sábado, 23 de junio de 2018

Algunos apuntes sobre la edición en inglés de "On the Temple", de Beda el Venerable.

En tiempos tan volátiles nada mejor que regresar a los viejos textos sobre los que se ha construido nuestra cultura. Más aun cuando se trata de los cimientos de un edificio que lleva siglos de construcción y cuya identidad se vuelve cada vez más difusa, aunque no por ello menos inquieta  y vigorosa. La francmasonería es un fenómeno en el que convergen tradiciones de distintos orígenes. De todas ellas, la más negada, antaño y hogaño, es la tradición cristiana. Por eso creo valioso compartir algunas notas respecto de un libro sobre el Templo de Salomón escrito hace trece siglos sobre al que regreso una y otra vez, buscando nuevos significados e interpretaciones. ¿Por qué ejerce sobre nosotros, los masones, tanta fascinación el Templo de Salomón? Recuerdo que en el año 2014, caminando por las galerías subterráneas excavadas debajo de los cimientos del Templo de Jerusalén, me encontré con una inmensa pared de roca tallada de la cual se cree que es la más grande y pesada jamás labrada por el hombre. Estábamos en el nivel de la base del Templo de Herodes; incluso hay un cartel curioso que dice "Herods Masonry". Pensé en aquel momento que los cimientos del primer Templo, el de Salomón, estaban aun más abajo, mucho más abajo que nosotros, a una profundidad a la que se supone ya han excavado minuciosamente los israelíes, pero que hasta ahora permanece cerrada al público. También pensé que el monje inglés que escribió ese libro hace trece siglos, tratando de encontrarle un sentido, nos había legado una simbología -o mejor dicho, una suerte de alegorías- que aun nos acompaña. Pero hecha esta introducción, aquí van los apuntes de estos días de relectura.

Recientemente, un muy Q.·.H.·. me regaló un ejemplar de la "Historia eclesiástica del pueblo de los anglos", de Beda, en una edición realmente admirable de la colección de Clásicos Latinos Medievales de AKAL. Este gesto me devolvió a la lectura de Beda e inmediatamente de leer esta versión, ahora en español de "Historia eclesiástica..." volví a releer otra del monje inglés que, por fortuna, también me llegó a través de un gesto generoso. En efecto, hace algunos años, luego de que se publicara la segunda edición de “La Masonería y sus orígenes cristianos”, y en oportunidad de una tenida a la concurriera en la sede del Gran Priorato de Hispania, en Barcelona, un Q.·.H.·. tuvo la gentileza de obsequiarme un ejemplar de una edición inglesa de la obra de Beda, el Venerable, De Templo Salomonis. Se trata de Bede: On the Temple, una versión de De Templo Salomonis Liber, traducida por Seán Connolly y publicada por Liverpool University Press.

La edición inglesa de On the Temple

Tiempo antes de aquel viaje, junto al Q.·.H.·. Jorge Sanguinetti (hoy en el Oriente Eterno), habíamos emprendido la traducción directa del latín, que fuera publicada primero por Manakel y luego por Ediciones del Arte Real.[1] Pero el valor de la edición en inglés radica, principalmente, en los comentarios introductorios de una académica británica fallecida recientemente, Jennifer O’Reilly (1943-2016). 

En la Introducción O’ Reilly hace una brillante exposición acerca de las alegorías arquitectónicas escritas por Beda, especialmente en el texto presentado. En realidad, más que una introducción es un ensayo que contiene infinidad de elementos que pueden ayudarnos a comprender el vínculo entre las alegorías contenidas en los escritos monásticos y el simbolismo masónico.

Jennifer O'Reilly

Explica O’Reilly que el Tabernáculo y el Templo de Salomón son un tema recurrente a lo largo de las escrituras exegéticas de Beda (también lo son a lo largo de toda la simbología masónica). De hecho son el eje principal de tres homilías y tres de sus comentarios bíblicos, De Tabernáculo (c. 721-725), In Esram et Neemian (c. 725-731) y De Templo (c. 729-731). A primera vista –dice O Reilly–, el interés de Beda por estas construcciones, sagradas para el Pueblo Judío, junto con el culto llevado a cabo por los sacerdotes y su complejidad ritual, pueden parecer antiguos y extrañamente ajenos a la preocupación vital contemporánea de la Historia Ecclesiastica gentis anglorum (731). Recordemos que Beda es considerado "El Padre de la Historia Inglesa" y que el interés en su obra se ha concentrado justamente en aquellas de carácter histórico. En efecto, su "Historia eclesiástica del pueblo de los anglos" introdujo a lo que luego sería Inglaterra en la historia escrita. En cambio, sus escritos teológico-exegéticos –que abarcan un tercio del Antiguo Testamento y casi la mitad del Nuevo– en su mayoría no han sido traducidos del latín. De hecho, cuando con Jorge Sanguinetti comenzamos a traducir De Templo en 1998 no sabíamos acerca de esta edición de Liverpool University Press, editada en 1995.

Para O’ Reilly –que fuera catedrática en Historia Medieval en el University College Cork– la exposición alegórica del ornamento figurativo en el Templo de Salomón condujo a Beda a concluir en que el arte de la defensa de la religión, a menudo citado, proporciona "una escritura viva" para los analfabetos. Esta afirmación de O’Reilly parece enmarcar a la alegoría arquitectónica de Beda dentro de la denominada “pedagogía de masas” que describe Georges Duby[2] al analizar el carácter pedagógico del arte románico mediante el cual las Sagradas Escrituras se presentaban, de modo figurativo, a los ojos de los iletrados. En la Alta Edad media, y durante el largo reinado del arte románico, los masones, literalmente, describían historias en la piedra.

Entre muchos otros análisis interesantes, O'Reilly investiga el modo en que Beda interpreta de manera diferente la construcción del Tabernáculo del Desierto y el Templo de Salomón. En tanto que el Tabernáculo es una obra circunscrita al pueblo judío, el Templo de Salomón adquiere un carácter más universal. Dice O’Reilly: “Parte de la distinción que hace Beda entre la construcción del Tabernáculo y el Templo de Salomón es que los judíos construyen el Tabernáculo solos, en cambio Salomón construye el Templo con la fuerza de trabajo de los gentiles enviados por el rey Hiram.”.

Resulta evidente que el contexto histórico en el que vive Beda (cercano en el tiempo a la conversión al cristianismo de los pueblos anglosajones de Inglaterra) requiere de una alegoría que exceda el marco del judaísmo. Por otra parte, Beda forma parte del grupo de exégetas que buscarán las raíces teológicas del cristianismo en el Antiguo Testamento. La mayoría de sus biógrafos afirman que –al igual que Alcuino de York, Rabano Mauro y Walafried Strabón, entre otros– tenía cierto dominio sobre la lengua hebrea.

Dice O’Reilly que en la Historia Ecclesiastica Gentis Anglorum [3], el proceso por el cual los pueblos anglos, inicialmente fueron traídos a la fe y luego se integraron cada vez más en la iglesia universal, se presenta como una continuación de la conversión de los gentiles registrada en los Hechos de los Apóstoles, en respuesta al mandato de Cristo de enseñar a todas las naciones.[4]

No debiera extrañarnos la abundancia de una exégesis surgida en la Alta Edad Media que concentra su interés en la piedra. Los apóstoles San Pedro y San Pablo hablan de Cristo como la Piedra Angular y de los fieles como Piedras Vivas. Beda, por su parte –y posteriormente varias generaciones de benedictinos, entre los que se destaca Honorio de Autum– se referirán al arte de pulir la piedra y definirán a los constructores como homines quadrati.

En la Primera Carta de San Pedro (1 Pedro 2) se exhorta a los cristianos: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; Y el que creyere en él, no será avergonzado”. En tanto que el apóstol Pablo (Efesios 2:19-22) dice: “Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, 20 edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular. 21 En él todo el edificio, bien armado, se va levantando para llegar a ser un templo santo en el Señor. 22 En él también ustedes son edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu”.

Esta tradición por la que la piedra adquiere un carácter alegórico en la construcción del cristianismo es temprana y puede encontrarse en una numerosa literatura patrística. O’Reilly rescata, a modo de ejemplo, un texto sobre la dedicación de la catedral de Tiro, hecho acaecido en 317, en el que Eusebio había aplicado casi toda la serie de textos bíblicos sobre el Tabernáculo, el Templo y las piedras vivas, etc. a la nueva iglesia y alabó a su patrón-obispo como un nuevo Salomón.[5] El tópico, si no ese ejemplo en particular, era ciertamente conocido para los escritores insulares.[6]

Beda consideraba la construcción de iglesias de piedra como parte de la evangelización de los anglosajones y, probablemente, como un aspecto del aumento de las influencias culturales romanas y galas en su posterior conversión. Pero, como señala Arthur Holden[7], a pesar del interés de Beda por la metáfora arquitectónica para describir a la Iglesia, nunca le da a una iglesia una interpretación alegórica. Serán, en todo caso, los masones que aprenden su oficio de los benedictinos, los que incorporarán conceptos propios de Beda y otros exégetas tales como “cuadrar la propia piedra” como tarea para aquel que construye un templo a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.

Bien sabido es que estos tópicos son resistidos por gran parte de los francmasones, incluidos los andersonianos, pese a que el autor del Manuscrito Cook (el segundo más antiguo atribuido a la antigua fraternidad) menciona a Beda entre sus principales fuentes. Lo mismo ocurre respecto del monje Wilhelm de Hirsau, conde palatino de Seheuren, sobre quien hemos publicado un extenso trabajo y es considerado padre de la francmasonería alemana. 

Quienes quieran ahondar en los antecedentes monásticos de la francmasonería pueden ingresar en los enlaces que están a continuación. Mis trabajos sobre los orígenes benedictinos del simbolismo masónico están contenidos en dos obras: "La masonería y sus orígenes cristianos (Editorial Kier) y "De Templo Salomonis Libes y otros textos de masonería medieval (masonica.es)



[1] Callaey, Eduardo. De Templo Salomonis Liber y otros textos de masonería medieval. Ediciones del Arte Real, Oviedo, 2015.
[2] Duby, Georges, La Época de la catedrales. Ediciones Cátedra (Madrid) 2008
[3] Recomendamos la extraordinaria edición en español de José Luis Moralejo, publicada por AKAL

[4] O’Really, Ob. Cit. p. xvii
[5] Se refiere a Eusebio, obispo de Cesarea (c. 263 - 30 de mayo de 339, ​probablemente en Cesarea, Israel en la actualidad)
[6] O’Really, Ob. Cit. xlvi
[7] Holder, A.G,. Allegory and History in Bede's interpretation of sacred architecture, in American Benedictine. (1989) 40, 115-31.

domingo, 3 de junio de 2018

El error de creer que el populismo es cosa de pobres e ignorantes




Como una letanía, los grandes conglomerados de medios de comunicación del mundo –principalmente los occidentales–, repiten una y otra vez su perplejidad y su alarma ante el avance de los partidos políticos de ultraderecha, anti-sistema, euroescépticos, etc. que parecen haber aumentado su poder desde  la llegada de Donald Trump a la presidencia de los EE.UU.

Es cierto que el Make America Great Again o el America first de Trump suena similar a los lemas de campaña del Frente Nacional de Marinne Le Pen, o del AfD (Alternativa para Alemania) de Alice Weidel y Alexander Gauland, o el PVV (Partido de la Libertad) de Geert Wilders en Holanda, o del JOBBIK húngaro de Gabor Vora. Incluso puede asociarse con tres formaciones que ya están en el poder: la Liga del Norte de Matteo Salvini, el PiS (Partido Ley y Justicia) de Andrzej Duda –que gobierna Polonia– y el FPÖ (Partido de la Libertad) de Heinz-Christian Strache –que gobierna Austria–, por nombrar solo algunos. Es justamente la llegada al poder de una alianza entre la ultraderechista Liga del Norte y el partido anti-sistema M5E (Movimiento cinco Estrellas) de  Luigi di Maio lo que multiplicó las voces inquietas del establishment en estos días. Que, de paso sea dicho, ha prohibido el ingreso de los masones a cualquier estamento del Estado italiano

Expresiones como “xenofobia”, “política estrafalaria” y “populismo”, se repiten a diario en los periódicos. Una cohorte más o menos uniforme de intelectuales liberales y socialdemócratas condena a todas estas agrupaciones políticas y las subestima del mismo modo que lo hace desde principios de los 90, cuando la mayoría de los grupos de ultraderecha se circunscribía a minorías poco significativas, sin chance de llegar al poder. El problema es que hoy, en algunos casos, estas agrupaciones están gobernando y, en otros, se han convertido en la principal fuerza de oposición en sus países. De modo que la prensa que responde al establishment debería preguntarse si basta con la descalificación para comprender las raíces del problema. La Unión Europea enfrenta un desafío sin precedentes desde su fundación, mientras desde este lado del Atlántico los Estados Unidos parecen tolerar a Donald Trump, que mantiene índices de popularidad que nadie imaginaba. Aun así, la reacción de los grandes conglomerados de medios en Occidente sigue siendo la burla y la crítica despectiva. ¿Alcanza esto?

¿Qué es lo que está sucediendo? ¿Es que gran parte del electorado se volvió de pronto neonazi? Cabría indagar por qué razón estos movimientos ganan terreno y amenazan con desequilibrar el conjunto de las instituciones nacidas en la posguerra y consolidadas luego de la caída del Muro de Berlín. Pero habría que hacerlo intentando un análisis más complejo y menos simplista que el que se lee a diario. Veamos cuál es la explicación casi unánime de los medios (y sus encuestas) respecto de este fenómeno:

El populismo de derechas cala en los desencantados con el sistema; en los que creen que los poderes centrales (Bruselas, Washington, el FMI etc.) llevan a cabo políticas perjudiciales para sus países; en los antiguos polos obreros en donde prende el discurso anti-inmigración por la llegada de mano de obra barata que se traduce en salarios más bajos y desempleo; en los sectores más vulnerables y de menor educación.

Es común que la tipificación de los votantes de Trump se asocie con obreros obesos que tragan hamburguesas, o los del Frente Nacional con granjeros franceses sin título universitario, o toscos campesinos austríacos bebiendo cerveza y exhalando un tufillo radical, y así en cada caso. De acuerdo a las encuestas que estos mismos medios reproducen, a todos los votantes de estos partidos los une estar en el escalón más bajo de la pirámide educativa (“los sectores más vulnerables”, que es un eufemismo para referirse a los más ignorantes).  Según esta visión, la élite bien pensante (ejemplo: los demócratas en EE.UU. y los progresistas en Europa) estaría vacunada contra el neofascismo (“nosotros”, los cultos, progresistas, libre pensadores y multiculturales), en tanto que los más limitados en su educación (“ellos”, los burros, iletrados, y fascistas) serían la presa fácil del discurso del populismo oportunista. ¿Esto es así de simple? Pues más o menos esto es lo que transmite la prensa. Sin embargo, la cuestión es mucho más compleja de abordar, siendo su lado más inquietante el miedo.

Los seres humanos seguimos siendo especialmente sensibles al miedo. Hay una definición muy interesante de la palabra miedo: Es una emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presento o futuro o incluso pasado. Es una aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta en todos los animales, lo que incluye al ser humano. Lo cierto es que sin miedo, sin un alerta ante el peligro, simplemente no sobreviviríamos. De modo tal que el miedo ha sido una herramienta exitosa para el hombre a lo largo de su historia.

Hacia 1994 el historiador francés Georges Duby –asociado a L’École des Annales, de tendencia filo-marxista, fundada por Marc Bloch–, accedió a mantener una serie de entrevistas con los periodistas Michel Faure y François Clauss. El eje de esas entrevistas era comparar los miedos de la gente del año 1000 con esta otra que ahora estaba por llegar al año 2000. Duby creyó atractiva la idea de confrontar los conocimientos de un historiador (que conocía mucho acerca del hombre del primer milenio) con dos periodistas que podían hablar de la experiencia recogida respecto del miedo de nuestros coetáneos. 

¿Para qué escribir Historia –se preguntaba entonces Duby– si no se lo hace para ayudar a nuestros contemporáneos a confiar en el porvenir y encarar mejor armados las dificultades que encuentran día a día?”. Las entrevistas fueron publicadas en L’Express y difundidas por Europe 1. Posteriormente dieron lugar a un libro que se publicó al año siguiente y se tradujo inmediatamente a otras lenguas.

Se decidió que las entrevistas giraran en torno a cinco miedos: El miedo a la miseria, el miedo al otro, el miedo a las epidemias (recordemos lo que en 1994 sucedía en torno al HIV), el miedo a la violencia y el miedo al más allá. Cuando Duby fue interrogado acerca de si advertía, en el seno de la sociedad actual, una sensación de miedo que pudiera asemejarse a una sensación de hace mil años, respondió algo muy interesante:

Nuestra sociedad está inquieta. Lo prueba el hecho de que se vuelve decididamente hacia su memoria. Nunca hemos conmemorado tantas cosas […] Este apego al recuerdo de los acontecimientos o de los grandes hombres de nuestro historia también ocurre para recuperar la confianza. Hay una inquietud, una angustia, crispada al fondo de nosotros.

En el transcurso de una de las entrevistas, los periodistas trajeron a colación la posibilidad de una irrupción masiva de inmigrantes provenientes del Este y del Africa y el miedo que ello representa. Duby respondió que la gran diferencia entre la Europa actual y la de la Edad Media es que en la época feudal no era, como hoy, una zona poco poblada a la que rodeara un área exterior llena de gente capaz de precipitarse sobre ella. Los europeos de esos tiempos –decía entonces– jamás se sintieron amenazados por una ola demográfica.

Duby murió en 1996. No alcanzó a ver el desguace de Irak. Ni la desestabilización de Libia, ni el reparto de Siria. Tal vez ni siquiera imaginó que en los siguientes veinte años el número de migrantes en el mundo alcanzaría más de 200 millones, de las cuales unos 70 millones recalarían en Europa. Tampoco imaginaba que junto con las continuas oleadas de refugiados llegaría a Occidente el islamismo radical que irrumpió con atentados atroces. Por el contrario, afirmaba en una de las entrevistas que Europa Occidental ha tenido el raro privilegio de no sufrir invasiones exteriores durante mil años.

Respecto de la xenofobia contemporánea, que integra el temor a una pérdida de identidad cultural, se le preguntó si existía este sentimiento en la Edad Media. Duby respondió que no; que la Europa del año 1000 era una Europa joven, en expansión, que se lanzaba al asalto de otras regiones y que tenía entonces vigor bastante para crear su propia cultura con lo que tomaba de otras. ¿Hace falta explicar que no es necesario ser un intelectual para percibir el modo en que hemos debilitado esa capacidad y ese vigor? ¿Por qué razón el hombre de a pié, la base de la pirámide social, dejaría de sentir miedo a este otro que viene con su propia cultura cuya fuerza emerge no solo vigorosa sino con ánimo de apropiación? ¿Qué respuesta han dado las instituciones europeas a la sociedad, para evitar la enfermedad del miedo al otro?

Vivimos atrapados en el interés de los mercados, de los centros financieros, en una indigna concentración de la riqueza, pero pretendemos que los antiguos polos obreros en donde prende el discurso anti-inmigración por la llegada de mano de obra barata reaccionen solidarios con el inmigrante, cuando lo que no dice la prensa liberal occidental es que en la base de las oleadas de refugiados se encuentra el impulso depredante de las potencias occidentales que ha hecho de Medio Oriente y de África un infierno invivible.

El obrero tiene miedo de perder lo único que tiene: su trabajo.

Duby recuerda, con acierto, que cuando en el siglo XII se produjo el fenómeno del primer gran crecimiento urbano, brutalmente, en los suburbios de las ciudades se amontonaban los desarraigados. Llegados del campo para aprovechar el desarrollo de las ciudades, se encontraban con la puerta cerrada. De esa angustia –dice Duby– nacció un nuevo cristianismo, el de Francisco de Asís, antepasado de los sacerdotes obreros.

¿Por qué debería reducirse solo a la “poca educación” el miedo que siente un padre cuando ve a un sin techo en las grandes ciudades y piensa en el futuro de sus hijos? Cómo evitar la sensación de desesperanza cuando, los fines de semana, las zonas adyacentes a las cities financieras, se pueblan de hombres calentando sus manos en el fuego de tambores.

El contraste entre la opulencia en la que viven los burócratas de las instituciones políticas y financieras y la pobreza en la que vive gran parte de la sociedad no ha sido resuelto por el modelo imperante. ¿Qué respuesta a la pobreza ha dado el sistema, con todos sus avances tecnológicos, con todas sus instituciones económicas, con el impresionante avance en la capacidad de producir más y mejores alimentos? El miedo a la miseria es un miedo inevitable, al igual que el miedo al otro diferente, que viene a arrebatarme el mínimo necesario que me concede el sistema. En ese miedo descansa gran parte del fenómeno del crecimiento de la ultraderecha europea. Y si no resolvemos el fondo de la cuestión veremos las consecuencias en el corto plazo.



La obra citada es: Duby, Georges. Año 1000. Año 2000. La sombra de nuestros miedos. Editorial Andrés Bello (Santiago de Chile), 1995.


sábado, 26 de mayo de 2018

Una masonería que se ignora a sí misma.





Nunca antes hemos tenido la posibilidad de acceder a tanta documentación como la que nos permite la revolución tecnológica que recorre el mundo. Hace apenas unas décadas atrás hubiese sido imposible imaginarse la cantidad de herramientas que ahora están al alcance de nuestras manos y que nos abren la posibilidad de explorar los distintos paradigmas que conforman el universo masónico. El acceso a las fuentes, la digitalización de las grandes bibliotecas y archivos, y especialmente la publicación de trabajos de grandes medievalistas que han cambiado radicalmente la visión que teníamos de la Edad Media, constituyen una oportunidad inédita para todos aquellos que tenemos vocación por investigar los antecedentes, la historia y el impacto de la francmasonería en la cultura occidental.

Durante muchos años la francmasonería, especialmente la latinoamericana, sufrió una suerte de autismo. El autismo se define como un trastorno psicológico que se caracteriza por la intensa concentración de una persona en su propio mundo interior y la progresiva pérdida de contacto con la realidad exterior. Leíamos los mismos libros, repetíamos los mismos mitos y trasmitíamos las mismas historias recibidas, deformadas por el tiempo (aveces intencionalmente), como en el juego del teléfono roto.

Esta incapacidad de acompañar el intenso trabajo académico, tanto en el ámbito de la historia como en el de la sociología, nos llevó a simplificar los relatos, el de aquellos que se identifican con las raíces andersonianas inglesas, como los que encuentran en la Revolución Francesa el numen de la masonería moderna, como también los que adhieren a una masonería tradicional cuyas raíces están ancladas en tiempos de los monasterios y las catedrales, como es mi caso. Si desde la masonería se produjesen trabajos de investigación al ritmo que crecen las capacidades de acceso a una literatura cada vez más especializada en el largo milenio que se extiende entre el siglo V al XV, y si dejásemos de lado las mezquindades propias de nuestros respectivos relatos, tal vez podríamos reproducir en América Latina las academias, los seminarios y los centro de investigación que están produciendo una verdadera revolución historiográfica en Europa.

Pero, desde luego, el poner bajo análisis a los respectivos paradigmas siempre resulta difícil. Y si lo es para el mundo académico, más aun lo es para un ámbito como el masónico en el que los que están dispuestos a un estudio profundo no son precisamente mayoría. Un tema que me tiene atrapado hace meses es el comprender de dónde surge la reacción posterior a los acontecimientos de 1789 dentro de la masonería continental; a partir de donde comienza el proceso de descristianización de la masonería europea, más precisamente de la francesa. Y a decir verdad, el germen de esta descristianización se encuentra en el propio proceso de institucionalización de la Orden, en la medida que los masones operativos –los que todavía en verdad construían–, adhieren a la concepción renacentista que reivindica el retorno al mundo clásico y condena un milenio de cristianismo in totum imponiendo un meta-relato que aun hoy forma parte de los programas de estudio de muchas escuelas.

El término “Renacimiento” (Rinascita) comenzó a utilizarse en el siglo XVI. De lo que se hablaba era de lo que la mayoría aun interpreta: “Las Artes y las Letras, que parecían haber naufragado junto con la caída del mundo romano, regresaban luego de diez siglos de oscuridad y tinieblas para brillar con un nuevo esplendor”. Regine Pernoud describe cómo, para la mentalidad de aquel tiempo (y no solo del siglo XVI sino en los tres siguientes) había habido dos épocas de luz: La Antigüedad y el Renacimiento ­–los tiempos clásicos–. Y entre ambas, una “edad media”, un período intermedio, un bloque uniforme, siglos toscos, tiempos oscuros.[1]

Un ejemplo de esta fascinación por lo clásico son dos personajes ingleses vinculados con la masonería en las Islas Británicas, antes de que se creara la tan mentada Gran Logia de Londres: William Herbert, conde de Pembroke (1580-1630, y el legendario arquitecto y escenógrafo Iñigo Jones (1573-1652). El conde de Pembroke era un artista de renombre en las logias inglesas. Al igual que muchos otros masones, había viajado a Italia deslumbrado por el arte florentino. En aquella aventura lo había acompañado un joven pintor nacido en Londres, Iñigo Jones, cuyo talento lo convertiría en uno de los más famosos arquitectos y escenógrafos británicos.

Vuelve a Italia en 1613 con el fin de investigar profundamente la obra del gran arquitecto italiano Palladio, estilo que asume como propio convirtiéndose en una figura sobresaliente de la arquitectura inglesa, consolidando en el reino el gusto por el clasicismo renacentista italiano. Al regreso de este segundo viaje, y en medio del escándalo que provoca el rey al disolver el Parlamento, es nombrado Intendente General de la Corona.

Su labor como Gran Maestre no sería menor en importancia que los servicios prestados al reino.[2] Reorganizó las logias; hizo venir de Italia a arquitectos italianos distribuyéndolos en los principales talleres; estableció logias especiales de instrucción y modificó el régimen de las asambleas anuales por el de trimestrales. Dispuso que la Gran Logia se reuniese los días 24 de Junio, 27 de diciembre y 25 de marzo en Londres y que las mismas se llevasen a cabo con solemnidad, desde las 12 del mediodía hasta las 12 de la noche. De allí proviene una antigua costumbre trasladada a los rituales masónicos que, simbólicamente comienzan “a medio día en punto” y culminan “a medianoche en punto”. Sin embargo, el detalle relevante es que durante su Gran Maestría, fueron iniciadas en la antigua fraternidad de los masones muchas personas de posición que nada tenían que ver con la arquitectura pero que sabían que la masonería reunía en su seno a individuos que abrevaban en las doctrinas “esotéricas” y en un conocimiento reservado a los círculos iniciáticos. La mayoría de estos hombres compartían el mismo desprecio por lo que denominaban, peyorativamente, “los tiempos góticos”.

A principios del siglo XVIII, época en la que se funda la Gran Logia de Londres, esta obnubilación por lo clásico había llegado a su apogeo en Inglaterra. Prueba de ellos es el manifiesto desprecio hacia la arquitectura medieval expresado en las propias Constituciones de Anderson. Veamos este texto extraído de las páginas 38 y 39 de la edición original de 1723:

El cuidado que los escoceses tuvieron con la verdadera Masonería fué después muy útil en Inglaterra, porque la erudita y magnánima reina Isabel que fomentó otras artes, no fue propicia al Arte Real ya que como mujer no podía ingresar en la Masonería, aunque como Semíramis y Artemisa hubiera podido aprovechar los servicios de los masones. Pero a su muerte heredó la corona de Inglaterra Jaime VI de Escocia, y como era masón reavivó las Logias inglesas. Fue el primer rey del Reino Unido de la Gran Bretaña, y también el primer monarca que restauró la arquitectura romana de las ruinas de la gótica ignorancia. Porque después de siglos de incultura y tenebrosidad, tan pronto como renació el conocimiento y la Geometría recobró su terreno, las naciones cultas echaron de ver la confusión e impropiedad de los edificios góticos y en los siglos XV y XVI levantaron en Italia de sus ruinas el estilo augustiano, Brabante, Bárbaro, Sansovino, Sangallo, Miguel Ángel, Rafael de Urbino, Julio Romano, Serglio, Labaco, Scamozi, Vignola y muchos otros insignes arquitectos, y sobre todo el gran Palladio, que todavía no ha tenido imitadores en Italia, aunque justamente lo emuló en Inglaterra nuestro eximio Maestro Masón Iñigo Jones.[3] (lo subrayado es nuestro).

 


Este desprecio por el arte gótico no fue solo incentivado por los masones ingleses. En el siglo XIX, especialmente en la literatura surgida bajo la influencia de los Iluminados de Baviera, ocurrió algo parecido con los historiadores alemanes. Findel, al igual que Fichte, Fessler y Krause utilizaban el mismo concepto de diese alten gotische Constitutionen para referirse a los documentos de las antiguas corporaciones de constructores de la Edad Media (¡esas vetustas constituciones góticas!). Findel sentía un profundo rechazo hacia cualquier evidencia que relacionara a los constructores medievales con la francmasonería moderna, porque –y aquí hay que reconocerle su honestidad intelectual– para él estaba claro que los precursores de “los tiempos góticos” habían sido los propios monjes benedictinos. Veamos un pasaje interesante de su Historia general de la Francmasonería:

 “...La construcción de los edificios religiosos se debe, en primer lugar, a la iniciativa del clero. Los conventos fueron los verdaderos focos de la actividad industrial y fecundaron también el suelo, transformando en verdes oasis llanuras estériles y desiertas. Por estas causas el arte de construir fue en principio ejercitado por los monjes. Los benedictinos primero y más tarde los cistercenses, se ocuparon de la construcción. Cada convento era una colonia, donde además de dedicarse a la práctica de la piedad, se estudiaban las lenguas, la teología y la filosofía, se ocupaban activamente de la agricultura y se ejercía y enseñaban todos los oficios... Los abades trazaban los planos y dirigían su construcción, estableciendo de este modo una corriente de inteligencia entre las relaciones de los conventos...”.

Es muy significativo el hecho de que las corriente fundada por Adam Weishaup (los Iluminados de Baviera), que infiltra a la francmasonería alemana en la segunda mitad del siglo XVIII, adoptara una simbología clásica, y que incluso los nombres simbólicos de sus líderes fuesen todos tomados de personajes del mundo clásico, especialmente del siglo de Pericles, una verdadera muestra de la confrontación entre una concepción cristiana medieval y otra “neoclásica” que concluye en un conflicto sangriento de proporciones continentales.

A los que estén interesados en comprender las razones culturales y sociológicas de este proceso de devaluación de todo lo medieval recomiendo la lectura de las obras de Regine Pernoud, ampliamente traducidas al español y de fácil acceso, si uno se lo propone.



[1] Pernoud, Regine, Para acabar con la Edad Media, José J. Olateña Editor (Barcelona, 2003), p. 18 y ss.
[2] Luego de dejar su cargo de Gran Maestre, Jones dirigió extraordinarias obras entre las que cabe destacar la Queen’s House (1617-1635, en Greenwich; la Queen’s Chapel (1623-1627) en St. James’ Palace; la urbanización del Covent Garden (1630) y la restauración de la catedral de San Pablo en Londres, (1633-1642) labor que, pese al gran incendio de 1666 influyó notablemente en la obra posterior de Christopher Wren.
[3] Estamos utilizando la traducción hecha por Federico Climent Terrer (Barcelona, 1936), aunque en esta página puede verse el facsímil de la edición original de 1723.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Creación de un Cuerpo Masónico Rectificado en Sucre, Bolivia.

Con fecha 6 de abril del corriente, el Gran Consejo del Directorio General de las Logias Reunidas y Rectificadas del Gran Priorato de Hispania, aprobó la petición de un grupo de HH.·. de la Ciudad de Sucre, Capital histórica y constitucional de Bolivia, para crear un nuevo Cuerpo Masónico que trabajará bajo el Régimen Escocés Rectificado. 




La creación del Triángulo Masónico Rectificado "Et Vires Voluntatis Nº 12" se suma así a las Logias ya existentes en Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra. La ceremonia de instalación de las autoridades fue llevada a cabo en la sede nacional del GPDH en Cochabamba, siendo los nuevos HH.·. investidos por el Gran Visitador General M.R.H. Cesar Rivera Pereyra.                       

El G.P.D.H. es la única Obediencia Masónica de ámbito hispánico que permite a sus miembros la práctica del Rito Escocés Rectificado en su auténtica estructura –sin divisiones constitutiva del Régimen Escocés Rectificado tal cual fue concebida y aprobada en su Convento fundacional celebrado en Wilhelmsbad en 1782.

El Gran Priorato de Hispania garantiza a todos sus miembros presentes y futuros la práctica de una Masonería en línea con los principios auténticamente cristianos, ecuménicos y universales, libre de heterodoxias engañosas y de acuerdo con la noción de Cristianismo en que todas las Iglesias convergen, determinado por los cuatro primeros Concilios Ecuménicos constitutivos de la Cristiandad

Desde estas páginas enviamos un fraternal saludo a los HH.·. de la Ciudad de Sucre, deseándoles éxito en sus trabajos, a la espera de poder estrecharlos en un Triple Abrazo durante la reunión provincial que se llevará a cabo en breve. 

jueves, 1 de febrero de 2018

El caballero y el oso (Cronicón jerosolimitano)

Llegué por primera vez a Jerusalén una mañana lluviosa de noviembre. Mis expectativas eran tantas que me sentía paralizado. Por fin vería el ombligo del mundo: el Santo Sepulcro. Ninguna otra cosa en la vida había sido más anhelada por mí que llegar a la iglesia construida sobre el Gólgota. Si había un lugar en el que Dios podría escucharme, era allí, en el sitio en el que Cristo había muerto y resucitado.

A ese estado de conmoción interior se sumaba una molestia inesperada. En algún punto del desierto me había atacado una bacteria que me provocó una fuerte indisposición y me mantuvo en cama durante los dos primeros días. Tal vez fuese la emoción de enfrentarme a mi anhelo más íntimo.
Al tercer día (el último que estaríamos en Jerusalén), con gran esfuerzo me uní al contingente que visitaría la Iglesia del Santo Sepulcro. Dos deseos me invadían el alma: rezar en la tumba de Jesús y encontrar el lugar donde había sido sepultado Godofredo de Bouillón, quien conquistara la Ciudad Santa en la primera cruzada.
Al llegar al interior de la Iglesia, mientras el resto del contingente recorría su laberíntica estructura, me quedé conversando con nuestro guía respecto de la misteriosa desaparición del cuerpo de Godofredo, que junto a su hermano Balduino, había descansado en ese lugar hasta que un oportuno incendio permitió a los curas ortodoxos hacer desaparecer los cadáveres de ambos. El guía conocía esa historia y me prometió que antes de irnos me llevaría al lugar donde, originariamente, habían estado sepultados los dos reyes. Seguimos recorriendo aquel interminable edificio hasta que me flaquearon las piernas y me senté a esperar a que el guía hiciese su trabajo con el resto del grupo. Me sentía tan débil que apenas podía caminar. Me recosté en un banco de piedra sin dejar de pensar que Godofredo y su hermano Balduino habían descansado en ese santo sitio hasta que los griegos cometieron la indigna fechoría de profanar sus sepulcros. Durante un largo rato me sentí abrumado, con un sentimiento de gratitud por haber llegado al corazón mismo de la cristiandad. Sucedió entonces que el guía se me acercó y con una sonrisa me dijo que yo estaba sentado, precisamente, sobre la que había sido la tumba de Godofredo. Lo que ahora eran dos asientos de piedra, al costado de un pequeño pasillo al lado de la Capilla de Adán, habían sido hasta el siglo XIX el lugar de descanso de los dos primeros reyes de Jerusalén. No puedo describir el río eléctrico que corrió en mis arterias.
Dios ha sido generoso conmigo, pues en los siguientes años volví tres veces al mismo lugar, acompañado por el mismo guía, cuyo nombre es Ariel Seiferheld y a quien dedico el siguiente relato. No debe tomarse como un ensayo histórico sino como un simple cuento, con la salvedad de que cualquier parecido con la realidad no es, en modo alguno, una mera coincidencia.   





El caballero y el oso
I
En un páramo de la Frigia selyúcida, más precisamente en el sultanato de Rüm, tuvo lugar –en tiempos remotos– un combate singular. La crónica es esquiva en los detalles, como si la pluma hubiese querido velar la esencia del relato. Pero el choque entre estos colosales contendientes causó tal impresión entre los soldados francos y las pobres gentes que, admirados por las inusuales circunstancias de la lid, contaron en canciones y romances aquello que se había ocultado al pergamino.
Quiso el Señor que los dos campeones se enfrentaran sin que uno fuese el enemigo del otro. No había entre ellos odio alguno ni motivo aparente para matarse, pero en ambos anidaba el sentimiento de la culpa y la venganza carcomía sus entrañas.
El hecho sucedió hacia finales del verano de 1097. Un oso caminaba tambaleante por las estribaciones de los montes Tauro. Llevaba incrustada en su antebrazo la cabeza de una flecha que le provocaba un dolor persistente. Pero su verdadero sufrimiento era más profundo que el dolor de la herida: dos días antes sus oseznos habían muerto asesinados a manos de los hombres del sultán Kilij Arslan cuando, por un fatal descuido, se acercaron más de lo prudente a la antigua calzada bizantina que se encontraba disputada por los soldados selyúcidas y los invasores cristianos. Nada pudo hacer el animal para salvar a sus crías. Rabioso, debió huir ante la lluvia de flechas.
No era la primera vez que el oso burlaba la muerte. Prueba de ello eran las cicatrices que llevaba en sus piernas, provocadas por el hierro dentado de las trampas con las que los campesinos habían tratado, en vano, de atraparlo. En la comarca lo conocían con el nombre de Canavar -que en el antiguo idioma turcomano significa bestia- y su sola mención causaba pánico entre los pastores. Algunos afirmaban que el oso llevaba años merodeando el río Sakarya, en donde se alimentaba de peces; otros decían que había venido de Isauria, luego de ser vencido en una pelea en la que varios machos se disputaban una hembra en celo. Canavar ya era una leyenda. La respiración agitada y la baba blanca colgando de su boca denotaban el cansancio de la persecución a la que estaba siendo sometido. Uno de los esbirros de Kilij Arslan lo seguía de cerca, arco en mano.   
Al otro lado del río los francos habían plantado campamento luego de librar feroz batalla. Enterrar a los miles de muertos demandó de toda una jornada. El jefe de aquél ejército era el duque Godofredo, un caballero de gran porte, famoso es sus tierras por su belleza, temido por su crueldad y por la fuerza con la que descargaba el hacha. Sus soldados lo amaban porque era generoso con el botín. Conducía a sus guerreros con mano firme durante la batalla, como el amo que sostiene a su perro con un collar de cadena. Pero apenas olía la victoria los liberaba como a monstruos hambrientos para que saciaran sus pasiones saqueando las casas, asesinando a los paisanos y deshonrando a las mujeres.  
Ahora ese azote había caído sobre la Frigia y los hombres del sultán huían en desbandada, muertos de miedo y librados a su suerte. Uno de esos infelices iba detrás de Canavar, siguiendo su rastro.
Esa noche, al terminar la faena con los muertos, Godofredo se recluyó en su tienda, víctima de gran angustia. Entre los enterrados yacían muchos de sus amigos y vasallos, venidos con él desde el Poniente. Nunca antes había sentido tal desasosiego que nada podía calmar. Ni siquiera un odre de vino, que bebió con desesperación hasta que sus barbas y la ropa aún ensangrentada quedaron empapadas de alcohol y de sudor. Se durmió y sufrió espantosas pesadillas: abrasado por la culpa, sentía que había conducido a sus hombres a un horrible matadero. Podía ver el rostro amargo de las viudas acusándolo ante Dios y los ojos horrorizados de los huérfanos clamando por sus padres.
Despertó entrada la noche. Aún no despuntaba el alba cuando lo invadió tremenda rabia. ¿Qué clase de victoria era la suya si había costado tantas vidas? ¿Cómo haría para vengar la dura pérdida? Ebrio y loco de furia se puso de pié y empuñó el hacha. Los centinelas vieron su enorme sombra oscilante deslizarse por el campamento dirigiéndose hacia la orilla del río. Un grupo de caballeros fue advertido y salieron a buscarlo, temerosos de que la bebida le hubiese hecho perder el tino.   
Mientras tanto Canavar, aprovechando la negrura de la noche, había logrado evadirse de su perseguidor vadeando el río y, exhausto, reponía sus fuerzas oculto en un remanso pedregoso. Godofredo, que deambulaba por la playa en plena madrugada, pisó al animal al confundirlo con las rocas. Canavar rugió de pánico y pegó un brinco, lo que hizo que ambos se pegaran un tremendo susto. Repuesto de la sorpresa, el oso se paró en sus piernas y abrió las fauces, gruñendo y mostrando sus colmillos. El caballero, paralizado por la inesperada aparición, reaccionó con torpeza y, blandiendo el hacha se lanzó sobre la bestia cuya altura lo superaba por un palmo. El oso vio en el caballero la imagen de los asesinos de sus crías y, enloquecido de furor lanzó un violento zarpazo que el duque apenas pudo parar con el mango del hacha, pero no  pudo evitar una caída aparatosa que le hizo temer por su vida. La oportuna llegada de los caballeros que habían salido a su encuentro distrajo por unos segundos al animal y evitó que lo despachara sin más. Pero la ira se había apoderado de Godofredo. La bestia seguía parada frente a él, y en ella estaba ahora concentrada la imagen de todas las desgracias. El duque dio orden a sus hombres de que no interviniesen en la lucha, y esta vez se lanzó a manos limpias contra el oso, rodando ambos por la orilla del río yendo a dar con el agua en infernal chapoteo.
El sol ya asomaba detrás del Tauro e iluminaba aquella escena dantesca en la que los dos colosos trataban de abrazar al otro con la muerte. Godofredo logró pillar al oso por detrás y, cruzando ambas piernas sobre la cintura del animal le rodeó el cuello con su poderoso brazo y comenzó a asfixiarlo. Canavar, desesperado, no encontraba el modo de zafar de la traba y agitaba sus zarpas en el aire, revolcándose con su captor. Los hombres de Godofredo parecían hipnotizados por la escena, incrédulos del espectáculo que ambos ofrecían.
Casi ahogado y al borde de la muerte, Canavar, en un estertor propio del guerrero moribundo, se sacudió con tal violencia que Godofredo se vio arrojado nuevamente a la arena de la orilla. Rápido de reflejos quiso tomar al oso otra vez del cuello, pero Canavar, aún sofocado por la asfixia sufrida, clavó su garra en el pecho del cristiano y le arrancó un jirón de carne que casi le lleva las costillas.
Godofredo sintió que se moría, pero el hálito de los héroes hizo que la fama ganada acudiera en su socorro. Sobreponiéndose al dolor, percibió que Canavar aun no se reponía del todo, y en un último esfuerzo tomó el hacha que estaba en el suelo y asestó un golpe al oso en la cabeza hundiendo la cuchilla hasta el carrillo. La bestia, con la cara ya partida, cayó muerta al instante. Godofredo se desplomó de bruces con el pecho destrozado y quedó tendido al lado del oso. Luego todo fue oscuridad. Un sueño sin ensueños.   
Berengario, que era el lugarteniente del duque Godofredo, hizo cuerear al animal con sumo cuidado y le dio la piel, junto con el cráneo, a un hábil curtidor armenio llamado Antranig, recomendándole que la tratara como si fuese un tesoro. Godofredo se debatió entre la vida y la muerte durante tres semanas; atravesó en litera toda la Frigia quemada y luego Isauria hasta la ciudad de Konia, que fue tomada por su ejército. De a ratos parecía que iba a morir porque su aliento se debilitaba al extremo de volverse imperceptible. En otras ocasiones era presa del delirio y sus alaridos hacían que sus soldados se persignasen y oraran por su alma. Una mañana despertó y pidió vino y un pernil, y aunque lo vomitó de inmediato, todos se alegraron de que finalmente el duque se hubiese recuperado.
Berengario le contó que los soldados cantaban canciones que hablaban de su combate con Canavar y que muchos se arrogaban el haberlo presenciado. Godofredo disfrutaba mucho de estos chismes y le dio gran satisfacción el hecho de enterarse de que el animal había sido temido por los habitantes de aquel país y que hasta tenía un nombre intimidante. Cuando se sintió con fuerzas suficientes como para recorrer el campamento pidió ir al sector de los curtidores, que se encontraba alejado de las tiendas a causa del olor nauseabundo que se respiraba en él. Era común que las pieles se curtieran con aceite hecho con el cerebro del propio animal, lo que provocaba gran pestilencia, pero Godofredo, como hemos dicho, no era hombre delicado.
El armenio Antranig llevaba casi dos meses trabajando la piel con gran destreza. El duque quedó impresionado por el tamaño de la pieza y por la calidad del pelaje. La observó minuciosamente y hasta pudo ver el fino cocido con el que el artesano había disimulado el corte provocado por el hacha. El armenio se apresuró a advertir que el trabajo aún no estaba terminado a lo que Godofredo respondió que ningún apuro debía ir en detrimento de la excelente labor y lo premió con tres besantes de oro, prometiéndole otros tres cuando la tarea hubiera terminado. Antranig pronunció varias veces la palabra Shnorhakalut’yun e hizo una amable reverencia según la costumbre de los armenios. Pasó otro mes y la piel quedó en poder de su dueño. Nadie imaginó por entonces que un objeto llamado a ser abrigo y testimonio de coraje obraría sobre el duque cierta magia misteriosa.
La expedición de los cruzados continuó por dos años más, hasta que en 1099 cayó la ciudad de Jerusalén en poder de los ejércitos cristianos. Como es sabido, luego de largos cabildeos se decidió que un consejo de notables eligiese por rey al más virtuoso. Fue en ese misterioso conclave en donde varios caballeros hablaron del cambio prodigioso que había sufrido el duque. Lo atribuían a las graves heridas sufridas por las garras del oso, que lo dejaron al borde de la muerte. Aquel guerrero cruel que se solazaba en el saqueo, que había pasado su vida en aventuras tumultuosas se había vuelto un hombre piadoso, temeroso de Dios y amigo de los pobres. Finalmente resultó electo entre los príncipes y se le comunicó que sería el rey de la ciudad más santa de la Tierra.
Esa noche, en su recámara, Godofredo se cubrió con la piel de Canavar. Sumido en profundas cavilaciones parecía hablar con esa piel, como si el oso que la habitó pudiera escucharlo. En más de una ocasión, en la penosa marcha desde Antioquía y durante el largo sitio al que fue sometida Jerusalén, el duque había encontrado en Caravar una metáfora inquietante: ¿Qué quedaría de él cuando al fin cayese vencido? ¿No era acaso la fama apenas una cáscara de aquello que fue? Igual que el oso, había transcurrido la vida cuidando su territorio, o emigrando hacia la conquista de uno nuevo. Había debido cuidarse de otros príncipes y su cuerpo, al igual que el de Canavar, estaba cubierto de cicatrices. En su castillo en la Árdenas abundaban las pieles de animales cazados por su abuelo Gothelón y por su tío, Godofredo el jorobado. También él mismo había cazado osos en el condado de Amberes, pero esta vez había sido diferente. El destino los había cruzado, no en un coto de caza sino en una encrucijada; no en una cacería sino de igual a igual. Ambos habían tenido la oportunidad de matar al otro, y en ello, el duque, creía haber encontrado la nobleza.
A la mañana siguiente, luego de la misa, anunció a los príncipes que no llevaría una corona de oro y plata en el lugar donde Cristo había padecido una de espinas, y que no ostentaría el título de rey sino el más humilde de Defensor del Santo Sepulcro. Su única ambición era la de ser enterrado en la iglesia erigida en el lugar que Cristo había sufrido el calvario.
II
La corte no tardó en murmurar acerca de la salud mental de Godofredo. Pasaba largas horas en su recámara, en la más absoluta soledad. O bien se retiraba a la pequeña capilla de la ciudadela, en donde se entregaba a infinitas plegarias que se prolongaban al extremo de dejar esperando a los nobles, que veían indignados cómo se enfriaba la comida, servida y a la espera de quien ocupaba la cabecera de la mesa. Aquel soldado arrebatado por la pasión era ahora un hombre pío; Godofredo se asemejaba más a un monje que a un guerrero, pero ¿quién se atrevería a desafiarlo? La fuerza de su brazo estaba intacta, y el hacha –la misma que había matado a Canavar–, permanecía siempre cerca de su mano, colgando de su tahalí de cuero de jabalí.
Su obsesión era el enemigo mahometano que aún asolaba al reino y controlaba las costas de la Palestina. En la primavera del año 1100 emprendió una campaña contra las grandes ciudades marítimas y puso sitio a Cesarea. El emir, aterrado frente al ejército cristiano, le propuso a Godofredo un parlamento, de resultas del cual, aceptó someterse a vasallaje a cambio de conservar la ciudad y el feudo. Luego invitó al nuevo monarca de Jerusalén a que gozara de la hospitalidad de la antigua ciudad. Algunos rumores dicen que la grave enfermedad que contrajo Godofredo en Cesarea fue causada por una pócima ponzoñosa que el emir mandó poner en la comida. Abatido por una fiebre abrasadora, -cuyas causas los médicos no atinaban a encontrar-, y consciente de que su vida estaba en peligro, precipitó su regreso a Jerusalén.
Berengario ordenó que Cesarea fuese pasada a degüello y apuró la vuelta. No se apartó del enfermo hasta llegar a la vieja ciudadela de David. Ya dentro de los muros de Jerusalén, Godofredo supo que se estaba muriendo e hizo que viniese a su presencia Dagoberto de Pisa -el Patriarca latino- para que lo confesara, pero antes tomó a Berengario por la manga de la camisa y le pidió que lo enterraran en alguna de las criptas de la Iglesia del Santo Sepulcro envuelto en la piel de Canavar, Tan inesperado fue el deceso que ni siquiera había podido elegir su propia tumba, como era la antigua costumbre de los reyes. 
El cadáver, cubierto de un fino camisolín de seda blanca, bordado en oro, fue exhibido al pueblo durante los funerales que se extendieron por tres días. Pronto llegaron los príncipes de Antioquía, de Trípoli y Edesa, y también los barones que se habían enseñoreado de todo el desierto de Judea y de los confines más allá del Jordán hasta el castillo conocido como La Roca, que ahora pertenecía a la Casa de Chatillon. El Patriarca, hombre proclive al lujo y al boato, había convertido las pompas fúnebres del guerrero en una muestra de ostentación.  Berengario y sus hombres veían aquel esperpento fúnebre con particular desprecio: ¡Godofredo cubierto de sedas blancas e hilo de oro! ¡El brazo más letal de Lotaringia envuelto en columnas de incienso y untado con óleos aromáticos! En vano le pidió al Patriarca que su jefe fuese envuelto en la piel del oso. No es de cristianos, respondió el prelado.
Finalmente, el 23 de julio de 1100, el cortejo mortuorio se puso en marcha para trasladar el cuerpo del malogrado caballero a su destino final. Tancredo de Hauteville abrió el paso encabezando a los heraldos. El pesado camastro con el cadáver fue llevado al hombro por una docena de bravos caballeros. Allí marchaba Jerusalén y su campeón. Detrás de los doce, Berengario, a pie, llevaba de la brida al corcel que había acompañado a Godofredo desde la Lotaringia. Los monjes entonaban sus cantos monódicos seguidos del fasto eclesiástico, y la plebe deliraba frente al paso del héroe. Tanta era la cantidad de gente que quería rendir su homenaje que la columna casi se extendía entre la iglesia y el palacio.
El cuerpo de Godofredo fue depositado al lado de la antigua loza en la que había sido acostado el propio Jesucristo luego de ser crucificado y a la que los cristianos llaman La Piedra de la Unción. Se dejó en manos del Patriarca y de los canónigos del Santo Sepulcro el traslado póstumo del cuerpo al cenotafio de piedra, que se había construido de apuro en una de las capillas.
Apenas fallecido Godofredo, el monumento funerario se le había encomendado a un escultor lombardo de nombre Gianfranco di Montana, que acababa de llegar a Jerusalén con un contingente de masones del Lago de Como. Gianfranco le echó el ojo a un enorme bloque de mármol verde de Grecia, que permanecía cerca de la Puerta de Damasco, abandonado sobre un carretón. Era una pieza única y muy costosa: ¿qué mejor para probar su destreza que construir una tumba real? Sin embargo, ese bloque de mármol de Grecia fue el inicio de un litigio que traería gran desgracia en el futuro.
Apenas acometió Gianfranco el esculpido de la piedra, un monje de nombre Sabas, ataviado a la usanza griega, se presentó seguido de un grupo de acólitos en el improvisado taller del artista y, violentamente, reclamó la propiedad del mármol. Argumentó Sabas que dicha costosa pieza había sido donada por el emperador bizantino al Patriarca griego Simeón para ser utilizada en adornar la Iglesia del Santo Sepulcro y que, por ende, les pertenecía. El incidente derivó en una trifulca abierta entre los artesanos de Gianfranco y los monjes griegos. La gresca llegó al extremo de que un italiano le rompió la cabeza a un griego de un mazazo y que un griego le hundió sus pulgares en los ojos a uno de los escultores, dejándolo ciego. Solo la intervención de los soldados del palacio pudo parar la pelea. Pero la actitud de los griegos enfureció al Patriarca latino.
Es menester dar por cierto que la cruzada, lejos de apaciguar las reyertas entre los cristianos de Levante y de Poniente, las había exacerbado. No es menos cierto que los griegos se sentían los verdaderos Señores de Jerusalén y que el Patriarca bizantino consideraba un gran escándalo la aparición de un rival latino. Godofredo había anulado toda injerencia de los griegos en los lugares santos, entregándolos a la custodia de Dagoberto, el legado papal que había reemplazado al valiente Ademaro de Monteil, muerto durante la expedición en Antioquía de Orontes.
Dagoberto de Pisa, que se había convertido en el primer Patriarca latino de Jerusalén, se encontraba sitiando la ciudad de Jaffa cuando llegó la noticia de que Godofredo era conducido desde Cesarea a Jerusalén gravemente enfermo. Advertido de la delicada situación, abandonó el sitio de Jaffa, regresó a Jerusalén e hizo tomar la Torre de David y la ciudadela por sus soldados. Como es sabido, nada hay bajo el sol que provoque más desdicha y a la vez despierte más pasiones que la muerte de un monarca.
Dagoberto intentó por todos los medios que se impidiera la llegada de Balduino, hermano y heredero del rey muerto y trató de comprar la voluntad de los barones a favor de que se lo proclamara como el nuevo monarca del reino latino. El pisano era un hombre temible y temerario. Como arzobispo de Pisa había dado muestras de un visceral odio al sarraceno, pero apenas superaba al que sentía por Bizancio. Desde un primer momento, conquistada Jerusalén, exigió que la misma fuese gobernada directamente por la Iglesia, de la cual él era el representante. En oposición, los barones francos reclamaron la potestad de gobernar sus principados. El conflicto se zanjó con la promesa hecha por Godofredo de entregar Jerusalén al gobierno de Roma una vez que se derrotara a todos los infieles y se acabara con la amenaza del sultán de Egipto.
Ahora, muerto Godofredo, Dagoberto pretendía la dignidad que su alta investidura le reservaba como legado papal y Patriarca, y no toleraría que esos miserables griegos pusiesen en duda su autoridad sobre todo cuanto contuviese la Ciudad Santa. El monje Sabas, que había amenazado al lombardo Gianfranco di Montana, fue colgado de una torre y el resto de los monjes griegos expulsados del Santo Sepulcro y reemplazados por monjes latinos. La muerte de Sabas pasó desapercibida en medio de la incertidumbre que se apoderaba de los habitantes de Jerusalén, pero sumó una herida profunda a las ya tantas que atormentaban a latinos y griegos.
Gianfranco pudo terminar el mausoleo de Godofredo un día antes de que el cadáver entrara al Santo Sepulcro. Solo un selecto puñado de príncipes y prelados pudo ver esa tarde la obra terminada, y puede afirmarse que les provocó profunda admiración, al punto que, abrazados unos con otros, no podían contener el llanto. En una de las caras del prisma de mármol verde, grabado en la piedra se leía:
“Aquí yace, ínclito, el duque Godofredo de Bouillón, que ganó toda esta tierra para el culto cristiano, cuya alma descansa con Cristo. Amén”.
Y aunque Dagoberto de Pisa no despertaba las simpatías de ningún cristiano, todos aplaudieron la magnificencia y precisión con la que las exequias de tan noble guerrero se habían llevado a cabo. Sin embargo, para Berengario y el grupo de soldados que habían acompañado a Godofredo desde la Lotaringia hasta los desiertos de Arabia, nada de esto era importante. El duque había sido desoído en el deseo más grave que un hombre puede albergar: el último.
Caída la noche de aquel 23 de julio, el lugarteniente y sus hombres entraron en la Iglesia y redujeron a los monjes que se encontraban acomodando al muerto en el sudario. El hedor del cadáver, el calor del estío y el humo de la mirra invadían el ambiente. De inmediato desplegaron la piel de Canavar sobre el pavimento de piedra y colocaron en ella al muerto, envolviéndolo como un matambre. Sin dilación trasladaron el cuerpo a la capilla y lo introdujeron en el sarcófago de piedra. Gianfranco di Montana completó la obra sellando la lápida hecha del mismo mármol griego que las columnas y el prisma.
Al alba, Berengario abandonó Jerusalén junto con un puñado de loreneses. Se fue sigilosamente por la llamada Puerta de la Basura. Luego de rodear las murallas tomó por el antiguo camino de Jaffa, con la intención de llegar a Trípoli y embarcar a Europa. Ya lejos de la ciudad detuvo la marcha y miró hacia las murallas por última vez. Muerto Godofredo y cumplida su voluntad, ya nada lo ataba a aquella tierra. Hundió las espuelas en los flancos de su caballo y el pequeño contingente se perdió ladera abajo.

III
Los campos de batalla suelen ser tumbas más honorables que las construidas en los palacios y los templos. La tierra yerma, las hondonadas cercanas a las grandes carnicerías, o los bosques umbríos donde perecieron los invasores, rara vez son reclamados por alguien.  El guerrero muerto en combate y enterrado en el anonimato induce a la reverencia, porque el olvido es el más desgraciado de todos los destinos. En cambio, los mausoleos se elevan para gloria de los vencedores y escarnio de los vencidos.  
Gianfranco di Montana murió poco después de terminada aquella tumba; una disentería se lo llevó en pocos días y su cuerpo fue enterrado extra muros. Podría decirse que su obra maestra fue la tumba del duque Godofredo. De Berengario nada más se supo, salvo que había abordado una nave en Trípoli rumbo a Constantinopla. Por décadas todo fue calor y polvo, hasta que Jerusalén cayó en manos del sultán Saladino poniendo fin a noventa años de dominación cristiana. Dicen que luego de haber lavado personalmente el piso de la mezquita Al Aqsa, el sultán solicitó conocer el cenotafio de Godofredo a quien le rindió homenaje. Más que por admiración, lo hizo para dar el ejemplo del respeto que se les debe a los conquistadores, él mismo acababa de conquistar la ciudad  y una avanzada sífilis le auguraba poca vida.
Pasaron los años y en tiempos del sultán Al Kamil, los cristianos recuperaron de manera efímera su soberanía sobre Jerusalén. En los tres siglos siguientes la ciudad fue arrasada por los tártaros jorezmitas, después recuperada por los árabes y finalmente conquistada por los otomanos, que devolvieron a los griegos el control sobre el Santo Sepulcro. En cada caso, los nuevos conquistadores visitaron la tumba de mármol verde de Godofredo y la de su hermano Balduino. A todos despertaba admiración el prisma funerario, menos a los griegos. Para ellos el paso de los latinos por Jerusalén era una espina clavada en su orgullo. Como si se tratase de una provocación, la tumba de Godofredo permanecía erguida en el corazón del mundo cristiano. Para colmo de males, el lugar elegido por Dagoberto de Pisa no podría haber sido más desafiante: el visitante que se acercaba a la tumba de Godofredo debía ingresar al recinto atravesando la Capilla de Adán, ubicada justo debajo del Monte Calvario. Según los griegos existe allí una piedra sagrada que se quebró a causa del terremoto producido en el momento de la muerte de Cristo. La hendidura habría permitido que la sangre del Mesías descendiera por la roca y redimiera al primero de los hombres, que se pensaba que estaba sepultado allí. La realidad era que quien pretendía llegar a la tumba de Godofredo dependía del buen humor de los monjes griegos  Las grescas a causa del control del ingreso a las tumbas de los reyes cristianos eran frecuentes entre latinos y orientales, pero los turcos –ahora los verdaderos dueños de Jerusalén– hacían todo lo posible para favorecer a los monjes ortodoxos en detrimento de los latinos y los armenios. Después de todo, el Patriarca griego no dejaba de ser un súbdito del imperio otomano.
Ocurrió entonces que el destino azuzó las pasiones entre las facciones cristianas. Hacia principios del siglo XIX llegó al Santo Sepulcro el monje Castino  de Meteora. Venía de habitar por treinta años en el famoso monasterio llamado Gran Meteoro, en Tesalia. Su aspecto tenebroso, sus ojos de un color negro sucio, los nudos de sus dedos y su impresionante altura provocaron una inmediata fascinación entre los suyos. No tardó en hacerse cargo de la misteriosa sociedad llamada Confraternidad de Hàghios Tàphos, que se arrogaba la custodia del sepulcro de Cristo. Los cófrades se reunían en una cripta en el interior del complejo, donde guardaban un antiquísimo archivo. Castino puso bajo llave a todos los rollos y códices allí ocultos y comenzó a leer, leer, y leer. Su único anhelo era demostrar que ninguna otra iglesia que la griega podía custodiar el Santo Sepulcro. Comenzaba su lectura cuando los monjes se iban a sus aposentos, luego de la cena. Leía hasta que las candelas se extinguían, y así cada noche. De día solo salía para comer y compartir la oración con sus hermanos en el Catholicón. Luego volvía a la cripta y continuaba la lectura.
Una madrugada, mientras examinaba un antiguo documento escrito en francés, Castino sintió que el corazón se le paralizaba, al tiempo que su cerebro le comenzaba a arder cual brasa de carbón. Era una antigua crónica de la cruzada en la que se narraba la gesta de los francos. Uno de los episodios llevaba por título Histoire du chevalier Godfrey et de l'ours Canavar. Espantado leyó y releyó el modo en el que Berengario había obligado a los monjes latinos a enterrar al príncipe envuelto en el cuero de la bestia. Era la gota que rebasaba el vaso. No solo habían profanado el Hàghios Tàphos enterrando a un bandolero lotaringio devenido en rey, sino que aquel cadáver yacía junto con un oso, elevado heréticamente a la regia dignidad de compartir la tumba del monarca. Horas más tarde, los cófrades se reunieron para escuchar el hallazgo de Castino.
¡Herjía! ¡Oprobio! ¡Ignominia! Tales fueron las palabras proferidas por los monjes, junto a otras que nos guardamos por decoro. Lo cierto es que ese día Castino y sus compinches urdieron un plan para purificar, de una vez y para siempre, el Santo Sepulcro. Primero convenció al Patriarca de que había que exhumar los cuerpos y arrojarlos de allí. No solo eso: había que asegurarse de que nadie jamás los encontrase. Luego hizo que el Patriarca lo llevase en presencia del gobernador turco, quien no vivía en Jerusalén sino en la ciudad de Jaffa. Poco importó al funcionario otomano lo que hiciesen con los huesos de Godofredo y su hermano Balduino, sin embargo reparó en la piel del oso.
El gobernador era un coronel del gran ejército turco y conocía muy bien la historia de Kilij Arslan, el sultán de Rüm, a quien consideraba un héroe por su desempeño en tiempos de la invasión cristiana. Por otra parte, su familia se remontaba a la antigua tribu turca de los Oghuz Yiva, que habían conocido tiempos de gloria de la mano de Kilij Arslan.  Haced con los reyes lo que os plazca –les dijo, serio-, pero la piel del animal es propiedad otomana. Traédmela con el mayor cuidado.
Castino y el Patriarca regresaron de inmediato a Jerusalén. Solo faltaba decidir qué hacer con los huesos, luego de quitarlos de la tumba. Fue en ese momento que el monje se atrevió a confesar el plan que había pergeñado: no solo se desharían de los huesos sino también de las tumbas; nada quedaría en Hàghios Tàphos que recordase que allí, alguna vez, fue sepultado un rey latino. 
Una semana después de la visita al gobernador turco, un incendio devastador se desató en la Iglesia del Santo Sepulcro. La desesperación se apoderó de los monjes, de los judíos (que temieron que se los culpase), y de los mahometanos que levantaban sus comercios en el bazar, alrededor de la basílica. En medio de las llamas, el insensato Castino y sus secuaces, arremetieron con mazos sobre las lápidas de mármol verde, profanaron los sarcófagos y extrajeron los restos en medio de la gran confusión reinante. Cuando las llamas fueron extinguidas, nada quedaba de las tumbas de Godofredo y Balduino. Un último registro sobre aquellos monumentos ha quedado testimoniado por la pluma del vizconde de Chateaubriand: “...No quise abandonar el sagrado recinto –escribió entonces- sin detenerme e inclinarme ante los monumentos funerarios de Godofredo y Balduino, que dan frente a la puerta de la Iglesia. Con respetuoso silencio saludé las cenizas de los reyes caballeros que merecieron hallar su descanso junto al gran Sepulcro por ellos libertado...”
Diremos por último que Castino de Meteora no pudo cumplir con la condición impuesta por el gobernador turco, pues la piel de Canavar era ya tan quebradiza que fue imposible separarla de los huesos apolillados de Godofredo. Desapareció de Jerusalén sin dejar rastros luego de esconder aquellos restos en un lugar que permanece secreto hasta el día de hoy.   

Eduardo R. Callaey ©