domingo, 15 de septiembre de 2013

Templarios y Masones. Antecedentes de un debate que no cesa.

En los últimos meses, como consecuencia de la llegada de un nuevo papa a Roma, se ha incrementado la expectativa respecto de dos cuestiones que interesan a muchos masones: El levantamiento de la excomunión que pesa sobre los masones católicos y la posible reivindicación de Jacobo de Molay, último Gran Maestre de la Orden del Temple. Hay razones para creer que habrá novedades en ambos sentidos. De hecho, el papa parece haber puesto el ojo sobre las dos Órdenes de Caballería que reconoce Roma: La Orden del Santo Sepulcro y la Orden de Malta. Mientras tanto, un sacerdote católico francés masón, recientemente expulsado de la Iglesia, espera en Roma que el papa lo reciba.



No son pocos quienes sueñan con el restablecimiento de la Orden del Temple, especialmente desde que Benedicto XVI permitiera la difusión del Manuscrito de Chinon, “descubierto” en la Biblioteca Vaticana por Bárbara Frale, en el que queda claro que Clemente V absolvió a los templarios y que nada tuvo que ver con su triste final. Su libro “Il Papato e il proceso ai Templari” debiera ser de lectura obligatoria para todos los masones que ostentan “Altos Grados” de cualquier Rito.

En virtud de estas novedades he creído oportuno hacer un resumen de la relación entre la masonería y las órdenes neotemplarias vinculadas a ella. Si bien en los últimos años han aparecido multitud de órdenes templarias dedicadas al mecenazgo y la filantropía, también han aparecido otras cuyas capas ostentosas –parafraseando a un querido amigo- debieran reservarse para el carnaval. No es el caso de las Ordenes de Caballería surgidas en el seno de la francmasonería entre los siglos XVIII y XIX. Una vez más, separemos la paja del trigo.

Antes de comenzar este pequeño resumen, me parece oportuno citar las palabras de Andreas Beck, el teólogo alemán que en la década de 1980 pedía a Juan Pablo II que retirase la prohibición de refundar la Orden del Temple. Decía Andras Beck que Pablo VI había tenido la valentía de pedir perdón a los cristianos de confesión protestante, y que Pío VII había abolido los decretos de Clemente XIV, restableciendo la Orden de los jesuitas. Habría que agregar que Juan Pablo II pidió perdón a los judíos, nuestros Hermanos Mayores  y que Benedicto XVI actuó en el mismo camino poniendo fin al escándalo del deicidio, que sólo sirvió para caldo de cultivo del antisemitismo. Creo que es hora de que un Papa, perteneciente a una Orden que fue proscripta injustamente, reivindique la figura de Jacobo de Molay elevándolo a la condición de Martir.

Pero hagamos historia, que es lo que más me gusta.

Cuando buscamos una definición acerca de la francmasonería, nos encontramos a menudo con un concepto de carácter más o menos universal en el que cualquier masón se reconoce: “La francmasonería es una institución filosófica, educativa, filantrópica e iniciática”

Si tomamos sólo los tres primeros puntos de esta definición, veremos que coinciden con el objetivo y actividad de numerosas organizaciones que actúan o han actuado en la sociedad. Sin embargo, el último punto, su carácter de sociedad “iniciática”, es lo que torna a la Orden Masónica diferente de cualquier otra institución.

Esta capacidad de conferir la iniciación, sumada a que la educación del afiliado está concebida como un sistema gradual de perfeccionamiento de la personalidad humana, usando como método característico “el simbolismo”, confiere a la Orden la esencia de su naturaleza y la capacidad de haber sobrevivido a los dogmas y las ideologías. Los francmasones se sirven de los símbolos a modo de figuras alegóricas para transmitir conocimientos y asegurar la continuidad de sus enseñanzas.

"Los francmasones utilizan símbolos para comunicar convencidos de que la lengua es siempre excesivamente particularista y de que sólo los símbolos pueden ampliar la comunicación hasta lo universal”. Cualquier documento masónico moderno que intente describir los métodos con que la francmasonería transmite su doctrina, incluye una definición similar a esta.

Desde tiempos lejanos, cuyo origen no ha sido jamás precisado, la masonería desarrolló un lenguaje simbólico. La mayoría de los símbolos que conforman este lenguaje provienen de la arquitectura sagrada. Se difundieron a lo largo de Europa durante la Edad Media junto con la actividad de las guildas de constructores de grandes catedrales y abadías. Es común encontrar en la iconografía medieval imágenes de Dios sosteniendo en sus manos los instrumentos del Arte –generalmente un compás- con los que traza los planos de la creación del mundo. La arquitectura se consideraba, por lo tanto, como una continuación terrestre del poder divino. Quien erigía un templo desarrollaba un oficio vinculado con el propio Creador.

Sin embargo, muchos de estos símbolos aparecen en épocas aun más remotas, desde las ruinas de Pompeya hasta los confines del Mediterráneo Oriental. La relación del símbolo con la masonería es tan estrecha que cualquier masón medianamente instruido sería capaz de encontrar las huellas de sus hermanos en cualquier ámbito en que estos se hayan desempeñado.

A partir del siglo XVII estas corporaciones de constructores comenzaron a admitir en su seno a hombres ajenos al “oficio”. Se los llamó “masones aceptados”. Por la misma época, la francmasonería comenzó a desarrollar temas provenientes de algunas corrientes místicas y mágicas surgidas en el Renacimiento, tales como la Cábala judía, la Alquimia y el cuerpo de doctrina denominado Hermetismo. Pero sin lugar a dudas, la corriente esotérica que más impactó en la francmasonería fue la de los rosacruces. Muchos autores creen firmemente que las ideas rosacruces transplantadas a Inglaterra en el siglo XVII fueron el verdadero origen de la masonería “especulativa”, es decir, la conformada por masones “aceptados”.

A diferencia de la francmasonería, la Orden del Temple tiene un origen cierto y una historia ampliamente documentada. Nacida como consecuencia de la primera peregrinación armada a Tierra Santa, fue creada por un grupo de nueve caballeros provenientes en su mayoría de Champagna, liderados por Hugo de Payens, cuyo objetivo inicial fue el de amparar y proteger a los peregrinos.

En el año 1118 el rey Balduino II cedió parte del “Templum Salomonis” a la naciente orden militar cuyos caballeros fueron llamados, por ese motivo, con el nombre de “Caballeros Templarios”. Apenas pocos años después ya se contaban en número de 300 y gozaban de grandes privilegios concedidos por el monarca.

En un principio, su organización fue similar a la del clero regular. Observaban votos de pobreza, castidad y obediencia y se encontraban sometidos a la autoridad del Patriarca de Jerusalén. En 1128, con el apoyo de San Bernardo, el líder más carismático e influyente de toda la cristiandad, el Concilio de Troyes aprobó su regla y la orden quedo establecida en su doble condición de monástica y militar.

            En los siguientes dos siglos la fama de sus guerreros, su capacidad de organización, su poderío económico y su particular petulancia la convirtieron en la más admirada y odiada milicia de toda la cristiandad. Poseían preceptorías y encomiendas en toda Europa; participaban activamente en la reconquista de España y acumulaban tal riqueza que pronto les permitió crear un sistema de letras de cambio, precursor de la banca privada.

            Con la caída de Jerusalén se replegaron a sus castillos sobre la costa Palestina. Luego debieron abandonar Tierra Santa y se constituyeron en la Isla de Chipre. Pero a principios del siglo XIV fueron acusados de herejía y prácticas infamantes. En Francia, sus jefes fueron encarcelados, torturados y quemados en la hoguera. El viernes 13 de octubre de 1307 todos los templarios de Francia fueron apresados y encarcelados. Siete años después, en 18 de marzo de 1314, su último Gran Maestre, Jacques de Molay junto a Godofredo de Charney fueron quemados por herejes relapsos en la ribera del Sena.

Desde hace siglos los masones se proclaman herederos del Temple. ¿Qué hay de cierto en esto? ¿Pudo acaso la tradición templaria sobrevivir oculta en las logias masónicas? La primera respuesta hay que buscarla en la propia francmasonería.

La tradición masónica abunda en referencias a los cruzados y a los templarios, lo cual resulta lógico si se tiene en cuenta que el eje de la tradición masónica gira alrededor de la construcción del Templo de Salomón. En efecto, los grados de “Aprendiz Masón” y “Compañero Masón” son preparatorios del de “Maestro”, grado en el que el masón alcanza su plenitud y se acerca a la leyenda de Hiram Abí, el hábil artista fenicio convocado por el rey Salomón para que construyera su famoso Templo. Podemos encontrar referencias a la construcción del Templo de Jerusalén en muchos de los grados y ritos de la francmasonería

Esta tradición parece tener su origen en las antiguas logias benedictinas organizadas por los monjes cluniacenses a partir de interpretaciones alegóricas de los antiguos Padres de la Iglesia en torno al Templo de Salomón; alegorías que luego recreó el historiador inglés Beda, apodado “el Venerable” (673 - 735) en su obra “De Templo Salomonis Liber” escrita en Inglaterra en el siglo VIII. Este libro –curiosamente ignorado por la mayoría de los masones modernos- contiene casi toda la “base simbólica” sobre la que descansa la doctrina masónica.

Con posterioridad, estas interpretaciones alegóricas en torno al Templo de Salomón se expandieron por el Imperio Carolingio merced a la pluma de Alcuino de York (735 – 804), Rabano Mauro (776 – 856), Walafrid Strabón (808 – 849) y otros grandes abades del movimiento monástico benedictino.
           
Ya en el siglo XI, los cluniacenses habían establecido reglamentos y constituciones para sus logias de constructores de iglesias y catedrales, incorporando laicos a los que denominaban “hermanos conversos” y utilizaban como mano de obra calificada.

Tomando en consideración que la época a la que hacemos referencia concitó una serie de acontecimientos religiosos, políticos y militares que modificarían la geografía de Europa y del Cercano Oriente, no debe asombrarnos que las incipientes logias organizadas por los benedictinos hayan tenido amplia participación dentro del vasto cuadro estratégico que parece haber desarrollado esta orden monástica. En consecuencia, el origen de la francmasonería parece fatalmente ligado a los acontecimientos vinculados con las expediciones armadas a Tierra Santa, que luego se conocieran con el nombre de “cruzadas”. De hecho, y como demostraremos, la Orden de San Benito tuvo activa participación en el fomento de las peregrinaciones a Palestina, en el llamamiento a la liberación los Santos Lugares y en la construcción de grandes obras en los estados cristianos establecidos en Palestina y Siria.

Hacia la segunda mitad del siglo XVIII se formaron en Alemania las primeras órdenes masónicas neotemplarias en las que se destaca la Orden de la Estricta Observancia, fundada por el barón Gottel von Hund, que llegó a poseer un fuerte poderío militar y contar entre sus filas con veintiséis nobles y  príncipes de sangre real. Más tarde, merced a los esfuerzo del duque de Brunwick y de Jean Baptiste Willermoz, nacería el Régimen Escocés Rectificado que renunciaría a la herencia militar del Temple para adoptar una nueva forma de caballería espiritual: Los Caballeros Bienechores de la Ciudad Santa.

En el siglo XIX, en Inglaterra, se formó “The United, Religious, Military and Masonic Orders of the Knight Templars and Knights Hospitaliers of Saint John of Jerusalen, Rhodes, Malta and Provinces Overseas” al tiempo que, como una evolución superior de la “Orden del Santo Real Arco del Templo de Jerusalén”, nació la “Holy Royal Arch Knights Templar Priests” que se confiere a quienes han recibido previamente los grades de Maestro Masón, Compañero Real Arco y Caballero Templario.

A principios del mismo siglo nació el Rito de Heredom o Rito de Perfección, de 25 grados, que fue llevado a América por Étienne Morín tras recibir una Carta Patente en Francia. El número de grados se amplió, surgiendo el Rito Escocés Antiguo y Aceptado de 33 grados, con algunos como el de Caballero Kadosh, que tiene fuertes influencias templarias y en el que se jura la venganza de Jaques de Molay, último Gran Maestre del Temple.

Desde distintas perspectivas, estas francmasonerías asumieron la misión de establecer grados templarios, a los que imaginaron como una elite capaz de reconducir a al hombre  hacia un ideal de fraternidad, tolerancia y respeto; hacia una era signada por el progreso, preanunciado por el nacimiento de la ciencia.

Es conocida la leyenda que atribuye el origen de la masonería templaria a la participación de una escuadra de caballeros de aquella orden -refugiados en Escocia- en la famosa batalla de Bannockburn (1314). En ella el líder escocés Robert Bruce derrota a los ejércitos de Eduardo II de Inglaterra, logrando la independencia de su país. Según esta misma leyenda, el monarca escocés –en agradecimiento a estos caballeros- cede a los templarios la torre de Kilwinning, contigua a la abadía del mismo nombre, en donde estos fundarían una nueva orden ligada a la logia masónica que funcionaba en la abadía.

Por lo tanto, a la vista de tan numerosas y variadas reivindicaciones, antes que cualquier otra consideración, debemos tener en cuenta que este vínculo ha sido sostenido, en primer término, por la propia francmasonería.

Otros autores creen que esta relación se estableció recién en el siglo XVIII, época en la que se produjo un intenso interés por los temas templarios. Andreas Beck, se refiere a aquel siglo como el del declive del feudalismo, la incipiente disolución de las estructuras de poder del absolutismo, la ilustración y la ortodoxia, la secularización y el pietismo “…En estos años de desazón espiritual –dice Beck- las cruces de los templarios volvieron a estar de moda como símbolo de una enérgica reunificación ideal…”

¿Pudo la masonería apropiarse del modelo templario como plataforma de su expansión en el siglo XVIII? Hay quienes piensan que la introducción del “templarismo” en la masonería fue una “operación” digitada por Roma y ejecutada por los jesuitas.

Existe cierto consenso en cuanto a la participación de los jesuitas de Clermont en la tarea de infiltración de las “ideas templarias” en la francmasonería, con el fin de introducir en ella elementos del pensamiento cristiano que acercaran a la Iglesia a una institución que comenzaba a representar un serio problema para las políticas seculares de la Corte de Roma. Curiosamente, Clermont, fue el escenario del llamado a la primera cruzada por parte del papa Urbano II, un monje benedictino que profesó sus votos en Cluny. En el siglo XVIII, la ciudad se convertiría en el epicentro de la supuesta conjura jesuita y del resurgimiento templario, al crearse el legendario “Capítulo de Clermont”, considerado como la base del futuro Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

La cuestión de la “conjura jesuita” ha sido el argumento predilecto de la masonería anticlerical del siglo XIX -¡y gran parte del XX!- incómoda con el contenido cristiano de sus ritos e incapaz de aceptar las raíces esotéricas de su simbolismo.

En Francia, hasta la Revolución, la francmasonería fue claramente cristiana y sus dirigentes principalmente católicos. Mientras que en Inglaterra la reorganización de la francmasonería estaba en manos de pastores protestantes, en Francia sus jefes eran mayoritariamente católicos y jacobitas. No puede soslayarse la condición masónica de los últimos reyes de la dinastía católica Estuardo, enfrentada mortalmente con la protestante casa Hannover y no es posible comprender la historia de la francmasonería sin atender adecuadamente a la cuestión de los masones jacobitas, cuya derrota  en la batalla de Culoden selló el destino de la francmasonería moderna.

Muy probablemente, de haber triunfado la causa jacobita no hubiese tenido razón de ser la temprana excomunión de la francmasonería por parte de los pontífices romanos. Quien quiera hacernos creer que la francmasonería ha sido sólo una “escuela iniciática” exenta de peso político en los últimos tres siglos, pues simplemente es ignorante, o miente.

Fuesen los jesuitas o los jacobitas, la mayoría de los historiadores coincide en que el punto de partida de esta cuestión –o al menos su irrupción pública- arranca con el famoso “Discurso” del caballero escocés Michel de Ramsay, pronunciado en París en 1737. Hay quienes afirman que fue a partir de Ramsay que comenzaron a proliferar en la francmasonería los temas esotéricos, la idea de un conocimiento antiguo y oculto y la existencia de un secreto guardado en el corazón de la “fraternidad”.

Esta afirmación es inexacta y constituye una expresión de deseos de los sectores más agnósticos de la Orden que en el siglo XIX renegaron de los orígenes judeocristianos de la francmasonería. Baste por ahora afirmar que ya un siglo antes de Ramsay, los rosacruces ingleses constituían un nutrido grupo dentro de las logias y que influían fuertemente en la francmasonería británica aún operativa, es decir, dedicada a su oficio.

Personajes como Robert Flud (1574-1637) –sindicado como el organizador de la francmasonería rosacruciana en Inglaterra-; sir Francis Bacon (1561-1626) –autor de la utopía masónica de la “Nueva Atlántida”- y Elías Ashmole -fundador de la Orden del “Templo de Salomón” y recibido francmasón en 1646- son sólo algunos de los muchos rosacruces que introdujeron sus ideas en la francmasonería mucho antes de que los jacobitas constituyeran los “altos grados” en Francia.

El análisis del caso “Ashmole” es de gran importancia, puesto que se cree que sus escritos tuvieron profundo impacto en la organización moderna de la francmasonería inglesa y habrían sido utilizados por los propios Anderson y Désaguliers en la confección de los rituales de la Gran Logia de Londres.

¿Pudo ser la Rosa Cruz el origen de la masonería moderna?

En la leyenda rosacruz se habla de un mítico personaje alemán, Christian Rozenkreutz, que luego de aprender el griego, el latín, el hebreo y la magia en una abadía a la que había sido entregado por sus padres, marcha en peregrinación a Palestina a la edad de dieciséis años. La luz del rosacrucianismo al igual que la de la francmasonería proviene de Oriente, precisamente de Medio Oriente.

Actualmente se cree que los más antiguos documentos rosacruces –los manifiestos “Fama Fraternitatis” y “Confessio”- fueron obra de un gran alquimista y líder luterano, Valentín Andreae, sin embargo esta afirmación no invalida el carácter progresista de tales documentos ni la enorme influencia que tuvieron en los círculos iniciáticos de entonces. Esto prueba que la masonería ya era especulativa en Inglaterra mucho tiempo antes de las constituciones fundacionales de 1723 y que el esoterismo estaba fuertemente consolidado en su seno. Los trabajos realizados por Francis Yates en ese sentido arrojan resultados importantes en torno a esta cuestión.

Si Fludd, Bacon y Ashmole tuvieron semejante influencia en la francmasonería, no ha de sorprendernos que el más profundo esoterismo masónico se encuentre emparentado con el pensamiento mágico y cabalístico, no comprendido como lo que actualmente representa sino como el conjunto de ideas que se desarrollaron en el Renacimiento y que tuvieron entre sus líderes más destacados a Pico de la Mirándola, Cornelio Agripa, Marcilio Ficino y otros renombrados filósofos y pensadores del hermetismo renacentista y que hemos mencionado en  trabajos recientes.   

Estos son sólo algunos aspectos de los muchos contenidos en la tradición masónica y en la rosacruciana con relación al vínculo entre la francmasonería, las cruzadas y los Caballeros Templarios.

Lo cierto es que la Orden del Temple sigue estando en el eje de la disputa masónica, con la misma fuerza que en el Convento de Wilhelmsbad, inicialmente organizado para resolver “definitivamente” la cuestión templaria. ¿Serán los pobres caballeros de Cristo reivindicados por la Iglesia que los convirtió en el modelo de monjes-guerreros? 

Fiat justitia fiat pax.


1 comentario:

  1. QQ:.HH:.Os presento el ensayo Templarios, masonería y el Nuevo Orden Mundial, primer ensayo documentado e ilustrado que trata el tema del descubrimiento de la América precolombina, teniendo como protagonistas: órdenes religiosas y organizaciones secretas.
    El ensayo cuenta con importantes colaboraciones:
    El Dr. Santiago Genovés Tarazaga (D.E.P), profesor del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Autónoma de México. Dr. Romeo Ristov, de la Southern Methodict University de Dallas (EEUU). Dr. Jesús Martín Ramírez, profesor del Departament of Psychobiology, de la Universidad Complutense de Madrid (España) y la colaboración de la Biblioteca Nacional y Palacio Real de Madrid.T:.A:.F:. A:.L:.G:.D:.G:. A:.D:.U:.

    Artículo reseña en: http://www.templechile.cl/revista/Tomo%20I%20Revista%20Non%20Nobis.pdf

    http://www.editorialsepha.com/n/len/0/prd/823/templarios-masoneria-y-el-nuevo-orden-mundial

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    Para los que vivan en Suecia:http://www.bokus.com/bok/9788415819219/templarios-masoneria-y-el-nuevo-orden-mundial/

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