sábado, 31 de enero de 2009

Ser cristiano, ser masón

(En la fotografía: Tumba de Beda, El Venerable)
La cuestión de la doble pertenencia

1º Parte

En su ensayo Íconos del Misterio, el filósofo y sacerdote catalán Raymon Panikkar dice que la interpretación de todo texto requiere el conocimiento de su contexto y la intuición de su pretexto. Al comenzar a escribir este trabajo acerca de la condición de ser cristiano y ser masón recordé, una vez más, esta frase que hice mía desde el mismo momento que la leí por primera vez. Aplicada a la cuestión de la que trata esta nota no pude abstraerme al significado profundo de estas pocas y precisas palabras. ¿Cómo comprender la naturaleza de las ideas sin conocer el impulso, las causas y las circunstancias que hicieron que fueran elaboradas de una forma determinada y no de otra?

En tiempos recientes la historiografía ha dedicado un espacio importante a la denominada historia de las mentalidades, pues es en la indagación de las mismas en donde se encuentran las raíces de las ideas. Por otra parte, hay en todo planteo intelectual una motivación profunda, subyacente, a veces deliberadamente oculta, otras abiertamente expuesta.

Existe en el imaginario popular una suerte de concepto excluyente entre la cristiandad y la masonería. Un concepto esgrimido por incontables documentos, hechos concretos, estanterías completas de libros que asumen y alimentan este desencuentro surgido en la primera mitad del siglo XVIII, cuando la Masonería especulativa comenzó su expansión en Europa. Sin embargo, el imaginario popular no debiera ser el marco de trabajo ni el punto de partida para una investigación sólida de ninguna circunstancia que atañe al desarrollo de conflicto. En definitiva, asumir lo que ya se ha dicho sin el mínimo ejercicio de objetividad es lo que podríamos denominar un prejuicio en el sentido más estricto del término.

Pero se trata, en este caso, de un prejuicio poderoso al que se teme abordar. ¿Por qué se teme? En primer lugar porque nunca es gratuito atravesar la línea de fuego, es decir: resultaría ingenuo pensar que uno va a salir indemne del fuego cruzado al que se vería expuesto si vulnera el prejuicio convertido en mito. Es así que algunos autores han abordado la cuestión desde un campo o del otro intentando cierta objetividad que los mantenga al margen de la disputa, otros lo han intentado fuera del campo poniéndose a resguardo seguro. Unos pocos hombres de la Iglesia se han animado a dialogar con estos hermanos separados, mientras que otro puñado de masones han tendido puentes con la Iglesia que, vale la pena afirmar, nunca dejaron de existir pese a la inmensa colección de documentos eclesiásticos que condenan a la Masonería in totum.

Estos últimos son los que se han expuesto al fuego cruzado y es allí, justamente en la línea de fuego, en donde el lector puede ubicar al autor de este blog. En este sentido, si bien no intento una obra de carácter testimonial –que no le interesaría más que a unos pocos- me considero partícipe privilegiado del intento de romper el mito, el prejuicio que aún subsiste en torno a la incompatibilidad de ser masón y, a la vez, católico, una doble condición que no es nueva ni para nada original, pues tal como lo expresa el jesuita José Antonio Ferrer Benimeli, la primera condena contra la francmasonería, sucedida en 1738 con la pena de excomunión, se promulgó precisamente cuando la presencia de católicos, e incluso eclesiásticos, entre los masones era mayoritaria[1].

Otros jesuitas han sido generosos y valientes al intervenir a favor de la reconciliación de la Iglesia con los masones católicos, entre los que podríamos mencionar en primer lugar al R. P. Berteloot quien, en palabras de Maurice Colinon ha consagrado su vida entera a esclarecer problemas respecto de los cuales los autores que lo precedieron se habían preocupado, al parecer, más de disputar entre sí que de llegar a la verdad objetiva.[2] Son verdades objetivas y hechos irrefutables la reunión llevada a cabo entre jesuitas y masones en Aquisgran, en 1928 y la que tuvo lugar en 1933 para coordinar una política común frente al comunismo. Desde la Segunda Guerra mundial el jesuita francés Michel Riquet sostuvo la tesis, en diversas conferencias, de que si una logia prohibía los ataques a la Iglesia, las sanciones canónicas no se aplicaban a ella. En la República Argentina se han destacado en su actitud de diálogo con los masones el recientemente fallecido R. P. Fernando Storni, con quien tuve el honor de conversas en un programa radial y el R. P. Ignacio Pérez del Viso quien en más de una oportunidad salió en defensa del diálogo entre la Iglesia y la Masonería en las cartas de lectores del diario La Nación afirmando que a quienes el pasado ha enfrentado, el futuro puede convocarnos para la defensa de la dignidad humana.

Un capítulo especial merecería la obra del Dr. Töhtön Nagy, padre jesuita professus quattuor votorum sollemnium, reductos ad statum laicalem, tal como el mismo se define en su famoso libro Jesuitas y Masones. Así podríamos continuar con otros nombres y circunstancias que llenarían varias páginas. Sin embargo, respecto del clero secular, debo abstenerme de mencionar a otros religiosos que, justo es decirlo, han atravesado circunstancias complejas frente a la Curia debiendo dar explicaciones por su cercanía a determinados círculos masónicos.

Estos ejemplos intentan ubicar al lector dentro del amplio y largo debate planteado en torno al la doble pertenencia, es decir, de la compatibilidad de ser cristiano y masón, pero aún más precisamente, ser católico y masón.


En cuanto al título de esta breve entrega, responde a tres razones: En primer lugar autodefine al autor, pues, en efecto, al momento de ingresar a la Masonería, hace ya casi dos décadas, se me planteó la cuestión de la excomunión a la que los masones católicos estamos condenados desde 1738. Si bien es cierto que existen dudas –tanto desde el campo católico como desde el campo masónico- acerca de la validez de esta sanción canónica luego del Concilio Vaticano II, también es cierto que como consecuencia de la declaración del cardenal Ratzinger de 1983, en su carácter de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Ex Santo Oficio) la cuestión transita en una suerte de indefinición.

Al momento de mi iniciación en el seno de una logia de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, se me hizo especial hincapié en la vigencia de esta excomunión de la que mis futuros hermanos de Logia estaban orgullosos, pues y tal como no tardé en comprobar, tal sanción era la excusa más que perfecta para dar rienda suelta al furibundo clima anticatólico que inundaba las tenidas.

La logia en la que fui iniciado practicaba el Rito Escocés Antiguo y Aceptado de una manera sui generis, pues se trataba de una versión de la casa, a la que se había arribado como consecuencia de la fusión de la Gran Logia de la Argentina y del Gran Oriente Federal Argentino (escindido desde 1935 hasta 1958) en la que este último había impuesto un ritual similar en su espíritu al del Gran Oriente de Francia, cuna e inspiración mundial de la masonería atea despojada de toda espiritualidad religiosa. Así las cosas no tardé en descubrir que otras logias utilizaban otros modelos de rituales del Rito Escocés Antiguo y Aceptado y que como consecuencia de estas diferencias tan notorias estaba en el seno de una masonería cuyo eclecticismo era apenas una pátina que cubría la confrontación.

Desde un principio me llamó la atención el profundo desconocimiento que los masones tenían de su propia historia y el poco interés que mostraban en indagar las fuentes heurísticas de su propia tradición. Luego de algunos años de praxis masónica, en 1998 comencé un estudio exhaustivo de la historia de la francmasonería que derivó en la publicación de varios libros que preceden a este. Puedo pasar entonces a explicar la segunda razón del título de este ensayo.

Hacia fines de 1990, tuve la suerte de encontrarme con un libro interesante y curioso: “Los orígenes del Grado de Maestro en la Francmasonería” escrito por Eugéne Felicien Albert, conde Goblet d’Alviella, (1846-1925), quien fuera Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Grado 33º de Bélgica; una edición prologada por Miguel Jiménez Sales. Esta pequeña obra, prácticamente desconocida por la mayoría de los masones, obró en mí tan grande curiosidad que en nada exagero si afirmo que todo lo que he escrito sobre historia de la francmasonería puede remontar su impulso a las páginas de nuestro hermano conde.
Hijo de una época signada por el Syllabus y el Congreso Antimasónico de Trento, contemporáneo de Leo Taxil y protagonista de la etapa más dura en el enfrentamiento Masonería-Iglesia Católica, Goblet d’Alviella fue un furibundo anticlerical y un masón apasionado. Sus ataques contra Roma suelen incluirse en las antologías antimasónicas que aun circulan por el mundo. Pero en este pequeño libro, Goblet d’Alviella vincula a la Leyenda del Tercer Grado con las tradiciones benedictinas, mientras que el prologuista avanza sobre el texto y –basándose en el hostoriador Paul Naudon- remonta el origen del mito hirámico a la pluma del monje Walafrid Strabón, abad benedictino de Reichenau en el siglo IX. Estos elementos fueron el punto de partida para el inicio de la investigación.

Primero publiqué un ensayo titulado “Monjes y Canteros” en el que ya perfilaba mi visión de un origen definitivamente cristiano y europeo de la Orden. En realidad se trató de una compilación de artículos publicados en las revistas Símbolo y Magíster que me permitieron ir deshilvanando una madeja compleja y esquiva de la génesis de la masonería moderna.

Paralelamente, comencé la traducción de textos latinos pertenecientes a autores benedictinos de la Alta Edad Media, cuyos detalles el lector puede leer en mi segundo libro “La masonería y sus orígenes cristianos”.
Desde su aparición en agosto de 2004, bajo el título “Ordo laicorum ab monacorum ordine” -en una edición destinada a masones estudiosos y masonólogos- el libro fue objeto de inquietud en algunos círculos masónicos, acostumbrados a hacer de la Orden un coto de caza de la predica antirreligiosa, alineada con un racionalismo materialista en donde lo ideológico suprime el sentido profundo de la experiencia masónica, que es su carácter iniciático. Incapaces de debatir su contenido, ni mucho menos refutarlo, se han limitado a fustigar al autor acusándolo de responder a los intereses de la Iglesia, reeditando una costumbre tan simple y deplorable como la descalificación. Pero el mundo va cambiando con cada giro del planeta.
Durante mucho tiempo –casi todo el siglo XX- el materialismo ateo enquistado en la francmasonería tuvo a su favor la ausencia de una bibliografía renovada y de trabajos historiográficos surgidos sin la carga envenenada por la atmósfera preconciliar que enfrentó a la Orden con Roma en tiempos de nuestro citado conde Goblet d’Alviella.
En los últimos años, en diferentes partes del mundo y desde distintas vertientes masónicas, numerosos autores han planteado la tesis de un origen cristiano de la alegoría masónica. El precursor, en la masonería argentina fue Marcial Ruiz Torres. Basta para comprobarlo con leer el Libro del Maestro, documento oficial de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones.
También los han planteado autores emblemáticos como Findel y Danton, y más recientemente el citado Paul Naudon, miembro del Supremo Consejo Grado 33 de Francia, el historiador Alec Mellor, el francés Jean Francoise Var, el Gran Maestre del Gran Priorato de Hispania, Ramón Marti etc. El aporte original de “La masonería y sus orígenes cristianos” –versión corregida y aumentada de Ordo laicorum ab monacorum ordine- reside en que contiene un minucioso estudio de documentos benedictinos medievales, escritos entre el siglo VIII y el XII en donde la simbología es tan evidente que no necesita más que su exposición.
Estos textos muestran claramente que el mito de base en el que se sustentaba la tradición masónica –antes de ser arrasado por la Revolución Francesa y sometido al racionalismo ateo del nuevo régimen- estaba anclado en la armónica conjunción de las antiguas tradiciones hebreas y del cristianismo medieval.
La serie hasta ahora editada (Monjes y Canteros, 2001; “La masonería y sus orígenes cristianos”, Kier, 2006; “El otro Imperio Cristiano: De la Orden del Temple a la Francmasonería”, Nowtilus, 2005 y “El Mito de la Revolución Masónica”, Nowtilus 2007) contiene una profusa bibliografía y un exhaustivo análisis de fuentes, lo suficientemente amplio y accesible para el estudioso auténtico. Lo que no contiene es el veneno vital de la confrontación violenta con el que algunos pretenden alimentar un odio que debiera estar superado.

Abreviadamente expuesta mi aventura literaria puedo ahora exponer la tercera razón del título de este ensayo.

Aquello que en un principio se limitó a una inquietud frente a mis publicaciones por parte de muchos masones racionalistas –malestar sería la palabra correcta- pronto se convirtió en hostilidad manifiesta. Pero en paralelo con estas agresiones fue inevitable que otras voces a ambos lados del Atlántico me impulsaran a continuar la obra.

Sin conocer en detalle el denominado Régimen Escocés Rectificado, el hilo natural de las investigaciones realizadas me condujo a las mismas bases que sustentan, desde 1778 a la Masonería Cristiana Rectificada. A las fuentes benedictinas medievales se sumó la tradición masónica escocesa encarnada en los masones estuardistas exilados en Francia. Tardíamente para lo que es esperable de un masón instruido, mi horizonte masónico cambió radicalmente en dos aspectos: En el plano doctrinario descubrí que la tradición de los Padres de la Iglesia, recogida por los monjes benedictinos, había sido ampliamente plasmada por masones como Martinez de Pasqualy, Luis Claude de Saint Martin, Joseph de Maistre y Jean Baptiste Willermoz, mientras que la tradición templaria escocesa había sido preservada por la Orden de la Estricta Observancia, conducida primero por el barón Gotthel von Hund y luego por el duque Ferdinand de Brunswik y que ambas vertientes –el martinezismo y el templarismo de la Estricta Observancia- habían confluido en la denominada Masonería Rectificada.

La historia de esta gesta se encuentra narrada en los libros ya mencionados, pero mi historia propia, la que me llevó a superar definitivamente cualquier contradicción entre ser cristiano y ser masón se desliza como un telón de fondo detrás de cada página.

La búsqueda de un sistema capaz de armonizar ambas condiciones mantiene hoy una vitalidad inimaginable para el común de los masones, sin que esto pretenda ser en modo alguno peyorativo. No es nueva mi crítica hacia aquellos hermanos que creen ser masones por el mero hecho de colocarse el mandil regularmente y conocer algunos toques y palabras que les permiten presentarse a las puertas de los templos en todo el Orbe. La Masonería es depositaria de una Tradición Única, Primordial y Perenne que, paradójicamente, ha desaparecido del seno de muchas masonerías.

Para aquellos que me dicen que la Masonería debe agiornarse, acompañar los procesos culturales, adaptarse a un mundo globalizado… digo, para aquellos que creen que cualquier mutación es tan válida como cualquier otra con tal de que siga el derrotero siempre cambiante de la cultura, les respondo:

Al hombre no se le ha dado la libertad de nacer en el mundo que hubiera querido vivir, pero puede luchar por el mundo en el que prefiere morir. No estamos obligados a acompañar las mutaciones, ni conminados a inmolar nuestras convicciones; ni a sentir vergüenza de nuestra permanencia en la Fe. La Tradición está en la raíz de la cultura y aquella volverá una y otra vez con distinto rostro pero con el mismo espíritu, porque como expresión del alma es tan inmortal como ella.
[1] Benimeli, Masonería y Religión, p. 199
[2] Colinon, Maurice, La Iglesia Frente a la Masonería

5 comentarios:

  1. Dice Calley: ""Al hombre no se le ha dado la libertad de nacer en el mundo que hubiera querido vivir, pero puede luchar por el mundo en el que prefiere morir. No estamos obligados a acompañar las mutaciones, ni conminados a inmolar nuestras convicciones; ni a sentir vergüenza de nuestra permanencia en la Fe. La Tradición está en la raíz de la cultura y aquella volverá una y otra vez con distinto rostro pero con el mismo espíritu, porque como expresión del alma es tan inmortal como ella.""

    Sucede que la francmasonería (masonería) es una hermandaad en la que impera la Razón, fuente de inspiración y acicate para la búsqueda de la Verdad.. Los "hombre de fe", esencialmente religiosos, tienen el propio deber de manifestarse entre los suyos, en el ámbito de la fe, donde convive lo irracional con lo supersticioso... La fe es hsta "sacrosanta", pero circunscripta al ámbito en el que las "creencias" superan las sapiencias... Ambito donde el "alma" tiene entidad, donde la trascendencia es superior a la existencia... Por eso la solidaridad está ausente y la "caridaad" no se practica... pero se cacarea...

    He aqui el "secreto" de la cuestión y origen de todo el mal que hoy sufre la masonería: "A las fuentes benedictinas medievales se sumó la tradición masónica escocesa encarnada en los masones estuardistas exilados en Francia.".. ¡Ni mas ni menos!... Alli teambién está el origen de la Moderna y Especulativa, que a manos de Anderson y Desaguliers, pergeñaron el imperialismo británico a traves de la masonería que luego la G:.L:.U:. de I:. dogmatizó...

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  2. Querido Ricardo, como es habitual no coincidimos en nuestra visión de la Orden. La Fe, como virtud Teologal, está presente en casi todos los cuadros de dibujo de la francmasonería. Ese símbolo ha sido enseñado a millones de masones a lo largo de la historia. Entiendo que no estará en los Ritos que Ud. practica, o simplemente, como a muchos otros símbolos de origen cristiano, lo habrá borrado. Aun así, es un placer leer su comentario. Un fraternal abrazo

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  3. QH Eduardo,
    Este texto que si me equivoco versa sobre la conferencia inaugural del curso 2002-2003 del Institut Superior de Ciències Religioses de Vic, publicado bajo el título Mort i resurrecció de la Teologia, Vic (Institut Superior de Ciències Religioses), 2002, 27 pp.

    En este, que repito no se si es el mismo, cita:

    «The devil can quote Scripture for his purpose»(«El diablo puede citar también la Escritura para sus intereses»),

    Tal como hace el demonio en las tentaciones de Jesús cuando cita la Escritura. Jesús le responde entonces que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios – no de toda escritura surgida de la mano del hombre, por inspirado que sea-. " He dicho muchas veces que el cristianismo no es una religión del Libro, sino de la Palabra -que sólo está viva cuando se la habla, se la escucha y se la entiende-"

    Fraternalmente

    Josep

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  4. Querido Hermano Josep, muchas gracias por tu aporte. Es cierta y muy válida la reflexión. "...sólo está viva cuando se la habla, se la escucha y se la entiende-" Es nuestra tarea, como masones cristianos entender el mensaje del Evangelio desde una visión iniciática -y por tanto- superadora, integradora, universal. La Orden nos da herramientas para examinarnos a nosotros mismos y analizar si estamos siendo capaces (si estamos realizando al menos el esfuerzo) de comprender la Palabra. Un fraternal abrazo

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  5. Interesante post el que nos ofrece . Entiendo que seria importante reseñar de que cristianismo se habla y de que iglesia se habla en cada una de las aseveraciones del mismo . Considero un craso error (generalizado en los espacios Masonicos en general) hablar de "iglesia", incluso con mayúscula ““Iglesia”” , como si tan solo existiese una …… dando así un marchamo de autoridad sobre la Masonería a UNA opinión “minoritaria” de UNA Iglesia en general . Para mi en el Arte se debería hablar de LAS IGLESIAS .
    Fraternales saludos.

    Sobre el tema les dejo una entrevista que seguro ya conocen y que ahonda en su visión del tema


    http://masoneriamurcia.blogspot.com/2010/07/si-es-compatible-ser-mason-y-catolico.html

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