Estimado Lector de Temas de Masonería

Sitio personal de Eduardo Callaey. Todo el contenido está dirigido a la difusión de los orígenes, historia, simbolismo y alcances de la masonería y la Orden de la Caballería. También contiene artículos de opinión. Lo escrito es absoluta responsabilidad de su autor.

miércoles, 3 de mayo de 2017

La masonería y el camino de regreso

En los próximos días saldrá a la venta un nuevo libro de Daniel Mario Echeverría, quien no solo es un querido amigo sino un Hermano con el que hemos recorrido más de dos décadas de actividad masónica. Que un escritor te solicite un prólogo es siempre un desafío; más aún cuando ese autor tiene una pluma tan afinada como la de Daniel. Creo que el exordio, que expongo a continuación, es una buena síntesis del contenido del libro y, a la vez, una semblanza del espíritu rebelde que anima a este hombre singular, acostumbrado a lidiar con el lenguaje hasta doblegarlo y ponerlo de su lado. Aquí vamos.     

Prologar una obra de Daniel M. Echeverría, además de un honor, es una alegría, porque en el vasto universo de la masone­ría no abundan los escritores que salgan del molde y se animen a explorar más allá del ensayo formal, el relato descriptivo o la crónica histórica. Este nuevo libro, La masonería y el camino de re­greso, será recibido con beneplácito por todos aquellos que esperan algo más a la hora de leer a un masón y por quienes han leído al autor con anterioridad.

En el año 2011, en el marco de la colección “Masonería Siglo XXI”, Editorial Kier publicó su primer libro. Se tituló La masonería y el camino hacia el centro e inmediatamente supimos que estábamos ante un libro que recorrería un largo camino. Se trataba de una obra diferente, escrita por un autor que se caracteriza por hacer de la palabra un arte, además de ser un explorador intrépido de aquello que nos diferencia como especie: la búsqueda de un sentido a la existencia.

Probablemente esa búsqueda haya sido la que lo llevó a golpear a las puertas del Templo hace más de dos décadas. Lo que es seguro es que allí, en el seno de la Orden –como él la deno­mina–, Echeverría encontró un laberinto infinito, una suerte de paraíso para los buscadores, una cantera inagotable de paradojas y metáforas que le prodigaron el escenario ideal para su vocación. Con el tiempo, se convirtió en una suerte de Teseo buscando al Minotauro, que es otro modo de significar –como diría Joseph Campbell– la búsqueda del centro mismo de nuestra propia existencia. De allí el título de aquella obra que, en su momento, el autor imaginó como una guía para ayudar al aprendiz a llegar a su interior, y al profano, a encontrar la puerta del Jardín de las Hespérides.

Los años pasaron y Echeverría siguió escribiendo a ritmo frenético. Incursionó en la literatura y escribió una novela, La última oración, en la que aborda uno de los temas más complejos, el bien y el mal, y en la que puede percibirse una fuerte influencia masónica.

A medida que escribía encontró, como suele ocurrir, más de lo que buscaba, y creyó que ya no había mucho que agregar a lo que había escrito acerca de la masonería. Pero los que lo leemos habitualmente en los foros sabíamos que no era así.

Una vez en el centro de la búsqueda, no queda otro camino que el del regreso. Sin embargo, el regreso sigue siendo parte misma de la travesía. Cuenta el autor que cierta vez un maestro le dijo que los masones se caracterizaban por buscar, no por encontrar, de modo que no es extraño que, en este “camino de regreso”, Echeverría afirme que “la búsqueda (metafóricamente hablando) es la aventura en el bosque oscuro (o en un desierto). No hay mapa. La entrada es donde no hay camino”.

Esta definición es fruto de su propia experiencia, y la razón de ser de este segundo volumen. De todas las preguntas que un masón está acostumbrado a recibir, hay una de muy difícil res­puesta (muy difícil si somos sinceros con nosotros mismos). Esa pregunta es: ¿para qué sirve la masonería? Es un interrogante que no se puede responder con retórica sin correr el riesgo de caer en lugares comunes y es aquí, precisamente, en donde este nuevo libro de Echeverría cobra sentido.
No se trata ya de circunscribir el método masónico a un conjunto de símbolos y alegorías, sino de descubrir de qué modo ese lenguaje iniciático permanece indemne en las expresiones más profundas del simbolismo, la mitología y la poesía. La Logia deja de ser solo un recinto cerrado en el que, al abrigo de la fraterni­dad, compartimos nuestros desvelos y cobra su dimensión más trascendente al convertirse en la representación misma del mundo que habitamos: un mundo que continúa plagado de enigmas que nos agobian desde el principio de los tiempos o –parafraseando a Anatole France– desde los tiempos que precedieron a los tiempos.

Dice Echeverría que “somos seres desamparados, indefen­sos, que necesitan desesperadamente, más que respuestas, un remedio para una infinita incertidumbre”. Su mérito no consiste en denunciar el desamparo –que ya de por sí sería un acto valien­te–, sino en narrarnos en un lenguaje propio cuál es el remedio que lo aleja de su propia incertidumbre. Sin este libro, el primero hubiese quedado sin resolución.



Vivimos una vida con poco espacio para la reflexión, ge­neralmente circunscriptos a nuestros soliloquios o a la discusión en las redes sociales, que se han convertido en nuevos guetos en donde podemos elegir un mundo de relaciones virtuales. La masonería conserva la cualidad de la experiencia con el otro, porque el masón, en cuanto constructor, no es sin el concurso del otro. Sin embargo, no abundan textos como este, en el que la masonería es expuesta desde el otro lado, que nunca es otra parte sino otro aspecto de nosotros mismos. Tampoco abundan los textos que cuestionen tan a fondo los principios mismos de la Orden y sometan todo a la duda, desde la visión de alguien que ya conoció el corazón de la Fraternidad.  

Dice Echeverría: “Me gusta mucho esa imagen del maestro masón colocando la piedra clave desde fuera de la estructura, sobre la cúpula”, pero enseguida agrega: “La obra está terminada, el maestro es libre. Está fuera de ella, pero pronto comenzará otra construcción, otra estructura”. De esa tarea sin fin trata este libro. La masonería y el camino de regreso es un juego de espejos en el que el lector encontrará las imágenes más íntimas de la antigua fraternidad de los masones.

Eduardo R. Callaey

Equinoccio de otoño de 2017

jueves, 2 de marzo de 2017

HISTORIA NO OFICIAL DE LA MASONERÍA 1717 -2017 por Iván Herrera Michel

Editorial Kier acaba de publicar un libro del M.·.R.·.H.·. Iván Herrea Michel -uno de los principales referentes de la masonería liberal adogmática en América Latina-, que reflexiona acerca de los tres siglos de historia de la más grande de las sociedades iniciáticas de Occidente. Comparto con ustedes el Prólogo de la obra, que tuve el honor de escribir. (Kier, Colección Masonería, 16 x 23, 304 pp.)




Hace  tres siglos, en una olvidada taberna de Londres, se produjo un hecho singular que tendría repercusión universal. Un grupo de masones provenientes de varias logias de la ciudad, junto a un puñado de intelectuales y aristócratas, decidió constituirse en asamblea y fundar la primera Gran Logia masónica de la Edad Moderna. Al momento de publicarse este libro se están cumpliendo trescientos años de su aparición en la escena europea. Y más allá de que el establecimiento de esta fecha pueda considerarse arbitrario lo cierto es que goza del consenso general de los masones.

A partir de 1717, en menos de veinte años y con una velocidad inusitada, la influencia de la masonería se expandió a toda Europa. Para fines del siglo XVIII ya era un factor de poder dentro de todas las grandes potencias del continente. Fue la punta de lanza del proceso de secularización del espacio cultural europeo. Su acción fue determinante en la emancipación de las colonias americanas, desde el episodio del Motín del Té en Boston hasta las epopeyas libertadoras en la Gran Colombia y el Cono Sur.

Como ocurre con todas las grandes instituciones de alcance histórico, la masonería encontró rápidamente grandes enemigos, a la vez que se convirtió en una de las herramientas de transformación social más formidables del mundo contemporáneo. De modo que, dicho esto, entenderá el lector por qué resulta importante publicar, al filo de las celebraciones de su tercer centenario, una “Historia No Oficial de la Masonería”.

En todo el orbe se sucederán actos recordatorios de esta fecha, y se repetirán hasta el hartazgo los mismos panegíricos a los que estamos acostumbrados los masones. Por esa razón hay que celebrar la aparición de este libro, escrito por un Hermano de la talla de Iván Herrera Michel, que se ha destacado precisamente por escribir sin medias tintas y plantear de manera directa los grandes desafíos que hoy enfrenta la Orden Masónica.

         Si bien el lector encontrará una amplia referencia biográfica al final de la obra, cabe señalar aquí que Herrera Michel es un destacado abogado y escritor colombiano. Se inició en la francmasonería en 1983 y desarrolló una extensa actividad institucional tanto en su país natal, como a nivel continental e internacional. Alcanzó el Grado 33º en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado y ha recibido la Quinta Orden del Rito Francés del Gran Capítulo General del Gran Oriente de Francia, siendo en la actualidad miembro activo, honorario y de número de diversas Logias, Grandes Logias, Supremos Consejos del REAA, Grandes Capítulos del Rito Francés y centros de investigaciones masónicas.

Su participación en foros internacionales y muy especialmente su actividad institucional en el Centro de Comunicación e Información de las Potencias firmantes del Llamado de Estrasburgo, en francés Centre de liaison et d’information des puissances maçonniques signataires de l’appel de Strasbourg (CLIPSAS) le ha permitido ser testigo y protagonista de los grandes debates que, en la actualidad, empeñan y desvelan a no pocos masones.

Iván Herrera Michel es, además, un prolífico comunicador que comprendió rápidamente la utilidad de las nuevas tecnologías y forma parte de la primera generación de masones que fundaron su propio blog. Su sitio “Pido la Palabra” se encuentra activo desde el año 2008 y esa presencia en la web me permitió conocerlo y conocer sus ideas.   

Ya por esos años, desde posiciones claramente diferentes, ambos creíamos en la necesidad de impulsar una nueva literatura que nos sacara de las eternas listas de masones famosos y nos condujera a un análisis de la fraternidad masónica, que bien puede ser considerada como uno de los fenómenos sociológicos más interesantes de nuestra época.

Posteriormente tuvo la gentileza de incluirme entre las personas entrevistadas a propósito de su libro El Toque y la Palabra – Diálogos masónicos, en el que vuelca las conversaciones mantenidas con quince masones referentes de la actualidad en nuestra Orden. Eso nos permitió conocernos mejor y estrechar lazos fraternales que no han dejado de fortalecerse desde entonces.

Esta “Historia No Oficial de la Masonería” que hoy presentamos, es una investigación de larga data, que comenzó hace veinte años y que seguramente no se agotará en esta edición. A lo largo de sus ocho capítulos abarca desde la prehistoria masónica hasta la actual vanguardia cuyo principal desafío es crear el futuro. Pero una de las particularidades de este libro es el hecho de que la cronología no es más que un marco en el que el autor vuelca permanentemente sus reflexiones.

En los últimos años se ha sentido un fuerte impulso respecto de la investigación histórica de la masonería. Y si bien esta corriente historiográfica no es nueva –como bien lo señala el autor– ha cobrado vigor a partir del nacimiento de centros académicos en donde podemos confrontar documentación dejando al margen los mitos y las leyendas que son tan habituales en los libros de masonería. Ivan Herrera Michel se sitúa en esa dirección al afirmar que  …Este libro fue escrito con perspectiva histórico-científica, y con esa misma línea de pensamiento muestra el rumbo que ha tomado la Orden en la actualidad, sin esconder ni manipular datos y tendencias...

Cada etapa de la historia de la masonería encierra enigmas, controversias y tabúes. El enfoque propio del que habla el autor se basa en una aguda observación de estos nudos: desde la regularidad hasta las cuestiones de género; desde la tradición hasta la revolución; desde la intimidad del Taller hasta la acción concreta de la masonería en la sociedad. Nada es soslayado.

Acostumbrados como estamos a esconder el polvo debajo de la alfombra estoy seguro de que este libro será revelador en muchos aspectos, justamente porque sale de lo reiterativo para hacerse camino en terreno pedregoso: ¿Qué es y que no es la Masonería?  ¿Cuál es su verdadera historia? ¿Cuáles son su filosofía y su deber ser en el mundo actual? ¿Cuál es (o debería ser) el rol interno de la mujer? ¿Hasta dónde llegan sus relaciones con la política y la religión?  ¿Cuál es la legitimidad Masónica del paradigma de la Regularidad? Estas son algunas de las cuestiones que se plantea Herrera Michel a lo largo de su relato histórico.

Aquellos interesados en la antigua sociedad de los masones encontrarán en estas páginas un baño de realidad poco habitual en los libros del género. Los Aprendices podrán ampliar su visión de la institución en la que se han iniciado, mientras que todos aquellos que tenemos responsabilidades que atender al interior de la Orden encontraremos numerosas cuestiones que nos quedan pendientes y sobre las que debemos trabajar si pretendemos ser artífices del mundo que viene.



Eduardo R. Callaey

martes, 27 de diciembre de 2016

Antecedentes medievales y monásticos de la francmasonería operativa

Acerca de la publicación de una nueva edición de De Templo Salomonis Liber y otros textos de Masonería Medieval. Breves notas sobre mis últimas investigaciones en torno a los monjes constructores y los berrinches de algunos masones descarriados. 

En el año 729, en un lejano lugar de Northumbria, un benedictino llamado Beda observaba cómo un grupo de monjes constructores erigía el monasterio de San Pablo, en la comarca de Jarrow. En el lenguaje medieval, esos monjes constructores recibían el nombre de machiones. El término latino machio se traduce como masón, y se le denominaba de ese modo a causa de las machinas (andamios) que utilizaban para construir los muros. Tal es la etimología de la palabra masón, que puede consultarse tanto en la obra de Isidoro de Sevilla, Etimologiae, como en el Media Latinitatis Lexicon Minus de Niermeyer.

Inspirado por el trabajo de aquellos hombres, Beda decidió escribir un libro en el cual describe la construcción del célebre Templo de Jerusalén. Le dio a su obra el título de De Templo Salomonis Liber, es decir: El Libro acerca del Templo de Salomón. Sin proponérselo, estaba sentando las bases de la simbología que actualmente identifica a la francmasonería.



Nuestro monje inglés, autor de la famosa Historia Eclesiástica Gentis Anglorum, considerado uno de los Padres de la Historia de Inglaterra y Patrono de los Historiadores, era hasta hace un par de décadas un desconocido para la gran mayoría de los masones. Hacia fines de los años noventa, a raíz de la lectura de algunas notas aisladas, comencé a investigar seriamente el conjunto alegórico contenido en los documentos benedictinos medievales.

Cuando en el año 2004 publiqué, por primera, vez mis investigaciones en torno a la relación entre el simbolismo masónico y las alegorías contenidas en los más antiguos documentos y libros pertenecientes a monjes benedictinos, era plenamente consciente de que estaba metiendo el dedo en la llaga. La primera edición de mi libro Ordo laicorum ab monacorum ordine fue publicada por la Academia de Estudios Masónicos de Buenos Aires, de la que fui miembro fundador y primer secretario. La Academia había nacido en el seno de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones y estaba integrada por algunos Hermanos muy destacados, entre ellos Emilio Corbiere y Jorge Paju, ambos en el Oriente Eterno. Es decir que, en ella, convivíamos armoniosamente creyentes y agnósticos. Épocas realmente memorables, porque siendo el R.·.H.·. Paju un confeso ateo fue uno de los principales impulsores de la publicación de mis libros. 

Por aquel entonces —y aún hoy— eran pocos en América Latina los que conocían los trabajos de Paul Naudon, Alec Mellor y otros autores franceses que ya admitían este vínculo entre la masonería operativa medieval y los benedictinos. Sin embargo, nunca se habían deshilvanado con minuciosidad estos documentos, y mucho menos publicado.

El mundo masónico recibió mi libro con cierto escepticismo, especialmente las corrientes racionalistas que eran y siguen siendo mayoritarias en los países latinos. Luego, en la medida en que el libro se abrió paso, dando lugar a nuevas investigaciones y publicaciones, el escepticismo se convirtió en una fuerte resistencia. Para colmo, en 2006 la obra fue publicada en una segunda versión aumentada por Editorial Kier bajo el título “La Masonería y sus orígenes cristianos”, con una difusión mucho más amplia que la de la primera edición.

Finalmente, en el año 2007, las tensiones ocasionadas por estas publicaciones me obligaron a renunciar a la dirección de la revista Símbolo, órgano oficial de la Gran Logia de la Argentina y luego abandonar la propia GLA. Desde entonces mi actividad masónica se desarrolla bajo jurisdicción europea.

Pero mientras esa resistencia crecía, también aumentaba la cantidad de masones que comenzaban a tomarse en serio el cúmulo de documentación que habíamos traducido del latín y cuyas similitudes con la simbología masónica no dejaba lugar a dudas.

Debo decir que todo lo que he publicado con posterioridad, fue consecuencia directa de ese mundo que se abrió ante mis ojos a partir de la lectura de Beda el Venerable, Rabano Mauro, Walafrid Strabón, Teófilo, Honorio de Autum, Willhelm de Hirsau y una pléyade de monjes que constituyen la flor y nata de la Orden de San Benito. En efecto, no se trata de documentos y escritos marginales sino, por el contrario,centrales para la vida y la instrucción de los monjes. Más aún: las evidencias de este vínculo se encuentran en los documentos fundacionales de la gran Reforma Cluniacense y de la de su hermana gemela alemana, la Reforma Hirsaugiense. Muchas de las pruebas irrefutables de la partida de nacimiento del simbolismo masónico se pueden encontrar, precisamente, en las denominadas Constituciones Cluniacenses y las Hirsaugienses, que rigieron, durante siglos, las comunidades de monjes en las abadías y monasterios de la Orden Benedictina.

Este trabajo, llevado a cabo durante años, requirió de una exhaustiva búsqueda de fuentes y de su posterior traducción. Muchos especialistas fueron consultados y conté con el apoyo de Jorge Sanguinetti, que hizo un excelente trabajo, principalmente con los textos de Beda. En ese momento no conocíamos la traducción al inglés Bede: On the Temple realizada por Seán Connolly y la introducción de Jennifer O’Reilly, que hoy está disponible en una publicación de la Universidad de Liverpool.



En 2009 decidí reunir en un libro los textos principales sobre los que habíamos trabajado, especialmente "De Templo Salomonis Liber" de Beda y los opúsculos de Rabano Mauro relativos al arte de la construcción y de la edificación. De igual modo me pareció oportuno ampliar lo que ya había publicado sobre Beda y Wilhelm de Hirsau. El resultado fue la publicación de De Templo Salomonis Liber y otros textos de Masonería Medieval que hoy presentamos en una nueva edición revisada y ampliada.

No podría haber sido más oportuna. Recientemente, Devrig Mollè –con el entusiasta apoyo del Gran Maestre Nicolás Breglia- publicó su obra “La invención de la Francmasonería”, en la que dedica un generoso espacio a fustigar las bases “académicas” de mi investigación, y de paso, a mi persona. Desde luego que yo no soy un académico sino un escritor. Sin embargo, amén de agradecerle a Mollé por la curiosidad que su furiosa crítica despierta entre quienes todavía no me han leído, cabría señalarle que los antecedentes de Beda el Venerable y de Wilhelm de Hirsau han sido incluidos en los programas del Master en Historia de la Masonería (Programas de Postgrado y Desarrollo Profesional – UNED, que fueran inaugurados en el año 2012 con la presencia de los propios reyes de España) y en otras Universidades europeas. Ahora, con la nueva edición de este libro tenemos la ventaja de poder dar acceso a los masones a dichos documentos para que puedan evaluar si deben ser considerados, o no, predecesores de la masonería moderna. En la propia página de la UNED puede leerse respecto de la masonería operativa que: 

Sus precedentes inmediatos hay que situarlos en la edificación de conventos románicos en los siglos XI y XII llevadas a cabo por monjes, primero benedictinos y después cistercienses. El Abad asumía normalmente la responsabilidad de diseñar los planos y de dirigir las obras aunque muy pronto, al lado de los monjes arquitectos aparecieron los a arquitectos laicos. Su fundador fue el Abad Guillermo Von Hirschan, conde palatino de Scheuren (1000-1091) [se refiere a Wilhelm de Hirsau, que justamente es uno de los ejes de mi investigación], quien por primera vez llamó y reunió obreros de todos los oficios para la ampliación y terminación de las obras de la abadía de Hirschan, en calidad de hermanos laicos. Aunque los frailes soportaban el peso principal de los trabajos, para la construcción de los grandes monasterios necesitaron la ayuda de un buen número de obreros y técnicos seglares, y en ocasiones se recurrió a los servicios de especialistas de zonas tan alejadas como Bizancio.

El fragmento se refiere a Wilhelm de Hirsau, que justamente es uno de los ejes de mi investigación. Sería bueno que algún día los masones pudiésemos sentarnos a debatir ideas respecto de los orígenes de nuestra Orden sin descalificaciones ni rencores que ya debieran estar superados.  


En cualquier caso, que Ediciones del Arte Real haya decidido apostar a una nueva edición de De Templo Salomonis Liber (tal vez el más complejo de leer, de todos mis libros) me llena de satisfacción porque completa y agrega al trabajo original de La Masonería y sus orígenes cristianos (Editorial Kier), cuyo planteo sigue vigente a más de doce años de su aparición. 

domingo, 18 de diciembre de 2016

Rito Escocés Rectificado - Cuaderno de Trabajos

Recientemente, Ediciones del Arte Real (www.masonica.es) publicó el "Cuaderno de Trabajos - Clase Simbólica del Rito Escocés Rectificado", libro escrito por Ramón Martí Blanco Gran Prior Emérito y actual Gran Canciller del Gran Priorato de España, quien es para mí no solo un Muy Querido Hermano sino también un gran amigo. En lo que considero un honor, el autor me ha solicitado que prologara la obra. He creído oportuno publicar dicho exordio porque allí está plasmada no solo la presentación sino también mis percepciones respecto de este magnífico trabajo.

Es importante destacar que hasta no hace muchos años era difícil (por no decir imposible) encontrar literatura sobre el RER en español. Esta carencia se ha ido modificando merced al esfuerzo hecho por un pequeño grupo a la cabeza del cual podemos mencionar al propio Ramón Martí Blanco. Los lectores de este blog saben muy bien acerca de mis desvelos por crear y difundir una nueva literatura en torno a la Masonería Cristiana. Consciente de que queda aún mucho por hacer, sería necio no reconocer todo lo que hemos avanzado. 

Hubiese sido más difícil aún si no hubiésemos contado con el apoyo de Ediciones del Arte Real, que ha hecho unas maravillosas ediciones que hoy están a disposición de los masones de habla hispana tanto en papel como en formato digital. Transcribo entonces, a continuación, el prólogo con el que se ha publicado el libro. 

Aprovecho para mencionar que la presentación tendrá lugar en Barcelona, el próximo 22 de diciembre de 2016, a las 19,30 horas, en el Refectorio del antiguo Monasterio de Sant Pau del Camp, en el carrer de Sant Pau, 101 de la ciudad Condal. Se trata de un lugar emblemático para mí, pues allí nacieron las "Conversaciones en el Claustro", otro libro sobre el RER que recientemente fuera publicado por la misma Editorial. Y aunque no tendré la dicha de estar allí como sería mi deseo, lo hago de este modo, simbólicamente, deseándole a Ramón el éxito que se merece por su empeño y tenacidad en mantener vivo uno de los Ritos Masónicos más antiguos aún vigente, en plena expansión en América Latina. 






P   R   Ó   L   O   G   O
 Cuadernos de Trabajo - Clase Simbólica del Rito Escocés Rectificado

Un buen prologuista debiera abstenerse de toda consideración personal al momento de introducir al lector en una obra. Sin embargo, tratándose de una persona a la que me unen una afectuosa amistad y una estrecha sintonía respecto de muchos temas atinentes a la francmasonería, tal abstención resultaría por cierto artificial y hasta forzada. De modo tal que la semblanza que aquí trazaré de la obra y de su autor será la que refleja el
cristal de la fraternidad que nos une.

Mi vínculo con Ramón Martí Blanco se remonta a diez años atrás, cuando un grupo de masones latinoamericanos intentábamos, no sin esfuerzo, convencer a nuestros hermanos españoles de que había llegado la hora de traer a la América Hispana al Régimen Escocés Rectificado, es decir, a la masonería cristiana. En ese entonces la literatura del R.·.E.·.R.·. en español era prácticamente inexistente salvo dos obras: Jean-Baptiste Willermoz, su obra, de Jean-Francois Var y la Memoria al Duque de Brunswick, de Joseph De Maistre, que dicho sea de paso, habían sido traducidas por el autor que prologamos. Lo poco de literatura interna que circulaba (Los Cuadernos Azules y Los Cuadernos Verdes), también habían sido un esfuerzo de traducción de Ramón Martí Blanco.

Por mí parte, habiendo sido iniciado en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, me encontraba con que los trabajos del Rito Escocés Rectificado estaban absolutamente despojados de cualquier intento de erudición o especulación intelectual. De hecho, aprender a trazar planchas de R.·.E.·.R.·. era y sigue siendo una tarea delicada para quienes provienen de otros ritos masónicos.

También debo decir que la mayoría de los temas de los que este libro trata fueron materia de reflexión durante los primeros años de mi relación con el autor, y aún lo son. Es así que el contenido de este libro forma parte del lenguaje de un antiguo Rito masónico que guarda intacto el eco del siglo XVIII, cuando en términos masónicos estaba todo por hacerse y una gran confusión atravesaba la masonería. En la segunda mitad del siglo XX el R.·.E.·.R.·. recobró la fuerza y ganó el corazón de algunos líderes
sobresalientes de la francmasonería francesa. Ramón Martí Blanco es hijo de esa escuela, que ha sabido marcar con su impronta la actual masonería cristiana. Y su trabajo por consolidarla ha sido fundamental para la Orden.

Hay distintas maneras de medir el trabajo de un hombre. Algunos dirán que por las obras (“por sus frutos los reconoceréis”), otros por la habilidad de crear nuevos futuros, nuevas esperanzas. Y estarán incluso aquellos que asocian el trabajo al éxito, una palabra que, en nuestro siglo, parece haber perdido todo su sentido. En cualquier caso, prologar esta obra, haciendo honor al arte del exordio, es hablar del trabajo de un hombre que, en un exceso de humildad, ha titulado a este libro Cuaderno de Trabajos del R.·.E.·.R.·. Y aunque en su interior contenga una amplia selección de trabajos masónicos realizados al interior de la Orden Rectificada, en realidad es mucho más que eso.

Bien podría decirse que Ramón Martí Blanco ha dedicado su vida al Régimen Escocés Rectificado. No solo eso, sino que es uno de los pocos masones que pueden atestiguar acerca del proceso que llevó a la implantación del R.·.E.·.R.·. en España, primero en forma “adaptada” bajo el cobijo de la Gran Logia de España, luego en su versión original y completa al crearse el Priorato de Hispania bajo jurisdicción del Gran Priorato de las Galias, para convertirse, finalmente, en la potencia independiente que se denomina actualmente Gran Priorato de Hispania.

Habiendo sido la masonería arrasada en España durante el franquismo, su reconstrucción no fue tarea sencilla. El hecho de que el R.·.E.·.R.·. haya formado parte, ab origine, de dicho proceso de reconstrucción, otorga a nuestro autor una mirada propia que permite al lector indagar en un momento muy particular de la francmasonería española.

Pero hay una circunstancia extraordinaria que hace que la visión del autor no se limite a la historia de la masonería post franquista. En años recientes, Ramón Martí Blanco llevó a cabo una exhaustiva investigación acerca de tres ancestros suyos: su bisabuelo Ángel Blanco Fernández (1839-1894) y su tíos abuelos Ángel Blanco Berodia (nacido en 1873) y Samuel Blanco Berodia (nacido en 1874), todos iniciados en logias del Gran Oriente Español. Parte importante de la documentación masónica de estos parientes suyos pudo ser colectada gracias a la ayuda brindada por el profesor José Antonio Ferrer Benimeli, fundador del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española. Cabe señalar aquí que tuve el gusto de acompañar al autor en su primer encuentro con Benimeli, que tuvo lugar en un viaje que hicimos juntos a la ciudad de Zaragoza en el año 2012.

El derrotero de estos ancestros, narrado en este libro por Ramón Martí Blanco  sumado a la doble condición de masones y religiosos en dos de los tres casos— hace que podamos acceder a la intimidad de una saga familiar que, más allá de impactar en los sentimientos del autor, expone aristas interesantes desde el punto de vista histórico. Cualquier masón puede imaginar la carga emocional que conlleva el poder acceder a los archivos masónicos de un pariente. Es algo tan indescriptible como la propia iniciación. Pero hay un hecho adicional que otorga al relato una mayor tensión literaria, y es la circunstancia de que su bisabuelo no sólo haya sido masón sino también sacerdote católico, luego devenido en pastor protestante. Para quienes estamos acostumbrados a confrontar con la visión de los extremistas que no admiten esta doble condición, la historia de la familia Blanco resulta claramente singular.

Esta singularidad se extiende al resto de la obra, que no hubiese sido la misma sin el devenir masónico de la familia Blanco y sin la introducción del autor respecto de la historia reciente del R.·.E.·.R.·. en España.

Dicho esto, vayamos ahora a comentar acerca de lo que el autor de la obra pretende que sea la misma, un Cuaderno de Trabajos. Para los masones que no están familiarizados con las planchas que se leen en las logias del Rito Escocés Rectificado, dichos trabajos serán sin dudas reveladores y, tal vez, hasta inesperados. Acostumbrados al ejercicio del librepensamiento y a la especulación erudita, los masones lectores de este libro se encontrarán con aquello que diferencia al R.·.E.·.R.·. de cualquier otro rito masónico.

En efecto, el contraste salta a la vista por varias razones. La primera de ellas es que en el R.·.E.·.R.·. existen una doctrina y unos principios que no pueden ser interpretados de cualquier manera sino a la luz del Libro que preside los trabajos: el Evangelio. A partir de allí todo se vuelve diferente, siendo la responsabilidad de los maestros, en especial la del Venerable Maestro y los Vigilantes de la Logia, la de asegurarse de que las planchas no se aparten de aquello que marca el Ritual y el Santo Evangelio.

Lo demás, el discurso florido, la profusión de citas y frases, las descripciones generalistas de cuestiones sociales, el detalle erudito de temas extraños al trabajo primario de devastar la Piedra Bruta, son asuntos ajenos al R.·.E.·.R.·., y este es uno de los puntos más salientes del libro que estamos prologando.

La publicación de un libro de estas características no podría ser más oportuna. Desde que comenzara la expansión del R.·.E.·.R.·. en América Latina, la confusión, lejos de mermar ha crecido. Tanto en España como en los países latinoamericanos coexisten diversas expresiones del R.·.E.·.R.·. La Masonería Rectificada no ha podido escapar del proceso de fragmentación que actualmente afecta a toda la francmasonería. Algunas escisiones producidas en Francia y en España se han trasladado a los territorios de Ultramar, de modo tal que hoy coexisten Logias rectificadas al estilo de las de la Gran Logia de España, adaptadas a la regularidad andersoniana, Logias rectificadas escindidas de la regularidad establecida por el Gran Priorato de las Galias y logias que se atienen a dicha regularidad correspondiente al eje Gran Priorato de las Galias — Gran Priorato de Hispania. En cualquier caso, el contenido de este libro es fundamental para comprender las raíces del Rectificado y su doctrina. Los trabajos seleccionados, tanto los escritos por el autor, tanto por los tutelados, poseen una contundencia verdaderamente docente.

Con la misma contundencia se expresa el autor respecto de temas relevantes al interior de las logias, que tienen que ver con el celo que debiéramos poner en la transmisión de nuestros principios, porque en definitiva, como lo expresa Martí Blanco: “la Masonería Rectificada nació precisamente para poner un poco de orden al desatino en que se habían convertido las asambleas masónicas, pobladas por Masones que creían tener muy claro cuales debían ser los fines y objetivos de nuestra Institución”. ¿Acaso tenemos claro cuáles son esos fines y objetivos?

En estos más de treinta años que lleva en la masonería rectificada, nuestro autor ha ganado justa fama de hombre consecuente con sus principios. Si hoy existe una literatura en español sobre el R.E.R se debe principalmente a sus traducciones de autores franceses. Y si el R.·.E.·.R.·. ha ganado solidez en un mundo cruzado por las corrientes masónicas más diversas ha sido por la intransigencia respecto de esos fines y objetivos que debieran mantenerse a rajatabla.

Referente de una generación de masones rectificados que tuvieron a su cargo la implantación del R.·.E.·.R.·. en España, Ramón Martí Blanco representa al espíritu caballeresco que debiera trasuntar un CBCS, que aun estando solo, sin más arma que su blasón ni más defensa que su manto puede restituir el sentido de esa columna truncada, símbolo del camino de regreso a la Ciudad Santa.



Eduardo R. Callaey

lunes, 3 de octubre de 2016

Más sobre la masonería en la Edad Media

Fragmento de mi libro "La masonería y sus orígenes cristianos"


En sus crónicas del incendio de la iglesia de Canterbury -acaecido en el año 1174 "por voluntad y secreto juicio de Dios"- Gervasio describe la inmensa desazón que se apoderó de monjes y clérigos a causa de la tragedia.
Preocupados por el estado en el que había quedado la estructura, dudaban de su fortaleza. Algunos hablaban de reconstruir la catedral desde sus cimientos, lo cual enloquecía a los monjes de sólo pensarlo. Otros creían que algunas columnas soportarían una nueva carga. Lo cierto es que paralizados por tan inesperado siniestro, los monjes permanecieron de luto durante un año, mientras decidían qué hacer con lo que había quedado de aquel hermoso templo.
Cuenta Gervasio que el capítulo convocó a numerosos arquitectos franceses e ingleses, pero no se pusieron de acuerdo. Finalmente, la elección recayó en Guillermo de Sens, "hombre extremadamente audaz, artífice habilísimo en tareas con madera y piedra", a quien le fue entregada la obra.
Las crónicas de Gervasio de Canterbury dan fe del celo con el que Guillermo condujo la reconstrucción; nos cuentan de la multitud de artistas talladores que fueron convocados, del enorme esfuerzo y de los ingenios que se debieron construir para desembarcar las piedras que llegaban desde el otro lado del mar. Hasta que, cierto día, en el quinto año de la reconstrucción, el hábil arquitecto cayó desde un andamio y quedó postrado en cama durante meses. La obra avanzó entonces de forma más lenta bajo la dirección temporaria de un monje que -con más voluntad que habilidad- seguía las indicaciones que Guillermo le daba desde su lecho. Consciente de que ya no se recuperaría, el arquitecto abandonó la obra y regresó a Francia.
Le sucedió otro Guillermo, de nacionalidad inglesa, a quien Gervasio describe como un maestro hábil y honesto. Ni el uno ni el otro eran monjes; se trataba de arquitectos laicos, hombres libres que habían aprendido el oficio de trabajar la piedra y construir iglesias en aquellas logias conformadas por experimentados monjes y numerosos "fratres conversi", expertos en sus oficios de canteros, albañiles, vidrieros, herreros, carpinteros y tallistas.


La agrupación de estos hombres en estructuras asociativas adecuadas a su arte y tradición, fue la consecuencia natural de un proceso social, cultural y económico signado por el fenómeno del renacimiento urbano, la organización comunal y la creciente secularización de la sociedad.
Muchas de estas asociaciones lograron ciertos privilegios que les otorgaron mayor libertad. Su fama se extendió, y muchos de sus más grandes arquitectos descansan en las criptas de las catedrales que construyeron, junto a reyes y obispos. Se comenzaba a desplegar otra historia: la de las corporaciones y gremios de la Baja Edad Media, la de los grandes artistas que conducirían a Europa hacia el Renacimiento.
No sabemos a ciencia cierta el momento preciso -ni en base a qué presupuestos, tradiciones o influencias- se introdujo en los rituales del siglo XVIII la leyenda de Hiram Abi. A partir de allí, el simbolismo del Templo de Salomón pasó a ocupar un lugar relevante en la francmasonería. No fueron ni Jabel, ni Nemrod, ni Pitágoras los héroes de la corporación. Tampoco se eligió a las Pirámides de Egipto, ni al Coloso de Rhodas, ni a la Torre de Babel como alegoría y ejemplo del "arte sagrado". Hiram Abi y su famoso Templo se elevaron por encima de cualquier otra opción y sobre tal artífice y su obra se erigió el edificio simbólico de la francmasonería moderna en sus ritos regulares.
Sabemos, de todos modos, a partir del análisis de todos los documentos analizados, que la tradición triunfante se vincula a la de los masones benedictinos. Sabemos también que esta tradición era conocida por los autores de los antiguos documentos de la corporación. Ellos mismos mencionan a sus fuentes. Si los antiguos masones operativos conocían esta tradición, no es menos cierto que los modernos masones especulativos la eligieron y organizaron prolijamente en sus complejos rituales. ¿Qué sucedió en el medio?
Los masones operativos hicieron del secreto un culto. El secreto masónico se ha gestado en ese interregno desconocido e inaccesible en el que reinaron las logias en todo su esplendor, capacidad y realización. Fue la época de los grandes arquitectos, pródigos en obras, mezquinos en palabras, celosos en sus técnicas, sus planos y sus aspiraciones. Sin embargo, la historia puede reconstruirse porque el hombre deja huellas; a veces con la intención de decirnos algo; otras, simplemente, porque son propias del fenómeno humano.
A través de esas huellas podemos saber, por ejemplo, cuántos maestros masones trabajaron en la construcción de una catedral o un castillo. Por sus marcas en las piedras -una identificación personal, pero también un silencioso acto secreto de vanidad de quien se sabía condenado al anonimato colectivo- sabemos de sus itinerarios. En su obra "Un espejo lejano", Barbara W. Tuchman calcula que Enguerran III, barón de Coucy, empleó, en el siglo XIII, a 800 albañiles para construir la fortaleza homónima y ello en base a las marcas dejadas en las piedras. Diego Peña, un anticuario argentino experto en medallística masónica, descubrió en un palacio de la España mora -la mezquita de Córdoba- marcas en las piedras que él mismo había fotografiado en la catedral de Santiago de Compostela y en Barcelona, corroborando las diversas noticias existentes en torno a la gran movilidad de los masones que participaron en aquella obra.
En el famoso manual de Villard de Honnecourt (circa 1224) pueden observarse dibujos que recuerdan, sugestivamente, a "los cinco puntos de perfección" de los maestros masones. Los 65 folios contienen una verdadera colección de bocetos y planos de obra, incluida una estructura idéntica a la utilizada por Umberto Eco para describir la laberíntica torre de "El nombre de la rosa".
Conocemos, gracias a estos y muchísimos otros detalles, cómo construían, cómo estaban organizados y cuál era su rol en la sociedad. Lo que no sabemos de los masones operativos es de qué manera se trasmitían, en secreto, sus tradiciones. Los reyes los protegieron, les concedieron derechos, franquicias y exenciones. La Iglesia los receló primero, para luego amenazar sus liberalidades abiertamente.
Ya en el siglo XII, en el año 1131, el rey Alfonso VII otorgaba privilegios a los trabajadores de la catedral de Santiago:
"Ego Adefonsus Dei gratia Yspanie Imperator... Facio testamentum cautationes ómnibus magistri et criationi ecclesie Beati Jacobi, tam criationi operis quam et canonici, tam presentibus quam futurus usque in sempiternum. Ita cauto eos, quod non eant in fossatum, nec donec fossadariam, neque pectent pectum pro aliqua voce nisi pro suo forisfacto. Ita ego eorum cauto domos et possessiones, quod maiordomus terre nec ullus alius homo pro aliqua voce ibi non intret, neque eos pignoret nisi per manus sui magistri, et magister det directum per eos, et habeant tale forum quale melius habuerunt postquam opus ecclesie inceptum fuit..."
Más de ciento cincuenta años después, estos privilegios se habían afianzado, al extenderse los fueros municipales y las ciudades libres, cuyos ciudadanos -convertidos en prósperos burgueses- habían alcanzado la capacidad de adquirir este estado. Sancho IV, en 1282, confirmaba el privilegio de los pedreros de Santiago:

"...Porque los maestros et los pedreros et los raconeros de la obra de Santiago me dixieron que tienen privillegios del Rey Don Fernando mío avuelo et de los otros Reys et confirmadas del Rei mío padre commo deben ser amparados y defendidos. Et yo por esto et por muchos servicios que fizieron al mío padre et a mí en fecho de la eglesia et en otras obras, recébolos en mi guarda et mi defendimiento a elos et a lo suyo por o quier que lo ayan, asy en la villa de Santiago como fuera de la villa. Et mando et defiendo que nengún non sea osado de les querelar nin embargar sus raciones, nin de les fazer mal nin fuerca, nin tuerto, nin de les pasar contra los privillegios que les sean guardados daquí adelante así como lo fueron fasta aquí. Et qualesquier que contra esto fuesen, a elos e a lo que ovieren me tornaría por ello..."

La imagen corresponde a un bajorrelieve que se encuentra en Lugo. Galicia

viernes, 30 de septiembre de 2016

La Iniciación Masónica y los embates de la posmodernidad

Con cada vez mayor frecuencia, desde sectores ideologizados de la Orden, fuertemente anclados en corrientes ultra racionalistas que rayan en el fundamentalismo, se escuchan voces que pretenden reducir la Iniciación Masónica a una suerte de pieza de museo, una excentricidad que habría que revisar. Desguazan las ceremonias, las "agiornan", les quitan elementos tradicionales fundamentales, en fin, las vulgarizan. El sabido que muchas Obediencias han quitado esta condición iniciática de sus Estatutos, y nada hace pensar en que esta tendencia cambie en algunos países latinoamericanos. Por eso, es imperativo esclarecer a las nuevas generaciones de HH. respecto de esta desviación, que sólo puede presagiar una mayor profanidad al interior de nuestros templos. 

La Masonería: Una Escuela Iniciática 

Dentro del amplio campo de las sociedades secretas existe una categoría que se distingue del resto por su propio peso. Son justamente las que tienen carácter iniciático. A estas se las denomina genéricamente como Ordenes Iniciáticas, pues la característica común es la incorporación a través de una ceremonia ritual denominada, precisamente Iniciación. 

La iniciación, tal como se concibe en estas órdenes, es una línea divisoria que marca dos dimensiones muy diferentes de conocimiento; pero, fundamentalmente, dos dimensiones diferentes de responsabilidades. Todo aquello que en la vida implica un profundo cambio en esta dimensión de la responsabilidad, necesita de un rito. Pues bien, nuestra cultura descansa sobre las profundas raíces psicológicas de estos ritos. Y todos ellos responden a fuentes ancestrales y se convierten en las herramientas más adecuadas para la transformación del individuo.  

La Masonería es, entonces, una Escuela Iniciática. ¿Qué significa esto? Significa que se ingresa a ella mediante una Iniciación que otorga al iniciado un lenguaje especial y que este juramenta guardar y poner a cubierto de cualquier persona no iniciada o de menor grado.




El Lenguaje Simbólico 

Ese lenguaje son los símbolos. Los francmasones se sirven de los símbolos a modo de figuras alegóricas para transmitir conocimientos y asegurar la continuidad de sus enseñanzas. 

Pero los masones agregaron a la simbología un conjunto de leyendas. Incorporaron a su iconografía la de las Órdenes más poderosas de la historia. De cada una tomaron su médula y reclasificaron el resumen del modelo humano.  

Desde tiempos lejanos, cuyo origen no ha sido jamás precisado, la masonería desarrolló un lenguaje simbólico. La mayoría de los símbolos que conforman este lenguaje provienen de la arquitectura sagrada. Se difundieron a lo largo de Europa durante la Edad Media junto con la actividad de los constructores de grandes catedrales y abadías. Es común encontrar en la iconografía medieval imágenes de Dios sosteniendo en sus manos los instrumentos del Arte –generalmente un compás con los que traza los planos de la creación del mundo. La arquitectura se consideraba, por lo tanto, como una continuación terrestre del poder divino. Quien erigía un templo desarrollaba un oficio vinculado con el propio Creador. 

Sin embargo, muchos de estos símbolos aparecen en épocas aun más remotas, desde las ruinas de Pompeya hasta los confines del Mediterráneo Oriental. La relación del símbolo con la masonería es tan estrecha que cualquier masón, medianamente instruido, sería capaz de encontrar las huellas de sus hermanos en cualquier ámbito en que estos se hayan desempeñado. 
Aunque resulte sorprendente para la mentalidad moderna, durante siglos, tal vez milenios, diferentes linajes de iniciados preservaron un importante caudal de conocimiento, trasmitiéndolo de maestros a aprendices.   

El Secreto Masónico 

Pero hay algo más complejo aún: Los masones –y antes de ellos otras sociedades secretas del mismo tenor han tenido la vocación de construir futuros posibles. ¿Cómo lo hacen? Capaces de comprender la naturaleza profunda del fenómeno humano, trabajan para generar las condiciones y cambiar el curso de los acontecimientos. Indagadores natos, entienden el idioma de los signos, las piedras talladas, los relatos fantásticos, los mitos universales y los libros sagrados. Captan en ellos un mensaje que permanece mudo para quien no lo comprende. Los masones no son sólo protagonistas de la historia; la construyen. 

Por lo tanto, cuando un profano9 piensa que los masones se reúnen en secreto, poseen conocimientos ocultos que guardan celosamente y que urden conspiraciones, está en lo correcto. La cuestión radica en qué tipo de conspiración realizan los masones. Tejer las bases de futuros posibles es de por sí una gran conspiración. 

Este concepto puede resultar curioso, y hasta complejo. Pero es real; los masones aprenden a pararse en un futuro al que quiere llegar. Desde allí pueden ver cuáles condiciones debieran generarse para alcanzarlo. La masonería que triunfa es la que ve al mundo desde el futuro, y lo crea. De igual modo misterioso puede dejar trazado el plan en un lenguaje simbólico que otros masones podrán interpretar y ejecutar. 

El secreto masónico no está en los signos, ni en los toques, ni en las palabras sino en esa capacidad de hacer quelas cosas se vuelvan comprensibles,resumidas en su símbolo más potente: La Luz. Donde otros solo ven piedras el masón ve una historia: Donde la mayoría escucha una historia el masón decodifica una clave que explica la historia.  


No es posible comprender los acontecimientos del mundo moderno sin ella; del mismo modo que no puede comprenderse el mundo antiguo sin las Escuelas de Misterios, ni la Edad Media sin la leyenda del Grial y la Orden de la Caballería. La francmasonería emerge ante los ojos del historiador apenas se rasga la superficie de los hechos. Permanece impermeable a los curiosos y sólo se revela ante el que descubre que los acontecimientos históricos no son el fruto azaroso de un destino posible sino la consecuencia de un esfuerzo que intenta dirigir su curso.