sábado, 26 de mayo de 2012

Masonería Cristiana: La historia que aún no se ha contado


Notas Preliminares hacia una nueva Historia de la Masonería Cristiana

Iglesia de San Bartolomé en Logroño, cuidad en la que escribí
hace seis años, los primeros apuntes de este libro. Su fachada es un claro ejemplo
de la potencia del relato que el masón es capaz de narrar en la piedra


Notas Preliminares:

1.- El abordaje a un tema difícil y confuso

El destino quiso que mi vida se topara con las sociedades secretas en forma precoz. A fines de la década de 1970 cuando fui iniciado en círculos martinistas y rosacrucianos, que en aquella época florecían en Buenos Aires, sin embargo, la masonería me fue esquiva hasta 1989, año en el que fui admitido en una logia.

Pero tuve la suerte de tener noticias de la masonería a edad muy temprana y acceder a libros en los que pude comprender que estaba frente a un fenómeno complejo. En efecto, en la medida que se acumulaban en mi biblioteca, esos libros me mostraban facetas absolutamente diferentes respecto de la sociedad de los masones. Algunos textos eran prácticamente incomprensibles para un profano: Remitían a disciplinas como la alquimia, la cábala y el corpus de libros que conocemos como hermetismo. Otros hablaban de una secta infame creada para destruir a la Iglesia Católica. Los más numerosos reivindicaban su carácter libertario, su participación en revoluciones y gestas emancipadoras. En algunos casos se los acusaba de ser infiltrados por los jesuitas, en otros de haber cobijado a magos y hechiceros de todo calibre. Muchos de estos libros habían sido escritos por masones, que hablaban de los secretos de la Orden e incluían los manuales de cada grado con pelos y señales. Otros, en cambio, eran de autores vinculados a la Iglesia Católica o a sectores nacionalistas, que veían en la masonería a eje de todos los complots. Por entonces no había internet; aun así, el panorama masónico se presentaba inasible. De modo que cuando finalmente fui iniciado, a los treinta años, no tenía claro cual de todas las versiones me tocaría en suerte.

Con el advenimiento de la web todo se hizo más confuso, caótico y descontrolado; la sociedad de los masones “la buena sociedad” –como se titula un libro olvidado del H.·. Avalos Billingursth- se volvió popular, a la espera de que la posmodernidad llegara a sus puertas para invadirla como la maleza a una casa abandonada. Crecí en una masonería que propiciaba abrir sus templos a la sociedad y, de hecho, fui testigo de lo que sucedió en los últimos veinticinco años. En ese lapso, que equivale a gran parte de mi vida adulta, pude comprobar que el panorama variopinto que mostraban los libros era verosímil con la realidad de la masonería; que no había una sola versión sino muchas. Que existían diversas masonerías tan extravagantes y tan serias como sobre las que había leído en mi adolescencia y que –para mayor sorpresa- en cada una de estas no existía tampoco una unidad de criterios respecto a temas como Dios, la vida, la muerte, el alma, el buen gobierno etc.; que existían principios fundamentales, una suerte de normativa consensuada a la que se denomina landmarks, que algunos interpretaban de una manera y otro de otra; que como consecuencia, los masones no sólo sufrían la excomunión de algunas iglesias sino de la de ellos mismos que se prohibían los unos visitar a los otros bajo pena de expulsión. En efecto, los libros no me habían mentido.

¿Cuál de estas era la verdadera masonería? ¿Había acaso una verdadera? Partiendo de la premisa de que para que haya una moneda falsa debió primero existir una original, decidí dedicarme seriamente al estudio de los orígenes de la Orden sin saber que, con el correr del tiempo, descubriría un tesoro de experiencias y conocimientos insospechado. Sería tedioso para el lector escuchar el relato completo de esta búsqueda, pero también estaría incompleto este libro si no explicara, especialmente a mis HH.·. de qué manera y por qué vías llegué a las conclusiones que expongo ahora y que resumen seis libros que las preceden. Porque -como una vez me dijo un duro contrincante en una discusión abierta al público- no todo es tomar te con masitas y esto que hoy expongo con claridad debió sufrir la zaranda de la duda, de las presiones internas y externas y el agrio gusto de ataque personal.

En el balance, luego de doce años de publicado mi primer libro sobre los orígenes cristianos de la francmasonería, debo decir que estoy plenamente satisfecho. Tuve la oportunidad de aprender y confrontar con numerosos masones de gran reputación y de integrar academias y centros de estudios en los que puedo exponer mis ideas en un ambiente de armonía y respeto. Finalmente he comprendido que la masonería jamás tendrá una teoría del campo unificado porque continúa alejándose de sus raíces y que ni siquiera podrá conformar una verdadera liga universal. El universalismo masónico es infinitamente más difuso que el de cualquiera de las religiones denominadas universales. Y no porque se trate de una sociedad de librepensadores sino porque con el correr de los siglos, algunas de sus expresiones se han apartado tanto de su matriz original que apenas conservan el nombre de un oficio que nunca conocieron, con una historia que nadie les contó. Este libro pretende llenar ese vacío respecto a los orígenes y la historia cristiana de la Orden de los Francmasones.

2.- La necesidad de una Historia de la Masonería Cristiana

Dice una definición generalmente aceptada que el propósito de la ciencia histórica es la fijación fiel de los hechos y su interpretación, ateniéndose a criterios de objetividad. Es cierto que debe abordarse la historia con un método científico, sin embargo, la misma definición admite que la posibilidad de cumplimiento de tales propósitos y el grado en que sea posible son en sí mismos objetos de debate. En tal caso, la historia deja de ser una ciencia.

La investigación de un hecho puede resolverse mediante el análisis de testimonios, crónicas, documentos, fuentes en sentido estricto, tal como las denominamos. Pero también por otras a las que llamamos indirectas, tales como tumbas, medallas, monedas, objetos etc., que por tales no dejan de ser importantes en el análisis del contexto de un suceso. Nuestro libro no intenta narrar un hecho sino una historia en su definición más amplia, es decir, un período transcurrido, en este caso desde la aparición de la masonería en el Occidente cristiano hasta nuestros días. Su objeto primario es aportar la documentación en la que se fundamenta el origen cristiano de la masonería. Pero no sólo eso.

La necesidad de este libro nace de una controversia que divide actualmente a la denominada francmasonería, básicamente entre quienes anclan su origen en la lucha por la secularización de la sociedad, es decir, el advenimiento del laicismo en todas sus formas, como su objetivo fundamental y entre quienes creen que lejos de esto, la masonería se forjó en el seno de las órdenes religiosas de la Edad Media y se desarrolló hasta convertirse en una vía iniciática cristiana, es decir, en una Escuela de Misterios con una doctrina propia, sustentada en el Antiguo Testamento, El Evangelio de Jesucristo y en los escritos de los Padres de la Iglesia. En el primer caso estaríamos frente a un fenómeno creado con fines exclusivamente sociales y una tarea dirigida al proceso que llevó a la separación de la Iglesia del Estado y que persigue el confinamiento del hecho religioso al ámbito exclusivo de la vida privada. En el segundo estaríamos definiendo un fenómeno presente en todas las civilizaciones que han existido sobre la Tierra, una elite de personas que mediante una metodología determinada accede a una espiritualidad más profunda que la del común de sus contemporáneos, en este caso en el espacio cultural cristiano.

Aunque resulte curioso hoy llevan el mismo nombre instituciones enmarcadas en los dos casos referidos, con todo un amplio grado de matices entre ambos extremos. Esto sólo puede ser producto de una confusión enorme que, por otra parte, afecta no sólo a los propios masones sino a quienes sin pertenecer a la masonería intentan comprenderla.

Durante muchos años medité acerca de la tarea del historiador. Mi conclusión es que básicamente, quien estudia la historia trata de zanjar la distancia entre el hecho narrado y el hecho vivido. Reúne datos, los ordena y los confronta. Pero fundamentalmente debe entender la mentalidad que animaba a los sujetos que investiga, pues en definitiva se trata de sujetos, seres biológicamente parecidos a nosotros pero seguramente diferentes en su percepción de las cosas. Es así que resulta contra natura redefinir en términos modernos un símbolo que fue concebido en el claustro de un monasterio. No puede aplicarse ese símbolo de modo descontextualizado, porque estaríamos cambiando el concepto que trataba de transmitir por otro que tiene que ver con nuestro tiempo y no con el de aquél que nos ha legado su significado.

Lo cierto es que desde principios del siglo XVIII la historia de la Masonería se ha contado una y otra vez a tal punto que, probablemente, el título más repetido en la temática masónica es justamente “Historia de la Masonería” o el más pretensioso “Historia General de la Francmasonería”. Todos ellos parten del mismo año, dedicándole apenas unas pinceladas a los mil años anteriores en los que, paradójicamente, sustentan su razón de ser. Esta es la raíz del problema. El proceso que se inició en 1717, abriendo las logias a hombres de distintas religiones o ninguna, culminó sustituyendo definitivamente a aquellos mil años precedentes cuando la Revolución francesa pasó a degüello a los masones cristianos, para apropiarse luego del aparato construido en torno a las logias y su secretismo. Pero el secreto iniciático pronto se vio sustituido por el necesario a cualquier conspiración. Con un poco de empeño y la inclinación de los pueblos hacia el sentimiento ancestral del complot, la masonería quedó asociada al fervor revolucionario en contra del trono y del altar. Nada más alejado del cristianismo en el que murieron infinidad de masones en las guillotinas de París, las calles de Lyon o las marismas de Culloden donde escoceses y franceses regaron con su sangre suelo inglés.

La pregunta que surge cuando nos encontramos con este punto es porqué razón se han distorsionado los hechos. Evidentemente han existido razones poderosas para ocultar rasgos fundamentales de la masonería. Y una de las herramientas utilizadas para la descristianización de la Orden ha sido precisamente la recurrente imposición de una suerte de orden cronológico. He explicado en la introducción al estudio de la obra de san Beda De Templo Salomonis Liber, que Las cronologías son a la Historia como un  álbum de fotografías a la vida de un hombre. Nos indican un lugar y un momento, pero nos ocultan el camino. Nos hacen creer que la vida es el instante cuando en realidad el suceso nunca podrá explicarnos el proceso. La historiografía de la Masonería sufre del mal de las cronologías y en el álbum de su larga vida se han omitido las fotografías de algunos sucesos y ocultado las de otros. Como un hombre que decide mostrar de su vida sólo aquello que hace a ciertos intereses determinados, algunos masones han elegido minuciosamente la cronología de la masonería y la han impuesto con éxito.

Otro aspecto importante, que ha contribuido a la desnaturalización de los orígenes de la masonería es la inclinación de muchos masones a referirse a leyendas y confundirlas con hechos históricos. Esta cuestión es crucial, porque en la literatura masónica es frecuente encontrar disparates tales como que Adán fue el primer masón o con afirmaciones más suspicaces, como es el caso de algunas Constituciones supuestamente masónicas que ya han sido descartadas por los estudios más serios pero que siguen citándose cual si se tratara de documentos reales. Entre uno y otro extremo hay cantidad de leyendas que conformar el cuerpo alegórico de muchos rituales relativamente modernos. Confundir la alegoría de un relato ritualístico con un hecho estrictamente histórico ha sido la fuente de inspiración de centenares –por no decir miles- de libros y artículos que sólo agregaron más confusión al tema para beneplácito de los racionalistas.

Lo mismo a ocurrido con la irrupción de la caballería en el seno de las logias, especialmente el templarismo de los siglos XVIII y XIX que se filtró en infinidad de ritos y que sólo en algunos -como es el caso del Régimen Escocés Rectificado- pudo resolverse de manera adecuada. Por todos estos motivos y otros que expondré a lo lardo de la obra, es que se hace necesaria una obra dedicada al origen cristiano de la masonería, porque de ese modo estaremos demostrando que la Masonería Cristiana no sólo tiene una base histórica solida sino también un ordenamiento que lejos de manipular los símbolos y los rituales ha  intentado una y otra vez rectificar el rumbo, manifiesta y reiteradamente alterado por intereses ajenos al oficio. Pero, ¿De qué oficio hablamos?

El oficio de construir es tan antiguo como el hombre. En el Antiguo Testamento se hace referencia a extraordinarias construcciones antediluvianas como la Torre de Babel. La historia nos enseña acerca de cofradías de constructores en la antigüedad, hacedoras de  portentos de ingeniería arquitectónica que aún nos sorprenden por su grandeza, su simbolismo y la pericia de su diseño. Estas obras, en su mayoría, tenían un sentido sagrado, lo que nos hace pensar que la arquitectura, desde los albores de la civilización, ha sido el reflejo de una actitud espiritual y trascendente.

En Europa esta herencia antigua cobró una identidad propia con la construcción de capillas, iglesias y catedrales. La arquitectura sagrada se vio expandida a lo largo y ancho de Occidente y se convirtió en el modelo sobre el cual se edificaría la espiritualidad y la política de todo un Imperio. Este legado de la denominada Antigüedad Clásica se transformó un parte vital de la vida humana y cada templo cristiano se integró a una red extendida de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, como si se tratase del sistema circulatorio de un organismo vivo, capaz de llevar el arquetipo cristiano hasta los confines más inhóspitos.

Pero a diferencia de las construcciones megalíticas del mundo protohistórico, o las moles de piedra de Egipto o Sumer, o los refinados Panteones y Laberintos de la Antigüedad tardía, la arquitectura cristiana se pensó como la representación ontológica del hombre y puente entre él y Dios. En efecto, las grandes catedrales son una expresión de la naturaleza humana en su esplendor y su belleza, tal como fue hecha por el propio Dios a su semejanza. Esta particularidad otorga al marco de la arquitectura cristiana un sentido único, diferente a todos sus antecedentes históricos. En ese marco nació la masonería.

Más allá de la importante tradición constructora de las antiguas culturas del Mediterráneo oriental, cuyas obras son muestra evidente de un profundo conocimiento técnico y de la dimensión sagrada del arte de erigir templos, lo cierto es que la masonería, tal como la conocemos, es fruto del espacio cultural cristiano. Es decir, se desarrolla en una geografía extendida en aquello que Raimon Panikkar denominaba especie cultural cristiana. Por lo tanto, estas antiguas tradiciones de las corporaciones de constructores de la antigüedad, se verán subsumidas y enriquecidas en un nuevo significado, propio del judeocristianismo.

En la iconografía cristiana, Dios es un Cosmocrator. Cristo asume el rol de constructor del mundo. Las figuras de Dios Padre y de Dios Hijo pueden observarse en infinidad de frescos en los que sostienen un compás en su mano. Es un compás con el que trazan la creación del mundo. Esta tradición dará lugar al nombre de Gran Arquitecto del Universo. Remitimos al lector a la imagen del poderoso cuadro de William Blake como muestra de la persistencia de esta imagen dentro del ideario religioso y poético de occidente.

Pero más allá de este vínculo entre la Divinidad y la construcción, el cristianismo ha dado a la piedra un significado profundo desde sus mismas raíces. Cristo, hablándole a san Pedro, le dice que sobre esa piedra –el propio Pedro- se edificará Su Iglesia. A partir de esta afirmación se construirá todo un contexto alegórico, una estructura figural y una simbología destinada a otorgar a la piedra una dimensión ontológica. Es decir, la piedra deja de ser sólo el material con el que se construye sino que toma la dimensión del propio constructor. Hay aquí una diferencia sustancial con el mundo pagano, que descubrimos en el mismo momento en que el hombre es comparado, alegóricamente, con la piedra.

Piedra es el propio Cristo, tal como nos lo indica san Pablo en su Epístola a los cristianos de Efeso, cuando les dice que “Ya no son extranjeros ni forasteros, sino que son ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes se van integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu”.

El cristiano se convierte en piedra potencial del Templo Consagrado. Pero potencial en tanto que -como luego encontraremos reafirmado en los Padres de la Iglesia y en la concepción figural del monasticismo benedictino- no cualquier piedra puede insertarse en el sagrado muro sino una que haya sido previamente cuadrada. De allí, a la dimensión simbólica de la piedra en bruto que debe cuadrarse, señalada con meridiana claridad por san Beda en el siglo VIII, hay sólo un paso.

Esta cualificación de la piedra cuadrada (llamada cúbica por los masones) como símbolo del cristiano apto para la integración del Templo Consagrado, la encontramos fuertemente difundida en los siglos VIII y IX. Pero lejos de culminar su ruta como modelo de transformación, la piedra convertida en símbolo del hombre que trabaja sobre sí mismo, alcanza una expresión superior en Honorio de Autum (circa 1080 - post 1125), que exigirá a todo hombre que construye literalmente una iglesia, que sea un Hominus Cuadratus, un hombre en escuadra, alguien que haya conseguido hacer de su piedra en bruto una capaz de encontrar su sitio en la construcción del Templo. El artista no sólo debía entrenarse en su técnica y su habilidad, sino también en la praxis de una moral cuyos ejemplos debía buscar en las sagradas escrituras. Al leer la obra de Teófilo acerca de las técnicas del arte, titulada Diversarum Artium Schedula  -considerada muy importante por su significación técnica- nos encontramos con el concepto de que un hombre que construye un Templo no puede menos que reconocer la premisa de la construcción de un templo interior en el que reine la virtud, misión a la que está convocado a partir del aprendizaje en el uso de las herramientas. Esta simbología será recogida y desarrollada a niveles extraordinarios por la propia tradición de los masones primitivos, los constructores de catedrales.

Mientras que en el mundo pagano la construcción de los templos quedará para la mano de obra de los esclavos, en el mundo cristiano cada eslabón de la larga cadena, desde la cantera hasta los capiteles más delicados, quedará en manos de hombres que son conscientes de la obra que realizan y que, además, seguramente no la verán terminada. Podríamos citar innumerables ejemplos de pueblos enteros arrastrando los carretones que llevan a las grandes piedras desde la cantera a la obra. Ya no importa si se trata del tosco cantero que arranca una astilla de roca a la montaña, o si de los peones aprendices que trasladan aquellas moles inmensas al local de la logia, o si de los artistas que llegan a esculpir las nervaduras de las hojas de acanto en los perfiles de las columnas de piedra. Lo que verdaderamente importa es que son hombres libres, que han abrazado, por vocación o tradición familiar, una profesión que los mantiene en contacto con lo sagrado, hasta convertirlos en parte misma del Templo.

La masonería moderna es –debiera ser- heredera de este espíritu, que se banaliza cuando queda reducida a una institución que socializa, que centra su acción únicamente en su indudable capacidad de diálogo y confraternidad entre los pueblos o se limita a la beneficencia y la filantropía. Todo esto forma parte de la masonería moderna: Sociabilidad, confraternidad, defensa de los derechos humanos, lucha por la libertad de los pueblos e igualdad de las personas. Pero todo ello si primero anteponemos el ADN de aquella semilla plantada hace ya siglos, en la que germinó un método de transformación interior que vuelve al animal humano un hombre espiritual capaz de comprender y trasmutar su propia naturaleza. 

Hacia el siglo VIII ya estaba claramente definido qué era un masón. El vocablo tiene su origen en la alta Edad Media, en tiempos anteriores al Imperio de Carlomagno. Según san Isidoro de Sevilla se denominaban machionis (albañiles) a los trabajadores de la construcción, a causa de las machinas (andamios) que utilizaban para alcanzar la altura de las paredes. De este vocablo machio derivan los términos macón (francés), mason (inglés), masón (español), maurer (alemán) y muratore (italiano). En síntesis, un masón no era otra cosa que un albañil que trabajaba en el andamiaje con el que se construían los muros. De este modo, san Isidoro los diferenciaba de los tectonas griegos, constructores de paredes y techos y de los arquitectos, que eran los que “disponían los cimientos”[1]

Los masones, entonces, quedaban definidos como tales, albañiles, nombre que conservan en muchos idiomas trece siglos después. Con posterioridad a san Isidoro, en el marco de las grandes construcciones abaciales –las llevadas a cabo por monjes albañiles en el marco de las abadías y monasterios- aparece el término magister caementarius, maestro albañil, considerado un trabajador calificado en el ámbito de las órdenes monásticas, en particular la de los benedictinos. Podemos encontrar numerosas referencias a estos maestros albañiles en las Constituciones de cuño cluniacense, en particular las redactadas por Udalrico de Cluny, Bernardo de Masilia y Wilhelm de Hirschau. Este oficio tuvo también una decisiva importancia en la reforma de Cister dando lugar, como veremos, a una más compleja jerarquía entre los trabajadores de la construcción.

La cantidad de referencias a estos masones, tanto entre los cluniacenses como entre sus hermanos cistercienses, permite un estudio directo, amplio y documentado respecto del oficio de estos monjes y de los laicos que paulatinamente fueron introducidos en los talleres. Oficio que recibió, naturalmente, el nombre de masonería. En vista de tales antecedentes, la historia de la masonería no puede enmarcarse fuera de la del cristianismo ni la de Europa, en virtud de lo cual su análisis se torna necesariamente cristiano y eurocéntrico. Sabemos de antemano que esta afirmación, que nos resulta tan obvia, provoca fuertes rechazos en un amplio arco de la actual francmasonería y entendemos que este rechazo es lógico si nos adentramos en el marcado proceso de descristianización que la masonería sufrió a partir de 1717, cuando los pastores Anderson y Desaguliers comenzaron la tarea de universalizarla para poder captar hombres provenientes de otras corrientes religiosas e incluso agnósticos. Pero pese a estos esfuerzos, que llevan casi tres siglos de industrioso empeño, no se ha logrado desvincular a la Orden de su carácter cristiano, pues para ello habría que rescribir toda su historia o vivir ocultándola, cosa que es imposible.

También sabemos a priori que aquellos que niegan esta profunda relación entre masonería y cristianismo, frente a la abrumadora cantidad de documentos que la prueban, recurrirán de inmediato al argumento que separa a la historia de la Orden de su simbolismo actual. Este libro da por tierra con este atajo con el que se pretende escapar del laberinto en el que algunas expresiones masónicas se han metido, porque toda la simbología masónica, es decir, la que construye el lenguaje de símbolos que actualmente se utiliza en las logias, no sólo proviene del Antiguo y del Nuevo Testamento sino que fue desarrollado minuciosamente por monjes benedictinos que le dieron su cariz actual entre los siglos VIII y XI, es decir, cuando aún el Imperio se encontraba bajo férreo control de la religión católica romana y sus monasterios eran el único refugio del saber humano en Occidente. Entonces a los orígenes históricos se suman los de su simbolismo. Ambos tienen un génesis definitivamente cristiano.

3.- Las fuentes

Hemos hecho referencia en nuestro apartado anterior al tema de las fuentes. Sin ánimo de generalizar, la mayoría de los libros sobre historia de la masonería no han sido escritos con metodología científica, salvo los trabajos producidos en las distintas academias y centros universitarios que en los últimos años han desarrollado la masonología como materia que analiza el fenómeno masónico. El abordaje de la historia de la masonería requiere un marco general y una aproximación minuciosa al mundo medieval. No basta mencionar a los canteros, ni a los constructores de catedrales sino que es necesario analizar el proceso que dio nacimiento a esta civilización constructora que no en vano ha sido comparada por historiadores como Paul Johnson con otras culturas de la piedra, como el antiguo Egipto o la Masopotamia.

Pero tampoco puede reducirse al límite cronológico que los manuales de historia imponen a las fronteras del mundo medieval. Étienne Gilson plantea un problema radical al abordar la filosofía en Edad Media; en su obra fundamental afirma que al hablar de filosofía medieval resulta insoslayable el análisis del pensamiento de las primeras comunidades cristianas y el de los Padres de la Iglesia. Dice Gilson que si se quiere estudiar y comprender la filosofía de esta época, hay que buscarla donde se encuentra, es decir, en los escritos de hombres que se presentaban abiertamente como teólogos o aspiraban a serlo. Para Gilsón la historia de la filosofía de la Edad Media es una abstracción de una realidad más vasta y más comprensiva, que fue la teología católica medieval. [2] Del mismo modo, hablar de los canteros medievales o de los constructores de catedrales como los antecedentes históricos de la masonería resulta una abstracción del contexto teológico medieval del cual son apenas su expresión arquitectónica en un período determinado de tiempo.

Desde luego que no se trata de encontrar bases teológicas en la masonería medieval –que las tiene- pero sí de determinar el origen de estas corporaciones de oficio que encuentran sus antecedentes en modelos asociados al monasticismo, tanto en los aspectos propios del oficio y la organización de los talleres de construcción como así también en el simbolismo –palabra que por entonces no existía pero que se puede asimilar al concepto de “alegoría”- con el que fue impregnado el espíritu de los constructores. El análisis de las fuentes provenientes del mundo monástico da por tierra con la pretensión de construir una historia de la masonería a partir del nacimiento de las guildas y las corporaciones de oficio, puesto que encontramos en el mundo monástico estructuras anteriores al proceso de secularización que coincide con la construcción de las catedrales. Podemos ir aún más atrás y descubrir que mucho antes de que fuera erigida la primera catedral ya existía un modelo masónico mediante el cual, la incipiente alta Edad Media comenzaba a encontrar los arquetipos que resultarían en la base del futuro lenguaje simbólico de los masones.

Al utilizar un criterio parecido al que Gilsón aplica a la historia de la filosofía medieval nos encontramos con un universo que cambia radicalmente la visión de la masonería como un oficio devenido en sociedad secreta para elevarlo a la estatura de artífice primario de la construcción religiosa, política y social de la Edad Media. Esa nueva visión ubica al masón como un hombre consciente del cosmos en el cual construye un Templo para la Gloria de Dios desde su percepción humana de la divinidad. Panikkar denominaría a esto como una visión cosmoteándrica, una idea integrada del Cosmos, de Dios y del Hombre, que trató de explicar toda su vida y que pocos comprendieron. ¿De qué modo sino explicar la maravilla que representa el conjunto de miles de catedrales, iglesias y abadías construidas en toda Europa? ¿Podemos acaso imaginarnos este proceso de siglos sin una conducción subsumida en un modelo cosmológico y antropológico cristiano? Si los medievalistas contemporáneos, en particular George Duby, al referirse al lenguaje de la Piedra, hablan de una pedagogía de masas ¿Podemos creer que un plan pedagógico universal pudo concebirse de manera espontanea y aplicado por obreros rudos con sus nudillos deformados por los golpes del mazo y la erosión de la argamasa? ¿Es posible plantear una historia tan ingenua de la masonería? Definitivamente no.

En 1998, en un reducido círculo de estudiosos de la francmasonería, planteé por primera vez la necesidad de explorar de forma metodológica lo que algunos autores referían en torno a los vínculos del monasticismo con la masonería medieval. En Francia, Paul Naudon mencionaba específicamente a los benedictinos en su obra Los Orígenes Religiosos y Corporativos de la Francmasonería. En Francia Danton, un siglo antes, rendía tributo en un párrafo al conde palatino de Seheuren, Wilhelm de Hirsau. En Argentina, Marcial Ruiz Torres, en su manual del Maestro Masón mencionaba nuevamente al conde Wilhelm y una extensa bibliografía alemana lo reconocía como “creador de las primeras logias alemanas”. En Alemania autores como Sonnekalb y Karl Bayer habían estudiado la similitud entre el Ritual del Maestro Masón y los rituales de Profesión de Fe en la Orden Benedictina. En España, Miguel Gimenez Sales advertía que la leyenda de Hiram ya era conocida en el siglo XI por el monje Walafrid Strabón. Todo parecía apuntar a un enigma mencionado a medias, guardado en las abadías benedictinas. Estas menciones, apenas párrafos incluidos en obras serias y documentadas, constituyeron la base sobre la cual comencé el análisis de fuentes hace ya catorce años. 

Pero fue en 2006, frente a la Iglesia de San Bartolomé, en Logroño, mirando esa historia terrible tallada en la piedra, que entendí que mi tarea era reunir lo disperso y rectificar una historia real sustituida por apenas un conjunto de leyendas: La moneda falsa, en efecto, había sido copiada de una verdadera y este libro, que verá la luz en 2013 si Dios quiere, cuenta precisamente esta historia.

           

           



[1] San Isidoro, Etimologias, 1.4 Arquitectura
[2] Gilson, Étienne. La Filosofía en la Edad Media; Gredos, Madrid, 1976, p. 8 y ss.

7 comentarios:

  1. Valoro mucho tu empeño y esfuerzo querido Eduardo por entender y explicar los origenes de la Orden.
    Confieso que te leo minuciosamente, me resulta de extraordinaria necesidad indagar en nuestra historia.
    Asumo que no podemos hacer masonería como se nos venga en gana, porque somos custodios y no dueños de esta tradición, es imperativo conocer entonces, tanto desde lo ritual como desde lo histórico, ese cordón-secuencia que nos enlaza con los originarios, solo sabiéndolos, entendiéndolos, podemos saber y entender cual es el lugar y el deber del masón contemporaneo.
    Y no importa si se coincide o no con tus conclusiones o tu línea de investigación, que haya alguien escudriñando las piedras de nuestra historia es lo bastante provocativo y movilizador como para estimular a muchos a buscar seriamente nuestros origenes.
    Fraternal y agradecido abrazo
    fernando

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  2. Querido Fernando, gracias por tu comentario. Estoy convencido de que a la larga, la vida depura lo importante de lo accesorio. Sabemos ambos que es muy difícil ser objetivo en estas cosas, pero de eso se trata. Poner a la luz los datos, más allá de la interpretación propia. Luego, que cada uno haga sus propias conclusiones. Te retribuyo el abrazo, reiterándote mi gratitud por haberte tomado el trabajo de leer ésto.

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  3. Mi Querido Amigo Eduardo, veo que la saga aún no ha terminado y me alegro. Los masones cristianos, apaleados una y otra vez por nuestros "Queridos Hermanos" liberales necesitamos romper con los mitos modernos de una masonería sin causa, sin rumbo y sin destino. Todo aquello que sea escrito para difundir nuestra verdadera historia ayudará a los distraídos a no errar el camino. Y a los que nos ven como enemigos: A quitarles la careta y los argumentos falaces con los que nos han despreciado tanto. Vivat!!!

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  4. Querido Francisco, gracias por tu comentario. Creo que esta tendencia a "apalearnos" está en franco declive. Me da la sensación de que muchos HH.·. comienzan a reaccionar y que en la medida que se difunde la existencia de esta masonería cristiana (hasta hace poco practicamente desconocida en América Latina) nada será igual. Abrazo fraternal

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  5. A menudo leemos sobre los “ideales francmasónicos” que se repiten incansablemente: “Ciencia! Justicia! Trabajo!” y “Libertad! Igualdad! Fraternidad!” y muy gravemente: “Fuerza, Sabiduría, Belleza”... “Ideal” es aquello que debería ser pero no es, una meta por conquistar.

    Es posible, como se lee, que la masonería moderna y liberal, a través de sus hombres, haya impulsado la formación de gran parte de los mayores organismos internaciones que persiguen la paz mundial, el acceso a la educación, el alimento para los países más pobres, el cuidado ambiental y una mejor calidad de vida a escala mundial.

    Sin embargo la historia mundial en los últimos 300 años –especialmente durante los últimos 90- muestra con una mueca de dolor su hambre, su enfermedad, la permanente provocación de guerras y su sostén, su deplorable acceso a la mínima calidad de vida aceptable...
    ¿Los organismos internacionales que pretendieron en sus principios plasmar en el mundo el ideal masónico son responsables (cómplices?) de este estado de cosas?

    ¿Ha fracasado la masonería moderna en traer al mundo la ansiada paz y prosperidad?

    ¿Tiene ello relación con la lucha por la “libertad de pensamiento” y la lucha por la absoluta libertad de conciencia y/o laicidad?

    ¿Es posible debatir en los talleres sobre las relaciones del hombre con la dimensión divina –no sólo sobre religiosidad en sentido amplio- sin generar bostezos y disimuladas sonrisas en los oyentes?

    ¿Es posible discurrir sobre la vida interior, la meditación, la contemplación, la oración, como caminos a la espiritualidad sin ser tildado denostatoriamente de “mistico”?

    ¿Es permitido discurrir sobre el idealismo –aún respecto del ideario masónico- sin ser tratado de “soñador”? En todo caso, son perfectos “durmientes pero no soñadores” muchos de los que ciñen mandiles y collarines pero que ignoran o desdeñan las profundas enseñanzas que los antiquísimos símbolos prometen al sincero buscador de la Gran Verdad Silenciosa que nos mira con Su Ojo dentro del Delta Sagrado.

    El fracaso de aquellos ritos masónicos “modernos” (liberales) radicó en desalojar de las logias lo Divino, lo Profundo, lo espiritual, sosteniendo aún hoy el endiosamiento de La Razón, la que parece, al menos desde hace 300 años, el aspecto femenino del Dios Mercado.

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  6. Mi muy estimado H.: M.:, me ha gustado mucho vuestro artículo y espero con ansias ese libro ya que siendo un cristiano me agradaria que mis dos amores tuvieran el mismo origen. Os recomiendo la lectura del escrito apócrifo "el pastor de Hermas", en donde se habla de la piedra angular y cosas muy parecidas a las descritas aquí.
    Wellington Hernádez
    Rectitud no.22, oriente de Guatemala

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  7. Muy ilustre h:

    Por algo diría San Efren "La Cruz es el árbol de la vida", árbol vetero testamentario que evoca a la serpiente de bronce; y el Nuevo Testamento: "Jesús les dijo, la piedra que desecharon los constructores, esa, en piedra angular se ha convertido". Mateo 21:42..." Este Jesús es la piedra desechada por vosotros los constructores" Hechos 4:11. Toda una cultura masónica y cristiana plasmada en la piedra y proyectada en los rayos iridiscentes de los vitrales de la antiguas catedrales. Un paralelo curioso para la "liberalidad" de ciertas masonerías modernas.

    Adolfo, Colombia.

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