sábado, 24 de junio de 2017

A 300 años de la Fundación de la Gran Logia de Londres

Comparto con ustedes, mis Hermanos, una evocación y algunas reflexiones sobre esta fecha tan cara a todos los masones. Tres siglos de existencia nos unen en el devenir de la historia, sin embargo la tradición en la que abrevamos se remonta por siglos hasta aquellos que erigieron los pilares sobre los que descansa nuestra cultura. Cualquier intento de desconocer estas raíces será vano, sin remedio. 


En el año 1717, en una bulliciosa taberna de los suburbios de Londres, tuvo lugar una cena que cambiaría el curso de la historia. Los hombres allí reunidos provenían de las logias de constructores con asiento en la propia ciudad. Pudiera imaginarse que todos aquellos individuos eran rústicos albañiles, con los nudillos de sus dedos deformados por los golpes del mazo, curtidos por la intemperie y con la piel percudida por la argamasa. En parte era así.

Algunos de ellos habían trabajado en la reconstrucción de la catedral de San Pablo, destruida por un incendio hacia fines del siglo XVII. Otros recordaban las grandes obras que habían construido en su juventud, cuando todavía se erigían palacios al estilo del gran arquitecto Paladio en los barrios ricos de la ciudad. Pero entre los rudos albañiles se mezclaba otra clase de hombres. Se distinguían por su vestimenta y sus modales. Se parecían a lo que hoy podríamos llamar intelectuales y discutían airadamente entre sí y con los canteros como si nada los separase, urgidos todos por un mismo problema. Incluso se observaba algún acalorado hombre de noble cuna, entremezclado en el debate, dispuesto a imponer sus opiniones en medio del griterío. ¿Qué clase de asamblea era esta? ¿Quién los había convocado? ¿Qué extraña asociación podía reunir en una taberna inglesa de principios del siglo XVIII a artesanos, burgueses, filósofos y nobles?

Según parece era habitual que los masones se reunieran en las tabernas. De hecho, las logias convocadas a la reunión se diferenciaban entre sí por su nombre, que respondía al de otras tantas tabernas en las que tenían su asiento.

Los masones de Londres y de toda Inglaterra tenían fama de buenos bebedores, amantes de los banquetes y de las discusiones a puertas cerradas, a cubierto, como ellos mismos decían –Lucía Galvez dice, con acierto, que aquellos masones estaban más cerca de la figura de Falstaff que de la de Sarastro–. Se comentaba que colocaban a un guardián en el tejado (de allí que tomara el nombre de tejador) que arrojaba piedritas por el desagüe pluvial si alguien ajeno a la cofradía se acercaba al recinto en donde se llevaba a cabo la tenida. Las piedritas provocaban un ruido parecido al de la lluvia escurriéndose por la cañería, entonces los que estaban deliberando sabían que alguien se acercaba y ocultaban sus secretos. Pero ¿Qué clase de secretos ocultaba una sociedad integrada por toscos albañiles, ilustres científicos y acaudalados caballeros?

El rumor hablaba de ceremonias sospechosas, de hombres encapuchados, de conocimientos prohibidos a las buenas gentes. No estaba claro qué clase de alquimia, de magnetismo natural, de misterios de la botánica y la medicina se traficaba en el seno de las logias. Pero lo cierto es que ya no era como antaño. Los masones ya no se dedicaban a erigir catedrales ni abadías. La época en que las ciudades competían entre sí por la catedral más alta había concluido... A Dios se lo empezaba a buscar en otra parte.

Tampoco se construían castillos. Las bombardas, los cañones y los ingenios militares hacían perder efectividad a las antiguas murallas, que habían dejado de ser inexpugnables. Desde el advenimiento de la pólvora hasta el muro más ancho y cimentado podía caer como una torre de naipes. La guerra había cambiado.

Muchos masones habían emigrado a Escocia, en donde todavía se construía con dinero de la Iglesia y los monasterios permanecían fieles a Roma. Pero en Inglaterra había cambiado todo, comenzando por la Fe. Las logias habían visto disminuido su trabajo y los masones peregrinaban entre obras menores y la bucólica espera del final de la Era de la Piedra.

Estos masones ya no recordaban el día en que las logias comenzaron a poblarse de hombres ajenos al oficio. Habían llegado con sus conocimientos mágicos, con sus experimentos empíricos, dispuestos a arrancar sus secretos a los números y a las proporciones. Estos otros hablaban de un Templo simbólico -no de piedra sino de materia etérea, invisible- erigido en un plano ideal al que el hombre podía llegar con el esfuerzo de su mente y la mortificación de su naturaleza terrestre. Se los conocía con el nombre de rosacruces y eran numerosos entre los masones. El propio sir Isaac Newton parecía haber pertenecido a este extraño grupo. No sólo los místicos, sino hasta los hombres de la política -tan convulsionada en aquellas décadas- habían encontrado asilo en las logias. En 1717 los albañiles ya no eran mayoría.

Pero no todos los albañiles de Londres veían con buenos ojos a estos hombres ajenos al oficio. ¿Qué hacen entre nosotros –se preguntaban- estos delirantes deslumbrados por un saber prohibido que ofende a Dios y enceguece el alma? El conflicto estaba instalado desde hacía tiempo. Los aceptados –que es el nombre con el que se conocía a los masones que no pertenecían al gremio de los albañiles- tenían claro que los días de las logias, tal como se las había conocido, estaban contados. Ya no se construía en piedra a gran escala y tarde o temprano no habría a quien enseñarle los secretos de la construcción de arcos, bóvedas y arbotantes. Las técnicas habían cambiado, los planos se publicaban, los manuales sustituían a la tradición oral. ¿Qué esperar entonces? Había que reconvertir al gremio, perpetuando la tradición que, en verdad, se remontaba a un pasado que los propios albañiles habían olvidado.

La reunión convocada había sido propiciada por los aceptados. Querían constituir una Gran Logia, un gobierno central que federara a las logias de Londres y les diese un Estatuto común en el que se explicara el objeto y sentido de la antigua fraternidad, se fijaran los antiguos linderos y se estableciera, definitivamente, el carácter de aceptados a los masones ajenos al oficio.

Planteada la cuestión estalló una violenta discusión. Algunos representantes de logias abandonaron intempestivamente la reunión. No reconocerían la autoridad de los aceptados ni estaban dispuestos a claudicar sus usos y costumbres. Pero cuatro logias permanecieron firmes y se constituyeron en asamblea. Aquella noche quedó conformada la Gran Logia de Londres. La Historia tendría desde ese día un protagonista inesperado, el factor menos pensado, una organización que, en apenas un siglo, contribuiría a cambiar el mapa geopolítico del mundo. 

Podríamos discutir in eternum acerca de si corresponde o no a aquellos ingleses la partida de nacimiento de la masonería moderna. De hecho he escrito frecuentemente sobre el “mal de las cronologías” que afecta a los masones. Lo que no podemos discutir es que la expansión de la Orden –a partir de la creación de la Gran Logia de Londres– representa un fenómeno sociológico sin parangón en la historia moderna y contemporánea. Podríamos discutir también acerca de si corresponde hoy hablar de la masonería o las masonerías. Mis amables lectores y mis Hermanos saben qué opino al respecto; pero ya sea una o muchas, la masonería ha sido el instrumento más idóneo para reunir los arquetipos más trascendentes de Occidente y una formidable herramienta de penetración cultural.

Pero a su vez, la masonería especulativa conformó un inmenso reservorio de tradiciones que mantuvieron y mantienen viva una de las instituciones más antiguas del género humano: La Iniciación.

Sería bueno reflexionar acerca de qué está ocurriendo en torno a la institución de La Iniciación; de tratar de comprender cómo y por qué una creciente corriente de masones se empeña en quitar peso al corazón iniciático de la francmasonería reduciéndola a una expresión socializadora creada a partir del fenómeno burgués. En esta cuestión radica el más agudo y urgente desafío que enfrenta la Orden, a 300 años de su estructuración actual.


Saludo a todos mis Hermanos esparcidos por la faz de la Tierra, cualquiera sea su Rito, su Obediencia y su condición, y hago votos para que el próximo siglo nos encuentre más unidos, en una inmensa Cadena de Unión, trabajando a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo. 

La imagen representa a Tom the Builder, el personaje creado por Ken Follet en su obra "Los Pilares de la Tierra". Los créditos son de Deviant Art. 

viernes, 23 de junio de 2017

Una nueva edición de "La Masonería Revelada" de Aldo Lavagnini

Para los masones latinoamericanos, la figura de Aldo Lavagnini es emblemática. Bajo el seudónimo de Magister, escribió una serie de manuales a través de los cuales varias generaciones de iniciados se han introducido en los misterios de la francmasonería. Su obra es, probablemente, la más difundida literatura masónica en habla hispana. Pero muy poco se sabe de la vida de Lavagnini. En los últimos meses Editorial Kier ha lanzado una nueva edición de sus obras. La serie correspondiente a los grados simbólicos ya se está distribuyendo, y no pasará mucho tiempo para que se complete la serie correspondiente a los Altos Grados. La novedad -además de una nueva diagramación y un bello diseño de tapa- es que en el Manual del Maestro se ha introducido un prólogo del escritor Phileas del Montesexto que contiene una gran cantidad de información biográfica sobre el autor.



Este prefacio resulta imprescindible si se quiere comprender el contexto en el que la obra fue escrita. Pero además, las complejas circunstancias históricas por las que debió atravesar el autor, otorgan al texto una nueva perspectiva que es desconocida por la mayor parte de sus lectores. 

Nacido en Italia en 1896, Lavagnini fue uno de los referentes de esoterismo italiano en tiempos del ascenso del fascismo. Médico de profesión, se destacó como un prolífico escritor que incursionó en varias materias, entre ellas la astrología, el estudio de las sociedades secretas y la simbología masónica. Fue perseguido, al igual que muchos masones contemporáneos, por el régimen de Benito Mussolini, luego de que el Duce disolviera a la masonería italiana. En efecto, una vez consolidado en el poder, el gobierno fascista procedió a desmantelar no solo las logias sino también a las organizaciones que respondían al Gran Oriente de Italia. Mediante un decreto se obligó a los miembros del partido fascista a que se definieran por una u otra institución, lo que produjo la inmediata dimisión del general Cappello, fascista prominente, que se negó a abandonar la Orden. Al año siguiente sería acusado de atentar contra Mussollini y condenado a treinta años de prisión. La disolución de la masonería italiana provocó el exilio de miles de masones, con su Gran Maestre a la cabeza, Dominizio Torrigiani, refugiado en la isla de Lipari, en donde moriría poco después.

Siguiendo la misma suerte de sus Hermanos, a mediados de la década del 1930 Lavagnini se exilió en México en donde comenzó su tarea de difundir los principios de la francmasonería.


Sin embargo, su obra cobró dimensión universal a partir de la década de 1940, cuando Editorial Kier comenzó a publicar los Manuales de su colección “La Masonería Revelada”. 


Se pregunta con acierto Phileas de Montesexto en el mencionado Prólogo: ¿Por qué molesta tanto Lavagnini a las corrientes materialistas de la Masonería? ¿Por qué algunos se niegan a aceptarlo como Hermano? Sin duda, a los francmasones ateos les fastidia que Lavagnini incorpore elementos espirituales a sus obras pero más les molesta que sus libros sigan siendo tan populares, aún en el interior de las propias filas masónicas. Al no ser tampoco un exponente claro de las doctrinas tradicionales y estar demasiado cerca de algunas corrientes espiritualistas condenadas por René Guénon, Lavagnini también suele ser  menospreciado muchas veces por algunos masones que se identifican con el perennialismo. Es verdad, la obra de Lavagnini tal vez no sea perfecta, pero si tenemos en cuenta el complicado entorno en donde fue producida y el público al que fue dirigida, tendremos que aceptar que la colección masónica de Magister posee un valor innegable.

Phileas del Montesexto tiene el mérito de haber sorteado las dificultades con las que se encuentra el investigador a la hora de encontrar fuentes confiables sobre la vida de Lavagnini, logrando una importante cantidad de información casi desconocida para los masones. Por todas las razones expuestas, creo que se trata de una obra invalorable que no solo retrata una etapa fundamental de la francmasonería sino que contiene todos los elementos necesarios para el análisis profundo de los símbolos y las alegorías en los que abreva una importante corriente masónica. 

Eduardo Callaey