El Mito y la Hermenéutica

Un abismo infinito separa al hombre de su Creador. Esa es la causa de la angustia que nos acompaña, desde las cavernas en las que vivíamos cuando éramos primates, hasta nuestros días. La sensación de fragmentación sobrevuela nuestros miedos y tribulaciones desde las edades más remotas. En casi todas las religiones del planeta esta separación del hombre respecto de su creador se conoce como La Caída, y es justamente ese estado de separación de Dios el que nos produce un sentimiento de orfandad frente a la inmensidad del Universo infinito.

En las más antiguas cosmogonías, pertenecientes a religiones que murieron hace ya tiempo, en los confines de Oriente o en la arenas del Levante, se habla de esta tragedia, acontecida luego de las Guerras Cósmicas libradas en el Cielo. Encontramos vestigios de estas guerras pretéritas y de la posterior Caída del Hombre en todas las tradiciones primitivas, que luego fueron asimiladas a los actuales libros sagrados, en el correr de los milenios. En el Génesis se nombra algunos de estos libros perdidos en la matriz de la historia: “El libro de las Guerras de Jehová” y “El Libro de las Generaciones de Adán”. Incluso se menciona a algunos hombres que, pareciera, conocían profundos secretos ya guardados para el hombre antiguo. Me viene a la memoria Jetró  (יִתְרוֹ), el sacerdote de Madián, padre de Séfora, mujer de Moisés. O Hermes, “el Tres Veces Grande” (Ἑρμῆς ὁ Τρισμέγιστος) a quien los neoplatónicos–y los propios cristianos primitivos- otorgaban igual dignidad patriarcal que al líder del Éxodo y atribuían un conjunto de libros misteriosos que llamaron la atención de Clemente de Alejandría: El Corpus Herméticum.

En el mismo Génesis pueden encontrarse los vestigios de otros escritos antiquísimos, como el poema asirio “Enuma Elish”, que describe la creación del Universo -cuyo título puede traducirse como “…Cuando desde arriba…”- o el “Poema de Gilgamesh” que relata la epopeya de Utnapistin “el único justo” en quien es fácil descubrir la historia de Noé y el Diluvio Universal, o el Libro de Enoch que describe cómo los ángeles rebeldes de Samyasa tomaron mujeres entre las hijas de los hombres, el día que descendieron en el monte Hermon, dando nacimiento a la raza de los gigantes.

Muchos creen que se trata de relatos fantásticos y que un mito es un relato falso, ampliamente difundido como cierto. Pocos saben que en su mayoría, las historias bíblicas tienen una base cierta.; por ejemplo, que existen signos evidentes acerca de la universalidad geográfica y antropológica del Diluvio Universal, es decir, hay prueba científica que ocurrió una hecatombe que dejó gran parte de la Tierra bajo el agua: No sabemos si el héroe se llamaba Noé o Utnapistín; pero lo cierto es que hubo un diluvio. Lo mismo ocurre con Moisés. Su historia responde a los relatos de la vida de Sargón “el Antiguo” -Sharrum-kin, el rey acadio- en particular las circunstancias de su nacimiento y si infancia. No sabemos si Moisés o Sargón, pero hubo un líder que cambió radicalmente la historia del Oriente Medio a quien una princesa ocultó en una canasta de juncos y arrojó al río.

En el espacio que se extiende desde la Media Luna Fértil hasta las tierras del Nilo, todos los relatos confluyen en esos cinco libros monumentales -el Pentateuco- sobre los que parece descansar la historia del mundo, nuestro pasado más remoto, aquél que Anatole France solía definir como “los tiempos que precedieron a los tiempos”. 

El Antiguo Testamento es el reservorio de un conocimiento acumulado por generaciones de sabios e iniciados que encriptaron en sus páginas un conocimiento de carácter extraordinario que apenas ha sido comprendido. Los sabios de la religión judía, de quienes el cristianismo ha heredado esta obra extraordinaria, hubieron de escribir infinidad de obras que explican e interpretan el intrincado lenguaje veterotestamentario. De la necesidad de esta interpretación surgen los Midrash y el Talmud, voluminosas obras en las que los maestros judíos de la Ley han intentado comprender el mensaje que la Torah les reservaba como Pueblo Elegido. Desde la perspectiva religiosa del judeocristianismo, la Torah (denominada Pentateuco en Occidente, que corresponde a los primeros cinco libros de la Biblia) ha sido escrita por el propio Dios.

Curiosamente, la palabra hermenéutica, que se utiliza para definir la ciencia que busca el significado oculto de un texto –que alguna cosa se vuelva comprensible-, deriva del vocablo Hermes.

La hermenéutica se aplica fundamentalmente en la teología y particularmente en la interpretación de cualquier texto sagrado (explicación de una sentencia oscura y enigmática de los dioses o de un misterio, que precisaba una interpretación correcta) Más aun. Los judíos desarrollaron una teosofía de características propias, denominada kabalá -que en hebreo significa Tradición- y que en la praxis no es otra cosa que un sistema decodificador –una hermenéutica- del mensaje contenido en la Torah. Libros como el Zohar, el Bahir o el más antiguo Sepher Yetzira, son testimonio de la importancia que para el pueblo judío tienen los números y las letras como emanaciones propias de la misma divinidad.

Con el advenimiento de Cristo, parte del Pueblo de Dios interpretó que el ciclo de la Salvación había alcanzado su apoteosis; literalmente el Hombre se hizo Dios en la figura de Emmanuel, el Salvador. Su Vida, o mejor dicho, Su intervención directa en la historia modificó de cuajo la mirada del hombre sobre sí mismo y sobre el universo. De modo que una nueva y poderosa colección de documentos y testimonios vinieron a completar al Antiguo Testamento con una nueva Ley, reunida en los Evangelios, cuyo mensaje, al igual que el arcaico, permanece visible sólo para aquellos que tienen ojos para ver y oídos para oír.

Es sabido que todo libro sagrado puede leerse en diferentes niveles y que en todas las religiones existen misterios cuya interpretación excede el campo de la feligresía. Los intentos de los místicos judíos por encontrar mensajes ocultos en el Antiguo Testamento fueron apenas el antecedente del intrincado esoterismo que se desarrollaría alrededor de los textos canónicos (reconocidos por la Iglesia) y apócrifos (no reconocidos por ella) en torno al mensaje de Jesucristo y su misión Redentora. Quien crea que este esoterismo no forma parte de la médula de la religión comete un profundo error.

Se atribuye a Pitágoras haber dicho que una religión moría de dos maneras: Hacia arriba, cuando sus sabios se encerraban, convirtiéndola en sólo accesible a sus iniciados, o hacia abajo, cuando los feligreses perdían el contacto con los sabios, convirtiéndola en una mera contención de orden moral, plagada de supersticiones. Si la espiritualidad de Occidente aun está vigorosamente activa, es justamente porque el judeocristianismo ha logrado mantener activas las dos vías por las que una religión actúa. Una de ellas, como hemos visto, es necesariamente esotérica. A lo largo de los últimos cinco milenios, desde los propios orígenes de Abraham, nacido en la ciudad de Ur de los Caldeos, hasta nuestros días, han existido sociedades secretas que se transmitieron de manera ininterrumpida el conocimiento que permite descifrar las Escrituras.

Existieron en la Media Luna Fértil y en el Antiguo Egipto, que llegó a ser el gran centro de peregrinaje del mundo antiguo. Se expandieron bajo la civilización helénica y luego, durante el apogeo del Imperio Romano, por toda la cuenca del Mediterráneo.

Con el advenimiento del cristianismo tomaron diferentes formas. Permanecieron latentes durante los siglos en los que el saber esotérico pasó a ser patrimonio del mundo monástico. Gran parte del saber oculto se introdujo en las corporaciones de albañiles y en las órdenes de caballería con fuerte influencia benedictina. Durante el Renacimiento resurgieron de la mano de los grandes magos de la Academia Florentina, como Pico Della Mirándola, Cornelio Agripa y Marcillo Ficino para, finalmente, corporizarse en la figura legendaria de los primeros rosacruces y en la francmasonería.

Los masones dedicaron siglos de esfuerzo en la interpretación de los símbolos y se aseguraron de que éstos sobreviviesen a los tiempos, encerrando en ellos la Clave de los Antiguos Misterios. De modo tal que la francmasonería posee una suerte de idioma propio cuyo aprendizaje se deshilvana en etapas, círculos concéntricos que demandan inteligencia, meditación y paciencia. El masón practica una hermenéutica del lenguaje simbólico.

El Secreto Masónico

La idea de un conocimiento esotérico es tan antigua como el mundo clásico y las Escuelas de Misterios fueron el eje de todas las culturas. Esto explica desde las pirámides hasta las catedrales góticas, desde las piedras del Neolítico hasta el Obelisco de Washington DC.

Pero los masones agregaron a la simbología un conjunto de leyendas. Incorporaron a su iconografía la de las Órdenes de caballería más poderosas de la historia. De cada una tomaron su médula y reclasificaron el resumen del modelo humano. En la simbología se encuentra el genoma de la conciencia.

En un mundo signado por los avances tecnológicos, donde el denominado progreso invade los espacios más íntimos de la vida, y el tiempo se acelera al ritmo de las comunicaciones, resulta paradójica la existencia de una organización que aparenta desafiar los siglos y los cambios políticos y sociales. La francmasonería parece no depender de los avatares de la historia sino ser uno de los factores que la construye. Allí, en esa capacidad de construir modelos, arquetipos y paradigmas, está su secreto mejor guardado.

Durante siglos, los masones –y antes de ellos otras sociedades secretas del mismo tenor- han tenido la vocación de construir futuros posibles. ¿Cómo lo hacen? Capaces de comprender la naturaleza profunda del fenómeno humano, trabajan para generar las condiciones y cambiar el curso de los acontecimientos. Indagadores natos de los pliegues más ocultos de su propia consciencia, entienden el idioma de los signos, las piedras talladas, los relatos fantásticos, en los mitos universales y los libros sagrados. Captan en ellos un mensaje que permanece mudo para quien no lo comprende. Quien haya visto un ejemplar del Mutus Liber (El Libro Mudo) de Parecelso, entenderá de qué estoy hablando. Lo que parece una jerigonza es un texto claro; lo que se presenta como un laberinto es un mapa preciso. Y lo que para la mayoría es incertidumbre para el maestro masón es certeza.

El secreto masónico no está en los signos, ni en los toques, ni en las palabras sino en esa capacidad de hacer que las cosas se vuelvan comprensibles, resumidas en su símbolo más potente: La Luz.

Si te dicen que la masonería no tiene secretos teme que te estén engañando. No es posible comprender los acontecimientos del mundo moderno sin ella; del mismo modo que no puede comprenderse el mundo antiguo sin las Escuelas de Misterios, ni la Edad Media sin la leyenda del Grial y la Orden de la Caballería. La francmasonería emerge ante los ojos del historiador apenas se rasga la superficie de los hechos. Bajo el polvo acumulado por los siglos, subyace una historia paralela que atraviesa tiempos y naciones, hombres e instituciones, conformando una red tan heterogénea que evade –con éxito- cualquier intento de clasificación, salvo una: Su carácter de Sociedad Secreta.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Obama, Siria y el silencio de los masones

Creo que es un momento adecuado para hacer algunas reflexiones en torno a la francmasonería y situación de Medio Oriente. Un tema que siempre está en mi preocupación por mi propia formación personal y porque, al menos en los últimos dos siglos, la francmasonería intervino directamente en esa región del planeta. Comenzaré explicando mis razones personales. Para luego referirme al desgraciado desinterés que la Orden ha optado tener sobre el tema. O lo que es peor: que algunos grandes líderes masones hayan decidió abandonar los esfuerzos de paz. Y hay que decirlo fuerte, porque, como alguna vez me dijo un adversario en una tribuna pública, enfrentándonos por la supuesta incompatibilidad de masonería y catolicismo, no todo es “tomar té con masitas”.

Mi primer contacto directo con el mundo islámico fue en 1981. Por ese entonces yo regresaba de la Patagonia y había tomado la decisión de estudiar Historia de las Religiones. Me interesaban el latín, el hebreo y el arameo. En Buenos Aires había un solo profesor de arameo dispuesto a dar clases particulares, quien me recomendó tener primero una buena base de árabe. Fue así que me vinculé con el Centro de Estudios Islámicos que dirigía Mahmud Husein.

Las clases eran muy accesibles, pero incluían cultura árabe e irfam, es decir conocimiento de religión islámica. Eran los primeros años de la ocupación soviética en Afganistan y los centros islámicos y las tarikas eran frecuentados por mujaidines que intentaban ganar adeptos para la causa. Estos centros eran a su vez el centro de reunión de conversos que se distinguían del resto por sus nombres árabes y sus apellidos criollos. Se ofrecían viajes a Medio Oriente para mejorar el idioma y las publicaciones tenían un fuerte contenido político. Fue una época en la que numerosos argentinos viajaron a las madrasas árabes para volver convertidos en clérigos musulmanes. Tal el caso de Karim Paz, valedor de quienes están acusado de haber planeado la voladura de la AMIA.

Este contacto, sumado a que luego me vincularía familiarmente con drusos sirios, me permitió un temprano acercamiento a la problemática de Medio Oriente. Desde entonces este ha sido un tema de especial interés en mis investigaciones históricas.

Con el correr del tiempo, ya ingresado en la francmasonería en 1989 –año en el que culminó la ocupación rusa de Afganistán, comencé a recopilar información respecto a la presencia de la Orden en países islámicos, árabes y no árabes. Eso me llevó fatalmente a encontrar muchos de los datos que vuelco en este breve trabajo.

Descubrí que la Orden no sólo había actuado fuertemente en esos países sino que sus líderes se habían involucrado directamente –como masones- en las negociaciones que llevaron a los acuerdos de Camp David y de Oslo: Sadat, Beguin, Palme, Rabín y el rey Husein de Jordania, todos masones, recibieron el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos en Medio Oriente. Tres de ellos murieron a causa de estos acuerdos. El H. Obama lo recibió “por adelantado” y ahora está a punto de cometer uno de los errores más graves de su desgraciada gestión.

El rey Husein, Gran Maestre de la Gran Logia de Jordania

El mundo asiste una vez más a una grave crisis militar y política en Medio Oriente. En realidad debiéramos ampliar el enunciado y decir que, nuevamente, Occidente se encuentra a las puertas de intervenir militarmente en Medio Oriente. Aún así, el planteo no sería completo. Si entendemos por Occidente a la civilización que se desarrolló en el espacio europeo, cuyas instituciones se remontan al Sacro Imperio Romano Germánico, y si consideramos a Medio Oriente como el núcleo racial y religioso del Islam, entonces podríamos afirmar con más rigor que, una vez más, se está a punto de abrir un frente militar –uno más de los que ya están abiertos- entre el la Civilización Occidental y el Islam.

Barak Obama, atrapado en sus propias cavilaciones, oscilante entre sus promesas de pacifismo y su necesidad de conservar para su liderazgo un mínimo respeto, está a punto de protagonizar un nuevo capítulo de la larga guerra que ya lleva catorce siglos.

Las fuerzas progresistas –que no abren la boca respecto de la repentina vocación belicista del socialista Hollande- vuelven a sentirse azoradas por la eventual intervención militar americana como represalia al uso de gas sarín contra la población civil por parte de Bashar Al Asad, como si los 100.000 muertos por balas, bombas o decapitaciones en masa hubiesen sido hasta ahora resultado de una fiesta.

Tampoco la han abierto con la masacre de coptos en Egipto y Etiopía. Ni la persecución de cristianos en Irán, Irak y el Africa Subsahariana.

Son los mismos que creyeron que la “Primavera Árabe” era una suerte de Power Flower, o el Mayo Francés en versión musulmana; que se apresuraron a celebrar la caída de Osni Mubarak; que asistieron al linchamiento de Kadhafi como si se tratara de un reality show; que nunca comprendieron el gesto de dignidad de Sadam Husein camino al cadalso. Son los que acusan a Israel de teocracia genocida y hablan del “Pueblo Palestino” como si todos los palestinos fuesen iguales. 

Todos los dirigente de Al Fatah con los que pude hablar, incluidos diplomáticos con sede en Buenos Aires, afirmaban –con razón- que la paz sería posible en tanto se negociara con ellos (Al Fatah es un movimiento laico) y no con Hamas, de raíz integrista. De hecho, los acuerdos de paz, que debieran haber terminado con la creación de un Estado Palestino que sigue pendiente, fueron posibles gracias a los esfuerzos de Yaser Arafat, Premio Nobel de la Paz y líder de Al Fatah, que como se probó finalmente, también murió asesinado.  

Estas fuerzas progresistas, decía, siguen sin entender de qué se trata. Nunca se enteraron de que a lo largo de los últimos mil cuatrocientos años, ni un solo día hubo paz en esta extensa frontera que nos separa del Islam, y que las Cruzadas –las hubo también desde el Islam con las invasiones a Europa de los Sultanes Otomanos, autoproclamados “Protectores del Islam”- y las grandes batallas como Covadonga, Poitiers, Malta, Djerba, Lepanto, etc., no han sido más que picos de tensión, como un extrasístole en una larga cinta de electrocardiograma.

Occidente ha hecho ya su autocrítica respecto de las Cruzadas, incluida la Iglesia en un extenso documento de Juan Pablo II con motivo del Jubileo del Año 2000. En cambio ninguna autocrítica he leído de los turcos, que fueron parados por dos veces a las puertas de Europa y puestos en fuga merced al genio militar de Sobieski y al famoso Vlad Tepes –figura que dio origen al “Conde Drácula” que los empalaba.

No es fácil comprender al Islam. Houston Smith –una leyenda viva de 94 años y uno de los estudiosos en religiones más prestigiosos del mundo- se ha cansado de repetir que pese a su proximidad geográfica, el Islam sigue siendo la civilización menos comprendida por los occidentales.

Si existe una institución de carácter mundial que puede comprender al Islam, sin dudas que es la Masonería. Y de hecho, los únicos avances en materia de Paz en Medio Oriente, desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, fueron liderados por masones. Es por ello que el fracaso de la política exterior de Barak Obana –único Premio Novel “a cuenta” de la historia- es doblemente dramática, porque resulta inexplicable que no haya logrado un solo avance en los procesos de paz llevados a cabo en Medio Oriente y que, por el contrario, haya perdido toda iniciativa en la región, comenzando por su aliado árabe más importante: Egipto.

Antes de que la Revolución Iraní liderada por el ayatola Rudollha Jomeini pusiera fin al gobierno del R.·.H.·. Reza Pahlevi y pasara a degüello a gran parte de la Gran Logia de Irán, la masonería no sólo estaba extendida en los países que forman el núcleo racial árabe del Islam (Egipto, Siria, Líbano, Jordania con presencia de Grandes Logias) sino también en países no árabes islamizados, como Turquía y Persia.

Medalla de la desaparecida Gran Logia de Irán

En la década de 1970, muchos de los grandes líderes del tablero del Cercano Oriente eran masones: Anwar el Sadat, Mohammed Reza Pahlevi Hussein bin Talal rey de Jordania, Menahem Begin por nombrar algunos. Estas filiaciones eran el resultado de una profunda penetración de la Orden desde el siglo XIX: Medio Oriente, Africa del Norte y la India no sólo tuvieron una fuerte influencia de la masonería sino que sus hombres dejaron allí –y trajeron a Occidente- una huella indeleble. Permítanme citar algunos monstruos de la literatura: Thomas E. Lawrence (1888-1935); Rudyar Kipplig (1865-1936); Arthur Conan Doyle (1859-1930), Gerard de Nerval (1808-1855) entre otros. De todos ellos hay registro de actividad masónica desde el Sudán hasta Bombay.

Hacia 1940, en Egipto, las Logias colocaban un retrato de Faruk sobre el baldaquino del Venerable Maestro. Teherán, aun hoy, está plagada de edificios que fueron construidos con un fuerte simbolismo masónico, incluido el que ocupa el Parlamento de la República Islámica. El Sha era el Gran Maestre de los masones de Persia. En algunos países, como Líbano, coexistieron al mismo tiempo varias potencias masónicas, predominando la GLTSO francesa. En Jordania, el rey Husein, a la sazón Gran Maestre de la Gran Logia de Jordania, fue quien convocó a la Tenida celebrada en Haman en la que se pusieron de acuerdo Anwar Sadat y Begin. Los detalles de esta Tenida ya los he contado en más de una ocasión y varios masones argentinos tuvimos oportunidad de conocerlos a través de uno de los asistentes a ese hecho histórico.

Tenida masónica en El Cairo, 1940. Sobre el baldaquino
la imagen del rey Faruk

Todos estos antecedentes y muchos otros que harían de este trabajo una lista tediosa, deben llevarnos a la reflexión respecto de la actual situación en Medio Oriente.

A lo largo de las últimas décadas, desde su nacimiento, la Gran Logia de Israel ha dado muestras de estar a la altura de los esfuerzos por la paz. Sus logias, en las que conviven judíos, árabes musulmanes y cristianos, son un ejemplo de paz y de progreso en favor de la concordia de la que habla el papa Francisco. Contrario sensu, la caída de los “dictadores” que tanto celebran las fuerzas progresistas, ha provocado la creciente prohibición de la actividad masónica en los países islámicos, su persecución y en algunos casos la muerte de masones. La propia Gran Logia de Turquía sufrió intentos de voladura en años recientes y los líderes de Hamas, Al Qaeda y Hezbolah lanzan permanentes anatemas contra los masones.

Aún así, los masones, para quienes la “Guerra es un Crimen Horrendo”, no debieran cesar en sus esfuerzos por la paz. No es un dato menor que los parlamentarios ingleses –que conocen mejor que nadie a los árabes del cordón sirio-palestino- hayan calmado las calenturas de su Primer Ministro. Para los masones ingleses, Jerusalén en particular y Medio Oriente en general siempre han tenido una dimensión diferente.

Desde fines del siglo XIX, las denominadas Ordenes Aliadas, cuyo grado emblemático es el de Caballero Templario, tuvieron fuerte presencia. Asi lo atestiguan los monumentos que pueden encontrarse caminando por la ciudad vieja. Cuenta John Robinson en su tremendo ensayo “Mazmorra, Hoguera y Espada que cuando en 1917 el general Edmund Allemby (masón y connotado cuadro de las Ordenes Aliadas) entró al frente de una columna británica en Jerusalén, donde ningún ejército cristiano había puesto pie desde 1224, los barrister del Temple (abogados que tienen sus bufetes en los alrededores de la Iglesia del Temple en Londres) lo celebraron de una forma especial: Fueron en procesión a la iglesia circular de los templarios y colocaron una corona de laurel sobre las efigies de los caballeros para trasmitir un mensaje sin palabras… no estáis olvidados.

Inglaterra ha comprendido que Jerusalén es el nudo de un conflicto en el que sólo se puede actuar para resolver la cuestión palestino-israelí. De igual modo lo ha entendido la Iglesia de Roma y, hasta ahora, creía yo que toda la masonería: Luchar por la Paz

Por eso me resulta intragable que dos HH.·. que hoy lideran dos de las potencias más grandes del mundo, estén alistando sus misiles contra la bella Siria, como si la sangre de sus HH.·. Sadat, Palme y Rabín no hubiese valido nada. Como si mil cuatrocientos años de guerras no nos hubiesen enseñado quién es el enemigo.

No escucho el clamor de los Hermanos por la paz. Y eso es una mala noticia para el mundo.

martes, 27 de agosto de 2013

Masones en la corte de Carlomagno

Los carolingios y la expansión monástica

Uno de los temas que más a menudo se plantean en torno a De Templo Salomonis Liber es cómo llegó a influir en las primitivas logias de monjes constructores. ¿Como ésta obra escrita en el siglo VIII pudo impactar en siglos posteriores en la interpretación alegórica de la construcción del Templo de Salomón? Dedicaremos este artículo a contextualizar la obra de Beda y analizar su influencia en el mundo carolingio.

En los siglos posteriores a su muerte (especialmente los siglos IX, X y XI), los escritos de Beda el Venerable encontraron destacados referentes que, basándose en sus textos, ampliaron y difundieron una importante obra exegética, principalmente en Alemania y Francia. Su libro acerca del Templo de Salomón impactó profundamente en la simbología que acompañó a la construcción de edificios religiosos 

Este texto -por caso el que más nos interesa por su vinculación con la tradición masónica- es la principal fuente de las obras de otros dos grandes maestros del movimiento monástico benedictino: Rabano Mauro, abad de Fulda y arzobispo de Maguncia, y Walafrid Strabón, abad de Reichenau, quienes basarían sus comentarios a los libros de los Reyes y  de las Crónicas en el ya comentado De Templo Salomonis Liber.

Rabano Mauro, Alcuino de York y Walafried Strabón

Pero antes de abordar a estos dos exponentes de la renovación carolingia, debemos detenernos a analizar las particulares circunstancias que llevaron a la dinastía iniciada por Carlos Martel a impulsar una gran reforma de la Iglesia franca. Para ello se llevó a cabo la unificación de los monasterios del imperio mediante la utilización de la Regla Benedictina, y se comparó a la casa carolingia con la antigua monarquía davídica de derecho divino, colocando de esta forma, en el eje de la renovación, a la tradición hebrea.

El impulso al monacato -cuyo principal exponente lo encontramos en San Bonifacio -considerado el Apóstol de Alemania- constituye una de las principales características de la dinastía inaugurada por Carlos Martel. De hecho, es el propio rey de los francos el que apoya a Bonifacio en la evangelización de los territorios de Alemania. A la muerte de Martel, su hijo Pipino renueva el lazo con el monje, que extiende su acción hasta la frontera oriental de Alemania, donde nunca antes había llegado el cristianismo. En el año 751, Bonifacio funda la abadía de Fulda, en un lugar que él mismo le describe al Papa como "boscoso, en medio de un inmenso desierto..." en el emplazamiento de una antigua fortaleza merovingia. Este momento de la historia tiene especial interés para muchos investigadores, pues es conocida la leyenda en torno a que los reyes merovingios decían ser descendientes directos de la hija (Sara la Negra) que Jesús habría tenido con María Magdalena. Este ha sido el argumento de todo el mito surgido sobre el Priorato de Sion, el Santo Grial y demás temas explotados en obras contemporáneas como El Código Da Vinci

En tal caso, la leyenda plantea que la sustitución de la dinastía merovingia por la de los calogingios -iniciada por Carlos Martel, Mayordomo del Palacio de Austrasia, dio por tierra la herencia merovingia. Veremos que finalmente los carolingios buscarán también un origen divino. 

Lo cierto es que la fundación y expansión de los monasterios termina así constituyendo la base de la evangelización, pero también un aporte fundamental a la estructura política del Imperio. Porque, si bien la acción de los misioneros era apoyada por el papado, conviene remarcar que cuando Carlomagno llega al trono, esta vasta red de abadías ya era controlada por la dinastía franca, que no sólo era su propietaria sino que disponía absolutamente del nombramiento de cargos y dignidades. Dice Peter Brown:

"...Del mismo modo que en otro tiempo el verdadero mapa político de la Galia correspondía al mapa de sus sedes episcopales, también la Europa carolingia se hallaba atravesada por una vasta red de catedrales y monasterios. Los monasterios de Alemania, en particular, como por ejemplo los de Fulda, Reichenau o Saint Gall, han sido comparados con los campamentos de las legiones romanas, establecidas en sus nuevos límites"....".(1)  

Carlomagno, y su hijo, Ludovico Pío (814-840), llegaron a controlar 180 sedes episcopales y más de 700 grandes monasterios. La construcción de estas numerosas abadías requirió de un esfuerzo y una organización, sólo posible de concebir en términos de una gran estructura, del ingenio y la autoridad de poderosos líderes espirituales, del apoyo económico y logístico de los grandes señores y del propio emperador, que solía beneficiar a sus colaboradores inmediatos con la dignidad de abad, fuese monje o no. De este modo, en vastos territorios de la Europa franco-germánica, los monjes constructores ocuparon el lugar que antaño habían tenido los collegia fabrorum.

Existen múltiples razones para encontrar en este período de la historia de Europa la partida de nacimiento de la masonería operativa, y para pensar que tal alumbramiento ocurrió en las salas capitulares de los monasterios. Lo que analizaremos ahora es la transmisión de la tradición hebrea en torno al Templo de Salomón formulada por Beda desde Inglaterra al mundo carolingio, para luego introducirnos en el desarrollo y formación de la tradición masónica primitiva en los textos benedictinos.

Beda el Venerable
           
Los reyes francos en los manuscritos masónicos

Se ha sostenido que existen leyendas francesas del siglo XIII que vinculan a Carlos Martel con los primitivos masones europeos, lo cual aún no ha sido suficientemente demostrado. Este vínculo es decripto en el denominado Manuscrito Grand Lodge Nº 1 que se encuentra en la Biblioteca de la Gran Logia Unida de Inglaterra y está datado en el año 1583. Se trata del tercer documento masónico auténtico más antiguo, luego de los ya mencionados manuscritos Regio y Cooke. Como en el caso de este último, el "Grand Lodge" contiene una parte dedicada a la historia de la Masonería y del Arte de la Construcción. Hace mención a los orígenes bíblicos de la masonería, remontándose a los tiempos anteriores al diluvio, y se refiere a los trabajos realizados en el Templo de Jerusalén. En su capítulo XIV describe la forma en que el "arte" emigra desde Palestina a Francia. Dice el texto:

"XIV...Artesanos curiosos recorrieron grandes distancias en diversos países, sea para aprender más destreza en su oficio, sea para enseñar a quienes poseían poca habilidad. Ocurrió entonces que hubo un curioso masón de nombre Naymus Grecus, que había estado en la construcción del templo de Salomón. Llegó a Francia y allí enseñó el arte de la masonería a los hombres de Francia. Hubo alguien del linaje real de Francia que tenía por nombre Charles Martel. Era un hombre que amaba mucho el oficio, se juntó con ese Naymus Grecus, aprendió de él el oficio y se encargó de los deberes y las costumbres. Después de esto, por la gracia de Dios, fue elegido para ser rey de Francia..."

"...Cuando fue investido de tal estado, reunió a los masones y les ayudó a hacer masones de los hombres que no lo eran, y les puso a trabajar, y les dio a la vez los deberes y las costumbres, así como un buen salario, tal como había aprendido de otros masones. Confirmó su carta de año en año, les permitió tener su asamblea donde quisieran, y les quiso mucho. Es así como llegó a Francia el oficio..."(2)  

El "M. Cooke", por su parte, hace también referencia a un rey de Francia -Carolus Secundus- como "organizador" de la masonería. Esta figura es fácilmente identificable con Carlos Martel, lo cual es opinión unánime de la mayoría de los eruditos en manuscritos masónicos. El fragmento referido es el siguiente:

"...Y desde allí (Israel) esta digna ciencia fue traída a Francia y a muchas otras regiones. Una vez hubo en Francia un digno rey que fue llamado Carolus Secundus, es decir, Carlos Segundo. Y este Carlos fue elegido Rey de Francia por la gracia de Dios y, también por linaje; y sin embargo algunos hombres dicen que fue elegido por fortuna, lo cual es falso y no verídico, según aparece claramente de las crónicas, porque él era de la sangre real del Rey. Y este mismo Rey Carlos fue un masón antes que fuera Rey; y después que él fue Rey, amaba bien a los masones, y los apreciaba, y les dio Mandatos y maneras de su designio, de donde algunos aún son usados hoy día en Francia. Y él ordenó que debían tener paga razonable; y también que ellos se debían reunir una vez al año, y venir y hablar juntos, y para ser gobernados por maestros y compañeros en todos los asuntos que estuvieran faltos, y los mismos para ser recibidos Maestros y Compañeros..."(3)

Paul Naudon cree que estas leyendas corporativas comunes en Francia e Inglaterra, que atribuyen un rol prominente a Carlos Martel en la formación de la francmasonería, resultan verosímiles si se tiene en cuenta el hecho de que en esa época -tal como hemos visto en el artículo dedicado a Beda- los anglosajones requerían en Francia albañiles y vidrieros que construyeran a la costumbre romana. En todo caso, la obra iniciada por Carlos Martel y consolidada por Pipino, encontraría su apogeo en Carlomagno. En ese momento la tradición hebrea se abriría paso a través de nuevas vías en su penetración hacia el continente y los exegetas benedictinos completarían su obra.

Los carolingios y el Antiguo Testamento

Durante el reinado de los reyes francos se produjo una fuerte revalorización del Antiguo Testamento, a la vez que el contacto con el mundo judío adquirió un carácter muy particular. Ya hemos hecho mención en varios libros y artículos sobre el especial interés de la dinastía carolingia por establecerse como una monarquía hereditaria de derecho divino de acuerdo con el modelo davídico del Antiguo Testamento. Ese modelo había introducido -no sólo entre los francos sino también entre anglosajones y visigodos- la costumbre del "ungimiento real" la cual procedía justamente del texto bíblico. Este acto confería al rey "la gracia divina", tema por demás importante en el desarrollo de las ideas políticas en la Edad Media. Esta cuestión ha sido debidamente abordada por Erik Auerbach, el gran filólogo alemán y ya hemos escrito sobre el tema. 

Dada la enorme influencia que el Antiguo Testamento ejercía sobre los consejeros reales francos, corresponde señalar la importancia que su práctica adquirió para los reyes francos desde que, en el año 754, Pipino fuera ungido por el papa Esteban II:

"Consideraban que en el Antiguo Testamento -señala Walter Ullmann- el profeta, en virtud de su reconocimiento de la voluntad divina, designaba al rey de los judíos derramando óleo santo sobre él. Consideraban también que la gracia divina estaba visiblemente contenida en el recipiente del aceite" Y agrega: "De acuerdo con el Antiguo Testamento, consideraban al rey como 'ungido del Señor' (el Christus Domini), y también por referencia al Antiguo Testamento se calificó a Carlomagno como el nuevo David, rey que, por así decirlo, había surgido del Antiguo Testamento. La pretensión del Rey de ser 'Rey por la gracia de Dios' se vería en adelante poderosamente reforzada por el ceremonial litúrgico del ungimiento..."(4)    
             
El propio Carlomagno sentía una gran atracción por la tradición hebrea, "...estaba muy interesado en los estudios bíblicos y le agradaba darse antiguos nombres bíblicos de héroes y guerreros, y que lo llamaran así..."(5)  Pero era también el carácter teocrático del Imperio lo que hacía a Carlomagno volver la vista a las glorias de Israel.

Una figura fundamental en la consolidación de esta tradición fue Alcuino de York (734-804), originario de Northumbria y ferviente admirador de la obra de su coterráneo maestro Beda. Había sido instruido en la Escuela de la Catedral de York bajo la tutela de dos grandes hebraístas, Egbert y Aelbert, éste último también discípulo del Venerable. En Alcuino -afirma Newman- "...la causa del hebreo encontró un campeón, tanto en Inglaterra como en la corte de Carlomagno..." (5).

Junto a Pedro de Pisa, Pablo el Diácono y otros notables eruditos cristianos, formó parte del selecto grupo que construyó la estructura intelectual y espiritual sobre la que descansaba -y brillaba- el prestigio de Aquisgrán. Allí, dirigió la Escuela Palatina y difundió -con renovado impulso- los célebres sistemas del trivium y el cuadrivium cuya influencia en la francmasonería no necesita mayores comentarios.

Cuando llegó a la corte en 782 -respondiendo a un llamado del propio rey- el reino de los francos había alcanzado una gran expansión militar y política. Alcuino le aportaría la organización cultural y las herramientas para su trasmisión. Para ello, se formaron nuevos y mejores establecimientos para el copiado y la producción de textos uniformes y correctos, con capacidad para abastecer a los cientos de monasterios y bibliotecas. Esta demanda hizo necesaria la creación de una nueva modalidad de escritura, por lo que se desarrollo un tipo de letra más sencillo y legible que sería conocido como minúscula carolina.

Alcuino fue, además, un gran impulsor de la instrucción de monjes y clérigos:

"...Mira los tesoros de tu biblioteca, la hermosura de tus iglesias... Piensa cuan feliz es el hombre que pasa de esos bellos edificios a los deleites del reino de los cielos... Recuerda el amor por el aprendizaje que tenía de niño Beda, y cuan honrado es ahora entre los hombres... Siéntate con tu maestro, abre tus libros, estudia sus textos..."(6)

En estos fragmentos puede apreciarse la veneración que Alcuino sentía por Beda. De él había heredado la pasión por los Padres de la Iglesia, el desafío que suponía la exégesis, el apego por las costumbres romanas de Northumbia y el amor por la lengua hebrea. Para Alcuino, el scriptorium era lo que el atanor al alquimista, lo que la logia al masón: el taller en donde la gran obra era posible. Como depositario de aquella tradición se sentía responsable de su trasmisión.

En 802, ya coronado emperador, Carlomagno decidió que había llegado el momento de establecer la Ley cristiana en todos los estamentos de su Imperio. Para ello convocó a un Sínodo Universal en Aquisgrán, en el que expuso a cada grupo lo que, de ahí en más, sería su norma particular. A todos los abades y monjes concurrentes, constituidos en asamblea, les hizo leer y explicar la Regla de San Benito. A partir de aquel momento, la Orden Benedictina -ya entonces extendida hasta los confines del Imperio- asumió su rol crucial en la construcción del cristianismo, lo cual adquiere particular relevancia, no sólo en la doctrina y preservación de la tradición, sino en la arquitectura monástica que encontrará en el arte románico su expresión más pura. Su influencia llegaría hasta Jerusalén bajo el estandarte de los cruzados.

Hacia fines del reinado de Carlomagno, la obra de Beda era profundamente conocida y respetada en los grandes monasterios benedictinos. Alcuino alcanzó a ver en vida que su veneración por Beda continuaría en un discípulo suyo: Rabano Mauro, probablemente uno de los más grandes exegetas del medioevo, creador de laberintos y caligramas, amigo de misteriosos maestros hebreos y maestro, a su vez, de Walafrid Strabón, también hebraísta y exegeta. Sus obras no sólo continuaron la tradición de Beda, sino que recogieron y ampliaron las bases judías de la leyenda masónica. Estos dos monjes -abades y referentes políticos en los aciagos días de la sucesión de Ludovico Pío- fundaron la abadía de Hirsau, en el valle del Nagold, un legendario centro monástico en el que otro poderoso abad incluiría -por primera vez en la historia- a los masones en una Constitución, reglamentando su oficio. Al respecto sugiero al lector el ensayo que hemos escrito sobre la Orden de Constructores fundada por Wilhelm de Hirsau considerado Padre Fundador de todas las Logias por la francmasonería alemana. 

(1). Brown, p. 241.
(2). "Textes fondateurs de la Tradition maçonnique 1390-1760. Introduction à la pensée de la franc-maçonnerie primitive", traduits et présentés par Patrick Négrier, París, Bernard Grasset, 1995. El original inglés fue publicado por W. Mc Leod, "A lost manuscript reconstructed: the ancestor of one branch of the Old Charges", en Ars Quatuor Coronatorum, vol. 94, Londres, 1982, p. 16-21.
(3). "M. Cooke" [601].
(4). Ullmann, Ob. cit. p. 69.
(5). Newman, Ob. cit. p. 33.
(6). Ibidem p. 36.

Sobre Alcuino, "Cartas"; trad. ingl. de S. Alcott, Alcuin of York, 1974

jueves, 22 de agosto de 2013

Sobre el Aprendiz y el sentido de nuestros Misterios

“Habéis recibido ampliamente, mi Querido Hermano, materia de reflexión. Trabajad pues vos mismo en profundizar el sentido de nuestros misterios, pero desconfiad de una curiosidad indiscreta que no podría más que extraviaros…”

Extracto de la Instrucción Moral del Aprendiz
en la ceremonia de Recepción


De todos los males que aquejan a la masonería de nuestro tiempo, el olvido del consejo escrito en el epígrafe, en el cual se insta al Aprendiz a trabajar por sí mismo en la profundidad de nuestros misterios, es el peor de todos y causa de muchos de nuestros males.

Hemos definido reiteradamente a la francmasonería como reservorio refinado, casi único, de gran parte del saber humano contenido en sus ritos y en su particular pedagogía. Los siglos y las generaciones han ido perfeccionando esas ceremonias y esos sistemas que hoy contienen a miles y miles de iniciados en todo el Orbe. ¿Pero cuántos han cumplido con el mandato de sus primeros maestros? ¿Cuántos dedican su vida a poner en práctica el método masónico profundizando el sentido de nuestros misterios?

Seguramente muy pocos; pues si fuesen muchos no estaríamos frente a la fragmentación abrumadora que nos invade y mucho menos compartiríamos espacio en las librerías con los libros de la new age, que allí es justamente en donde colocan los libreros nuestros volúmenes de masonería. En nuestro intento por llegar al mundo profano nos hemos vuelto cada vez más parecidos al mundo profano. Y en la medida que hemos abierto las puertas a la simplificación de los misterios hemos perdido el respeto de los académicos, que hoy suelen recordarnos el valor de aquella sabiduría perdida, muchas veces con mayor precisión de lo que lo hacemos nosotros mismos.

En estos días recuerdo a un amigo fallecido hace un par de años, el arquitecto Horacio Velazco Suarez, hombre de una erudición sorprendente con quien tuve el gusto de mantener conversaciones interminables sobre pensamiento medieval. Lo recuerdo especialmente porque sigo releyendo infinitamente la obra de Etienne Gilson, que me llevé de su no menos sorprendente biblioteca, poco después de que abandonara este mundo. Seguramente, quedarme con el libro de Gilson era un modo de guardar algo de ese hombre capaz de mantener la paz en el debate más crispado.

En su libro La philosophie au moyen-âge, Gilson afirma que no puede comprenderse el pensamiento medieval si no nos remontamos a los primeros siglos del cristianismo, es decir, al pensamiento de la antigüedad tardía, especialmente al momento de la irrupción del cristianismo en el Mediterráneo Oriental y en el mundo helénico.

Los misterios a los que está llamado el Aprendiz tienen su raíz en ese mundo en el que a modo de “cultivo” se gestó un conflicto profundo entre dos visiones de la fe, disputadas por la teología y la filosofía. El pensamiento occidental articulado en la Edad Media –queda claramente expuesto por Gilson- nace entre estas dos visiones del cristianismo que no dejará de mecerse entre Aristóteles y Platón durante toda su historia.

En aquellos primeros siglos la figura de Hermes Trismegisto era casi equiparable a la de Moisés, a punto tal que hasta San Agustín de Hipona le reserva a Hermes un lugar de privilegio en tiempos “antiguos”, ubicándolo cronológicamente mucho antes que los sabios y filósofos de Grecia, pero inmediatamente después de Abraham Isaac, Jacob y Joseph.[i]

Esta equiparación, silenciada durante los siglos posteriores a los grandes Concilios Ecuménicos que establecieron el canon definitivo de la Iglesia Católica, resurgió casi fatalmente junto con el Renacimiento, cuando Cosme de Médici le encargara a Marcilio Ficino la resurrección de la Academia, muerta hacía ya quince siglos. En efecto, para Ficino y sus compañeros de la Academia Florentina, el profeta Moisés debía preparar la llegada del Mesías en tierras orientales en tanto que a Hermas le era reservado Egipto y el mundo helénico.

El regreso del neoplatonismo, encarnado por Marcilio Ficino y sus colegas de la Academia, entre los que cabe mencionar a Lorenzo de Médici (hijo y heredero de Cosme), al exquisito arquitecto León Battista Alberti, al joven Pico della Mirándola, a Cristóforo Landino (el máximo comentarista de La Divina Comedia) y al historiador Benedetto Varchi (por mencionar los más importantes), dio impulso a varias generaciones de filósofos y artistas que -sería necio callar- pusieron en jaque al orden establecido y modificaron radicalmente el rumbo de las ideas, comenzando por la influencia que ejercieron en Botticelli, Paracelso, Durero, Agrippa von Nettesheim y Milton entre muchísimos otros.[ii]

Marcilio Ficino, Cristoforo Landino, Agnolo Poliziano y (probablemente) Gentile de' Becci

Nada sería igual después de la Academia Florentina. Si viviese el R.·.H.·. Jorge Paju, que en su agnosticismo tuvo el arrojo de impulsar la publicación de Ordo Laicorum ab Monacorum Ordine recibiría esta última frase como un reconocimiento propio.

Sin la larga historia de los Padres griegos y latinos que esculpieron, golpe a golpe, la doctrina de la Iglesia, sin la epopeya europea del monasticismo benedictino y sin la larga tradición platónica traída a la corte de los Médici por el filósofo bizantino Georgios Gemistos Plethon, la francmasonería no hubiese sido más que una corporación de oficio como la de los talabarteros. Sin embargo se convirtió en una sociedad secreta, o tal vez fue el resultado de su cooptación por parte de otras sociedades secretas preexistentes cuyo objeto no era otro que perpetuar estas tradiciones en el seno de una asociación a cubierto. Acaso lo hayamos olvidado.

Pero, ¿Cuántos masones siguen el consejo de la Instrucción Moral que recibe el Aprendiz el día de su iniciación? Muy pocos. Como consecuencia de esta falta andamos por el mundo sin ponernos de acuerdo acerca del significado de la letra G. Para algunos será la inicial del nombre de Dios, para otros la de la palabra Gnosis y para muchos la de Geometría. Tal vez lo más grave es que no sepamos distinguir en qué cambiaría si fuese la una o la otra. No porque la diferencia nos separe, sino porque tal vez nos une.

Hace algunos años, cuando recién comenzaba a recopilar las notas para Monjes y Canteros, me sorprendió una definición de nuestro H.·. Henri Tort-Nouguès sobre la actitud del francmasón. Decía –palabras más, palabras menos- que el verdadero iniciado tratará de estar por sobre las disputas de Escuelas. En aquel momento creí comprender algo que hoy tengo mucho más claro y que se ilumina más en la medida que el camino se acorta, o se alarga según la perspectiva en la que nos situemos. Las Sociedades Iniciáticas –y la nuestra lo es pese a tantos empeños en hacérnoslo olvidar- debieran ser el lugar en el que aprendimos a leer al mundo en clave universal, pues la Logia es el modelo del mundo, de Oriente a Occidente, de Norte a Mediodía, desde la superficie de la Tierra hasta el centro y tan alta como todos los codos que se pueden contar. Dentro de ella la diversidad actúa como una sinfonía universal y en tal caso allí está el Volumen de la Ley Sagrada, abierto en el Evangelio de San Juan, recordándonos el Principio de todas las cosas.  

Cuando regreso al libro de mi querido y recordado Horacio Velazco Suarez, o cuando vuelvo a las obras de Ficino y de Pico della Mirándola y leo sus tribulaciones; cuando releo los esfuerzos de tantos abades trazando los planos de sus moles de piedra convertidas en Templos capaces de transformar el alma de quienes lo penetran; cuando regreso a la caballería templaria descrita magistralmente por John Robinson en Born in blood; cuando imagino el viaje iniciático de Martinez de Paqually en la Occitania de los cátaros y cabalistas vuelvo una vez más a Raymon Pannikar. Todos somos parte de esa misma especie cultural que se desarrolló en el occidente europeo, aunque hoy se recree en nuestro continente. Imagino a los masones como a los que poseen la llave de ese cofre que guarda el secreto de esa construcción inmensa. Una llave que el Aprendiz debe buscar en su interior siguiendo el sabio consejo del H.·. Orador.




[i] San Agustín, La Ciudad de Dios, Libro Decimo octavo: "La Ciudad Terrena Hasta El Fin Del Mundo"CAPITULO XXXIX

[ii] Marcilio Ficino, Sobre el Furor Divino y otros textos, ección, Introducción y notas P. Azara. Trad. J. Maluquer y J. Sainz; Antrophos, Barcelona