sábado, 26 de mayo de 2018

Una masonería que se ignora a sí misma.





Nunca antes hemos tenido la posibilidad de acceder a tanta documentación como la que nos permite la revolución tecnológica que recorre el mundo. Hace apenas unas décadas atrás hubiese sido imposible imaginarse la cantidad de herramientas que ahora están al alcance de nuestras manos y que nos abren la posibilidad de explorar los distintos paradigmas que conforman el universo masónico. El acceso a las fuentes, la digitalización de las grandes bibliotecas y archivos, y especialmente la publicación de trabajos de grandes medievalistas que han cambiado radicalmente la visión que teníamos de la Edad Media, constituyen una oportunidad inédita para todos aquellos que tenemos vocación por investigar los antecedentes, la historia y el impacto de la francmasonería en la cultura occidental.

Durante muchos años la francmasonería, especialmente la latinoamericana, sufrió una suerte de autismo. El autismo se define como un trastorno psicológico que se caracteriza por la intensa concentración de una persona en su propio mundo interior y la progresiva pérdida de contacto con la realidad exterior. Leíamos los mismos libros, repetíamos los mismos mitos y trasmitíamos las mismas historias recibidas, deformadas por el tiempo (aveces intencionalmente), como en el juego del teléfono roto.

Esta incapacidad de acompañar el intenso trabajo académico, tanto en el ámbito de la historia como en el de la sociología, nos llevó a simplificar los relatos, el de aquellos que se identifican con las raíces andersonianas inglesas, como los que encuentran en la Revolución Francesa el numen de la masonería moderna, como también los que adhieren a una masonería tradicional cuyas raíces están ancladas en tiempos de los monasterios y las catedrales, como es mi caso. Si desde la masonería se produjesen trabajos de investigación al ritmo que crecen las capacidades de acceso a una literatura cada vez más especializada en el largo milenio que se extiende entre el siglo V al XV, y si dejásemos de lado las mezquindades propias de nuestros respectivos relatos, tal vez podríamos reproducir en América Latina las academias, los seminarios y los centro de investigación que están produciendo una verdadera revolución historiográfica en Europa.

Pero, desde luego, el poner bajo análisis a los respectivos paradigmas siempre resulta difícil. Y si lo es para el mundo académico, más aun lo es para un ámbito como el masónico en el que los que están dispuestos a un estudio profundo no son precisamente mayoría. Un tema que me tiene atrapado hace meses es el comprender de dónde surge la reacción posterior a los acontecimientos de 1789 dentro de la masonería continental; a partir de donde comienza el proceso de descristianización de la masonería europea, más precisamente de la francesa. Y a decir verdad, el germen de esta descristianización se encuentra en el propio proceso de institucionalización de la Orden, en la medida que los masones operativos –los que todavía en verdad construían–, adhieren a la concepción renacentista que reivindica el retorno al mundo clásico y condena un milenio de cristianismo in totum imponiendo un meta-relato que aun hoy forma parte de los programas de estudio de muchas escuelas.

El término “Renacimiento” (Rinascita) comenzó a utilizarse en el siglo XVI. De lo que se hablaba era de lo que la mayoría aun interpreta: “Las Artes y las Letras, que parecían haber naufragado junto con la caída del mundo romano, regresaban luego de diez siglos de oscuridad y tinieblas para brillar con un nuevo esplendor”. Regine Pernoud describe cómo, para la mentalidad de aquel tiempo (y no solo del siglo XVI sino en los tres siguientes) había habido dos épocas de luz: La Antigüedad y el Renacimiento ­–los tiempos clásicos–. Y entre ambas, una “edad media”, un período intermedio, un bloque uniforme, siglos toscos, tiempos oscuros.[1]

Un ejemplo de esta fascinación por lo clásico son dos personajes ingleses vinculados con la masonería en las Islas Británicas, antes de que se creara la tan mentada Gran Logia de Londres: William Herbert, conde de Pembroke (1580-1630, y el legendario arquitecto y escenógrafo Iñigo Jones (1573-1652). El conde de Pembroke era un artista de renombre en las logias inglesas. Al igual que muchos otros masones, había viajado a Italia deslumbrado por el arte florentino. En aquella aventura lo había acompañado un joven pintor nacido en Londres, Iñigo Jones, cuyo talento lo convertiría en uno de los más famosos arquitectos y escenógrafos británicos.

Vuelve a Italia en 1613 con el fin de investigar profundamente la obra del gran arquitecto italiano Palladio, estilo que asume como propio convirtiéndose en una figura sobresaliente de la arquitectura inglesa, consolidando en el reino el gusto por el clasicismo renacentista italiano. Al regreso de este segundo viaje, y en medio del escándalo que provoca el rey al disolver el Parlamento, es nombrado Intendente General de la Corona.

Su labor como Gran Maestre no sería menor en importancia que los servicios prestados al reino.[2] Reorganizó las logias; hizo venir de Italia a arquitectos italianos distribuyéndolos en los principales talleres; estableció logias especiales de instrucción y modificó el régimen de las asambleas anuales por el de trimestrales. Dispuso que la Gran Logia se reuniese los días 24 de Junio, 27 de diciembre y 25 de marzo en Londres y que las mismas se llevasen a cabo con solemnidad, desde las 12 del mediodía hasta las 12 de la noche. De allí proviene una antigua costumbre trasladada a los rituales masónicos que, simbólicamente comienzan “a medio día en punto” y culminan “a medianoche en punto”. Sin embargo, el detalle relevante es que durante su Gran Maestría, fueron iniciadas en la antigua fraternidad de los masones muchas personas de posición que nada tenían que ver con la arquitectura pero que sabían que la masonería reunía en su seno a individuos que abrevaban en las doctrinas “esotéricas” y en un conocimiento reservado a los círculos iniciáticos. La mayoría de estos hombres compartían el mismo desprecio por lo que denominaban, peyorativamente, “los tiempos góticos”.

A principios del siglo XVIII, época en la que se funda la Gran Logia de Londres, esta obnubilación por lo clásico había llegado a su apogeo en Inglaterra. Prueba de ellos es el manifiesto desprecio hacia la arquitectura medieval expresado en las propias Constituciones de Anderson. Veamos este texto extraído de las páginas 38 y 39 de la edición original de 1723:

El cuidado que los escoceses tuvieron con la verdadera Masonería fué después muy útil en Inglaterra, porque la erudita y magnánima reina Isabel que fomentó otras artes, no fue propicia al Arte Real ya que como mujer no podía ingresar en la Masonería, aunque como Semíramis y Artemisa hubiera podido aprovechar los servicios de los masones. Pero a su muerte heredó la corona de Inglaterra Jaime VI de Escocia, y como era masón reavivó las Logias inglesas. Fue el primer rey del Reino Unido de la Gran Bretaña, y también el primer monarca que restauró la arquitectura romana de las ruinas de la gótica ignorancia. Porque después de siglos de incultura y tenebrosidad, tan pronto como renació el conocimiento y la Geometría recobró su terreno, las naciones cultas echaron de ver la confusión e impropiedad de los edificios góticos y en los siglos XV y XVI levantaron en Italia de sus ruinas el estilo augustiano, Brabante, Bárbaro, Sansovino, Sangallo, Miguel Ángel, Rafael de Urbino, Julio Romano, Serglio, Labaco, Scamozi, Vignola y muchos otros insignes arquitectos, y sobre todo el gran Palladio, que todavía no ha tenido imitadores en Italia, aunque justamente lo emuló en Inglaterra nuestro eximio Maestro Masón Iñigo Jones.[3] (lo subrayado es nuestro).

 


Este desprecio por el arte gótico no fue solo incentivado por los masones ingleses. En el siglo XIX, especialmente en la literatura surgida bajo la influencia de los Iluminados de Baviera, ocurrió algo parecido con los historiadores alemanes. Findel, al igual que Fichte, Fessler y Krause utilizaban el mismo concepto de diese alten gotische Constitutionen para referirse a los documentos de las antiguas corporaciones de constructores de la Edad Media (¡esas vetustas constituciones góticas!). Findel sentía un profundo rechazo hacia cualquier evidencia que relacionara a los constructores medievales con la francmasonería moderna, porque –y aquí hay que reconocerle su honestidad intelectual– para él estaba claro que los precursores de “los tiempos góticos” habían sido los propios monjes benedictinos. Veamos un pasaje interesante de su Historia general de la Francmasonería:

 “...La construcción de los edificios religiosos se debe, en primer lugar, a la iniciativa del clero. Los conventos fueron los verdaderos focos de la actividad industrial y fecundaron también el suelo, transformando en verdes oasis llanuras estériles y desiertas. Por estas causas el arte de construir fue en principio ejercitado por los monjes. Los benedictinos primero y más tarde los cistercenses, se ocuparon de la construcción. Cada convento era una colonia, donde además de dedicarse a la práctica de la piedad, se estudiaban las lenguas, la teología y la filosofía, se ocupaban activamente de la agricultura y se ejercía y enseñaban todos los oficios... Los abades trazaban los planos y dirigían su construcción, estableciendo de este modo una corriente de inteligencia entre las relaciones de los conventos...”.

Es muy significativo el hecho de que las corriente fundada por Adam Weishaup (los Iluminados de Baviera), que infiltra a la francmasonería alemana en la segunda mitad del siglo XVIII, adoptara una simbología clásica, y que incluso los nombres simbólicos de sus líderes fuesen todos tomados de personajes del mundo clásico, especialmente del siglo de Pericles, una verdadera muestra de la confrontación entre una concepción cristiana medieval y otra “neoclásica” que concluye en un conflicto sangriento de proporciones continentales.

A los que estén interesados en comprender las razones culturales y sociológicas de este proceso de devaluación de todo lo medieval recomiendo la lectura de las obras de Regine Pernoud, ampliamente traducidas al español y de fácil acceso, si uno se lo propone.



[1] Pernoud, Regine, Para acabar con la Edad Media, José J. Olateña Editor (Barcelona, 2003), p. 18 y ss.
[2] Luego de dejar su cargo de Gran Maestre, Jones dirigió extraordinarias obras entre las que cabe destacar la Queen’s House (1617-1635, en Greenwich; la Queen’s Chapel (1623-1627) en St. James’ Palace; la urbanización del Covent Garden (1630) y la restauración de la catedral de San Pablo en Londres, (1633-1642) labor que, pese al gran incendio de 1666 influyó notablemente en la obra posterior de Christopher Wren.
[3] Estamos utilizando la traducción hecha por Federico Climent Terrer (Barcelona, 1936), aunque en esta página puede verse el facsímil de la edición original de 1723.

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