Estimado Lector de Temas de Masonería

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miércoles, 29 de febrero de 2012

Los Constructores de Catedrales


Architecti interioris Templi*
Historia christianae cæmentariis




1.- Las guildas medievales

El mundo que vio nacer a las primeras logias de masones libres estaba sumergido en profundas transformaciones. Durante el siglo XII, mientras en Oriente los cruzados construían un nuevo reino cristiano, en Occidente las logias de constructores libres comenzaban a esparcirse.

El gran cambio que sufre la sociedad medieval del siglo XII tiene como fenómeno central el resurgimiento de las ciudades. El nacimiento de la ciudad medieval está directamente relacionado con los orígenes de la francmasonería, por cuanto “la logia” es un producto urbano y su existencia se origina y fortalece paralelamente al desarrollo de la burguesía. El icono más representativo de esta transformación es la catedral y aunque en ella convergen esfuerzos provenientes de distintos estamentos de esta nueva sociedad emergente, la logia es la “fábrica de la catedral”. La imagen del francmasón ha quedado definitivamente vinculada al fenómeno catedralicio.

En medio de esta transformación, las corporaciones de albañiles y canteros -que habían surgido como consecuencia de las grandes construcciones abaciales del arte románico, acompañando a los contingentes de monjes cluniacenses en las rutas de peregrinación- desarrollaron una estructura que los agrupaba y a la que denominaron “logia”.

Estas estructuras se convirtieron en depositarias de un conocimiento de naturaleza misteriosa. Sus integrantes fueron los primeros en comprender el poder que encerraban los números, las formas y las proporciones. En las catedrales que construían podían experimentar con tensiones y empujes, calcular posiciones astronómicas, combinar las luces y los colores en las vidrieras, fijar imágenes en los relieves y establecer los símbolos de una nueva civilización de piedra.

La movilidad de los maestros masones, que se desplazaban de obra en obra, pronto permitió un profundo intercambio de ideas y de tradiciones, una conjunción de “espiritualidades” que constituyeron la particularidad de la francmasonería.


2.- Los secretos del “arte”

Este valor agregado es el que terminaría marcando la diferencia entre las logias masónicas (los free stone masons) y las corporaciones de oficios atadas al control territorial de los municipios. A diferencia de estas últimas, las logias agrupaban artistas y artesanos cuyo carácter itinerante los colocaba fuera del alcance municipal, pero principalmente de la vigilancia estricta de la Iglesia.

La principal característica de los hombres que integraban estas sociedades era su condición de “hombres libres”. No estaban sometidos a vasallaje ni se encontraban bajo ninguna forma de servidumbre o esclavitud. Su condición de miembros de la logia dependía, sin embargo, de un juramento que prestaban ante la autoridad comunal que confería “patente” al gremio itinerante.

Esta reglamentación primitiva mediante la cual los integrantes de una logia se comprometían a respetar las reglas del oficio se desarrolló hasta alcanzar una gran complejidad. No se trataba sólo de la práctica que correspondía al oficio, sino también de una moral con características propias, tal como la encontramos en las primeras constituciones masónicas, en particular los manuscritos “Regio” de 1390 y “Cook” de 1420.

Georges Duby, describiendo el carácter laico de casi todos los artistas a partir del siglo XII en adelante, señala que “...Estaban organizados en gremios muy poderosos y muy especializados. Sustitutos del grupo familiar, estas corporaciones representan para ellos un refugio, facilitan los traslados de ciudad en ciudad, de obra en obra y en consecuencia, los encuentros, la formación de los aprendices, la difusión de las técnicas. Se muestran también, como todos los cuerpos cerrados, tradicionales, dominados por los más ancianos que no confían en las iniciativas individuales, pero ya en el siglo XIII existían cofradías de albañiles y orfebres...”

Este conjunto de maestros de la piedra, la madera y el metal se constituyeron en gremios capaces de construir moles de piedra de carácter extraordinario. Durante la edad de las catedrales, junto a la construcción de todo edificio importante, se observaba otra obra más pequeña. Esa otra construcción era la logia. En algunos casos era precaria y transitoria, pero en otros tuvo un carácter tan permanente que ha llegado a nuestros días. Todavía hoy se puede visitar la logia de los masones de Estrasburgo, construida junto a la catedral hacia 1240 (circa).

En el transcurso de los siglos, desde sus orígenes benedictinos hasta el creciente intercambio técnico con los constructores de Medio Oriente y Bizancio, las logias fueron adquiriendo un profundo conocimiento técnico, no exento de un nexo creciente con corrientes espirituales de carácter esotérico. Sin embargo, la catedral gótica no fue sólo la aplicación de un conocimiento técnico y organizativo altamente desarrollado. Fue la expresión de la teología y la cosmología medieval reflejada en la piedra.

Esta suerte de “saber reservado” requería de una “iniciación”, un “rito de pasaje” mediante el cual el profano se comprometía a guardar el secreto del “arte”, a la vez que ingresaba en una dimensión superior del “conocimiento”. Paul Jonhson define claramente esta cuestión del “secreto de oficio” cuando dice:

“...Todos los artesanos medievales tenían secretos relativos a sus oficios, pero los masones eran decididamente obsesivos con los suyos, dado que asociaban espiritualmente los orígenes de su corporación con el misterio de los números. Tenían desarrollada una idea pseudo científica en torno a los números, las proporciones y los intervalos, y memorizaban series de números para tomar sus decisiones y trazar sus líneas. Como en el antiguo Egipto –otra cultura de piedra tallada- ellos tenían una tradición de “taller” muy fuerte y reglas establecidas para casi cualquier contingencia estructural... Transmitían sus conocimientos oralmente y los aprendían de memoria, bajando al papel lo menos posible. Los manuales de construcción no existieron hasta el siglo XVI.

La comparación con Egipto es adecuada, pues la cantidad de piedra que se movilizó en Europa durante la Edad Media, supera ampliamente a la que se utilizó en Egipto en toda su historia. De igual modo, la arquitectura es, esencialmente -y al igual que en el antiguo Egipto- la puerta de acceso a lo sagrado.


2.- ¿Corporación Gremial o Escuela Iniciática?

Reunidos en estructuras gremiales poderosas, y capaces de desarrollar técnicas complejas, los hombres que integraban estas logias tenían una formación particular y una posición estratégica en la sociedad.

En un mundo donde el hombre estaba atado a su lugar de nacimiento, los masones conformaban una vasta red que unía todo el Occidente cristiano con las rutas que llevaban a los nuevos reinos de Siria. No se trataba sólo de un intercambio técnico, como pudo ser el caso del “arco armenio” que influiría en el desarrollo del gótico. El contacto con el cristianismo oriental era un retorno a las raíces de la Iglesia Cristiana Primitiva, diferente de la que se había desarrollado en el Sacro Imperio Romano Germánico. Medio Oriente era un lugar de misterios, en donde las religiones del Libro confluían en sus matices, su misticismo y su saber “oculto”. Los sufíes, los derviches, los herejes drusos, los coptos con sus textos gnósticos y hasta los “assasin” del Viejo de la Montaña –siempre sospechado de tratos secretos con los templarios- formaban parte del escenario por el que transitaban, iban y venían los masones en sus viajes a Oriente.

Incluso, en más de una ocasión, obreros calificados de aquellas culturas habían sido traídos a Occidente por los grandes abades para embellecer sus abadías e instruir a los maestros locales. ¿Cómo no imaginar el profundo intercambio espiritual entre hombres que consideraban a su oficio como sagrado?

Sin embargo, es necesario comprender que sólo eran un eslabón en la estructura que hizo posible la construcción de las grandes catedrales y la expansión del gótico.

En primer lugar, la catedral es la “Iglesia del Obispo” y por lo tanto la iglesia de la ciudad. El arte de las catedrales significó, ante todo, el renacimiento de vida urbana, el gran florecimiento de las ciudades, centro de la vida económica, de la riqueza, de la actividad espiritual y artística.

En segundo lugar, los orígenes de este arte no pueden ser solo atribuidos a un proyecto original de estas corporaciones. El gótico es un arte real que se consolida en momentos de ascendente prestigio de la monarquía, en pleno proceso de la unificación territorial de Francia y la decadencia del poder feudal. Por lo tanto podemos pensar que las principales formas de este arte fueron concebidas en un reducido círculo de prelados cerca del trono, en un reducido y desahogado medio, vanguardia de la investigación intelectual.

¿Cuál es entonces el papel de las logias en este proceso?

La catedral se construye bajo la dirección del Obispo. Habitualmente, la dirección real recae bajo la responsabilidad del capítulo catedralicio -integrado por prelados y también por laicos, principalmente grandes comerciantes- que, bajo la autoridad del obispo tiene como principal función la financiación de la obra, pero también la de contratar, establecer y controlar la “fabrica” (el “opus”, la “logia”) que tendrá a su cargo la construcción.

Esta logia, si bien se establece adjunta al capítulo catedralicio posee personería jurídica propia. Tiene a su cargo la administración, las finanzas y la contratación de los maestros directores de obra. En algunos casos es también quien contrata a los arquitectos proyectistas. Rinde cuentas ante el capítulo periódicamente; su contratación puede ser temporal o vitalicia; en algunos casos hasta es propietaria de sus propias canteras (tal el caso de la logia de la catedral de Estrasburgo). Es la responsable, en su papel administrador, de la contratación del personal y también del “salario” de cada oficial y de cada aprendiz para lo cual llevará una exacta contabilidad.

A ella se ingresa mediante un juramento, tal como hemos visto, y como surge de todos los estatutos y documentos de la “corporación” que han llegado hasta nuestros días. En el posterior desarrollo de estas logias primitivas convergen factores tan disímiles como lo son las vicisitudes propias del devenir histórico y la transformación interna que sufren en la medida que al simple cálculo de empujes y contrafuertes se agrega la discusión espiritual y filosófica, o dicho en otras palabras: a la construcción material se suma la construcción espiritual.

Lo cierto es que a mediados del siglo XV, ya las encontramos dirigidas por un maestro asistido por una suerte de “consejo” en el cual cualquier masón encontraría los rasgos definitivos de su propia identidad.

Si observamos que la actuación y desarrollo de estas logias primitivas está intensamente asociada no sólo a la construcción de las grandes catedrales, sino también con las escuelas que se desarrollaron alrededor de aquéllas, su importancia cobra una nueva dimensión. Pues es en el seno de estas escuelas donde nacieron, entre otras cosas, el germen de la “ratio”, el pensamiento científico y la construcción filosófica.

Aquellas edades no se han olvidado. No mientras se mantengan erguidos los monumentos que atestiguan la profunda humanidad de quienes los construyeron, tanta piedra arrancada a las canteras, tantos esfuerzos en el acarreo de miles de toneladas a través de caminos envejecidos –apenas senderos ganados a la hierba en lo que otrora habían sido las grandes rutas de Imperio- ecos lejanos de voluntades unidas en el amor a Dios. ¿Cómo saber qué sentimiento real inundaba el corazón de tantos hombres y mujeres? Nos preguntamos una y otra vez –sin encontrar respuesta- ¿Qué energía misteriosa podía mover a un hombre para realizar una obra que sólo podía imaginar porque nunca la vería terminada?

No hay respuesta desde nuestra cultura, desde nuestra urgencia, desde nuestro utilitarismo. ¿Cómo saber acaso qué conciencia de sí mismos y de su trabajo tenía aquella gente?

Preludio del burgués, el maestro masón se asimila a la parte prevalente -“valentior pars”- del pueblo, es un integrante de aquella voluntad ciudadana a la que Isidoro define como los “maiores natu”, los mayores de edad: el Pueblo, o mejor dicho, la parte prevalente de la que están excluidos los siervos, las mujeres, los niños y los forasteros. Comparte este privilegio con otros artesanos, en especial con los herreros y los carpinteros, cuyo linaje bíblico les confiere la misma aureola de misterio que rodea al que conoce “la piedra”. Aunque cristianos, su oficio sabe de ancestros precristianos y aun prediluvianos.

También integran esa parte prevalente otros destacados ciudadanos: los carniceros y los panaderos, los teñidores y los mercaderes, los fabricantes de cuchillos montaraces y los refinados artesanos que hacen saetas. Todos ellos conforman la delicada trama de “hombres libres” cuyo poder crece lenta, imperceptiblemente, en una sociedad férreamente tripartita: los que hacen la guerra, los que oran y los que trabajan. Reflejo social del orden trinitario que rige el Orbe, cuyos cimientos terminarán mortificando hasta provocar su colapso. Se abren paso entre los pliegues de un esquema social que no los ha previsto: No son hombres de armas, ni administradores de la voluntad divina, ni siervos encorvados con su cerviz inclinada hacia la tierra. Sin embargo se vuelven necesarios como la sangre misma que alimenta todo el organismo.

Se podría decir que esta clase incipiente de burgueses –aun lejos de la poderosa burguesía renacentista- constituye el germen sobre el que crece y se expande el proceso de secularización. En efecto, en la concepción de Marcilio de Padua sobre el “Estado Laico”, gravita la valoración prepotente del “pueblo”. No se trata del vulgo, sino de aquella “parte prevalente” de la que ya hemos hecho referencia, y en la que el artesanado conforma una porción esencial. Si se quiere buscar el germen revolucionario de la francmasonería, este se encuentra en la conciencia de las corporaciones medievales, siempre proclives a la libertad que les da su “secreto”, su “logia” y su “saber esotérico”.

En los trabajos anteriores hemos visto la etapa en la que estos oficios se reorganizaron y crecieron al calor de las grandes abadías, como una consecuencia casi natural de la demanda de mano de obra. La aparición de los “hermanos conversos” y los “barbados” no respondía a otra cosa que a una necesidad de los monjes que construían Europa.

Ahora, resuelto el enigma de la herencia alegórica, de la organización primaria de las logias, de los signos y los significados, nuestra atención vuelve al punto de partida:

Al hombre, al masón que posee el secreto de su oficio; que se adueña de sus herramientas –símbolo de su precaria libertad-; que construye los andamios (machinas) a los que debe su nombre (machiones); que trabaja por un salario que le paga el castellano o el capítulo que construye la Catedral, o la comuna que fortifica las murallas de la pequeña ciudad. Tareas que, para algunos, representarán el esfuerzo de toda una vida, mientras que para otros el salario no será tan sencillo ni seguro.

A los que no hallan lugar en alguna obra magna les esperan los caminos interminables buscando una obra nueva, o una logia necesitada de maestros, o pequeñas construcciones temporales que le permiten apenas sobrevivir con su familia durante el invierno en el que las obras se paralizan porque se congela la argamasa.

El propio proceso social y la creciente importancia de la urbe ya habían hecho necesario el traslado de la misa desde la iglesia abacial a la episcopal. La Catedral era ahora la casa del “episcopus” y la demanda de artesanos ya no estaba en los lejanos campos feudatarios del monasterio sino en la ciudad en la que se comenzaba a consumir –y comerciar- la producción agraria. Poco, muy poco tiempo fue necesario para que toda una nueva clase de herreros, carpinteros y albañiles se declarase libre de los abades. Si aquellos primeros conversos habían aprendido el oficio de los monjes, estos otros lo habían heredado de sus padres, junto con sus herramientas, sus fraguas, sus talleres.

Muy poco tiempo, en el que la movilidad de las gentes se había acelerado a niveles desconocidos en los siglos precedentes: los caminos de peregrinación se poblaban de penitentes, de mercaderes, de cruzados, de artesanos, saltimbanquis y ladrones, de fantásticos narradores, de caballeros y bufones, soldados y embajadas, prostitutas y prometidas, templarios con sus cruces rojas, hospitalarios con las suyas blancas, judíos de la diáspora y herejes con sus miradas esquivas, monjes llevando libros en sus alforjas para ser canjeados en otros escritorios, esclavos sarracenos traídos de la Tierra Santa por sus nuevos señores... Occidente ya tenía entonces todo lo que necesitaba.

El masón en el que ahora debemos poner la atención ya no vive en los monasterios; su alimentación no sale de las cocinas benedictinas, no reconoce autoridad más que la de aquel que le paga, aunque su libertad sigue estando jaqueada por el poder, por la soberbia del señorío, por la autoridad del hombre de armas, por la férula eclesiástica omnipresente, amparada por el brazo secular. Es sólo una libertad incipiente, endeble, cuyo precio muchos han de pagar con el sufrimiento y hasta con la vida.

¿Qué han heredado de sus antiguos patrones benedictinos? Un cuerpo de doctrina religiosa constituido por alegorías que apuntan a una regla de moral, a una visión sublimada del acto de construir, a una conciencia identificada con el imperio de las fuerzas espirituales del pensamiento católico. No hay “escuela iniciática” en esa etapa de la masonería, pero se insinúa. Los libros en los que estos masones abrevan su doctrina y sus conocimientos son escritos por religiosos, pero las logias comienzan a reunir, lentamente, la “otra” literatura.

Permanecen dependientes de la doctrina católica hasta fines del siglo XIV, lo cual dice a las claras que trescientos años después de la liberación de los conversos, estos aún no han desarrollado un “corpus” propio. No existe una “doctrina” masónica. Existen patronos provenientes de la fe cristiana, una moral anclada en los antiguos documentos benedictinos y muchos usos y costumbres que se remontan a las épocas de las logias cluniacenses. La masonería del siglo XIV es aun cristiana y trinitaria.

Así lo atestiguan los antiguos documentos, las constituciones y manuscritos considerados “liminares” por la historiografía masónica. Pero cabe aquí advertir que no se trata de un cristianismo coyuntural. Se trata de una cuestión de base: No existe un substrato “esotérico” tras una pátina cristiana, ni se oculta un arcano hermético tras la apariencia trinitaria. No hay aquí resabios platónicos, ni siquiera paganos, mucho menos egipcios. La alegoría que prepara el camino a la futura “leyenda masónica” es cristiana.

La francmasonería primitiva no sólo participa del fenómeno de la fe religiosa sino que está en su propio centro. No es ecuménica sino católica; sus Santos Patronos son hijos de la Santa Iglesia y su dogma trinitario rinde culto a Nuestra Señora, la madre del Verbo encarnado –devoción de la que también hacían culto los Caballeros del Temple-. Basta citar un fragmento de dos de los documentos liminares más famosos de la francmasonería –el Poema “Regio” (1380 circa) y los Estatutos de los Canteros Alemanes (1459 circa)- para convencernos de su carácter trinitario:

“...Roguemos ahora al Dios Todopoderoso, y a su Madre, la Dulce Virgen María, para que nos ayuden a observar estos artículos y estos puntos en todas sus partes, como lo hicieron otras veces los Cuatro Coronados, santos mártires que son la gloria de la comunidad...”

“... En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y de la Gloriosa Madre María; y a la memoria de los Cuatro Santos Coronados, sus bienaventurados servidores etc...”

Lo cierto –y lo asombroso- es que esa participación de la masonería primitiva en la fe católica, no la privó de un profundo conocimiento hermético cuyos orígenes –muy lejos de Roma y las grandes abadías europeas- habría que buscarlos en Alejandría, Jerusalén, Antioquía y en los grandes santuarios del oriente mediterráneo; un conocimiento cuyas huellas emergen copiosamente de la piedra tallada.

El simbolismo hermético impregnado en la piedra de las catedrales, tan bellamente descrito por Fulcanelli, abre profundas dudas acerca de un temprano conocimiento esotérico en aquellos arquitectos y artistas que las construyeron. Pero la ciencia histórica, frente a esta etapa, no posee otra prueba que la piedra misma.

Es en la piedra donde hay que leer, y de la que surge una historia sin nombres ni sucesos cronológicos. Solo una obra colectiva cuyo significado humano y a la vez cósmico, nos excede y nos abruma. Es por ello que el gran interrogante pendiente de respuesta en la historia de la francmasonería es el que se plantea en torno al cuándo y al cómo las logias fueron impregnadas del profundo esoterismo que ha llevado a muchos a proclamarla como heredera de esos antiguos misterios.

Pues, esa otra espiritualidad que sí tiene rasgos iniciáticos, flota en el aire, permanece latente en muchos enclaves europeos. Proveniente de medio oriente ha ido diseminando sus gérmenes en órganos vitales del antiguo imperio cristiano. Posee fuertes reductos en España y Provenza, en donde los judíos han podido establecer pequeñas escuelas de Cábala. Persiste larvada en la herejía de los cátaros del Languedoc. Los árabes han hecho lo suyo y se sospecha que han corrompido a los templarios. El Corpus Herméticum golpea una y otra vez sobre el tejido cristiano y termina perforándolo el día en que Marcilio Ficino lo traduce y esparce para toda una generación de espíritus inflamados por una nueva clase de “misticismo racional”. Ya nadie hablará de Fe: Cornelio Agrippa, Pico de la Mirándola y Giordano Bruno hablan de “ciencia”, de una nueva ciencia capaz de clasificar espíritus, perseguir a Dios hasta su última morada y comprender las claves que explican al Universo infinito. Van por los ángeles, creen poder encadenarlos. Mefisto es obligado a presentarse ante Fausto. Los grimorios enseñan cómo someter a los genios. Paracelso cría homúnculos en las rémoras de su laboratorio y los dominicos persiguen a las brujas en un intento desesperado por frenar el descontrol.

Surgen entonces contradicciones e interrogantes: ¿Dónde se origina este contacto? ¿En qué momento esta corriente hermético-alquímica desarrolla el modelo de masonería iniciática que separará a la “corporación masónica” del resto de las corporaciones de oficios?

El fenómeno catedralicio –que es el eje de la actividad de los masones operativos- conforma la red primaria del nervio social, psíquico y espiritual que modela la sociedad urbana incipiente. La catedral es el libro en el que leen los pobres, pero es también la clave de un conocimiento preservado y reservado a los iniciados; es el refugio de los desamparados, pero también la casa del obispo; es el punto de celebración del carnaval, pero a la vez el reflejo fulgurante de la Jerusalén Celeste. Hay entonces en el fenómeno catedralicio una dualidad que debe abordarse y comprenderse. Es el símbolo de esa construcción colectiva del Templo a la Virtud que los masones erigen a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.

En un aspecto sociológico y político, la construcción de la catedral es la proyección de un nuevo orden social. “...En la Edad media –dice Von Martin- podía trabajarse en una obra colectiva cualquiera, una catedral, la casa del Consejo, y aun siglos, pues se vivía dentro de una comunidad y para ella, dentro de una continuidad de generaciones...”

Perseguidos en la actualidad por la urgencia de un progreso individual que todo lo eclipsa, nos resulta en extremo difícil concebir una organización humana dedicada a preservar en la piedra un mensaje que encierra la clave de los antiguos misterios. Del mismo modo nos resulta aun más inconcebible asumir que estos hombres comprometían su vida entera en la construcción de la sociedad que integraban. Sin embargo, para ellos, desde el único lugar que podía sobrevenir la plenitud de su realización individual era desde la “polis” y dentro de ella, desde la comunidad que integraban.

El restablecimiento de las ciudades trajo consigo el restablecimiento de la “polis” como modelo de comunidad desarrollado en el mundo clásico. “...En el mundo occidental –dice Raimon Panikkar- todos sabemos que para Aristóteles, Platón, Virgilio, Lucrecio, la plenitud del hombre incluía como plenitud total y personal la política. La política pertenecía a la salvación. Sin polis no puede existir un ser humano verdaderamente como tal: sin política no hay salvación...”

Pero la obra colectiva debe ir acompañada del trabajo individual que, en el lenguaje masónico se encuentra simbolizado en el desbaste de la Piedra Bruta. Puente entre el mundo material y el mundo espiritual, la catedral es la puerta que conduce a la Jerusalén Celeste, alegoría espiritual del reconocimiento de nuestras limitaciones humanas y del deseo de alcanzar un mundo ideal donde imperen el bien, la paz y la virtud. La catedral representa, como ninguna otra cosa, el Orden social que Dios ha imaginado para el hombre, y a la vez, el orden universal que el hombre medieval ha imaginado y proyectado en Dios. Como en el atanor del alquimista, en el interior de la catedral el puro se eleva al mundo de los ángeles y el impuro participa de la obra colectiva de la redención.

Cuando George Duby habla de la pedagogía de masas –refiriéndose al mensaje inserto en las piedras de las catedrales- está leyendo en los únicos documentos que estos hombres han dejado al juicio histórico: las propias catedrales. Apenas unos pocos planos de la época tardía, herramientas... utensilios. Pero ni un solo documento que describa el plan, ni siquiera que sugiera la existencia de uno. ¿Es todo este simbolismo hermético la base de la masonería esotérica? ¿Quién lo introdujo? ¿Cómo se transmitía?

Fue el preludio la masonería especulativa.

* Callaey, Eduardo; El otro Imperio Cristiano (Nowtilus, Madrid, 2001) Todos los derechos reservados

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