Estimado Lector de Temas de Masonería

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sábado, 5 de mayo de 2012

¿Qué esperamos de quien ha de golpear a las puertas de nuestras logias?


Que las costumbres castas y severas sean tus compañeras inseparables, y te vuelvan 
respetable a los ojos de los profanos; que tu alma sea pura, recta, veraz y humilde
Regla Rectificada, Art. VII


Como toda institución humana, la francmasonería es un organismo vivo. Sus filas se nutren de individuos a los que llamamos profanos (que significa que están a las puertas del templo, pero todavía no dentro) a quienes, mediante un rito de pasaje, llamado Iniciación,  convertimos en masones, en iniciados. Desde épocas remotas se ha discutido acerca de las virtudes que deben decorar a un profano que llama a las puertas de nuestros Templos; es un tema de debate. Sin embargo, a nadie escapa que el verdadero -y único- poder real de una Obediencia Masónica radica en la calidad de sus iniciados.
En la medida en que las distintas masonerías han vuelto más flexibles sus condiciones para el ingreso de profanos, las mismas se han profanizado; es decir, en vez de insuflar en los nuevos miembros el espíritu masónico, se ha permitido que el espíritu de la profanidad ingrese en las logias. ¿Qué condiciones debe reunir un candidato a la iniciación masónica? Este artículo, que acaba de publicarse en la página web del Gran priorato de Hispania, intenta responder a esta pregunta, pero llevándola a un margen aún más estrecho. ¿Qué condiciones debe reunir un profano que pretende ingresar en una logia del Régimen Escocés Rectificado? Lejos de ser nuevo, este tema de debate se remonta al siglo XVIII.
            En 1782, en la ciudad de Wilhelmsbad, tuvo lugar uno de los Conventos masónicos más famosos de la historia. En aquella ciudad alemana, los masones reformistas de Willermoz y los neotemplarios de la Orden de la Estricta Observancia, liderados por el duque Ferdinand de Brunswick, crearon las bases del Régimen Escocés Rectificado, con el que pretendían reconducir a la masonería a las vías de una iniciación en sintonía con los orígenes de la Antigua Orden. Esta masonería, vigente en el mundo como fiel testigo y depositaria del legado de Willermoz y de Brunswick, tiene una idea precisa de qué se espera de un candidato, de un profano que llama a las puertas del Templo. Este es el tema sobre el que conversan, en el claustro, dos masones Rectificados en tanto cae la tarde; conversación de la que somos testigos en esta segunda entrega publicada en la página web del GranPriorato de Hispania.

  
CONVERSACIONES EN EL CLAUSTRO
II 

Querido Hermano, en nuestra anterior conversación, hablando de los valores del caballero, tú me decías que ya no dirime en justas y torneos, que su lucha ya no se lleva a cabo con la espada, pero que tiene en su poder herramientas como la palabra, la pluma la convicción. Me has dicho que la lucha eterna a la que está llamado el caballero es entre el bien y el mal. Pero también me has advertido de aquel que puede convertirse en un mal caballero. Esto me lleva a preguntarte sobre un tema complejo: ¿Qué tipo de hombre es aquel que puede penetrar en nuestros misterios? ¿acaso basta con que sea un “hombre libre y de buenas costumbres”? ¿Qué esperamos de quien ha de golpear a las puertas de nuestras logias?

Una precisión de antemano: no se puede entrar en la Orden Rectificada directamente como caballero; hay que pasar primero por nuestra Clase Simbólica, es decir, hay que ser primero masón Rectificado para poder aspirar a entrar en la Orden Interior de Caballería. La Orden Interior se nutre únicamente de los Maestros Escoceses de San Andrés, sin que ello quiera decir que todos los M.E.S.A. tengan que llegar a ser merecedores de ser armados Caballeros y acceder así a terminar la Vía Iniciática que la Orden Rectificada propone. Un error común en el ámbito del R.E.R. ha sido creer que por el hecho de haber entrado en la Orden Rectificada se adquiere el derecho de ser armado Caballero: craso error, del que la experiencia nos ha mostrado sus funestas consecuencias. Inclusive, una vez se accede a la Orden Interior del Régimen Escocés Rectificado, no se accede directamente a la calidad de Caballero Bienhechor de la Ciudad Santa, sino que hay que pasar por una etapa intermedia como Escudero Novicio, que en realidad es una especie de meritoriaje en que el interesado ha de demostrar ante aquellos que han de autorizar su avance, que reúne las condiciones para ser armado. Si finalmente no es declarado apto o abandona ésta etapa, vuelve a su condición de M.E.S.A. (como así disponen nuestros Códigos fundacionales) sin tener derecho alguno a reclamar absolutamente nada y pudiéndose cerrar toda opción futura de promoción o acceso, quedándose como Maestro Escocés.

Por otra parte, ésta Orden Interior de Caballería es una peculiaridad de la Reforma de Lyon que dio lugar al Régimen Escocés Rectificado, peculiaridad única y no existente en el R.E.A.A., en el Rito Francés ni en ningún otro sistema masónico (donde el tema de la caballería es tocado muy de refilón), inclusive, ni en la masonería inglesa donde los Knight Templar y la Orden de Malta masónica, resultan un añadido que ellos denominan “grados colaterales” (y que tratan de imbricar como pueden, reclutando sus candidatos en el Royal Arch u Arco Real y los Maestros Masones de Marca) sin estar integrado en una metodología iniciática propia como sucede en el Régimen Escocés Rectificado. Siguiendo en la línea de ésta misma peculiaridad, la Orden Rectificada es gobernada por los Caballeros, y aun así, no por todos ya que solamente los Caballeros Grandes Capitulares tienen derecho a ello, de tal modo, que a diferencia de lo que sucede en la masonería convencional, que considera la Logia como la base de la Obediencia (es habitual oír: “la logia es soberana”) en nuestro caso, la Logia obtiene su autoridad por delegación de la Orden Interior, residiendo la autoridad en la cúpula y no en la base, ya que partimos del principio de que “toda Autoridad viene de Arriba”, que como cristianos entendemos que viene de Dios que es la Autoridad suprema, siendo toda autoridad humana o terrena, simplemente un débil y pálido reflejo de la misma.

De lo dicho hasta aquí, puede deducirse que no cualquiera puede participar de nuestros Trabajos. Esa noción de “hombre libre y de buenas costumbres” propio de la masonería universalista y que deja entrever que cualquiera puede ser masón no tiene sentido entre nosotros. Evidentemente que todo candidato a ingresar ha de ser un “hombre libre y de buenas costumbres” pero no solamente esto –que también, pero en otro sentido que trataré de explicar a continuación- sino que como condición sine quanon, ha de ser cristiano –y aquí añadiría lo que se dice en uno de nuestros rituales: o dispuesto a llegar a serlo de buena fe- para poder optar a ello. Esta condición de “cristiano” imprescindible para poder entrar, tiene su explicación porque toda la doctrina y enseñanzas que va a recibir el impetrante a lo largo de su paso por el Régimen Escocés Rectificado y sus distintos grados y clases, estará basada en la tradición cristiana, de tal modo, que sin el conocimiento y formación previa en los rudimentos cristianos que haya podido obtener anteriormente, no podría entender todas las enseñanzas de la simbología y emblemas que la Orden pueda presentarle. Por poner un ejemplo: nadie puede llegar a leer o escribir si antes no conoce el abecedario, o difícilmente nadie llega a multiplicar o dividir si antes no ha aprendido a sumar y restar.

Así pues, sin el conocimiento previo que procura una formación cristiana nadie puede acceder a la Orden Rectificada. Se imponen aquí ciertas precisiones; cuando decimos cristiano, queremos decir alguien perteneciente o que haya estado formado en cualquiera de las Iglesias cristianas que pueden profesar sin dificultad el Credo de Nicea, quedando excluidas todas aquellas otras corrientes o iglesias que diciéndose “cristianas” en realidad no lo son, situación muy propia de nuestro mundo actual, que busca un espiritualismo descafeinado, queriéndose hacer una fe a su medida y ausente de compromiso, sin estar sujeto a nada ni a nadie y cambiando de iglesia con la facilidad que cambian de parecer.

No obstante, somos conscientes del estado actual en que se encuentra el hombre y el mundo, y aquí me refiero a la frase que decía antes de: “o dispuesto a llegar a serlo de buena fe”. Habría que hacer una distinción entre “cristiano” y “culturalmente cristiano” que vamos a tratar de definir, entendiendo el primer estadio como el de todo bautizado que mantiene una práctica sacramental activa, y el segundo, como el del bautizado que ha llegado a cumplir o cumple de tanto en tanto con alguno de los sacramentos cristianos, pero no tiene una práctica habitual, encontrándose –por la razón que sea- un tanto alejado de esa vida activa. Por desgracia, este segundo estadio, es el estadio dominante en nuestra sociedad y nuestro mundo, y si queremos ser realistas, ni podemos ir mucho más allá ni tampoco seríamos caritativos desde un punto de vista cristiano, marginando esa mayoría de hombres que se encuentran en esta situación. He podido ver y comprobar los efectos beneficiosos que el Rito Escocés Rectificado puede desplegar en el ser humano con el pasar del tiempo –yo mismo soy un ejemplo viviente de lo que estoy diciendo y del efecto de “retorno” que se opera en el individuo-, pero en cualquier caso es necesaria la fe cristiana previa a la entrada, fe que con toda seguridad se irá fortaleciendo.

Volviendo al sentido que damos a la frase de ser un “hombre libre y de buenas costumbres” he oído muchas veces decir entre los masones ajenos a nuestra Orden, que se trata ahí de todo hombre que no sea esclavo, asociando el sentido a la noción de esclavitud del hombre por el hombre, mientras que en la Orden Rectificada entendemos la noción de “hombre libre” asociada a que no sea esclavo de sus pasiones y vicios, pues se trataría en este caso de una esclavitud de tipo espiritual. Sucede lo mismo en nosotros con la noción de “progreso” que a diferencia de como se entiende en el resto de sistemas masónicos, el único “progreso” que nos preocupa en nuestros afiliados, es el progreso espiritual del individuo que constituye el objeto real de nuestra asociación.

Finalmente, a tu pregunta de qué esperamos de aquel que llama a la puerta de nuestras Logias, responderé: sumisión. Ya sé que esta respuesta suena muy fuerte en éste, nuestro mundo de libertades y derechos, que el ciudadano se muestra tan orgulloso de haber conquistado. En el ritual que se entrega a nuestros Aprendices, en el catecismo por preguntas y respuestas, se le pregunta al recién entrado: Pregunta ¿qué venís a hacer en Logia como Aprendiz?, Respuesta Vengo a aprender a vencer mis pasiones, a superar mis prejuicios y a someter mi voluntad, para hacer nuevos progresos en la francmasonería. Hay en este fragmento respuestas a varias cuestiones; en primer lugar corrobora lo que antes decía de cómo entendemos al “hombre libre” y la noción de libertad que le atribuimos, en segundo lugar cómo entendemos la noción de “progreso” y finalmente la respuesta a la “sumisión” que antes pedía a todo candidato. Vengo (…) a someter mi voluntad, se dice en nuestros rituales, y es solamente sometiendo la propia voluntad en favor de la voluntad de la Orden que se pueden hacer progresos en esta vía. Está claro que se trata aquí de un acto de fe –quiero recordar que anteriormente hacía hincapié en la imprescindible necesidad de la fe cristiana para poder acceder a la Orden Rectificada del Gran Priorato de Hispania-, ¿acaso no encomendamos la propia suerte al Padre, cuando en la oración de oraciones, enseñada por el propio Cristo, decimos: “hágase tú voluntad aquí en la tierra como en el cielo ”? Quiero recordar también, que el primer pecado en el hombre, fue el pecado de orgullo; pues bien, es precisamente ese pecado de orgullo el que venimos a someter, cuando nuestra entrada en la Orden. Es a ésta sumisión a que hago referencia. Claro está que para someter ésta libertad nuestra, debemos habernos asegurado previamente, que nos sometemos ante algo o alguien inspirado en las más altas virtudes. Es lo que se le dice al recipiendario cuando se le pregunta en diversas ocasiones si quiere prestarse al primer juramento que va a efectuar en la Orden como Masón, asegurándole que: “…jamás se os exigirá nada que sea contrario a lo que debéis a Dios y al jefe del Estado, a vuestra profesión y a los otros hombres…” ¿Qué mayor garantía puede haber para un creyente, que una Institución fundamentada en la Religión?

Con todo, no dejamos de comprender la extrema dificultad que representa para el hombre de hoy la noción de sometimiento que pedimos, cuando en la calle todo apunta en sentido contrario y nuestro mundo es una jungla en que el hombre devora al hombre, pero por otro lado tampoco hay que olvidar que hay un componente de inconformismo por parte de aquel que decide venir a llamar a nuestras puertas, respecto al mundo y lo que le rodea, solo que -para sorpresa suya- se va a encontrar con que, para cambiar el mundo, primero ha de cambiar él.


Por todo lo que me acabas de responder, debo inferir que en esas falencias reside el mal que aqueja hoy a tantas masonerías. No es sencillo encontrar hombres que reúnan las condiciones que esperamos de un profano. Es evidente que se ha apostado al número en desmedro de las condiciones especialísimas que debe reunir un candidato. Pero este me lleva a volver a preguntarte: ¿Cómo debiera ser a tu criterio, la selección de nuestros Hermanos? ¿No debemos acaso buscar a aquellos que merecen ingresar en nuestra Vía Iniciática? ¿No debiéramos actuar más abiertamente en el mundo a fin de encontrar aquellos que, sin saberlo, nos están buscando?

Efectivamente, la masonería en general ha optado a nivel mundial por la cantidad en lugar de la calidad. Si la masonería estuviera inspirada por los principios a que antes me he referido, habida cuenta del número de masones existentes a nivel mundial, nuestro mundo andaría por otros derroteros, pero las cosas son como son. Tampoco hemos de sorprendernos que el mundo profano nos considere de la manera que nos considera, metiendo en el mismo saco a unos y otros sin hacer distinción entre los masones, de acuerdo a lo que profesan.

No creo que se deba buscar a nuestros posibles candidatos. La decisión de entrar en masonería ha de ser suya, debe ser un ejercicio de libre voluntad. Nosotros no hemos de elegir a los candidatos, es el hombre que debe elegir que hacer con su destino. No obstante, ello no quita que la masonería exponga al mundo cual es su pensamiento, sin que ello quiera decir que la masonería deba pronunciarse, por ejemplo, sobre tema tales como la Reforma Laboral o algo parecido, sobre aspectos contingentes por muy preocupantes y acuciantes que estos sean. No es a estos asuntos a los que está llamada la verdadera Masonería. La verdadera Masonería está interesada en el hombre pero contemplado éste desde un punto de vista ontológico, y visto así, las verdaderas necesidades del hombre no han cambiado tanto a lo largo de los siglos y son las mismas las del hombre del pasado, del presente y del futuro, porque son necesidades atemporales que tocan la esencia del ser humano y no son en absoluto materiales. No quiero tampoco decir que debamos ignorar las necesidades materiales del ser humano, solo que nuestro mundo ya ha generado suficientes instrumentos, estamentos y organismos de control para atender estas necesidades aunque estos estamentos no estén bien dirigidos. Ahora bien, estos organismos están dirigidos por hombres y estos hombres se mueven por unos principios y criterios, y es precisamente respecto a estos principios y criterios donde se sitúa el ámbito de actuación en que realmente entiende la verdadera Masonería. Ahí es donde debiera incidir, no queriendo convertirse ella misma en sindicato, o administración de justicia, suplantando un papel que no le corresponde y para el que no está preparada.

El gran error de gran parte de la masonería ha sido olvidar el papel que en tanto vía Iniciática tenía para el hombre –y que la Orden Rectificada del Gran Priorato de Hispania continua teniendo todavía- haciendo de él un referente para el mundo y la sociedad. Si la masonería pretende incidir en el mundo ayudando al desvalido, regalando mantas, o ambulancias, por muy digna de encomio que pueda resultar la iniciativa, tiene la guerra perdida, porque para eso ya están los Rotary Club, o los Lion’s o cualquier telemaratón televisivo que será capaz de recaudar más fondos que todos los masones juntos. La verdadera Masonería ha de incidir cambiando el modo de pensar de la gente, pero no imponiéndolo si no haciendo que nazca del fondo de su corazón, y para lograrlo, no puede hacerse de modo generalizado, si no que debe hacerse primero en el fondo del corazón de cada uno en particular, obrando como una revolución pero a la inversa, yendo de lo particular a lo general. Es entonces cuando Dios se refleja en el hombre y el hombre en Dios, convirtiéndose en instrumento de la voluntad divina y conquistando a la multitud, no con la fuerza de la espada, si no con la fuerza del ejemplo.

Pero evidentemente, para que el hombre logre lo que estoy diciendo, tiene que depurar sus sentimientos y sus pasiones, poniéndose al servicio de su Creador. He ahí una Masonería que estoy pintando que se encuentra muy lejos de la masonería que podemos ver y encontrar por doquier. La que resulta más visible, está buscando su sentido y su razón de ser desde la Revolución francesa, y no lo ha encontrado ni lo encontrará nunca, porque busca donde no debe y es incapaz de reconocer donde debería buscar. Esa masonería a que me refiero, es la que en su momento echó al G.A.D.U. por la ventana, eximiendo a sus logias de la obligatoriedad de trabajar a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo, o aquella otra al otro lado del canal de la Mancha, que con las constituciones de los pastores Anderson y Desaguliers, de facto, descristianizaron la masonería en aras de una laxa universalidad. Esa masonería tiene muchos adeptos (hay otra, frutos de estas dos, que no queriendo alinearse con ninguna de ellas, en su locura, afirma que trabaja bajo la bóveda celeste), cuenta sus membresía por millares y son las responsables que el mundo profano nos observe a lo sumo entre perplejo y curioso, pero no como un ejemplo a seguir.

Me preguntabas por la selección de nuestros Hermanos. Por mi parte, he dado unas sucintas pinceladas de lo que es la Orden Rectificada del Gran Priorato de Hispania. ¿Selección? Se produce de modo natural; no seleccionamos ni debemos seleccionar, cada uno verá si se siente reflejado o atraído por estos principios. Conforme la Vía avanza, el camino se estrecha, y es evidente que no todo el mundo está dispuesto a asumir el nivel de compromiso que el caso requiere. Así, nuestra Orden Rectificada se convierte en una élite, no porque nosotros queramos, si no por la ausencia de capacidad de compromiso de los demás. No somos perfectos porque nada humano lo es. Sólo Dios es Justo y Perfecto. Lo único que nos diferencia del resto es la capacidad de compromiso que podamos tener, y la confianza en nuestros Hermanos y la Orden Rectificada de que cuando nos caigamos –que seguro que caeremos- alguien fraternalmente nos ayudará a levantarnos y confortará para que sigamos en la lucha, pues este es el camino que hemos elegido por nuestra propia y libre voluntad, poniendo de manifiesto lo que es la auténtica libertad, que no es hacer, lo que uno quiere sino lo que uno debe.

1.      Por último, Querido Hermano, he de preguntarte por nuestra alegoría de la Piedra Bruta. Viendo la armonía de los muros que rodean este claustro, me pregunto ¿cómo comenzar a desbastar la Piedra? ¿Cómo hacer que esa piedra en bruto, sacada de la cantera –tal como es simbolizada la figura del recipiendario- se convierta en parte de un edificio tan maravilloso como el que los masones elevamos a la Gloria de Dios?

El sello del Directorio General de las Logias Escocesas Reunidas y Rectificadas del Gran Priorato de Hispania, lleva una divisa en latín que reza: Homo Templus Dei, que quiere decir: El Hombre es el Templo de Dios. Cada uno de nosotros somos una Piedra, que hay que desbastar primero para luego pulir. La Regla Masónica al uso en las Logias Reunidas y Rectificadas, nos habla con claridad de la naturaleza de esa Piedra bruta: “Tu alma es la piedra bruta que es necesario desbastar: ofrece a la Divinidad el homenaje de tus sentimientos ordenados, y tus pasiones vencidas.” Poco antes de acudir a nuestra cita en el claustro, he supervisado el trabajo de uno de nuestros Aprendices que voy a rememorar. Se cuenta que un día le preguntaron al célebre escultor Miguel Ángel cómo hacía para esculpir unas estatuas tan bellas, a lo que respondió diciendo: “Sólo quito aquello que sobra del bloque de mármol para sacar la figura que yace en su interior”. Algo así es el trabajo a llevar a cabo, el trabajo que se nos encomienda.

El trabajo a realizar es arduo y aunque la labor debemos hacerla en el fondo de nuestro corazón, tampoco podemos hacerlo en la soledad. Necesitamos el auxilio de la Orden Rectificada para orientarnos y el sostén de la misma para que nos ayude a levantarnos cuando desfallezcamos. El proceso de reordenación interior que nos ha de deolver al camino de reintegración a la virtud, pasa por el sacrificio de nuestras pasiones desordenadas, haciendo de dicho proceso algo largo y complicado pues el hombre de hoy, y el mundo que lo rodea, ni está acostumbrado a tales sacrificios, ni el mundo que lo rodea tampoco, pues le hace creer todo lo contrario. El hombre, que guarda en su inconsciente colectivo memoria de su antigua grandeza, sin considerar los efectos funestos que supuso la caída que lo destronó de la misma, se cree con derecho a todo y continua obrando como si nada hubiera pasado, hasta que el resultado de sus acciones le hacen ver que ya no controla ni domina todo.

Como decía poco antes, toda obra humana es imperfecta, pero no por ello hemos de renunciar al trabajo que se nos pide. Todos y cada uno de nosotros somos expresión de un hombre, del primer Hombre, que representa la Humanidad entera, y todos y cada uno debemos trabajar para regenerarlo. En nuestra imperfección, si nuestra piedra no encaja perfectamente con la del vecino, la argamasa cubrirá los huecos, y junto a otra piedra y otra, formará este conjunto armónico que los Masones pretendemos elevar a la Gloria de Dios. La argamasa -en este caso, la Orden Rectificada- nivelará y armonizará la posible y probable imperfección de nuestra piedra -si acaso no hemos sido capaces de pulirla lo suficiente-, logrando que la suma del conjunto de los trabajos bien hechos prevalezca por encima de nuestras imperfecciones que la argamasa nivelará, permitiendo que el muro se levante con la solidez que podemos ver en estos muros que nos rodean.

Subrayo aquí la imprescindible necesidad de confianza en la Orden Rectificada, inspirada y fundamentada en los más solidos cimientos representados por la Religión cristiana. Si a la Orden Rectificada, si al Régimen Escocés Rectificado, le quitamos la tradición cristiana, lo desproveímos de sus cimientos y lo rebajaríamos a la condición de simples masonerías de las que antes hemos hablado. Nuestra confianza en la Orden Rectificada ha de ser proporcional a nuestra fe en la Religión cristiana, la cual hemos afirmado profesar cuando nuestra entrada en la Orden y hemos puesto por garante de nuestro juramento.

Así pues, nos cabe esperar las ayudas suficientes de la Orden Rectificada porque está inspirada en los más altos y sublimes principios. Gracias a las enseñanzas de la misma –basadas en fuentes de total garantía para nosotros- podremos realizar el trabajo al que hemos sido llamados y formar entre todos ese “Templo de piedras vivas” cuando formemos la Logia.

Quisiera concluir esta pregunta a propósito de la Piedra Bruta, recordando un fragmento del ceremonial de Iniciación de nuestro Rito Escocés Rectificado, con las palabras que el Venerable Maestro dirige al recién iniciado Aprendiz, diciéndole: “Hermano Aprendiz, esta piedra bruta sobre la que acabáis de golpear es un verdadero símbolo de vos mismo. Trabajad, pues, sin descanso en desbastarla, para poder pulirla a continuación, ya que es éste el único medio que os queda para descubrir la bella forma de la cual es susceptible, y sin la cual sería rechazada de la construcción del Templo que nosotros elevamos al Gran Arquitecto del Universo.

La noche cae sobre nosotros, Querido Hermano; retirémonos y vayamos a guarecernos.

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