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miércoles, 26 de mayo de 2010

La traición del duque de Chartres y la hecatombe francesa


Gran Maestre de la Gran Logia de Francia, traidor, verdugo de la masonería cristiana y, paradógicamente, víctima de la Revolución Francesa a la que adhirió con vehemencia. Este capítulo desgraciado de la masonería francesa explica con claridad las consecuencias ulteriores que devendrían de la democratización de la Orden. Para reflexionar.

1.- El duque de Luxemburgo juega su As de Espadas

En 1771, en medio de un grave desorden masónico general, moría el conde de Clermont, Gran Maestre de los masones de Francia desde 1743, año en que había sucedido al primer Gran Maestre verdaderamente francés, el duque de Antín. Ninguno de los dos había podido ordenar la administración masónica, ni reunir en un solo cuerpo a las numerosas facciones que surcaban el escenario de la Orden, del que ya hemos dado cuenta en otros artículos.

Muerto Clermont, los masones eligieron nuevo Gran Maestre a Louis-Philipe de Orleáns, duque de Chartres, una jugada maestra de quien sería el verdadero artífice del Gran Oriente. Nos referimos a Anne-Charles Sigismond de Montmorency, duque de Luxemburgo y de Chatillon-sur-Loire, par del reino, primer barón cristiano de Francia y brigadier de los ejércitos del rey. Este hombre, noble y militar de altísimo rango, había recibido poderes plenipotenciarios de parte del fallecido conde de Clermont, quien en el final de su vida ya no tenía ni la fuerza ni la salud para conducir la caótica estructura masónica.

Desde 1767 regía en París un decreto de la policía que prohibía las reuniones masónicas. Si bien la nobleza no respetaba esta norma, y las logias continuaban reuniéndose en tabernas, abadías, castillos y cuarteles, la realidad era de una absoluta decadencia. La muerte de Clermont se convirtió en la oportunidad que necesitaba Luxemburgo para lograr aquello que Ramsay ya había soñado tres décadas atrás: Que la Orden estuviera en cabeza de un príncipe de sangre real. Ese hombre era el duque de Chartres, primo del rey.

Chartres no era masón, es decir, aun no había sido iniciado en la francmasonería cuando Luxemburgo le ofreció, en 1771, el cetro del Gran Maestre de Francia. La estrategia de Luxemburgo era, dado el estado lamentable en el que se hallaba la Orden, ofrecer el patronazgo de ésta al hijo del duque de Orleáns –que era el primer príncipe de sangre- y reestructurarla bajo esa sola autoridad. Sabía que si el duque aceptaba, podría reunir la dispersa francmasonería de París y dar el golpe de efecto que amalgamara a la Orden bajo un nuevo sino. El duque de Luxemburgo era, en efecto, uno de los masones más prestigiosos de Francia; un prestigio que había ganado como Venerable Maestro de la logia militar constituida en su propio regimiento –era coronel del Regimiento de Hainault- desde 1762 y que tenía por nombre el suyo propio: la logia Montmorency-Luxemburgo. Aun dispersa y debilitada, la francmasonería continuaba manteniendo su poder justamente en el campo que Luxemburgo conocía y controlaba: el de los nobles de espada. Todos aceptarían a un príncipe de sangre real como su Gran Maestre.

El duque de Chartres aceptó el ofrecimiento de Luxemburgo e inmediatamente lo nombró como su sustituto. El proceso demandó dos años. Con la aprobación del príncipe, Luxemburgo convocó a una asamblea general el 24 de junio de 1771 e inició las reformas necesarias para volver a colocar de pie a la Orden. La mayoría de los Consejos, Capítulos y Logias Escocesas de Francia secundaron a Luxemburgo y proclamaron al duque de Chartres como nuevo Gran Maestre, aunque lo fue solo a título nominal hasta la asamblea del 22 de octubre de 1773. Sólo resistió el núcleo más duro de los escoceses, que se abroquelaron en la denominada Madre Logia Escocesa de Francia.

Luxemburgo no perdió el tiempo. El fondo de la reforma que pretendía imponer se centró en un nuevo concepto de legalidad para la constitución de las logias y en la participación de delegados de todos los cuerpos masónicos en las asambleas. Este era el verdadero vuelco revolucionario, puesto que implicaba una verdadera democratización, un toque de vanguardia absolutamente inesperado para una organización gobernada por la aristocracia. Por un lado, la cúpula dirigente estaba integrada por la más alta nobleza, pero al mismo tiempo la organización mostraba una inédita democracia, otorgada precisamente por aquella nobleza cultivada y liberal que anunciaba los cambios de los tiempos.[1]


2.- Nacimiento del Gran Oriente de Francia

Tal como hemos venido narrando en los capítulos precedentes, la francmasonería francesa había sufrido en la segunda mitad del siglo XVIII una serie de crisis y resquebrajamientos que habían llevado al establecimiento de bloques rivales junto con la aparición de nuevos ritos que enfrentaban abiertamente a las nacientes corrientes racionalistas.

Esta circunstancia alcanzó su clímax en 1773 con la formación del Gran Oriente de Francia que logró federar, organizar y codificar un numeroso conjunto de estructuras masónicas bajo un solo cuerpo. De este modo se establecía, mediante la decisión democrática de los diputados de las logias, un avance importante en cuanto a los métodos de elección de los venerables y otros asuntos que eran fuertemente resistidos por las corrientes espiritualistas aglutinadas en la Madre Logia Escocesa. Esta masonería, profundamente dividida en cuanto a sus respectivas concepciones filosóficas y religiosas, estaba, sin embargo, en su apogeo.

Ese año asumió como Gran Maestre el duque de Chartres y con él se inició una etapa de crecimiento sostenido que lo llevaría a controlar más de 1000 logias y 30.000 masones hacia 1789. Nada hacía prever en 1773 que los acontecimientos se desarrollarían de la forma que lo hicieron. Por el contrario, el escenario masónico que surge con el Gran Oriente se convierte, muy pronto, en el marco aglutinante al que acude la crema de Francia.

El Gran Oriente estaba dirigido por un Gran Maestre y un Gran Administrador. Comprendía una Gran Logia nacional que estaba integrada por miembros nombrados por el Gran Maestre así como por otros elegidos por las logias, tanto las de París como de las provincias. Completaba la estructura una asamblea conformada por miembros elegidos cuyo objeto primario era el de legislar, pero sin derecho a voto. Felipe de Orleáns, duque de Chartres, era uno de los hombres más ricos de Francia, mientras que el cargo de Gran Administrador quedaba en cabeza de Anne-Charles Sigismond de Montmorency, el hombre que había construido la nueva francmasonería.

Inmediatamente se pusieron en ejecución una serie de medidas tendientes a recobrar el prestigio de la Orden. Se prohibieron las reuniones en las tabernas con el fin de disminuir las denominadas logias de mesa. Se impusieron restricciones para el ingreso de artesanos que no hubiesen alcanzado la categoría de maestros de oficio y se descartó de plano el ingreso de gentes que desempeñaran cualquier labor doméstica. Intelectuales y artistas, nobles y eclesiásticos poblaron nuevamente las logias, esta vez iluminadas por las luces de la Ilustración.

La nueva administración abordó la estructuración definitiva de las logias militares que, hacia esa época, se encontraban divididas en tres grandes grupos con características propias: Por un lado aquellas que tenían su asiento en una unidad militar; por otro, las que agrupaban un conjunto de militares provenientes de distintas unidades y armas; finalmente, aunque menos numerosas, las que sin ser logias militares en un sentido estricto, reclutaban militares en las ciudades donde tenían su asiento grandes guarniciones, siendo en muchos casos más numerosos los militares que los civiles. Este panorama obligó al Gran Oriente a regular su funcionamiento, por lo que se dispuso una política tendiente a evitar, en la medida de lo posible, la mezcla de burgueses y militares en una misma logia.

Pese al creciente aumento de la burguesía en las logias, la cúpula del Gran Oriente era conciente del papel de la nobleza en la francmasonería y estaba dispuesta a hacer debido uso de las virtudes propias del espíritu de cuerpo que en la sociedad militar se traducían en lealtad, disciplina y cohesión. Para el Gran Oriente, una logia militar debía ser la expresión de una unidad y no de una diversidad, vale decir, del regimiento en el cual la logia se constituía y del que sería, en cierta manera, su emanación.[2]

Pero en los años que transcurrieron entre 1773 y 1789, estas células particulares, conformadas por hombres de armas, siempre gobernados por nobles, no estuvieron quedaron al margen del profundo cambio de mentalidad que se operaba en Francia; tal vez, muy por el contrario, dentro del proceso histórico que derivó en la Revolución, conformaron el caldo en el cual la aristocracia se preparó para desempeñar un rol activo en los sucesos que se avecinaban.

El taller masónico, dentro de una unidad militar, constituía una escuela en la que el masón aprendía las virtudes masónicas de fraternidad y tolerancia, solidaridad y magnanimidad. La aristocracia militar masónica se veía a sí misma como modelo de aquellas virtudes masónicas, mientras que el rol que se desempeñaba en la logia estaba representando la cualidad del cargo. Del mismo modo que sucede en la actualidad, cada cargo imponía una virtud por realizar, de manera que el iniciado, en la medida que avanzaba en el escalafón de su logia, iba adquiriendo una mayor impronta moral.

Quoy-Bodin cree percibir ya en esta época una creciente conciencia del rol del masón en la sociedad, del papel que habrá de desempeñar en la comunidad y –lo que resultará determinante- el hecho de considerar a su prójimo inmediato toda la humanidad.

Hay aquí un giro radical con respecto del rol que asumían los nobles que lideraban las logias escocesas y de la Estricta Observancia. Alentados por la idea de una alianza cristiana transnacional, los masones espiritualistas mantenían reservado a los Altos Grados el verdadero conocimiento masónico, siempre vinculado a una herencia hermética, tradicional y esotérica, restringida al núcleo de los elegidos.

A diferencia de esta concepción –que se mantenía vigente en Francia, tanto en las filas de la Gran Logia Madre Escocesa como en el Régimen Escocés Rectificado- las logias militares francesas alineadas ahora con el Gran Oriente habían sido permeables a los filósofos que preanunciaban la aurora democrática. Una democracia que devendría en obligatoria e inaceptable para la masonería tradicional del Antiguo Régimen. Podemos percibir aquí, con claridad, el momento en que ambas concepciones de la francmasonería se encuentran a las puertas de su propia guerra.

La nueva organización fue, sin dudas, exitosa, puesto que, según lo afirma un documento oficial moderno del Gran Oriente de Francia, permitió “federar, armonizar y codificar el conjunto de estructuras y de usos en vigencia... fueron los diputados de las logias quienes decidieron democráticamente este avance importante...”[3]


3.- La democracia en las logias

Conviene detenerse en esta cuestión, puesto que ésta democratización de las logias forme parte central en el debate acerca de la influencia de la francmasonería en la Revolución Francesa y en las guerras de independencia de América.

Existe amplia coincidencia en cuanto a que la francmasonería, así como el resto de las sociedades secretas que actuaban en Europa en la segunda mitad del siglo XVIII, contribuyó decisivamente a la difusión de las ideas de la Ilustración. También resulta claro que la instauración de mecanismos democráticos en las logias es anterior a la democracia concebida en términos de Estado. Pero ¿acaso fue la francmasonería la impulsora de la conciencia democrática en las sociedades emergentes de la Revolución?

Como institución alineada con el absolutismo ilustrado, la francmasonería aparece como un caso único en el que su conformación política interna presenta características diametralmente opuestas al régimen que representa. Siendo una Orden que responde a la nobleza, instaura en su seno un mecanismo político que representa una reacción al régimen.

En aquel proceso por el que la alta burguesía se acerca a la aristocracia, las logias cumplen un rol fundamental, pues es particularmente en ellas en las que este límite se vuelve difuso y se erosiona hasta generar una “nueva cultura en las capas superiores de la burguesía” pues, y tal como señala Reinalter,

“el potencial democrático reinante en las logias no sólo se manifiesta en la nivelación estamental, en la realización de la igualdad social en las logias y en el principio de humanidad –hombre entre los hombres- sino también en la autonomía de su organización y administración en la que pueden reconocerse formas y mecanismos de formación de opinión y una confesión abiertamente a favor de la democracia y en contra del sistema político reinante…”[4]

Dicho de otra forma, la francmasonería actuaba como marco en el cual la aristocracia –que mantenía sus privilegios en la sociedad- aceptaba cierta forma de democracia interna, sin que ello significase su adhesión a un cambio radical de la política reinante. Recordemos aquello que solía expresar el conde de Segur con relación al “placer en descender, puesto que se podía ascender cuando se quería”. Sin embargo, mientras para un sector de la nobleza se trataba de jugar a la democracia, un creciente número de líderes masones que se adherían a los clubes políticos –incluida cierta aristocracia- trasladaba a estas estructuras políticas conspirativas los principios democráticos que ya aplicaban en sus propias logias masónicas.

Este fenómeno no era un hecho aislado ni limitado a la francmasonería francesa, sino que, al menos incipientemente, comenzaba a extenderse en Europa. Cuando en 1784 se fundó la Gran Logia territorial austro-húngara su Constitución hacía taxativa referencia en sus Principios Fundacionales a que “la masonería en su constitución es una unión democrática y cada logia una democracia”. Y agregaba, en su Art. VI que “dada la naturaleza de la unión democrática el poder legislativo y ejecutivo de la Orden tiene que radicar en las logias...”[5]

Similares argumentos han sido recogidos en los archivos de otras logias de Alemania y de los países nórdicos: “La logia es una república democrática, entendiendo la palabra en su más amplio sentido. El poder legislativo, así como el ejecutivo, reside en la asamblea de sus hermanos, sin diferencia de grado, de dignidad o de edad...”[6]

Si nos retrotraemos al espíritu de las estructuras aristocráticas, piramidales y tradicionales reunidas en el Convento de Wilhelmsbad en 1782- sólo dos años antes de estas constituciones democráticas- con sus círculos concéntricos interiores, sus grados reservados a un cenáculo privilegiado y altamente selectivo, comprenderemos fácilmente la colisión entre ambos sistemas.


4.- Su Alteza Serenísima, Felipe, duque de Chartres

“En el año de la Gran Luz, 1772, tercer día de la Luna de Jiar, 5° del 2° mes del año masónico de 5772, y del nacimiento del Mesías, 5 de abril de 1772, en virtud de la proclamación hecha en la Gran Logia, reunida el vigésimo cuarto día del cuarto mes del año masónico 5771, del Altísimo, poderosísimo y excelentísimo príncipe S:. A:. S:. Luis Felipe José de Orleáns, duque de Chartres, príncipe de Sangre, para Gran Maestro de todas las logias regulares de Francia y la del Soberano Consejo de Emperadores de Oriente y Occidente, Sublime Madre Logia Escocesa, del vigésimo día de la Luna de Elul, para Soberano Gran Maestro de todos los Consejos, Capítulos y Logias escocesas del gran globo de Francia, oficios que S:. A:. S:. se ha dignado aceptar por amor del arte real y a fin de concentrar todas las operaciones masónicas bajo una sola autoridad. En fe de lo que S:. A:. S:. ha firmado el proceso verbal de aceptación. Firmado: Luis Felipe José de Orleáns.”
Luis Felipe José, el hombre que firmaba este documento “por amor al Arte Real” había nacido en Saint Cloud, el 13 de abril de 1747. Portó hasta los cinco años el título de duque de Montpensier, y el de duque de Chartres hasta 1785, año en que murió su padre y pasó a ostentar la dignidad de duque de Orleáns.

Su juventud fue la de un príncipe imprevisible, amante de las novedades y, fundamentalmente, ingobernable. Se casó en 1769 con Luisa María Adelaida de Borbón Penthievré, ocasión en la que se divirtió escandalizando a la corte por su desprecio a la etiqueta y el protocolo. Algunos autores le achacan “cierta inclinación a las disolutas y corrompidas costumbres de que tanto se hizo gala durante la regencia”, mientras que su biógrafo Amedée Britsch lo describe como un díscolo, inconvencional y petulante capaz de hacer y decir lo que le venía en gana.

En 1776 su padre le cedió la residencia oficial que era el Palais Royal en el que se instaló con su esposa y convirtió en escenario de sus veladas y tertulias. La Opera estaba enclavada en medio de la morada principesca por lo que bastaba abrir las grandes puertas de los salones para acceder a los palcos después de la cena. Sus hijos estaban bajo la tutela de Manuel de Genlis, “quien los educaba a lo Rousseau” en tanto que la pareja se divertía con la compañía de racionalistas escépticos y sentimentales roussonianos. Mientras esto ocurría, el duque de Luxemburgo gobernaba la Orden y continuaba con sus reformas.

Por supuesto, de vez en cuando, Luis Felipe se acordaba de su dignidad de Gran Maestre y organizaba fastuosos eventos o imprevistos recorridos por el país haciendo gala de su filantropía. Los masones franceses no recordaban una etapa de tanto encanto y deslumbramiento como el que producía el duque a su paso.

El brillo de las tenidas atrajo rápidamente a las esposas de los grandes señores y no tardaron en formarse logias femeninas que recibieron el nombre de logias de adopción. En 1775, la duquesa de Borbón, hermana del duque de Chartres, asumía el cargo de Gran Maestra de la masonería femenina. En 1780 la sucedería la princesa de Lamballe. Nunca antes la francmasonería francesa había brillado tanto.

Luis Felipe tenía una relación difícil con la Corona. Sus mundanalidades eran acompañadas entusiastamente por su primo, el duque d’Artois, hermano del rey. En cambio su vínculo con el rey no era muy bueno, ni tampoco gozaba de la simpatía de María Antonieta. La intuición femenina, una vez más, no se equivocaba.

Cuando en 1787 arreciaban los problemas fiscales de la corona, el ministro Calonne reunió a la denominada Asamblea de Notables a fin de proponer una profunda reforma fiscal que terminara con el privilegio de exención de impuestos para la nobleza. Una gran mayoría de los miembros de la asamblea eran masones; entre ellos estaban, uno al lado de otro, el duque de Chartres y el duque de Luxemburgo. Sin embargo, lejos de formar un frente, los masones actuaron claramente divididos: La facción que lideraba Luxemburgo apoyaba las reformas a riesgo de su propio patrimonio, mientras que el duque de Chartres se enfrenta violentamente con el ministro Colonne y logra el rechazo de la reforma.

No existen registros que hagan pensar en una acción de las logias en uno u otro sentido. La cuestión se limitaba –por el momento- a un conflicto entre la aristocracia y la Corona. Conflicto por cierto grave, ya que la negativa de los nobles liderados por Luis Felipe obligaron a Luis XVI a convocar a los Estados Generales en 1788.

Los Estados Generales estaban conformados por el clero que era el primer Estado, la nobleza que era el segundo Estado y la alta burguesía, el tercer Estado, integrado por aquellos que tenían suficientes propiedades como para obtener derecho a voto. Fue durante la campaña electoral de los Estados Generales que comenzó a decirse que el tercer Estado era el único con derecho a gobernar a Francia.

Entre tanto, y en medio de la agitación política, las logias comenzaron un lento pero sostenido proceso de deterioro; pues en la medida que las organizaciones políticas se poblaban, las logias mermaban su actividad. El proceso revolucionario había entrado en su fase más aguda. No son pocos los que sostienen que fueron numerosos los masones que participaron de este período turbulento previo a la convocatoria de los Estados.

Cuando finalmente los Estados Generales se reunieron en Versalles, el tercer Estado cuestionó duramente los derechos del primero y del segundo para gobernar los destinos de Francia. El conflicto se agravó y, nuevamente, Chartres y Luxemburgo se enfrentaron en posiciones abiertamente opuestas. Mientras el primero mantiene la agitación, socava la autoridad del rey e impulsa a la nobleza a unirse al tercer Estado, Luxemburgo asume la cerrada defensa de su clase. El 12 de junio de 1789 es elegido presidente de la nobleza e intenta que el rey impida la unión de los tres Estados. Pero ya es tarde; en medio de rumores se convoca a una Asamblea General. Circula la versión de que se prepara un golpe militar para disolver la asamblea. El pueblo de París se amotina, invade los depósitos de armas de Les Invalides y toma la Bastilla el 14 de julio.

Luis Felipe de Orleáns, duque de Chartres, Gran Maestre del Gran Oriente de Francia se une al fervor revolucionario; el duque de Luxemburgo, el hombre que construyó el Gran Oriente se exilia con su familia en Inglaterra.

5.- Persecución y muerte de la francmasonería francesa

En una reciente publicación del Gran Oriente de Francia se lee: “La huella masónica de la Revolución francesa puede percibirse en las modalidades de funcionamiento y en muchos signos simbólicos adoptados por las nuevas instituciones... Sin embargo, entre 1793 y 1796, el Gran Oriente de Francia tuvo que ponerse casi totalmente en suspenso. En general, ello obligó a los francmasones a retractarse o a sufrir este régimen del Terror...”[7] Veamos la tragedia que esconde esta breve referencia.

Ni Luis Felipe de Orleáns, ni el duque de Luxemburgo parecen haber utilizado orgánicamente las logias en beneficio de sus respectivos partidos. Hay quienes afirman que detrás de la embestida de Luis Felipe en contra de la Corona se ocultaba la intención de reemplazar al rey y erigirse como nuevo jefe de una monarquía constitucional similar a la inglesa. En todo caso, más allá de estas teorías, el Gran Oriente parece haberse mantenido neutral.

En los meses previos a la toma de la Bastilla las logias aparecían despobladas al punto de ofrecer un triste espectáculo. La Asamblea General del Gran Oriente, celebrada el 6 de abril de 1789 apenas había podido reunir a una treintena de representantes. Esta situación no hizo más que agravarse, al punto que hacia 1791 nueve de cada diez logias habían batido sus columnas.

Se discutía acaloradamente acerca de la compatibilidad entre los deberes del masón y del ciudadano, y en la medida que se radicalizaba la Revolución, se desató un estado de sospecha sobre las pocas logias que habían sobrevivido a la hecatombe. El abandono masivo de las logias del Gran Oriente hace pensar que la mayoría de los masones entendieron que su deber estaba con la Revolución antes que con su Orden. Este mismo razonamiento nos lleva a pensar que la mayoría de aquellos masones habían dejado de concebir a la francmasonería como una escuela iniciática para entenderla como una estructura políticamente incompatible con su nueva condición de ciudadanos. O tal vez peor, simplemente nunca entendió que la francmasonería fuera una escuela iniciática.

El proceso debió ser doloroso, principalmente para aquellos grupos que resistían en su ortodoxia y trataban de sostener lo poco que quedaba en pie. Un exiguo y quebrado Gran Oriente repite una y otra vez que las logias no deben convertirse en clubes políticos y prohíbe que en los templos se reúnan sociedades profanas. Los archivos comienzan a ocultarse; las deudas son tan acuciantes que se hace necesario vender mobiliarios para poder pagarlas.

En diciembre de 1792 se realiza la última Asamblea General del Gran Oriente. Se constituye una suerte de comisión que debe velar por el auxilio a los hermanos cuya vida se encuentra en grave riesgo. Ya para entonces la persecución contra los masones se ha vuelto violenta y peligrosa. Numerosas logias son tomadas por asalto por las turbas y muchos masones van a dar con sus huesos a la cárcel. Pero aun falta el trago más amargo.

Luis Felipe de Orleáns decide que ha llegado el momento de enterrar a Su Alteza Serenísima y con ella a la propia casa de Orleáns. Cambia su nombre por uno más adecuado a los tiempos: Felipe Igualdad.

En una declaración pública, difundida el 22 de febrero de 1793 en el Journal de París, anuncia que repudia a la Orden Masónica que hasta entonces había presidido. El texto de su renuncia pública permite una aproximación al drama:

He aquí mi historia masónica. En tiempos en que seguramente nada preveía nuestra revolución, adherí a la Francmasonería que ofrecía una especie de imagen de igualdad, como más tarde me adherí al Parlamento que ofrecía una especie de imagen de libertad. Después abandoné al fantasma por la realidad...”

“... En el mes de diciembre último, el secretario del Gran Oriente se dirigió a la persona del Gran Maestro, para hacerme llegar un pedido relativo a los trabajos de esta sociedad. Le contesté a éste, con fecha 5 de enero: Como no conozco el modo como el Gran Oriente está compuesto, y que, por otra parte, pienso que no debe haber ningún misterio en ello ni tampoco ninguna asamblea secreta en una República, sobre todo en sus comienzos, no quiero saber más nada del Gran Oriente ni de las asambleas de francmasones...”[8]

Podrá comprenderse el impacto que produjo la renuncia de Luis Felipe en el núcleo que aun intentaba mantener a flote el Gran Oriente. El 13 de mayo, conocida la dimisión brutal del duque, la Comisión que todavía permanecía activa convocó a la tenida más sombría de la historia masónica de Francia. Abiertos los trabajos se dio lectura a la carta pública del Gran Maestre en medio de la desazón general. Aceptada por unanimidad y escuchadas las conclusiones del hermano orador, el Venerable Maestro procedió a declarar fuera de la Orden al ciudadano Felipe Igualdad. Seguidamente tomó la espada del Gran Maestre y, partiéndola sobre su rodilla la arrojó al pavimento de mosaico del templo.

Acallado el ruido del acero contra el piso, se procedió a efectuar una batería de duelo, tras lo cual, el Gran Oriente de Francia se extinguió.

6.- Masones contra masones

Mientras el Gran Oriente sufría esta debacle y se ponía en juego su propia supervivencia, las corrientes masónicas más tradicionales se mantenían expectantes y asumían posiciones que trataban de conjugar la salvaguarda de las libertades individuales con las prerrogativas legítimas de la monarquía. Masones como Mirabeau y La Fayette no habían abandonado al rey e intentaban impedir que los extremistas se apoderaran del gobierno.

Muchos masones de la nobleza creían que su esfuerzo debía centrarse en evitar un contragolpe realista pero, a su vez, defender al rey y a su familia de la turba. Estos nobles, llamados despectivamente monárquicos por los jacobinos, estaban alineados con los realistas constitucionales. Entre ellos se destaca la figura del conde Henri de Virieu –a quien hemos visto en el convento de Wilhelmsbad- sobre quien volveremos luego. Por su parte, los elementos de la Gran Logia Madre Escocesa, los líderes de la antigua la Estricta Observancia Templaria y la Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa del Régimen Escocés Rectificado permanecían hostiles a la Revolución y leales a Luis XVI.

Los gobiernos europeos tardaron en reaccionar. El rey Gustavo de Suecia, antiguo duque de Sudermania y uno de los líderes de la Estricta Observancia, comprendió rápidamente el mortal peligro de la Revolución y se puso al frente de la construcción de una alianza militar que enfrentara a los revolucionarios. El oportuno complot de un grupo de nobles suecos lo asesinó. Se cree que fue un golpe palaciego que nada tenía que ver con la Revolución. De ser así, los asesinos de Gustavo no sabían el tamaño favor que hacían a los revolucionarios franceses, ¿o sí?

La muerte de Gustavo fue una alarma, potenciada por el peligro que se cernía sobre la vida del monarca francés, cada vez más sólo y acorralado. Los nobles franceses exiliados en Alemania, como el duque D’Artois, hermano del rey y el marqués de Bouillé habían intentado rescatarlo. El ejército de Bouillé estaba listo para recoger a la familia real en Varennes en dirección a Renania, pero como sabemos, ocurrió el famoso episodio en el cual un revolucionario reconoció al rey y el pueblo impidió que llegara a la frontera faltándole sólo un kilómetro.

Esto decidió a Federico II de Prusia y al emperador alemán Francisco II a constituir un ejército combinado y enviarlo a la frontera sobre el Rin. Federico de Prusia, tal como hemos visto, era el jefe y protector de la masonería en su reino, en tanto que Francisco II -a la vista del peligro que habían representado para Francia los masones y los iluminados, y que su padre había sufrido en carne propia las andanzas de Weishaupt- se convertiría en implacable enemigo de la francmasonería.

La conducción del ejército combinado de Prusia y el Imperio, denominado como la “Primera Coalición”, recayó en un masón: el duque Carl Wilhelm Ferdinand von Brunswick, sobrino del Gran Maestre de la Estricta Observancia, nuestro ya conocido duque Ferdinand, quien fuera, junto con el príncipe Carl von Hesse Cassel y Jean-Baptiste Willermoz, factotum del Convento de Wilhelmsbad y de la reforma del Régimen Escocés Rectificado. El estado mayor del ejército austro-prusiano estaba conformado por militares en su mayoría masones y su objetivo quedó claramente expuesto en el manifiesto firmado por Brunswick en los campamentos de Coblenza el 25 de julio de 1792:

“Poner fin a la anarquía en el interior de Francia, detener los ataques contra el trono y el altar, restablecer el poder legal, devolver al rey la seguridad de la que ha sido privado y ponerlo en condiciones de ejercer la legítima autoridad que le corresponde...”
Pero el manifiesto produjo un efecto inesperado; los franceses se enardecieron frente a las amenazas de la coalición y esta circunstancia fue aprovechada por algunos masones radicalizados que, con Marat a la cabeza, incitaron a la muchedumbre a tomar como rehén al rey, haciéndole saber a Brunswick que lo ejecutarían en el caso de que sus ejércitos se atreviesen a cruzar el Rin.

El 10 de agosto se produjo el ataque final sobre las Tullerías y el rey, junto con la reina, fueron encarcelados en la antigua torre del Temple. Señalemos, de paso, que al frente de los marselleses que asaltaron el palacio marchaba un francmasón: Westermann. Cantaban un himno que había sido compuesto por otro masón de nombre Roger de Lisle en honor del ejército del Rin: La Marsellesa.

Al día siguiente la Asamblea Nacional destituyó al monarca y abrió el camino para la proclamación de la República. Ya no había espacio para los realistas constitucionales; muchos emprendieron el exilio, pero no todos lo lograron. La Fayette huyó de París, pero fue capturado por los austriacos que lo acusaron de sedición contra el monarca y lo tuvieron preso durante cinco años.

Como contrapartida, el masón Danton, convertido en nuevo ministro de justicia, invitó al pueblo a castigar sin piedad a los contrarrevolucionarios, acto que derivó en un baño de sangre en el que los religiosos se convirtieron en blanco preferido.

7.- La masonería en los días del Terror

Este breve panorama nos permite ver el grave quiebre de la masonería europea, dividida y enfrentada en una lucha a muerte. También nos permite comprender el complejo marco en el que se debían desenvolver los masones franceses leales al rey, así como la enorme dificultad que implica conocer hasta qué punto pudo haber influido la francmasonería en la Revolución. Pero dejaremos por ahora este análisis, pues aun falta relatar la página más negra de esta historia.

Instaurado el Terror, en enero de 1793 el gobierno revolucionario acusó al rey de haber mantenido correspondencia secreta con el enemigo y decidió juzgarlo por traición. La situación era compleja, puesto que no existía un criterio general en torno a qué hacer con el monarca. Un sector creía que debía ser condenado pero no ejecutado; otros pensaban que la decisión debía ser tomada por el pueblo y no por la Convención. Un tercer grupo planteaba lisa y llanamente la ejecución, entre ellos Danton quien había expresado “...Los reyes de Europa nos están atacando, arrojémosle la cabeza de un rey...”.

Celebrada la votación ganó el sector que propiciaba la ejecución. De inmediato se votó entre aplazar la ejecución en forma indefinida o aplicarla de inmediato. Nuevamente ganó el sector más duro por 361 contra 360, sólo por un voto: el del ciudadano Felipe Igualdad, que acumulaba entonces tres traiciones consecutivas, a su clase, a su Orden y a su propia familia. La sentencia fue ejecutada el 21 de enero.

Para ese entonces, mientras que unos pocos masones estaban en el poder, la mayoría ya sufría el exilio, la persecución y la cárcel. Se conoce una sola circular remitida por el Gran Oriente en 1793, en la que se solicitaba a todos los hermanos guardar con celo archivos y documentos, ocultar rituales y conocimientos masónicos a la espera de mejores tiempos. Algunas logias continuaron trabajando, pero de logia sólo tenían el nombre, pues en realidad se había convertido en clubes revolucionarios que apoyaban a la Convención. Entre ellas podemos citar a la Buena Amistad de Marsella, los Amigos de la Libertad y la Martinica de los Hermanos Reunidos en París. Actuaban de forma independiente y sin relación orgánica con ninguna potencia masónica.[9]

A fines de mayo, al anunciarse la prohibición de los Girondinos, Lyon se subleva contra la Convención, desatando la furia de los revolucionarios. Se produce entonces uno de los capítulos más sangrientos de la Revolución, en los que mueren numerosos masones de renombre, vinculados a la antigua Estricta Observancia.

Lyon había tenido una participación fundamental en todo el proceso previo a la reforma del Convento de Wilhelmsbad; de hecho, el Convento de Lyón de 1778 había sido el germen mismo del Régimen Escocés Rectificado. Allí vivía Jean-Baptiste Willermoz y allí se refugiaron varios líderes del movimiento en la medida que la revolución se radicalizaba. Sublevada la ciudad, la Asamblea Nacional dispuso el envío de tropas con la misión de desarmar a sus habitantes y entregar las armas a los defensores de la República, confiscar todas las propiedades y vienes y devastarla hasta borrar su nombre de los registros nacionales.

Nuevamente encontramos aquí a un masón al frente de las fuerzas revolucionarias, Kellermann; pero también hay masones a la cabeza de la defensa de Lyón. No sólo el mencionado Willermoz, sino también otros Grandes Profesos de la Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa, entre ellos el conde de Virieu, coronel de los regimientos del conde de Provenza.

Henri de Virieu era una de las figuras principales de la Estricta Observancia en Francia y había sido factor fundamental en la vinculación de los masones escoceses de Lyón y los líderes alemanes Carl von Hesse-Cassel y Ferdinand de Brunswick.

Según escribe Jean-Francois Var, el conde de Virieu estaba “apasionadamente dedicado a la causa del Régimen Rectificado, al punto que después de su nombramiento como mariscal de campo en el regimiento del Conde de Provenza, había intentado sin éxito crear en París una logia rectificada que habría sido destinada a convertirse en el Directorio de Francia”. En contrapartida – afirma Var- “fue él quien, en 1781, convenció al Duque del Havre y del Cröy de aceptar el cargo de Gran Maestro de la IIª Provincia. Y es por su mediación que, poco antes, Willermoz había podido presentar a Ferdinand de Brunswick y a Carl von Hesse las Instrucciones secretas de los Profesos y los Grandes Profesos”.[10]

Desde el inicio de la Revolución –al igual que muchos otros dirigentes de las más altas jerarquías de la masonería rectificada- había participado de los acontecimientos políticos.

Alineado en la categoría de los realistas constitucionales, había sido electo diputado de la nobleza a los Estados Generales. Incluso llegó a constituirse en Tercer Estado y votar la abolición de los privilegios. Pero ante el cariz que tomaban los acontecimientos, se puso al servicio de la familia real y formó parte de los nobles que se trasladaron a las Tullerías para velar por su seguridad.[11] Sus bienes fueron expropiados cuando se supo que, enviado por el rey, había tomado contacto con las fuerzas de Brunswick, acantonadas en Coblenza.

La insurrección de Lyón lo encontró organizando las defensas de la ciudad, que fue asediada desde el 8 de agosto al 9 de octubre de 1793. Cuando ya no había nada que hacer, en circunstancias que el conde de Precy intentaba un contra ataque, Virieu murió al recibir una bala en su cabeza. Poco después, el 28 de noviembre, uno de los hermanos de Willermoz, sería guillotinado, mientras que muchos otros masones morirían en el transcurso de las ejecuciones masivas llevadas a cabo por José Fouché, también masón.[12]

Como corolario diremos que apenas unos días antes, el 6 de noviembre, subía al cadalso el ciudadano Felipe Igualdad, ex Gran Maestre del Gran Oriente de Francia, ex duque de Orleáns, para ser guillotinado con el ingenioso invento de otro masón, el Dr. Guillotin.

[1] Britsch, Amedée, “La jeunesse de Philipe- Egalite (1747-1785)” París, Payot, 1926.
[2] Quoy-Bodin, ob. cit.p.43-44.
[3] Museo de la Francmasonería;” Colecciones del Gran oriente de Francia, Presentación histórica”.
[4] Reinalter, Helmut, “Masonería y Democracia” en “Masonería, Política y Sociedad”, Ferrer Benimeli (Coordinador) III Symposium de Metodología Aplicada a la Historia de la Masonería Española. Zaragoza, Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española, 1989. V. I p. 55 a 80.
[5] loc. cit.
[6] loc. cit.
[7] Museo, ob. cit. p. 15.
[8] Colinon, ob. cit p. 116.
[9] Colinon. ob. cit.
[10] Cf. Var, Jean-Francois; “Las Actas del Convento de Wilhelmsbad”, Barcelona, Cuadernos Verdes N° 3 editados por el Régimen Escocés Rectificado, 2002 p. 17 El “Cuadro de diputados componentes del convento general de los Francmasones reunidos bajo el Régimen rectificado convocados en Wilhelmsbad” que figura en cabeza de las Actas lo califica así: “El Rev. H. Conde de Virieu, Coronel del Re. De S.A.R. Mons. El Conde de Provenza, in O. Henricus Eq. A Circulis, representando y provisto de plenos poderes del Rev. Maestro Provincial de la IIª Provincia (Auvernia) Eq. A Portu optado (Duque del Havre & de Cröy). Salido de una antigua familia del Delfinado, Françoise-Henri de Virieu, Comendador de Grenoble y Gran Profeso, era, en despecho a su edad –nacido en 1754, tenía en esa época 28 años- uno de los colaboradores de confianza de Willermoz, uno de sus coadjutores, según palabras de Le Forestier”.
[11] Var, loc. cit.
[12] Cf. Máscolo, Miguel Angel, “José Fouché”. Buenos Aires, Revista Símbolo, N° 76, 2002.

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