domingo, 18 de abril de 2010

Los Magos de la Piedra


¿Qué rol cumplieron los grandes monasterios medievales y las órdenes de caballería en la preservación de los secretos iniciáticos?

Esta pregunta encabeza el Capítulo XIV de "Las Claves Históricas del Símbolo Perdido", recientemente publicado en España y que si Dios quiere presentaremos en junio en la Argentina. He creído oportuno postearlo en Temas de Masonería porque, coincidentemente con esta publicación, otras investigaciones están corriendo en el mismo sentido respecto de nuestros orígenes medievales, mientras que por otra parte la historia de la Orden del Temple comienza a apartarse de las versiones trasnochadas y es analizada mediante un riguroso método histórico. Por caso menciono los trabajos realizados por Simonetta Cerrini (La Revolución de los Templarios), que comentaré en breve.

Otra cuestión muy interesante -en especial para los que vienen siguiendo las investigaciones sobre los libros de Beda El Venerable y su impacto en la tradición constructora de los benedictinos- es su obra como matemático reflejada en varios libros entre los que destaca De Temporum Ratione sobre el que también hablaremos en breve. Mientras tanto, he aquí el capítulo en cuestión, pensado como un texto de divulgación pero que creo un buen resumen de sobre Beda y otros asuntos atinentes a la Masonería Cristiana:


Los magos de la Piedra


Aunque resulte sorprendente para la mentalidad moderna, durante siglos, desde la remota antigüedad, hasta nuestros días, diferentes linajes de iniciados y Ordenes Esotéricas preservaron un importante caudal de conocimiento, trasmitiéndolo de maestro a discípulo.

Luego de la caída de Roma, dos corrientes iniciáticas, vinculadas con los misterios de la construcción penetraron en Europa. Una de ellas, de tradición meridional y mediterránea, se estableció en una misteriosa isla del lago de Como en la que floreció la Escuela Arquitectónica de los Magistri Comacini, cuya huella ha quedado ampliamente difundida en catedrales, palacios y puentes con un llamativo estilo propio.

La otra corriente penetró por el norte y encontró su refugio en los monasterios benedictinos de las Islas Británicas. En Northumbria, hacia el siglo VIII, el monje ingles San Beda, llamado el Venerable, escribió su libro acerca del Templo de Salomón, abriendo paso a la que luego se convertiría en la leyenda central de la francmasonería.

Este misterioso libro, del cual ya hemos hablado extensamente en otros ensayos, sienta las bases de las alegorías a partir de las cuales se construiría todo el andamiaje del simbolismo masónico. Se habla allí, por primera vez, de que el hombre que se dedica a la construcción debe cuadrar su propia piedra, convertirse en un hombre a escuadra, es decir, recto, pulido y preparado para tomar parte en la construcción colectiva de un Templo elevado a la Gloria de Dios, el Gran Arquitecto del Universo. Se difundió por el continente de la mano de los grandes abades que construyeron la Europa medieval y finalmente anclaron en el movimiento cluniacense, la primera multinacional de la que se tenga memoria. Estas interpretaciones alegóricas en torno al Templo de Salomón se expandieron por el Imperio Carolingio merced a la pluma de Alcuino de York (735 – 804), Rabano Mauro (776 – 856), Walafrid Strabón (808 – 849) y otros grandes abades del movimiento monástico benedictino.

Ya en el siglo XI, los cluniacenses habían establecido reglamentos y constituciones para sus logias de constructores de iglesias y catedrales, incorporando a laicos a los que denominaban “hermanos conversos” y utilizaban como mano de obra calificada.

En efecto, los monjes constructores de Cluny, constituyeron la primera fuerza trasnacional de alcance continental en todo el antiguo Imperio Romano Germánico, convirtiendo a sus monasterios en el depósito de todo el saber de la época.

El libro de San Beda sirvió de guía para que los grandes abades del movimiento monástico benedictino restablecieran las antiguas corporaciones de constructores, sustentadas en la tradición del Antiguo Testamento, comparando a Adonhiram, el superintendente a cargo de la construcción del Templo de Salomón, con el propio Cristo. Dentro de los muros de las grandes abadías se gestó una nueva vía iniciática de tal magnitud y vitalidad que su capacidad constructora superaría a la del antiguo Egipto en toda su historia. No nos detendremos en esta cuestión, remitiendo al lector a nuestros trabajos anteriores. [1]

Sin embargo, diremos que sólo una organización sustentada en un plan de carácter universal y un poder de dimensiones inimaginables pudo llevar a cabo el portento de construir, simultáneamente en toda Europa, miles de iglesias, catedrales, palacios y puentes. La simbología alcanzó niveles inigualables con el arte románico, al que los medievalistas definen como una pedagogía de masas. Toda una civilización, en la que la gran mayoría era analfabeta, fue educada a través del arte figural de la piedra.

Posteriormente, con el arte gótico se alcanzaría el punto más alto en la capacidad de construir verdaderos centros de transformación e irradiación espiritual tales como las catedrales góticas. Para ese entonces, las vidrieras, el control de las tensiones de los nervios de piedra, las dimensiones y las proporciones áureas, las matemáticas y la geometría más pura, darían sobrada muestra del retorno de los Magos de la Piedra. La culminación de esta epopeya, que continuó con la Orden Cisterciense y con las órdenes monástico militares -particularmente la Orden de los Templarios- fue la reconquista de Jerusalén y el establecimiento de los reinos cristianos en Palestina.

La vía iniciática cristiana, no sólo construía la monumental arquitectura del Imperio Cristianismo en su apogeo, sino que tenía su propio brazo militar, custodio del Santo Sepulcro, el ombligo del mundo, Jerusalén, la mil veces Santa, en la que Cristo, el Mesías, había realizado la misión que el Padre le encomendara.

El uso del mandil como elemento ritual, los signos y toques, la conformación primitiva de las primeras logias y el simbolismo propio de la iniciación masónica tienen sus raíces en esta época. Y si hay que poner una fecha de nacimiento a los masones, puede que tengamos que volver la vista hacia Northumbria, a las épocas en las que San Beda, el Venerable, observando a los masones que construían los monasterios de San pedro y San Pablo, decidió darles una leyenda propia, basada justamente, en Salomón y su famoso Templo.

Durante el largo proceso de secularización que sufrió la sociedad medieval, estas agrupaciones de monjes constructores, junto con sus técnicas, sus secretos de oficio y su visión esotérico-sagrada de la construcción, dio lugar a las grandes corporaciones de oficio, sobre las que existe muy abundante información. Podríamos mencionar algunas verdaderamente importantes como Los Estatutos de los Canteros de Bolonia de 1248, Los Reglamentos y Ordenanzas de los Masones de la Ciudad de Brujas de 1441, Las Constituciones de los Masones de Estrasburgo de 1459 o los Estatutos del Oficio de los Masones de la Ville de Malines de 1539. Todas estas constituciones, y muchas otras, podrían otorgar una visión mucho más completa de la organización de los masones medievales, de su arte y de su religión.

En un principio, sólo se distinguían dos categorías o grados entre sus miembros: Los aprendices, que pasaban a depender, durante una cierta cantidad de años, de los maestros de oficio. La segunda era la de los compañeros, que eran aquellos que habían alcanzado habilidades en el desempeño de su oficio. Los maestros eran los que gobernaban la Logia. Sólo en tiempos posteriores pasó a considerarse al maestro como un grado en sí mismo. A partir de entonces, al que dirige una Logia se lo pasó a denominar Venerable Maestro. Este término también es una reminiscencia de las épocas monásticas.

A partir del siglo XVII estas corporaciones de constructores comenzaron a admitir en su seno a hombres ajenos al “oficio”. Se los llamó “masones aceptados”. Por la misma época, la francmasonería comenzó a desarrollar temas provenientes de algunas corrientes místicas y mágicas surgidas en el Renacimiento, tales como la cábala judía (kabbalá) , la alquimia y el cuerpo de doctrina denominado Hermetismo. Pero sin lugar a dudas, la corriente esotérica que más impactó en la francmasonería fue la de los rosacruces, mencionados reiteradamente en El Símbolo Perdido. Muchos autores creen firmemente que las ideas rosacruces transplantadas a Inglaterra en el siglo XVII fueron el verdadero origen de la masonería especulativa, es decir, la conformada por masones aceptados.


[1] Callaey, Eduardo, Monjes y Canteros (Buenos Aires, Dunken, 2001) La Masonería y sus Orígenes Cristianos (Buenos Aires, Kier, 2006). También De Templo Salomonis Liber (Manakel, Colección Martinista, Madrid, 2010).





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